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Reunión

Adriana y yo somos nudistas desde hace cuatro años. Comenzamos tímidamente, sólo desnudándonos, y poco a poco fuimos conociendo algunos hoteles para adultos, con actividades más atrevidas, aunque nosotros siempre nos hemos reservado para nosotros mismos, nos gusta participar en juegos eróticos que nos excitan y mejoran nuestro desempeño en la cama, cuando llega el momento.

Laura y Javier son amigos nuestros. Nos conocimos por internet y puede decirse que los iniciamos en el nudismo, un año después de que nosotros nos iniciamos. Nos reunimos de vez en cuando para comer y platicar, pero nunca habíamos hecho nudismo juntos. Siempre nos habíamos visto vestidos, y muchas ocasiones con nuestros hijos presentes en las reuniones.

El sábado pasado, las cosas cambiaron. Nos invitaron a su casa para una comida en el jardín. Nuestros hijos no estaban con nosotros ese día, como tampoco estaban los de Javier. El clima estaba tibio y el sol radiante; tal vez eso hizo que Laura sugiriera hacer una jornada nudista, por primera vez juntos los cuatro amigos. Es el colmo, dijo, que habiéndonos conocido por el nudismo, nunca lo hayamos practicado juntos.

Volteé a ver a Adriana, quien me hizo un discreto gesto aprobatorio, por lo que le respondí: “por nosotros, con mucho gusto”. Así que pasamos a la recámara de sus hijos, mientras ellos iban a la suya a despojarnos de nuestras ropas. Cinco minutos más tarde estábamos de vuelta en el jardín con nada más que piel por vestimenta.

Debo confesar que Laura siempre me atrajo: es una mujer joven, de la misma edad que Adriana con una mata de cabello impresionante y un cuerpo en el que destacan sus pechos, grandes y firmes, al menos eso veía yo a través de la ropa. Verla desnuda, lejos de desilusionarme confirmó mi gusto por ella. Javier, por su parte, luce mejor desnudo que vestido, ya que a sus cuarenta y tantos mantiene un cuerpo fuerte, con barriga moderada y bastante bien dotado entre las piernas. Adriana es delgada y conserva, a base de ejercicio un cuerpo muy atractivo, de pechos pequeños, nalgas redonditas y piernas firmes y deliciosas. A mí me ayuda mi estatura y aunque hago poco ejercicio, no tengo sobrepeso, por lo que tengo una estética aceptable a la vista.

Antes que nada, Laura nos proveyó de loción bronceadora, para protegernos del sol, que de inmediato procedí a untar en la espalda de Adriana mientras Laura hacía lo mismo con Javier. Al voltear los roles, mientras mi esposa me aplicaba la loción y Javier hacía lo propio con su pareja, Adriana y yo quedamos frente a frente, a una distancia muy corta. Yo estaba nervioso por su cercanía y por el delicioso movimiento de sus pechos mientras Javier frotaba su espalda. Para acabarla, ella me comenta con la mayor naturalidad: “no sabía que estabas completamente rasurado de tus genitales… te ves muy bien. Siempre he querido que Javier se rasure, pero él se resiste, dice que tal vez sea incómodo. ¿Cómo te sientes tú así?”. ¡Puff!, sentí un calorcito en todo el cuerpo y no pude evitar una erección parcial que traté de ocultar girándome hacia Adriana, quien me comenzó a aplicar la loción en el pecho y vientre, para constatar mi estado de excitación, que se incrementó cuando me aplicó el bronceador en el pene y testículos, mientras, tomando el relevo contestaba pícaramente: “A Germán le gusta, pero me gusta más a mí; tiene sus ventajas, es higiénico, fresco y no corro el riesgo de tragarme un pelo, ¿verdad, vida?”. Y tomándome de los hombros me giró hacia Javier y Laura, para continuar: “además, hace que se vea más grande, miren”. Yo, que ya tenía el pito completamente parado, no tuve otra más que de tomarlo a broma. “Así que no se dejen impresionar ¿eh?…”

La tensión desapareció tan pronto como vino, aunque Laura retomó el tema: “¿desde hace cuánto andas así?, bueno, andan, porque esa franjita de Adriana no deja casi nada cubierto. “Unos dos años”, dijo Adriana. “Al principio yo se lo recortaba pequeñito con unas tijeras, pero un día me sorprendió al salir del baño completamente afeitado; desde entonces le he pedido que no se vuelva a dejar pelos en esa zona”. Y volviéndose a Javier: “te deberías de rasurar, no te vas a arrepentir, y menos Laura cuando te sienta así contra ella”. “Si tú me ayudas, le entro”, dijo Javier, “a mí me da miedo meter navaja allá abajo”. “Después de la comida yo te arreglo, siempre y cuando a Laura no le moleste” respondió Adriana. “¡Cómo crees!, y menos con Germán presente; ya quedamos, después de la comida hacemos sesión de estética”, concluyó Laura.

La hora siguiente se fue ligera, con una rica paella que nosotros llevamos, y una ensalada y postre muy ricos que preparó Laura. Los cuatro bebimos poco, por lo que una botella de Blanc de Zinfandel fue suficiente para acompañar la comida.

Terminado el postre, Laura se volvió hacia Adriana: “¿qué necesitamos para el salón de belleza?”, preguntó. “Unas tijeras, agua tibia, dos toallas, espuma y rastrillo nuevo… con eso tenemos”, dijo Adriana, “¿tienes todo?”. “Ahora te lo traigo, no tardo; ya me urge ver despejado el panorama”, terminó bromista Laura.
Adriana pidió a Javier que se recostara en un camastro, dejando sus pies en el suelo y las piernas entreabiertas. Luego, con movimientos certeros y profesionales, comenzó a recortar los pelos hasta dejarlos de menos de un centímetro de longitud. De vez en cuando, maniobraba con precisión los genitales de Javier, cuyo pene ganaba rápidamente tamaño y dureza. “Ayúdame un poco, Laura; moja esta toallita con agua tibia y aplícasela a Javier para suavizar sus pelos, ahora vuelvo.” Adriana se fue hacia el baño y discretamente pidió que la siguiera; ya adentro, cerró la puerta y me preguntó en voz baja: “¿hasta dónde quieres que lleguemos? Lo último que deseo es que te molestes, pero si he de ser sincera, me estoy excitando, ¡mira, tócame!”, dijo mientras llevaba mi mano a su vagina, cuya humedad y tibieza confirmaba su excitación. Me recorrió un escalofrío rico en la espina dorsal y se me secó la boca. “Tú sabrás”, contesté. “Lo único que me gustaría es que tú y yo nos mantuviéramos como hasta ahora, exclusivos el uno para el otro, pero por lo demás, tú márcate los límites… yo, llegado el caso, te ofrezco lo mismo”.

Regresamos al jardín hallando a Laura concentrada en humedecer pubis y genitales de su esposo. “¿Cómo ves, ya está listo?”, preguntó Adriana. “Ni tanto”, bromeó ésta, mostrando el pene semierecto de Javier. “Vamos, pues, ¿me permites?” Las mujeres intercambiaron lugares y mi esposa comenzó a untar la espuma de afeitar con movimientos delicados que de inmediato excitaron a Javier. “¿Ves?, así está mejor”, y tomando el rastrillo comenzó el afeitado mezclando el proceso con caricias casuales y bromas que nos tenían a los cuatro expectantes y divertidos. Juro que Javier casi no hablaba por no poder articular palabra, sólo reía nervioso y contestaba con monosílabos o suspiros.
“¡Quedaste guapísimo, amor!, gracias Adriana!”, dijo Laura, a lo que de inmediato me atreví a sugerirle: “¿no te gustaría pasar por el mismo proceso?”. “¿Y el trabajo me lo haría Adriana o tú?” “Al gusto de la clienta”, contesté lo más impasible que pude, aunque por supuesto prefería ser yo el esteticista, mil a uno. “Pues entonces probemos tus manos expertas”, decidió confiada.

Con mucho esfuerzo refrené el temblor de mis manos mientras humedecía y enjabonaba su hermoso pubis y sus labios carnosos. Más tranquilo y concentrado la afeité, combinando la labor con sutiles roces a su clítoris que, advertí, se erectó mostrando un tamaño que yo no había apreciado. Como en su momento Javier, Laura casi no hablaba mientras no podía disimular una leve oscilación de caderas, que mudamente me decían “me gusta lo que estás haciendo”.

Terminé dejándola completamente afeitada, salvo un triángulo de base angostísima que descansaba justo en el inicio de su rajita.

Se levantó del camastro y nos comunicó que prefería enjuagarse en la regadera: “sirve que el agua fría me calma un poco, no tardo”.

“Javier, ¿tienes Bailey’s?”, preguntó Adriana, mientras Laura estaba en el baño. “Claro, ¿lo prefieres en un vaso con hielos o en una copa, solo?”. Adriana guiñó un ojo: “no te apures, no vamos a necesitar vasos, pero me agrada la idea de los hielos”. Javier entró a la casa y volvió con la botella y unos hielos, acompañado por Laura, que con su piel aún húmeda se veía muy sensual. “¿Les parece si brindamos por sus nuevos looks?”, propuso Adriana, y sin esperar preguntó: “¿vas primero, Laura?”. “De acuerdo, ¿qué tengo que hacer?”. “Recuéstate en el pasto, abre un poco las piernas y relájate; Javier y yo haremos lo necesario… ” Y dirigiéndose a mí: “amor, ¿me ayudas con los hielos?”. “Arrodíllate aquí, Javier, de modo que no vayas a desperdiciar el Bailey’s, ¿eh?” Y arrodillada comenzó a verter un finísimo hilo del licor sobre el vientre de Laura, que lentamente escurría hacia su vagina, en donde Javier lamía con suavidad la bebida, poniendo a su esposa en un estado de excitación que me prendió de inmediato. A señas, Adriana me indicó que tomara un par de hielos y los aplicara sobre los pechos, ¡hermosos pechos! de Laura quien, con los ojos cerrados disfrutaba del momento respirando agitadamente. Me arrodillé junto a ella, del lado opuesto al que estaba Adriana y comencé a frotar los helados cubitos en movimientos espirales desde fuera hacia adentro, culminando en sus pezones. Cuando sintió el frío contra su piel, la excitación de Laura aumentó aún más y comenzó a acariciarse a sí misma… luego se le ocurrió buscar de dónde asirse, para encontrar mi pene erecto que tomó con firmeza pero sin lastimar, y sin atreverse a masturbarlo, sólo a tenerlo entre sus manos.

Adriana, dirigiendo magistralmente la escena, me hizo la seña de retirar los hielos; luego vertió pequeñas cantidades de Bailey’s en cada uno de los pezones, y lo extendió con su mano por ambos senos. “¿Le invitas un traguito a Germán, Laura?”, y sin esperar respuesta se levantó y me situó hincado a la cabeza de ésta: “atiéndete, amor, ahora que hay donde”. Comencé primero a lamer y luego a mamar ese par de portentos que durante tanto tiempo ansié ver desnudos… ¡qué suerte!, hoy no sólo los había visto, sino que los tenía en mi boca con el consentimiento de mi esposa.
Entretanto, Adriana se colocó tras de mí y tomando mi pene lo manipulaba frotándolo contra la cara de Laura, mientras con la otra mano se masturbaba con delectación.

Laura estalló en un orgasmo intenso y breve, tras el cual Adriana y yo nos retiramos discretamente para permitirle a Javier beber los fluidos corporales de su pareja. Pasado el trance, nos sentamos en el pasto y la pregunta generalizada fue ¿quién sigue?. Más por cortesía sugerí que fuera Javier quien tomara el turno, aunque yo estaba ávido de recibir una buena mamada. Así que nuestro anfitrión se recostó, cerró los ojos y dijo: “adelante”. Para asegurarme de que no vería nada, le coloqué en la cara una toalla y le pedí que no se la retirara. Comencé a verter el líquido en su vientre con el objeto de que Laura lo bebiera, pero las mujeres tenían su propio plan: fue Adriana quien se colocó entre las piernas de nuestro amigo y empezó a lamer el licor que escurría por las ingles. Javier, creo, estaba convencido que era su esposa quien estaba en esa posición, hasta que Laura, arrodillada a su lado, tomó su pene y llevándolo a su boca, lo chupó con fruición. Yo, aprovechando la posición que me presentaba Adriana, me coloqué tras sus nalgas y con mi miembro acaricié su clítoris y vulva, mientras ella seguía en su labor de beber del cuerpo de Javier. Éste intentaba levantar su cabeza para enterarse de qué estaba sucediendo, pero yo le decía: “mantente quieto, no veas, sólo disfruta amigo”.
Cuando las mujeres calcularon que era suficiente se retiraron a un tiempo, quitaron la toalla que cubría el rostro de Javier y le preguntaron retadoras: “¿a ver, quién hacía qué? Javier se quedó sin palabras, a lo que Adriana siguió: “nunca lo vas a saber, esta siempre será una incógnita para tí”. Laura, “¿puedo tomar una ducha rápida?”. “Claro, con confianza”, invitó nuestra anfitriona. “No tardo”.

“Germán, no sé qué decirte… esta es una experiencia fantástica. ¿No te pones celoso?”, me preguntó Javier. “Si alguien me lo hubiera propuesto sólo ayer, habría dicho que no; pero ya ves, las cosas se han dado naturalmente y si ustedes están cómodos, pues yo estoy más encendido que nunca. Siempre me había gustado que admiraran a mi esposa, pero nunca había concebido el verla interactuar así”, dije.

Adriana volvió pronto del baño, radiante, con las mejillas encendidas y una sonrisa invitante en el rostro. “¿Quién va a querer más Bailey’s?”, preguntó retadora. Javier y yo nos vimos a los ojos; dudando, éste se atrevió: “¿De veras no hay bronca, Germán?”. De veras. “Entonces sírveme a mí primero, Adriana, si no tienes inconveniente”. Mi esposa nos llamó a los tres: “necesito su ayuda”, dijo. Se colocó frente a la pared, con las piernas bien abiertas, el torso inclinado hacia delante y las palmas de las manos apoyadas en el muro. Su espalda arqueada hacia adentro terminaba en sus nalgas más prominentes por la posición forzada. “Acuéstate entre mis pies, Javier, boca arriba. Amor, ¿puedes verter el licor en la mitad de mi espalda, por favor? Laura, tú ya sabrás que hacer llegado el momento”, fueron las indicaciones que no admitían discusión.

Javier tenía ante sus ojos el mejor panorama imaginable: la vagina abierta de mi esposa directamente sobre él. El líquido comenzó a fluir en su espalda, bajando justo hacia el centro y cayendo en un fino goteo que nuestro amigo buscaba con su boca, lo que logró después de unos segundos de vacilación en los que el Bailey’s caía sobre su rostro. Luego Adriana llevó una mano hacia sus genitales y comenzó a masajear su clítoris. Javier tenía una erección impresionante. Su esposa se montó en sus piernas y comenzó a mamarle la tranca dura, turgente, mientras Adriana flexionaba sus piernas para colocar su vagina directamente sobre la boca de Javier, quien sin desaprovechar la oportunidad, lamía labios y clítoris con delectación. Yo dejé de lado la botella y me fui a situar entre la pared y mi esposa, ofreciéndole mi pene, que parecía estallar. Adriana lo tomó en sus manos y boca, chupando, besando, lamiendo y gritando como pocas veces la había visto en mi vida. Desde mi posición, el panorama era impresionante: un tren erótico que iniciaba conmigo, enganchando mi miembro con la boca de mi mujer, quien enganchaba su vagina a la boca de Javier, cuyo pene se insertaba en la boca de Laura, el cabús del convoy.

No sé cuánto pasamos así, tal vez uno o dos minutos, quizás horas… mi noción del tiempo y del lugar estaba totalmente extraviada… todo era placer y excitación. De pronto, Adriana estalló en un orgasmo salvaje que la obligó a sacarse mi pene de la boca y recargar su cara en mi pubis apretando mis nalgas con sus manos trastocadas en salvajes garras. Todos nos quedamos quietos un momento… poco a poco, primero Laura, luego Javier, se incorporaron. Adriana se tendió sobre el pasto y yo me recosté junto a ella para fundirnos en un abrazo. Nos quedamos en silencio. Cuando nuestros corazones recuperaron el ritmo normal nos acercamos a los dueños de la casa. “¿Faltó algo?” preguntó Laura. “No sé si sea mucho pedir, amiga, pero tengo muchas ganas de lamerte tu clítoris, ¿me dejas?”, pregunté. “Por supuesto, creo que tú eres quien se ha quedado más al margen en todo esto… es todo tuyo ¿cómo me acomodo?” Me tendí de espaldas y le dije: “aquí… pónmelo aquí”, y la invité con mi lengua. Se puso a horcajadas sobre mi cara y bajó su recién depilada colita, húmeda después de tanta excitación. Comencé a besarla suavemente, luego a lamer los labios mayores que yo mismo había dejado tersos. Con delicadeza los abrí y con largos y lentos lengüetazos fui acercándome al clítoris, que respondió al instante poniéndose duro y saltando de su capuchón. No necesité mirar para saber que la tibieza y humedad que envolvían mi de nuevo erecto miembro provenían de la vagina de Adriana que cabalgaba a paso lento sobre mí. Un director de orquesta no habría logrado mayor armonía para los movimientos de este trío, acompasados y ondulantes, cobrando velocidad casi imperceptiblemente hasta alcanzar un “allegro con brío” justo antes de dispararse tres orgasmos simultáneos: los de dos hermosas y ardientes mujeres y el del afortunado que esto narra.

Nos tiramos exhaustos sobre el césped. Adriana y yo abrazados y besándonos, probando ella el regusto salado de mi boca proveniente del orgasmo de Laura. Ésta última mirando al cielo murmurando no sé qué cosas. Nos quedamos dormidos.

Al despertarnos, una hora más tarde vimos venir a Javier desde la casa. No me había percatado de su ausencia durante nuestro “menage a trois”, mucho menos durante la siesta. “La tina está lista”, nos informó. Fuimos al baño de su recámara, y nos metimos los cuatro, un poco apretujados, al jacuzzi lleno de agua tibia. Cada quien frotó, acarició y besó a su pareja, ya sin la lujuria y la pasión de momentos antes, más bien con ternura y paciencia.

Mientras nos secábamos, Javier nos dijo: “les tengo una sorpresa, vengan”. Sobre la cama estaba un platón con quesos y frutas secas. Nos subimos a la enorme king size y tomamos las copas con vino que Javier nos ofrecía. Manipuló el control remoto y encendió la televisión. En la pantalla aparecieron nuestros cuerpos desnudos, grabados sin darnos cuenta esa misma tarde. Las primeras tomas eran apenas aceptables, puesto que la cámara estaba fija en algún lugar; sin embargo, el video terminaba con el último trío protagonizado por Adriana, Laura y yo, grabado con maestría por Javier mientras nosotros, metidos en la acción no nos percatábamos de la cercana presencia del improvisado videoasta. Viéndome en la pantalla como nunca lo había soñado, sentía la excitación volver a mi cuerpo. Sentado en la cama, recargado en la cabecera, tomé a Adriana y la senté entre mis piernas, de espaldas a mí. Con una mano masajeaba sus pechos, con la otra frotaba su clítoris y vagina. El video termino justo en el momento en que me di la vuelta, recosté a mi esposa en la cama y la penetré con cuidado en su cálido y húmedo interior. Javier y Laura hacían lo propio en el otro extremo. Increíblemente, nuestros orgasmos volvieron a coincidir.

Anochecía…

Nos metimos bajo las sábanas agotados, sudorosos, plenos.

Laura sólo acertó a decir: “no se vayan, quédense a dormir aquí…”

Y caímos en un profundo sueño…

Por Germán Escamilla.

Guadalajara, México, Diciembre 2004.

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