Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Masaje terapéutico

(Un caso real) Mari Ángeles estaba bastante menos tranquila y bastante más excitada de lo que le habría gustado reconocer, y se removía nerviosa en la silla.

Bruno le había contado muchas veces, para ponerla cachonda mientras hacían el amor, la historia del masajista, una fantasía bastante poco sofisticada pero muy explícita en la que ambos acudían a darse un masaje a un establecimiento y a ella le tocaba un masajista mulato, de 25 años, guapísimo, que empezaba dándole un discreto masaje en la espalda y terminaba, como quien no quiere la cosa, follándosela. A ella, esa historia le volvía loca mientras Bruno se la susurraba al oído al tiempo que le metía los dedos, con la sabiduría que dan los muchos años juntos; sin embargo, Mari Ángeles siempre había interpretado esa historia nada más que como una fantasía sexual destinada a hacer más excitantes los polvos que echaban (cuando los niños les dejaban), y estaba segura que Bruno nunca hubiera querido que se hiciera realidad.

Ella misma estaba segura de no desear que otro hombre pudiera hacerle el amor, por muy mulato y guapísimo y masajista que fuera. Pero ahora, allí estaba ella, sentada en una de las cabinas de masaje de un establecimiento, esperando para darse un masaje y sintiendo un picorcillo entre las piernas un poco más intenso de lo que quería reconocer.

Estaban de vacaciones, por primera vez en mucho tiempo sin los niños, porque se habían hecho el propósito de tomarse unos días para sí mismos en los que pudieran recordar el tiempo en que todavía eran jóvenes y daban rienda suelta a su instinto sexual sin trabas de ningún género, cuando lo mismo follaban en el coche que en la cocina, o Mari Ángeles salía sin sujetador para provocarle y, sentados ambos en el banco de un parque, ella se abría el escote para que él le viera las tetas, o se metían mano en los bares sin importarles quien estuviera mirando. Iba a ser la última vez, se habían dicho, antes de empezar a hacerse mayores, aprovechando que todavía no lo eran y que ambos se conservaban, sobre todo Mari Ángeles, juveniles y atractivos a sus treinta y ocho años. De hecho, Mari Ángeles todavía llamaba la atención de los hombres: no era muy alta, pero se conservaba, pese a los dos partos, delgada, con un cuerpo muy bien formado, un vientre liso, un culo redondo y unas tetas preciosas que volvían loco a Bruno, todo ello rematado por una cara muy guapa y agradable, con su media melena rubia y su sonrisa encantadora. La verdad es que, vestida, aparentaba cinco años menos de los que tenía y, desnuda, con aquel cuerpo, diez.

Llevaban ya unos cuantos días de playa por la mañana (ella en top-less; ya casi no recordaba la sensación) y de follar en la habitación del hotel por las noches con el brío de sus primeros años; incluso se habían permitido unas cuantas modestas locuras, teniendo en cuenta sus circunstancias:

ella salía a la calle sin sujetador y con camisetas de tirantes o blusas muy holgadas que le marcaban los pezones o que, al moverse, dejaban vislumbrar generosas porciones de su bonito pecho (esa era la fantasía favorita de Bruno, de toda la vida), iban a meterse mano a las discotecas de la playa como dos novios e incluso, una mañana, habían follado en la terraza, aunque la verdad es que nadie les había visto, porque tenían la habitación en un piso bastante alto del hotel.

Hasta que al fin, la mañana del penúltimo día, Bruno había dicho: “creo que justo detrás del hotel hay un sitio que dan unos masajes terapéuticos excelentes, y a muy buen precio. A ti que estás siempre quejándote de dolor de espalda, te vendrá muy bien. ¿Nos acercamos?” Mari Ángeles tardó en relacionar la pregunta con la famosa fantasía recurrente de sus polvetes hogareños y, la verdad, la espalda le dolía un poco y un masaje le iba a venir de perlas. Además, Bruno lo había dicho con una ausencia tal de dobles sentidos, con una entonación tan inocente y tan neutra, que a Mari Ángeles le pareció que, efectivamente, se trataba de darse un masaje sin importancia. Así que dijo que sí, que claro, que adelante. Pero una vez que habían entrado en el establecimiento y que la habían separado de Bruno, al que dirigieron a una cabina distinta, para conducirla, sola, hasta su propia cabina, donde sólo había una camilla con una toalla doblada encima, una silla, un taburete y una mesita con varios frascos de aceite y de crema, había empezado a darle vueltas a la cabeza con la historieta de marras.

Llevaba esperados cinco minutos escasos cuando entró un masajista que no era mulato, pero que sí tenía 25 años y era, no guapísimo, sino directamente espectacular. Muy rubio, muy alto, muy musculoso, con los ojos muy azules, iba vestido con unos pantalones holgados y ligeros, como para hacer gimnasia, y una camiseta ceñida con el logotipo del establecimiento que le resaltaba los músculos abombados del pecho y el estómago, que parecía una tabla de lavar. A Mari Ángeles, sin poderlo evitar, se le fueron los ojos a la entrepierna del hombre y le pareció que debajo del pantalón no llevaba nada, y se destacaba claramente el bulto, que pendía laciamente, de un sexo descomunal en reposo. Mari Ángeles sintió que su nerviosismo aumentaba, lo mismo que el picor, ya muy perceptible, entre las piernas.

– Tonterías –, se dijo –. No es más que un masajista que está muy bueno, pero aquí no va a pasar nada. ¿Cómo iba a traerme Bruno a un sitio que no fuese simplemente de masajes?

El masajista le dio los buenos días muy cortésmente, con un marcado acento extranjero, de algún país del este de Europa.

– Por favor, quítese la ropa, cúbrase con la toalla y túmbese boca abajo en la camilla. Yo regreso en seguida.

El masajista salió y Mari Ángeles empezó a quitarse la ropa. Empezó y terminó en seguida, porque sólo llevaba una camiseta de tirantes, un vaquero corto y las braguitas tanga que, para su sorpresa cuando se las quitó, estaban muy mojadas.

– ¿Será posible que me haya puesto cachonda? – pensó mientras doblaba la prenda hacia dentro y la depositaba sobre un taburete, debajo del pantalón, para que el masajista no pudiera verla. Por un momento se le ocurrió que podía dejarlas bien a la vista, como gesto de provocación, y la sola idea le hizo estremecerse, pero en seguida se la quitó de la cabeza. – No seas guarra –, se dijo.

La toalla que había doblada sobre la camilla era muy pequeña. De hecho, si se tapaba por abajo se dejaba al aire lo de arriba, y viceversa. Pensó que, al fin y al cabo, llevaba toda la semana enseñando las tetas a todo el mundo en la playa, de modo que el reparo era bastante tonto, así que se enrolló la toalla a la cintura y se tumbó boca abajo sobre la camilla. El tacto fresco de la fina sábana que cubría la camilla le resultó agradable, e hizo que los pezones le reaccionaran en seguida, poniéndose duros y puntiagudos. Se levantó sobre los codos, dejando colgar las tetas, esperando que se le bajasen un poco, pero justo en ese momento volvió a entrar el masajista, así que se tumbó de nuevo apresuradamente.

Sin pronunciar palabra, el masajista tomó uno de los frascos de la mesita, le derramó un chorro de aceite aromático sobre los hombros y por la espalda y comenzó a repartírselo con movimientos amplios y suaves, pero firmes.

Mari Ángeles cerró los ojos, mientras sentía las manos del masajista sobre la espalda, sobre los hombros, recorriéndole la espina dorsal, ejerciendo una presión constante sobre sus músculos, distendiéndolos y liberándola de toda tensión acumulada. Mari Ángeles pensó que en su vida había sentido nada mejor que aquello, y por un instante todas las excitantes ideas que se le habían venido a la cabeza cedieron ante aquel placer primario y genuino, del que se dedicó a disfrutar sin vacilaciones de ninguna clase.

Sin embargo, Mari Ángeles no pudo evitar que le diera un vuelco el corazón cuando el masajista, terminada su tarea en la espalda, comenzó a extenderle aceite por la parte posterior de los muslos y las pantorrillas, subiéndole para ello ligeramente la ya cortísima toalla, de modo que a Mari Ángeles le pareció que, a poco que el masajista se inclinase sobre ella, iba a verla todo. Pero todo de todo porque, fruto de la excitación de unos minutos antes, debía de tener los labios menores completamente fuera.

– Este hombre me está viendo el coño ahora mismo – se dijo, sin saber si estaba asustada o cachonda perdida, y notando cómo el corazón le golpeaba con fuerza y la respiración se le entrecortaba.

Ajeno a la zozobra de Mari Ángeles, el masajista seguía trabajándole las piernas con decisión y profesionalidad y, para acceder mejor a todos los músculos, se las había separado bastante, de modo que ella se encontraba en una postura en la que casi podía sentir en el coño la respiración del masajista. A Mari Ángeles le pareció que, con cada movimiento, el masajista subía las manos más y más, acercándosele al coño que, a fuerza de acercamientos y respiraciones, lo tenía ya totalmente abierto y palpitante.

Aquel fue el último instante de dudas de Mari Ángeles, que de hecho estuvo a punto de levantarse y marcharse, avergonzada e indignada. Por unos segundos, pensó todo lo que piensan las mujeres honradas (y ella era una mujer muy honrada): “yo soy una mujer casada”, “qué pensaría mi marido”, “este tío es un guarro y me está metiendo mano descaradamente”, y otras cosas por el estilo. Pero cuando ya se disponía a levantarse y a escapar a la carrera, uno de los dedos del masajista le rozó, casi imperceptiblemente, los hinchados labios menores, y ella se quedó totalmente inmóvil, presa de dos certidumbres: la primera, que aquello no era ninguna casualidad, sino que aquel hombre estaba, deliberadamente, acariciándola el coño con el propósito probable de tirársela después; y segunda, que ella estaba deseando precisamente que sucediera eso. Abrió ligeramente los ojos, mientras el masajista, ya sin disimulo de ningún género, le pasaba suave y lentamente los dedos engrasados por los húmedos labios menores, y pudo ver de refilón cómo el bulto de la polla del masajista había crecido radicalmente, por efecto de una tremenda erección, demostrando que la sospecha de Mari Ángeles, es decir, que no llevaba nada debajo, era cierta.

Sin embargo, el masajista no mostró ninguna emoción al dirigirse de nuevo a ella.

– Por favor –, le dijo cortésmente –, dése la vuelta y póngase boca arriba.

Mari Ángeles se giró lentamente, sin importarle que la toalla se remangase un poco más y dejase totalmente al aire el coñito empapado, sintiéndose ya completamente salida. El masajista, que debía tener un dominio de sí mismo absolutamente sobrenatural, parcialmente desmentido por el bulto gigantesco del pantalón, tomó aceite nuevamente en el cuenco de las manos y comenzó a extendérselo por las tetas, describiendo círculos amplios y suaves.

Mari Ángeles había perdido ya el control de sus reacciones, y se movía despacio, gimiendo suavemente, acompañando las caricias del masajista con movimientos de la cadera. Terminó de apartar la toalla, que cayó al suelo, quedándose completamente desnuda y abierta de piernas, y deslizó las manos hacia el chocho para acariciarse mientras el hombre seguía sobándole las tetas.

Volvió a abrir los ojos y comprobó sorprendida que el masajista, en un momento y sin que ella se percatase, se había despojado ya de la ropa y lucía una polla enorme que vibraba apenas a un palmo de su cara, tan cerca que pudo distinguir con absoluta nitidez las gruesas venas que recorrían aquel miembro descomunal. Totalmente dominada por la excitación, Mari Ángeles alargó la mano, agarró el rabo que tenía delante, se lo metió en la boca y empezó a chuparlo muy despacio: estaba muy caliente, y le pareció que nunca había tenido un capullo tan grande en la boca. Una gota salada de lubricante se le disolvió en la lengua, y a Mari Ángeles le pareció imposible estar tan cachonda: sentía, mientras masturbaba al hombre subiendo y bajando la mano con la que apenas podía abarcar el enorme tronco, como si el coño, que ahora él trabajaba con los dedos empapados de aceite y de su propio flujo vaginal, se le fuera a derretir por completo.

Al cabo de un minuto, él sacó la polla de la boca de Mari Ángeles, se agachó entre las piernas de ella y comenzó a chuparla el coño con lengüetazos largos y profundos mientras se la meneaba lentamente; a veces se detenía a juguetear con la punta de la lengua en el clítoris, rojo y duro como una fresa diminuta, mientras le clavaba dos dedos que movía rítmicamente dentro de la rajita caliente, al ritmo de una pajita que la estaba volviendo loca.

Ella no pudo soportar aquella situación mucho tiempo: sintió que un orgasmo intensísimo la invadía por dentro, mientras él aceleraba el ritmo con que la metía y sacaba los dedos del chocho y con la que le lamía los labios, hinchados y empapados. No se podía creer que se pudiera correr tan rápido, pero allí estaba el orgasmo, haciéndole vibrar todo el cuerpo, recorriendo la espina dorsal, estallándole desde el fondo del coño y nublándole la vista.

Viendo cómo Mari Ángeles se retorcía sin control, presa de los espasmos de la corrida, el masajista se apartó un momento y se acercó a la mesita.

Mari Ángeles pudo ver, todavía estremecida por las sacudidas del orgasmo, que se estaba poniendo un condón, y una nueva idea le golpeó el cerebro, mientras sentía crecer de nuevo la excitación:

– ¡Me va a follar! ¡Me la va a meter, este tío, que no sé ni cómo se llama, me va a meter la polla!

En efecto, el masajista se ajustó el condón a su enorme dardo, que parecía haberle crecido todavía más, tomó a Mari Ángeles por los muslos y la acercó al borde de la camilla. Mari Ángeles, que en la vida había estado más salida, no sólo le dejó hacer, sino que se abrió los labios menores con los dedos, descubriendo la rajita mojada, roja y brillante. A pesar de que ella tenía el coño completamente lubricado por el flujo del orgasmo y por el aceite del masaje, al hombre le costó empujar aquel rabo tan ancho por el estrecho coñito de Mari Ángeles, que gritaba de placer y le pedía, totalmente fuera de control, que la follase como a una perra. El masajista comenzó a acelerar el ritmo de sus empujones, y a Mari Ángeles le parecía que un nuevo orgasmo se aproximaba, cuando de pronto escuchó un gemido apagado a su espalda. Así, ensartada como estaba por la polla del masajista, giró la cabeza todo lo que pudo y vio a Bruno, apoyado en la puerta de la cabina; estaba completamente desnudo, con una erección casi tan salvaje como la del masajista, y se la estaba meneando abiertamente ante el espectáculo de ver a aquel hombre follándose a su mujer.

Mari Ángeles, que a estas alturas estaba totalmente superada por los acontecimientos, no sólo no se sintió avergonzada por el hecho de que su marido la viese abierta de piernas follando con otro tío, sino que aquello, aunque le parecía mentira, la hizo sentir aún más cachonda, y continuas oleadas de placer le nacían del coño y le recorrían todo el cuerpo. Le hizo a Bruno una seña para que se le acercase y Bruno se colocó en seguida junto a ella y la besó con un beso profundo, donde las lenguas de los dos se enlazaron ansiosamente, mientras él la acariciaba las tetas, que estaban suaves y resbaladizas por el aceite. Ella le agarró entonces la polla, que en tamaño y consistencia no le iba a la zaga a la que tenía en ese momento clavada en el chocho, y empezó a chupársela, mientras el masajista seguía empujando cada vez más deprisa y más adentro, de modo que Mari Ángeles sentía el golpear del capullo del hombre contra el fondo del coño.

En un momento dado, Bruno le hizo una seña al masajista, que se salió de entre las piernas de Mari Ángeles para intercambiar el sitio con él.

Entre los dos le dieron la vuelta a Mari Ángeles, que se dejaba hacer muerta de placer, hasta que quedó con los pies en el suelo, inclinada hacia delante, apoyada con las manos en el borde de la camilla. El masajista se quitó el empapado condón y se sentó en la camilla justo frente a ella, ofreciéndole el rabo tieso en la boca, de modo que Mari Ángeles empezó a hacerle una mamada mientras Bruno se la follaba por detrás, con repetidos empujones de la dura polla que ya no encontraba ninguna resistencia en el coño de ella, que estaba totalmente abierto y chorreando. Después de haber estado tanto tiempo empalmado, el masajista tenía el capullo lleno de lubricante, y Mari Ángeles lamió golosamente aquella crema densa y transparente, dejando que gotease a lo largo del grueso tronco, pasándose el capullo por los labios y por la barbilla, sintiendo el sabor salado del jugo del hombre en la boca.

Mientras, en el coño, Mari Ángeles reconocía la manera de follar de Bruno, que le procuraba unas sensaciones inigualables, porque él la conocía como nadie y sabía cómo darle el máximo placer. Pero no era menor el placer que ella sentía al pensar que tenía entre las manos la polla de aquel hombre y que estaba llevando a la realidad la fantasía de Bruno, la fantasía con la que ambos habían gozado tantas veces durante sus sesiones de cama: que ella follase con un desconocido en presencia de él. Aquel pensamiento, y el roce cada vez más rápido de la polla de Bruno en aquella postura, le produjeron a Mari Ángeles un nuevo orgasmo, que le hizo agarrarse a la polla del masajista con todas sus fuerzas, mientras se retorcía y gritaba de placer.

Después de unos minutos en aquella postura, el masajista, que jadeaba entrecortadamente por efecto de la mamada que Mari Ángeles le estaba haciendo, dijo:

– ¡No voy a poder aguantar mucho más, me corro!

– ¡Espera! –, gritó Bruno –. Córrete en las tetas de mi mujer. ¡Quiero verlo bien!

Mari Ángeles se tumbó de espaldas en la camilla mientras el masajista se colocaba junto a ella, con la polla a punto de estallar y el capullo terso, brillante y morado por la excitación, preludio del ya inminente orgasmo.

Bruno se colocó al otro lado, expectante, de modo que las pollas de los dos hombres le quedaron a Mari Ángeles a la altura de la cara, así que ella comenzó a meneársela a los dos, una polla en cada mano, y a metérselas alternativamente en la boca. Se acordó de las actrices de las películas pornográficas que había visto haciendo aquello y, sólo de pensar que ella estaba haciendo lo mismo, que tenía dos rabos para ella sola y que estaba a punto de recibir encima las dos corridas, estuvo a punto de desmayarse de gusto.

Pero el masajista ya no aguantaba más. Mientras Mari Ángeles se sobaba las tetas y Bruno esperaba meneándosela despacio, y rozándole un pezón suavemente con la punta del capullo, gozando de la escena, el masajista se masturbaba cada vez más deprisa, hasta que, con un gemido largo y profundo, se corrió echando un chorro de leche espesa y caliente sobre las tetas de Mari Ángeles, que comenzó a acariciárselas, extendiéndose la lefa por todo el pecho, trazando círculos alrededor de los pezones duros, y sobando la polla de Bruno con los dedos empapados por la leche del otro. Estaba tan cachonda que le parecía que podía correrse otra vez sólo con aquello, así que se metió dos dedos en el coño, cruzó las piernas y, con la mano que le quedaba libre, se agarró con fuerza al rabo de su marido y empezó a chupárselo, mientras sentía las sacudidas de un nuevo orgasmo que le nacía de lo más hondo del chocho. Bruno, contemplando aquella escena y a causa de la mamada que Mari Ángeles le estaba haciendo, no fue capaz de aguantar más, y descargó su leche en la boca de su mujer, que apenas pudo retirarse para dejar que fuera a mezclarse con la leche del masajista sobre sus tetas.

Bruno terminó, gritando de gusto, ordeñándose el rabo para extraer las últimas gotas de semen, y Mari Ángeles siguió acariciándose las peras con la suave leche de los dos hombres, que jadeaban a su lado, mientras cruzaba las piernas con fuerza y todavía se procuraba con el clítoris el último orgasmo, ya más débil, pero igualmente placentero, como un último estertor del placer inmenso que acababa de recibir y de dar a los dos hombres, un placer como nunca pensó que pudiera existir en el mundo.

* * *

Ya en la habitación del hotel, Mari Ángeles y Bruno estaban tumbados sobre la cama, Bruno en bañador, y Mari Ángeles con una braguita y una camiseta de tirantes. Desde que habían salido del centro de masajes apenas se habían dirigido la palabra, porque Mari Ángeles estaba tremendamente confusa y avergonzada, y no sabía qué decir. El masajista, que había dicho llamarse Marco, se había despedido muy educadamente, después de indicarles dónde podían darse una ducha, y no sin haber dedicado una mirada a Mari Ángeles que distaba de ser meramente cortés, y de haberla dado un caballeroso beso en la mano que la había estremecido casi tanto como el pedazo de polvo que acababa de echarle.

Ahora, a solas con Bruno en la habitación, lo único que sentía era vergüenza, y no poco arrepentimiento, aunque el recuerdo de las escenas vividas hacía apenas una hora seguía pareciéndole tremendamente excitante.

Por fin se atrevió a decir:

– Pero, ¿de verdad que no te pone celoso el ver que un desconocido me mete la polla? Yo ahora no sé qué pensar, me siento fatal.

Bruno se quedó mirando a los ojos de Mari Ángeles con una sonrisa.

– No, cariño, ya te lo he dicho. ¿Acaso no es la fantasía que siempre te cuento, hecha realidad? Creo que ha quedado claro que no sólo no me pone celoso, sino muy cachondo. ¡Creí que iba a morirme de excitación! Mira, yo me pondría celoso si creyese que te habías enamorado de otro hombre, pero esto no es más que sexo, sexo consentido por los dos…

– A mí también me ha puesto muy cachonda, de hecho, creo que no he estado tan salida en mi vida, y la verdad es que Marco no sólo es un hombre guapo y educado, sino que tiene la polla más grande que he visto nunca y, caray, no es fácil para una mujer resistirse a una cosa así. Pero no sé, ahora me siento muy avergonzada, a pesar de todo eso que dices… No sé si más adelante podría ser fuente de problemas entre nosotros.

– Pero Mari Ángeles, cariño –, Bruno acarició el bonito rostro de su mujer, sin dejar de mirarla a los ojos –, todo eso no son más que convencionalismos. Nosotros nos queremos, dejar que Marco participase en nuestro juego ha sido como ponerse una película pornográfica, ¿acaso no nos excitamos mirando cómo los actores follan entre sí? ¿Acaso es la primera vez que te pones cachonda mirando la polla de otro hombre? ¿Y es eso malo, o como para avergonzarse? Esto de hoy ha sido como…

– ¿Como hacerse una paja mirando una peli porno, pero en vivo? –, añadió Mari Ángeles riéndose.

– Eso es. O como utilizar un consolador cojonudo y muy sofisticado en nuestros juegos de cama. Ya sabes que a mí me pone muy cachondo pensar en que otro tío te folla; que yo mismo, cuando me la meneo en la ducha, siempre me estimulo imaginando que te veo follando con dos hombres al mismo tiempo… y hoy por fin he hecho ese deseo realidad.

– Pues yo no podía imaginar que me iba a gustar tanto… – Mari Ángeles se estiró sobre la cama y, con gesto pícaro, deslizó la mano bajo la braguita y se tocó el coño, que todavía estaba hinchado después del polvo de hacía un rato.

– Entonces te hará feliz saber que le he dicho a Marco que mañana por la tarde nos volvemos a Madrid…

– ¿Por qué? –, preguntó Mari Ángeles, pero creyó adivinar la respuesta, y sintió que el corazón le latía con más fuerza y que el chochito empezaba a humedecérsele otra vez.

– Porque le he dicho que mañana por la mañana suba a la habitación a despedirse…FIN

Bruno Desio Molinari.
bruno_desio_molinari@hotmail.com

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*