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¿Puedes hablar?

El teléfono tembló en sus manos cuando vio la procedencia del mensaje que acababa de recibir – ¿PUEDES HABLAR?- Rezaba en la pantalla. Una vez más la sorprendió a pesar de haberlo estado esperando desde hacía días. Sus labios dibujaron una media sonrisa que automáticamente censuró al notar como se disparaban en su cuerpo los resortes del morbo recién descubierto. Si le hubieran dicho tres meses antes que acabaría gozando de esa forma no lo hubiera creído ni loca, ya que hasta entonces lo había considerado una especie de perversión incomprensible que no hubiera aceptado de nadie y ¡Por dios! mucho menos de ella misma.

El sobresalto activó esa turbación y sintió una punzada de dolor en sus martirizados pezones. Se había prometido muchas veces no volverle a oír, borró el numero de su móvil pero era inútil, lo sabia de memoria. Intentó obstinadamente no acordarse, no pensar en él, pero era del todo imposible. De repente acudían a su mente sus palabras a las que, esta vez, se sumaban, despiadadas, las secuelas de su último jueguecito.

No contestaría a su mensaje, no iba a permitir una degradación más de su posición en la vida. No podía consentir que la sometiera otra vez. ¡No a ella, una mujer tan autosuficiente!.

Estos eran sus pensamientos cuando todavía era dueña de su autocontrol. Pero sabía que le bastaba una décima de segundo para perderlo y, lo más terrible, es que era consciente de que lo volvería a hacer en el momento en que escuchara su voz.
Mientras pensaba en esto y cuando más se mortificaba obligándose a lo que sabía no podía cumplir, notaba un calor sofocante en su vagina. La consecuencia de todo ello era una cálida humedad entre sus piernas, y cuando eso ocurría ya no valían argumentos, su cuerpo funcionaba como un autómata apoderándose de toda decisión. Por eso es por lo que tras el mensaje recibido se sentó en el silloncito, nerviosa perdida y, tecleó dos veces la palabra que la abría una vez más al capricho del que estaba siendo su obsesión, otras dos veces la borró haciendo acopio de la voluntad y decisión de la que estaba acostumbrada. Sabía que en el fondo era inútil, que a la tercera lo enviaría haciéndose añicos la, no tan firme, decisión que tomó días atrás, cuando vio en el espejo los moretones en sus pechos.

LLÁMAME , escribió -Uhmmm…ya está, ahora YES- ENVIAR?… Preguntaba la pantalla de su móvil…

SIIIIII… Rugió una voz angustiada en sus entrañas… Luego el palpitar de su corazón hasta que sonara el timbre… Enseguida el esperado sobresalto. Esperó dos secuencias de la alegre musiquilla que le anunciaba que alguien llamaba, y descolgó temblorosa… No dijo nada, la voz hablaba, ella se limitaba a escuchar y a observar como se iba transformando en la humilde y obediente mujer que nació cuando le oyó por primera vez, a la que odiaba por ser incapaz de vencer.

– ¿Como estás?…¿Contenta de oírme? – Sonó la voz intensa, grave, diríase que distorsionada. Como si esa voz llegara a través de un pañuelo o un aparato raro. A pesar de esas sospechas nunca se atrevió a preguntárselo, ya que lo tomó como parte del morbo de esa increíble situación. – Si – sonó su voz, tímida – Solo, ¿si?, Quiero que me digas que me deseas, que no dejas de pensar en mi, que ansias que te posea y que vas a obedecerme porque yo quiero que sea así, porque quiero que seas mi hembra ahora y solo para mi.- Exigía con la dureza de un dictador – Deseo ser tu hembra… te deseo a ti – No se atrevía a decir más. Todavía no, tenia que dejar que la furia que se arremolinaba en su útero arrastrara las palabras que él necesitaba para darse por satisfecho.

– Quiero que te levantes la falda. ¿Te la has puesto verdad? Supongo que te has puesto también los zapatos de tacón y la ropa interior que compraste para mí – Si, si, me he vestido para ti…- Se apresuró a contestar con servidumbre. -Entonces levántate la falda y roza tu muslo derecho con el dorso de la mano. ¿Sientes la suavidad? – Si – Respondió cautelosamente – Ahora aráñate suavemente con las uñas, hasta casi tocar las braguitas….Es mi mano, la que te desea…Tienes que hacerlo por mí, anda, acaríciate! – Le ordenó – Desabróchate la camisa, tiéndete boca abajo en el suelo, estará frío pero quiero que lo hagas. No te preocupes, enseguida notaras que te gusta. Apoya tus pechos en el suelo, deja que se enfríe el sujetador. ¿Notas los pezones erizados?- Siiiihhhh…- Un si jadeante salió por su boca, él estaba satisfecho y se lo dijo… -Buena chica. Ahora quiero que los saques del sujetador y los apoyes en el suelo, y quiero que te roces… hazlo!- Me duelen…..todavía me duelen – Dijo una voz temerosa – Sigue con ello, pronto se te pasará y los besaré. Aguanta!!!….

Voy a meter la mano bajo tu falda y voy a rozar tus muslos. Meteré la mano entre tus piernas…quiero notar como me mojas…- Aahhhhhh……- El primer jadeo sonoro… su primera recompensa… – Así me gusta… siéntelo!-
Ella copiaba las ordenes de la voz en su propio cuerpo, así su mano se deslizaba por entre sus muslos notando la humedad que él quería para ella, pero sabia que solo podía acariciar suavemente por encima a pesar de que su pasión empezaba a pedirle mucho más.

-Levántate, pégate a la pared, de frente, que todo tu cuerpo toque en ella. Coge ese diminuto tanga por el elástico y tira de el desde arriba, roza tu clítoris y muévete despacio… Quiero oírte – Ahhhhhhhhh…- Segundo jadeo intenso. – Basta! Vamos a hacerlo lentamente dos veces, luego, y solo luego voy a dejar que te toques.¿ De acuerdo? – Está bien, tu mandas… – Dime ¿Me deseas?- Siiiiiiiiiiii….te deseo, te deseo, quiero que me hagas el amor, quiero follar contigo!!- Eso es lo que él quería oír… y suspiró en su oído para agradecérselo- ¿Sabes que me estas excitando mucho?- Dijo atrevida y trasformada- ¿Sabes que no puedo resistir a tocarme …? Diossss, pennetrameeeee!-

– Shhhhhhhh… Tranquila… Ahora vamos a hacerlo por segunda vez, quiero que tires del elástico, pero más fuerte, casi hasta que ahogues el clítoris entre los pliegues de la tela y notes como escuece. Muévete, ahora si, muévete y abraza la pared como si fuera yo mismo, busca mi pene en ella. Así, así, mas, más… Ohh… me vuelves loco princesa… tus jadeos son música…-

Los gemidos, los jadeos bloqueaban el teléfono. Un momento de silencio por su parte y la excitación en forma de gritos lastimeros… – Más, más… déjame más…- Insistía suplicante. – No, para ahora- Le prohibió la voz. –Pero es que no quiero parar, deja que me meta los dedos, deja que me penetre… – Si lo haces colgaré el teléfono… – Ohhh, no, no lo hagas… – ¿Era estúpida? Él no la veía…!!! ¿Es que acaso no podía meter sus dedos en la vagina, y masturbarse todo lo que le apeteciera? Ese era el problema, no, no podía hacerlo, algo se lo impedía, era esa voz que la paralizaba. Ese era el miedo, ese era el poder que ese hombre ejercía en ella. Su autocontrol se esfumaba y solo daba paso a las ordenes de un desconocido que tras el teléfono la ponían en una situación inexplicable que le anulaba la libertad. Ella quería gozar y esa voz se lo facilitaba, aún a costa de pellizcarse los pezones con unas pinzas de tender la ropa… de arañarse los muslos, de introducirse en la vagina y en el ano algún objeto, demasiado grande o incomodo. Ella le obedecía dejando que aquella extraña y metálica voz la dominara. Se odiaba a si misma pero al mismo tiempo había acabado por aceptar que ya no podía prescindir de él. Cuando acababa la sesión y notaba las huellas de la explosiva pasión en su cuerpo, se asustaba y se prometía no descolgar nunca más el teléfono. Hoy lo había vuelto a hacer, solo esperaba que no la obligara hacerse daño.

Esta mujer transformada era una competitiva abogada. Una dura y persuasiva letrada que nunca se había dejado amilanar por situaciones comprometidas. Era valiente y decidida y había logrado merecidos éxitos por su tenacidad y dedicación. Sabía que entre sus colegas tenía fama de dura, se lo había ganado a pulso. En el bufete las cosas le iban muy bien, no tanto en su hogar. Su matrimonio hacía aguas desde hacia tiempo, era su batalla perdida, ya no le importaba demasiado. Subsistía, se podría decir, en una convivencia desmotivada y aburrida. Lo que para su marido era “Solo te importa tu trabajo”, para ella era “Tengo celos de tu éxito profesional”, y no iba a permitir que esa envidia machista la obligara a quedarse relegada a un segundo plano. Tampoco había tenido hijos, en realidad postergó la maternidad por su vocación, no había encontrado aun el momento…y dadas las circunstancias había dejado de pensar en ello. No obstante socialmente tenían un estudiado comportamiento de pareja perfecta y nunca nadie había sospechado lo contrario.

Pero esa llamada equivocada, esa propuesta atrevida, ese desafío que ella aceptó por orgullo y vanidad le había cambiado la vida. Primero se dejó camelar entre divertida y curiosa. Luego, y creyendo en su control le dijo a un desconocido interlocutor que si, que se atreviera a arrancarle un orgasmo. Y se lo arrancó, vaya si se lo arrancó. Uno de los mejores de su vida….De entrada, y aun entre jadeos, se maravilló, ¡incluso le dio las gracias! Pero más tarde, en frío se asustó….¿Cómo se había atrevido a una cosa así?
Después las siguientes llamadas, previo mensaje de autorización, era un hombre respetuosos de su vida, eso también tenía que agradecérselo, la fueron alborotando hasta que le sobrevino el deseo y la necesidad de oírle….Estaba justo en ese punto, necesitaba sus llamadas, muy a pesar de que la hicieran sentir completamente vulnerable en sus manos, aunque luego se sintiera vergonzosamente satisfecha.

De toda esta secuencia había nacido el negativo de la mujer que había sido hasta ese momento. Así la mujer poderosa, la mujer de acero, la mujer soberbia… estaba ahora postrada de rodillas suplicando a una voz que le permitiera meterse los dedos en la vagina… Convulsionada de placer y morbo, sudando y jadeando como la más primaria de las hembras… Suplicando que la follara, cuando ella nunca había usado esos términos. Y notando como una tempestad de hormonas se agitaba en sus entrañas… Él la notaba tras la voz, esta vez se había excitado más, cada vez lo hacía más intensamente y más rápido. –Piensa en mi, imagíname… estoy sentado en un sofá…mirándote a ti, quiero que te sientes encima mío… ven…! – Ella se agachó agarrada al borde de la cama, con las piernas abiertas, frotando sus doloridos pechos en el mullido edredón, en un dormitorio que había recuperado jadeos de placer y olvidado las lagrimas amargas que la insatisfacción de su matrimonio le provocaban. Él fue suspirando al tiempo que ella. Ella se crecía y se agitaba con las expresiones de deseo de aquella turbadora voz. Así trepó hasta su boca y fue lamida por una lengua jugosa y ávida de sus flujos, y fue penetrada, primero con un dedo, luego con dos… y luego con una magnifica erección que ella sustituyó por un consolador que por deseos de su amante y con mucho azoramiento, había comprado en un sexshop en la otra punta de Madrid. Así fue cabalgando en él, y acariciándose furiosa el clítoris hasta que los dos estallaron en un orgasmo. Se quedó reclinada en la cama como si del pecho de su amante telefónico se tratara y, aun con la respiración entrecortada…se despidió con un simple “cuídate”.

Eso es, ya está… La tensión había aflojado, una sonrisa de paz y de bienestar se instaló en su rostro y una vez más se sintió vergonzosamente satisfecha… Volvería a sus tareas enfundada en el disfraz de “superwoman” hasta que la voz la volviera a reclamar. Su marido la vería de nuevo diferente y se lo diría, para su turbación. Ella no sabría como disimular esa expresión de paz y relax que reflejaría su rostro, y le diría que una sesión de yoga, o una historia por fin resuelta en el bufete, o cualquier otra excusa que el no creería, pero… ¿Que importaba ya? Él la miraría divertido… y hasta lujurioso, se podría decir. Y esta vez, por primera vez después de tres meses de obligarla a gozar por teléfono la sometería a su capricho en cuerpo y alma para verla extasiarse con ese morbo clandestino que tan discretamente se empeñaba en ocultar.

Se había propuesto darle un vuelco a su matrimonio… la quería demasiado para perderla.

Lia

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