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Concierto para Emilio

Observaba con detalle sus zapatos, los calcetines negros, la postura de sus pies cruzados y en punta bajo la silla, las prominencias redondeadas de sus rodillas.., le contemplaba absorta… Estaba hablando por teléfono… apoyado sobre la mesa en su despacho, fumando ¿cómo no? al mismo tiempo. Ese cigarrillo formaba parte de su cuerpo, humeaba y lo envolvía en una nube de misterio, ahora era capaz de percibirlo con claridad. Los ojos verdes, se le cerraban al reír, y el bigote, ya canoso, escondía esa sonrisa que otros rasgos de su rostro se empeñaban en delatar: los hoyuelos de sus mejillas, y alguna que otra pata de gallo.

Se le notaba más delgado, su piel y su aspecto mostraban un gran cansancio, agotamiento… Fui desnudándole con la mirada, miles de pensamientos bailaban en mi mente. Nunca le había dedicado tanta atención. Nunca antes había sentido esa curiosa y morbosa fijación por él. Su aspecto, tan formal de siempre: camisas impecables, corbatas clásicas, pantalones con raya perfecta. Llevaba colgada una etiqueta de persona familiar y seria. ¿Quién iba a decir que tras ese aspecto tan discreto se escondía un hombre fogoso, voraz, apasionado…!

Traté de concentrarme en el trabajo, de desoír las señales que me anunciaban el retorno de la locura , de esa dependencia enfermiza…pero gozosa, de años antes. El tic en el párpado, el sabor picante en la lengua, y la ligera molestia en los riñones… No quería sumirme otra vez en esa esclavitud, sabia que no podría evitarlo. Los acontecimientos me impulsaban, aun sin ser consciente, a aquellas intimas y ceremoniosas dosis de concupiscencia.

Coincidimos en el ascensor a las 8:30h. Esa mañana le vi realmente mal. Unas enormes ojeras, y más delgado que nunca…

—¿Emilio; te encuentras bien?.

—Sí, estoy bien me dijo con unos ojos que gritaban… ¡estoy desesperado!…

—A ti te pasa algo— Le dije preocupada…— Perdona la franqueza, pero tienes un aspecto lamentable! Sabes que puedes confiar en mi— Le dije con un ligero apretón en el brazo.

Me miró… Sonrió sin alegría.

—Gracias por preocuparte, pero son cosas mías, que no tienen más importancia… Creo que puedo llevarlo solo… eres muy amable… Gracias de nuevo.

No volvimos a hablar más del tema, pero sí cruzamos algunas miradas, escrutadoras por mi parte, otras, pretendidamente tranquilizadoras por la suya… Tres días después, se acercó a mi mesa para entregarme el correo, y aprovechó la ocasión para decirme.

—Comemos juntos hoy, y te cuento mi problema?

—Si claro, de acuerdo… me tienes preocupada! Le respondí.

Elegimos un rincón discreto en una cafetería próxima a la oficina. Frente a frente, con un plato de Raviolis, una ensalada, unos ojos cansados, la piel opaca y unos dedos más amarillos que nunca de tanto cigarrillo, empezó a contar…

—Sabes que estoy solo desde poco más de una semana?

—Sí, lo sé…

—No me vas a creer, pero estoy así desde hace 12 días exactamente, bueno, ya estas viendo que cada día peor…

—¿Pero que te pasa Emilio?. ¿A que se deben tus ojeras?

—¡Estoy agotado, exhausto de tanto sexo!— Me respondió.

Me quedé de piedra… Yo suponiendo ingenuamente que se trataba de la salud, o de su familia… ¿Pero por sexo? No, no esperaba eso, y menos de él. Así que le pregunte con los ojos abiertos como platos…

—¿Por sexo?… ¿Pero en que demonios te has metido?.

—Es que no sé como empezar, Laura, no sé que vas a pensar de mí…— me dijo

—Anda. Suéltalo ya!, te escucho.

—Me he liado con una vecina— Así inició su confesión.

—Todo empezó una tarde- continuó- en la que yo esperaba el autobús cerca de casa, para recoger el coche que estaba en el taller. Pasó ella en su coche… me miró, paró, y me preguntó —¿Donde vas? ¿Y tu coche?…

Le expliqué la situación y me dijo, anda sube que te llevo… El trayecto no le venia de paso, pero por lo visto no tenia otra cosa mejor que hacer, así es que me subí… Llevaba una faldita corta, color crema… y la chica está bastante bien, es bajita pero tiene un buen cuerpo. Miré instintivamente a sus piernas. Ella se dio cuenta y me dijo —¿Te gustan?— Sorprendido de su espontaneidad, le respondí que sí, que tenia unas bonitas piernas… Ella se rió, y para más descaro se subió más aun la corta faldita y dijo.
—Tócalas si quieres, veras que suaves…— Yo me corté entonces, me reí como si se tratara de una broma y dejé el tema… No me atreví a seguir mirándola. Llegamos al taller, le di las gracias y allí acabo todo.

Pero al día siguiente… llamó a mi puerta. Yo iba en pantalón corto y sin camisa, ya sabes el calor tan sofocante que está haciendo. Abrí sin pensar en quien podía ser. Era ella!!. Me pregunté muy sorprendido, y ligeramente turbado—¿Qué querrá esta ahora?— Estaba viendo un partido de fútbol y no me apetecía para nada esa interrupción, pero aun así… la atendí con corrección. Me pedía si tenia cinta de embalar, que la necesitaba urgente y se le había terminado. Le dije que creía que sí, pero que la tenia en una caja en el altillo de un armario. Así es que entró hasta el dormitorio, que es donde estaba el armario. Se quedó al pié de la escalera mientras yo intentaba localizar el dichoso rollo. Entonces ante mi sorpresa me mordisqueó la pantorrilla, riendo muy divertida…. Yo le dije —Pero quieres parar que me voy a caer!.— Por fin di con la maldita cinta y le dije: anda, toma!.

Guardé la escalera ignorando, no me fue fácil, sus jueguecitos y me senté en el sofá. Ella no se iba, así que le ofrecí tomar algo, —Sírvete lo que quieras- Entonces se plantó frente a mí, y me dijo. —¿De verdad puedo tomar lo que quiera?— Le dije —sí con toda libertad—. Lo que hizo, entonces, fue desabrocharse la camisa… subirse la falda y como una gata en celo se sentó sobre mí, y me besó.

Vi ante mi sorpresa que no acabaría ahí, por lo que le dije, aun más sorprendido que deseoso —Vecina, lo que va a suceder… no debería suceder…— Pero puedes imaginar lo que ocurrió, pues todo y más, y mucho mas Y desde entonces llevo un ritmo endiablado… esta última noche 4!!! Y así estoy…!

Cuando concluyó el relato de su aventura, debí probablemente, respirar muy hondo porque me dijo:

—¿Estas bien Laura?, Apenas has probado los ravioles!

Un solo granito de arena era suficiente para construir una playa en mi retorcida cabeza. Le observaba tras del cristal de su despacho Mi mente no paraba de imaginarle… Le veía entre las sabanas, arrebujado entre sudores y pasión… Me imaginaba a su vecinita despeinando ese pelo moreno que empezaba a platearse por las sienes… Miraba sus manos que pocas horas antes habían sido expertas amantes, tocando y sintiendo la pasión del sexo… Le imaginé desnudo… Le imaginé jadeando. Le imagine sobre ella, y debajo… y le imaginé abrazando y besando… Dios! Cómo me estaba poniendo!

Sabia que disponía de dos horas de libertad para mí, hasta que llegaran mis hijos. De camino a casa, nerviosa y excitada… compré velas, no estaba segura si las tenia… hacía tanto tiempo…! Y por experiencia sabia que tenia que ser completo si no, no me calmaría… Repasé en mi memoria los objetos que me eran precisos, y los localicé mentalmente en casa… Sí, estaba todo.

Llegué y me metí en la ducha, después de haber dejado sobre la moqueta de mi habitación, las tres velas, la cubitera con agua tibia para calentar el consolador. El vaso de whisky lleno de hielo, el conjunto de ropa interior de satén negro, los zapatos de tacón… y el collar largo de perlas. Estaba todo… Salí del baño, mojada y untada en aceite, dejando en el suelo las huellas de mis pies… Fui hasta el equipo de música… saqué del estuche, el antiguo vinilo “El Bolero de Ravel”, exactamente 14 minutos y 33 segundos, para mi concierto de desenfreno. La moqueta me acogió cálida, demasiado para el calor que hacía, pero estaba tan excitada, tan nerviosa… Con la piel húmeda, aun, me vestí con ese precioso y sexy conjunto, me calcé los zapatos. Encendí las velas y me arrodillé frente al espejo con la cabeza vacía de otros pensamientos…

Mi ceremonia era para Emilio… sería él quien me tocara, sus dedos serían las perlas del collar. El aliento fresco y ardiente de los besos, el whisky de mi vaso… Su sudor, el aceite que impregnaba mi cuerpo… Y su miembro, el que descansaba templándose en el agua, a mí lado, en ese enfría botellas…

El metro de perlas enredado en mi mano como una telaraña me acariciaba con dedos expertos… esta vez si haría lo que yo quisiera, no me obligaría a nada, por muchos susurros en mi oído. El espejo me devolvía una imagen bella… Pronto apareció él, tras de mí, sus labios besaron mi cuello, unas gotas de whisky rodaron por mi escote… como si el beso quisiera precipitarse por el abismo de mis pechos… luego bajó el tirante del sostén y destapó mi pecho tibio… Los dedos se enredaron en el pezón que pronto se manifestó altivo, poderoso. Empezaba la locura… El sabor picante de mi lengua degustaba los besos ardientes que el whisky me ofrecía, y las perlas, sus dedos anhelantes, se deslizaban por el vientre, la cintura y se metían donde el calor de sexo humedecía el satén negro del minúsculo tanga… Las oleadas de lujuria empezaban a acosarme…!

La braguita retirada a un lado y los dedos, sacando de mí, temblores de placer… El metro de dedos perlados se introducían en la vagina… uno tras otro, entraban a pares, dos más, dos más y dos más… Hasta que la oscura y húmeda cavidad quedó llena de blancas bolitas nacaradas. Me acerqué al espejo. Pegada a él, besaba labios de cristal de sabor ardiente, que me quemaban la garganta hasta mi esófago… La pelvis bailaba, y de eco… el crujir de aquellos dedos metidos en mí… Jadeos, besos embriagadores, y luego, el delirio lento del metro de placer, deslizándose suavemente, por encima de un clítoris rabioso.

Una, una más, otra… así hasta un metro de dedos mojados, respingos de placer y crispación… todo fuera!. Entonces la imperiosa necesidad del sexo por poseer, y esos susurros de pasión… El hombre se imponía, tenia el consuelo al alcance de la mano. Mojado, tibio… Acerqué la cubitera, y cogí el clavo que me taladraría, bebí el agua que lo cubría… Metido en la boca, miraba desafiante la imagen lasciva del espejo… lengua, labios… brillos… gritos al oído nublando mi cabeza… Acomodé el consolador en el suelo, la moqueta lo sujetaba, sabía como hacerlo. Pronto se hundió en mí, desapareciendo en mi encendida cavidad… Miraba el espectáculo que tantas veces me hizo temblar… Tantos minutos de concupiscencia entre aquellas paredes… Los brillos de las velas reflejadas en el sudor de mi cuerpo… La música culminaba, y la locura hecha pasión desencajaba mi boca en un grito de placer… gutural, profundo. Otro beso intenso quemándome las entrañas, resbalando por el abdomen, y dedos perlados estirándome los pezones, pellizcos… tirones. El consuelo se metía hasta el fondo, mojado por flujos que lloraba mi cuerpo… La fricción, el chapoteo acompañaban a la música que aceleraba al mismo ritmo que mis contracciones. Más susurros al oído… la voz de Emilio, dura esta vez, dominante y exigente, me pedía más y más… Otra vez lo estaba haciendo, acabaría con los pezones heridos, y sangrantes… tenia que acelerar el orgasmo… Ya llegaba, y sabía que allí se acabaría todo… Las contracciones del útero… seguidas, seguidas. Latiendo por encima de la sensatez… más, más…

Caí desplomada en la cálida moqueta… exhausta de tanto placer… tranquila y sonriente. Riéndome de las horas perdidas en el diván del psicólogo. Esta vez no se lo diría a nadie. No permitiría que un estirado facultativo decidiera por mí. Porque Emilio me había hecho recuperar esos minutos de pasión, que como única secuela, me dejaban los pezones irritados y una leve… pero dulce borrachera.

Lia

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