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Rosi

Ha pasado un tiempo prudencial, y creo poder relatar, sin que ello afecte lo más mínimo a mi razón, el suceso que estuvo a punto de privarla de su capacidad para comprender —en la medida de lo posible— el mundo que me rodea. Sin embargo, mi instinto sexual no ha corrido la misma suerte, y dudo que se recupere en lo que me queda de vida.

Rosi era dependienta de una frutería. No sé quien está ahora allí, en su lugar, ya que hace tiempo que mi madre mató al cerdo, cuya existencia me daba la oportunidad de ir dos veces por semana a buscar las frutas que sobraban —de las cuales aquél se alimentaba, entre otras cosas— a su tienda. Después de buscar distintas fruterías donde se nos proporcionara dicho alimento sin tener que pagar por ello, aunque fuera un precio simbólico, encontramos una que parecía reunir todas las ventajas. Allí vi por primera vez a Rosi, una mujer madura, que debía rondar los cuarenta años, rubia, delgada y con unos ojos azules de devora-hombres.

En cuanto la vi, me sentí irremisiblemente atraído hacia ella. Siempre me gustaron las mujeres maduras, aunque hasta entonces no había conocido ninguna que mereciera la pena. Pero Rosi era distinta. Por su forma de mirarme comprendí enseguida que ella también sentía algo por mí. La dulce manera que tenía de decirme “pasa”, después de atender a los clientes, para conducirme a la sala donde se almacenaban las frutas del día que no se habían vendido, me volvía loco; tal vez porque inconscientemente me daba cuenta de que esa era la primera frase que dicen las putas cuando te invitan a pasar a su cuarto, preludio de placeres que yo deseaba fervientemente experimentar con Rosi.

Desgraciadamente, de una forma u otra, todo se oponía a mis deseos. Casi siempre había demasiado gente, y ella estaba tan ocupada que, casi sin mirarme, me decía, distraídamente: “son aquellas dos bolsas del fondo”, y no me acompañaba a buscarlas. Además, solía suceder que cuando la tienda estaba casi vacía, entonces no encontraba una zona donde aparcar el coche, teniendo que posicionarlo en doble fila, en cuyo caso mi madre me decía: “espera ahí, que vengo ahora”, y ni siquiera podía entrar a la tienda para ver a mi amada.

Pero un día se dieron las circunstancias propicias: no me acompañaba mi madre, encontré fácilmente un sitio para aparcar, y, además, la tienda estaba vacía. No podía pasar de aquel día. Tenía que hablar con ella, manifestarle mis sentimientos, exagerándolos un poco para conseguir el que me había propuesto como único objetivo de mi vida desde que la vi por vez primera: degustar la sabrosa fruta madura de su cuerpo antes de que se pudriera definitivamente…

Así que entré muy despacio, mientras la miraba directamente a los ojos. Ella fingía ocuparse de la caja, pero no me podía engañar; deseaba tanto como yo el momento en que la rodeara con mis brazos y la devorara como se devora una sandía. Por fin, llegué al mostrador y repetí maquinalmente la frase que desde hace un mes era mi tarjeta de presentación: “hola, ¿tienes algo?”. Ella no contestó enseguida, tardó unos segundos, aunque a mí me parecieron horas. Al fin dijo: “sí, pasa”, con el tono dulce y confidente de siempre. El corazón golpeaba en mi pecho con una insistencia inusitada, como si me quisiera decir “¿a qué esperas?”, y mi sexo parecía querer dispararse de un momento a otro. No pude hacer otra cosa que seguirla al cuarto donde se almacenaba la fruta.

Cuando estábamos dentro me indicó unas bolsas y me condujo hacia ellas. Al llegar, se inclinó para depositar en unas cajas el contenido que había en una bolsa, de forma que me fuera posible transportar la carga de fruta con mayor comodidad al coche. Era un ritual que ya conocía, pero aquella vez algo era distinto. Se inclinó sobre la bolsa pero sin agacharse, de forma que su trasero apuntaba directamente a mi miembro, puesto que yo estaba situado justo detrás de ella.

¡Dios mío! ¿Era posible? Me parecía estar soñando cuando noté cómo estaba retrocediendo mientras cogía la fruta, aproximando sus nalgas a mi pantalón, justo en la zona donde una explosión mayor que la de Hiroshima se estaba gestando… ¿Serían imaginaciones mías?, ¿un efecto óptico producido por la excitación de mis sentidos? No, aquello era muy real, tan real que llegó el momento, tan temido y al mismo tiempo esperado, en que el valle de su culo se incrustó en mi entrepierna.

No pude aguantar más. Aquello era demasiado. O la follaba en aquel mismo instante o me moriría. Pensado y hecho, ya que tras apretar bien sus caderas, como si fuese un ave que se me pudiera escapar de las manos en cualquier momento, la atraje hacia mí con todas mis fuerzas. A continuación, la hice girar sobre sí misma, de forma que nuestros rostros se situaron uno enfrente del otro. Percibí en sus ojos una especie de furia animal, un ansia asesina que me hizo estremecer. Acto seguido sus labios se clavaron en los míos, y mientras duraba aquel beso, en el cual ella parecía hundirse con la misma determinación de un suicida, nos fuimos quitando la ropa. Miré su cuerpo desnudo, y ella debió de presentir mi desagrado, porque al instante se abalanzó sobre mí, como si quisiera hacerme olvidar lo que yo había visto…

Porque aquel cuerpo que se devanaba junto al mío, aquel cuerpo con el que tanto había soñado, estaba poblado de arrugas, tan marcadas que se parecían a los surcos recién hechos en la tierra. Los senos caían lacios y sin vida, su vientre era una visión espantosa, y los pelos que cubrían su sexo estaban tan blancos como la nieve. ¿Cómo era posible? ¿Qué había sucedido? ¡Su cuerpo parecía haber envejecido veinte años de golpe! Volví a ver su rostro, y entonces el mundo se me vino abajo. ¿Por qué no me desmayaría en aquel mismo momento? ¿Por qué la muerte no quiso apiadarse de mí? Todo era inútil. Yo estaba demasiado excitado, y ella… ella se estaba convirtiendo en un cadáver…

miguelbarciela@hotmail.com

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