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Mi pasantía en Houston

Conseguí una beca por tres meses en el hospital Andersson en Houston Texas y partí ilusionada junto a otros colegas para hacer un master en psicología sobre el comportamiento humano y el sexo.

Era un tema que comentábamos al partir, tendría un enfoque diferente desde la óptica del pueblo norteamericano. Sus hábitos y sus costumbres nos permitirían cotejar y analizar su comportamiento en algo tan importante y vital como las relaciones sexuales.

Tengo 48 años soy alta delgada, no estoy mal según mis amigas, pero soy muy tímida y recatada. A pesar de que mis compañeros de viaje se esforzaban por integrarme a sus salidas, yo prefería quedarme en casa con otra colega con quien alquilamos un pequeño departamento muy cercano al hospital. Cristina como yo, gozaba estudiando y escribiendo sus experiencias y los conocimientos que nos enriquecían día a día. Era más liberal en sus costumbres. Separada y con una nueva pareja, me convenció para acompañarla en las salidas con el resto de los becarios los sábados a la noche.

El grupo era divertido y no perdían oportunidad para festejar como buenos latinos yendo a cenar y bailar. Se unió a nosotros un colega caribeño que cantaba reggie como los dioses. Era de piel negra, fuerte, de buen físico y sumamente simpático. Era más joven que yo, muy galante y no perdía ocasión para halagarme con sus palabras, resaltando mi belleza.

Mi compañera de departamento me incitaba a no desaprovechar la oportunidad de salir con Timothy pues estaba segura que le gustaba y podía disfrutar con su compañía y no hacer tan tediosos los días de mi estadía en Houston. “Además quien no ha tenido la fantasía de hacer el amor con un negro”, agregaba con una sonrisa pícara como colofón.

Le confesé que nunca había engañado a mi marido y por ende traté siempre de desviar la conversación. Con el correr de las semanas las palabras de Cristina despertaron mis fantasías y se transformaron en una obsesión. Más de una noche me dormí pensando en ese gladiador negro que imaginaba haciéndome el amor. Cristina tenía razón, yo como muchas mujeres había soñado alguna vez con esa fantasía y ahora tenía la oportunidad de hacerla realidad. Traté de alejar las ideas de mi mente, pero no lo logré. A pesar de mi formación, y el respeto por mi esposo, a quien ponía como excusa, cada vez que Cristina me lo insinuaba trataba de disuadirla sin mucha convicción, hasta que llegó el día en que dejé mis convicciones de lado.

Próximo a finalizar nuestra pasantía, se organizó una fiesta de despedida con los colegas en una discoteca famosa de los alrededores de la ciudad. Nos vestimos con Cristina con nuestras mejores galas y antes de partir hacia la reunión me confió que esa noche no regresaría al departamento pues había concertado una cita con el cicerone que nos había acompañado durante nuestra estadía.

“Voy a disfrutar de una noche diferente, antes de volver a la rutina de Buenos Aires”, me dijo y agregó. “Es nuestra última oportunidad y deberías hacer lo mismo con el caribeño que está muerto con vos”.

“Por favor no digas eso, con cara vuelvo a ver a mi marido”, le respondí.

“Vamos María porque se habría de enterar”. Y con una sonrisa agregó. “Salvo por la fama de los atributos que tienen los negros, y luego después uno no se conforma con nada”.

Llegamos puntualmente y luego de cenar y beber más de lo que acostumbro, nos integramos al baile. Tim nos deleitó con sus canciones y cuando una música romántica ambientó la noche, me propuso bailar. Acepté y me tomó entre sus brazos. La sensualidad con que se desplazaba apretado a mi cuerpo hizo que notase el bulto que contactaba con mi pelvis. A pesar de la vergüenza pensando que el resto de la gente se daría cuenta, me apreté más para disimular la situación. Estaba ruborizada. Tim. al oído me susurraba palabras de amor hasta que me olvidé de todos y me entregué al llamado de mis sentidos. Bailamos hasta la última pieza. Me sentí halagada como hacía muchos años no me sucedía y respondí beso por beso sin reparar en nada ni nadie. Al retornar a la mesa Cristina me recordó su compromiso, y se ofreció a llevarme antes con su amigo a nuestro departamento.

“Yo me encargo de ella”. Fue la respuesta solícita de Tim.

“Al fin”. “Aprovechen la noche”. “Pensé que nunca llegaría el día” nos dijo Cristina con ironía.

Nos dirigimos con Tim. en su auto hacia el departamento. Durante el trayecto mi cabeza me daba vueltas y no sabía que hacer. ¿Lo invitaría a subir?. Por un lado mi conciencia me decía que no debía hacerlo pues me imaginaba como terminaría todo. Por otro lado lo deseaba fervientemente. Mi calentura y la curiosidad fueron decisivas.

“Subes a tomar un café”, lo invité.

Timothy sin dudarlo aceptó. “Lo estaba esperando María”.

Apenas traspusimos la puerta, me tomó entre sus brazos y nos besamos con pasión. Yo me olvidé de todo. Estaba en las nubes. Su cabello renegrido con rastas al estilo Bob Marley. Sus ojos oscuros, su cuerpo joven y fuerte, y su boca carnosa y sensual eran una invitación a explorarlo.

Tim. me ayudo a desnudarme con mucha delicadeza. Elogió mi cuerpo maduro y me tranquilizó. Temía defraudarlo. Luego fue mi turno. Le quité la camisa y dejó caer sus pantalones. Cuando le bajé el boxer quedé estupefacta. Una enorme verga gruesa y negra apareció ante mis ojos. Tim. debe haber visto mi expresión pues se comprometió a ser cuidadoso y darme solo placer.

Nos sentamos en el diván y Tim. comenzó a acariciar mi vulva. Me abrí de piernas para facilitarle la exploración Al mismo tiempo me encargué de masturbarlo. Luego llevé la enorme verga rígida con el glande descubierto a mi boca., lo lamí y lo introduje dentro de ella, hasta mi garganta, produciéndome arcadas cuando eyaculó. Tragué lo que pude y el resto escurrió por la comisura de mis labios. Tim. gemía y se retorcía de placer. Por lo visto no lo hacía tan mal a pesar de mi inexperiencia, ya que solo había hecho el amor con mi esposo de manera muy formal desde que me casé. Ya no me importaba nada, ni me remordía la conciencia. Estaba entregaba a la lujuria y el placer. Tim. era un sol, y su miembro tan enorme como solo había visto en alguna foto, me haría feliz.

Me colocó de bruces y desde atrás comenzó con besos y su lengua a recorrer mis orificios. Que habilidad y que lengua para jugar e introducir su punta. Nadie me lo había hecho antes. Mis gemidos y las palabras entrecortadas escapaban de mi boca. “Por Dios. que placer, que manera de calentarme”, “mi concha te desea”.

Tomando el control absoluto de la situación me pidió que me abstraiga de todos mis pensamientos y me entregue de cuerpo y alma.

“Si mi Dios, soy tuya”. “quiero que me hagas tu esclava”. “cógeme como nadie lo hizo con esa pija divina que tienes”. “Es un sueño maravilloso”. “Hoy soy tu puta”.

Nadie que me conocía diría que era yo. Una mujer tan retraída y pudorosa se había transformado en una diosa del sexo disfrutando de una relación salvaje. Una esposa fiel y formal, estaba gozando con un joven negro casi desconocido que la llevaba al éxtasis como nunca lo había imaginado.

Con mi concha lubricada por mis jugos y su saliva se colocó por detrás y luego de acariciar el clítoris me introdujo su enorme tranca hasta el fondo de mi vagina. Sentí como sus paredes se dilataban arrancando gemidos de dolor y de placer. Esa polla negra se enterró hasta los testículos. Podía verlo todo en el espejo de pared que adornaba el living y que le daba más morbo a ese instante fantástico. Acabé con un orgasmo ruidoso al sentir como eyaculaba vertiendo su semen en chorros intermitentes que escurrían luego por mis muslos.

Estaba agotada, jamás me había entregado con tanta pasión. Nos duchamos. Lo convidé con un café y luego de servirlo me sentó en su falda. Nos hicimos mimos y entre besos y caricias me preguntó como me sentía. “Diez puntos y sin remordimiento”, me animé a decirle. Me levantó alzándome en brazos y me llevó al diván. “Quieres más” me preguntó. “Esto recién comienza” me musitó al oído. “Eres una hembra en celo alucinante”. “Estaba seguro de ello desde que te conocí”.

“Soy tu esclava”. “Estoy dispuesta a más si lo deseas”. Alcancé a decirle casi desfalleciente

Estaba irreconocible. Yo tímida y mojigata me entregaba a los deseos de ese gladiador negro con quien había soñado más de una vez.

Me colocó de frente a El, me abrió de piernas, y pude ver como aproximaba su enorme verga a mi vulva. Jugó con el clítoris, despertando un cosquilleo que recorrió todo mi cuerpo hasta que con suma delicadeza lo deslizó dentro de mi vagina. Sentí nuevamente dolor al dilatar las paredes de la misma pero luego yo comencé a agitarme y empujar desde sus glúteos con mis manos para hacer más profunda y estrecha la relación. Jadeaba y gemía de placer. Mis palabras brotaban irracionales desde mis labios.

“Mi macho por Dios, que locura”. “Que pija enorme y maravillosa”. “Que divino placer”. “Quiero llevarla adentro toda mi vida”.

Inclinándose se apoderó de mis tetas y lamió mis pezones mordisqueándolos con sabiduría. Tuve un orgasmo tras otro. Tim. era el hombre que me había iniciado en una etapa diferente, disfrutando del sexo sin tabúes.

Eyaculó nuevamente dentro de mi vagina y cuando retiró su miembro de mi concha, me asombré de la capacidad de la misma para albergarla en su totalidad. Me había hecho feliz.

Nos dormimos abrazados un par de horas, recuperando las fuerzas, hasta que el alba nos despertó. Más bien fue Tim. que con sus besos en la oreja y sus palabras de amor me motivó nuevamente. Me coloqué sobre Ël y lo cubrí a besos. Besé su pecho y sus pezones oscuros mordiéndolos como Ël había hecho con los míos. Acaricié sus testículos y enseguida produje la erección de ese miembro que me había dado tanto placer.

“Te animas a explorar un placer diferente intenso y maravilloso”.

Me asusté pues me imaginé lo que me propondría, y más teniendo entre mis manos esa tremenda herramienta. “Por favor, tengo temor a sentir dolor”. “Siempre me negué a los pedidos de mi esposo”, eran mis ruegos, pero Tim., insistía excitándome y tranquilizándome al mismo tiempo.

“Mi vida será maravilloso entregar tu virginidad”, “Seguro que lo deseas más que nadie”. “No temas seré lo más delicado posible y luego gozaras como una yegua en celo”, para agregar, “Estoy seguro que no te vas a arrepentir”.

Finalmente pese a mis protestas y argumentos me entregué.

Me colocó de bruces sobre el diván. Me hizo abrir las piernas, separando mis nalgas y volvió a lubricar mi ano con su saliva. Sentía la punta de su lengua tratando de abrirlo y dilatarlo.

“Es muy estrecho mi cielo”, le musité, “No vas a poder”.

“No te preocupes María”. “Tiene más capacidad de lo que te imaginas”, Trató de conformarme.

Me untó con vaselina y esbocé una última defensa. “Me va a doler mucho, y no creo poder aguantarlo”

Conociendo mi calentura y mi excitación me preguntó conociendo mi respuesta.”¿Dejamos aquí mi vida?”.

Desfalleciente le respondí, temiendo que dejáramos de probar algo que ya había decidido. “No mi amor, quiero toda esa pija en el culo, no me hagas caso”.

Sentí como el glande se insinuaba en el orificio anal, que comenzó a dilatarse, finalmente llegó al esfínter y lo atravesó de un solo impulso. Grité sin poderme contener ante el dolor. “aaaaayyyy, uuuuyuy, sácala por favor no aguanto más”. “Sácala que me desmayo”. “Aaaaaaaaaaaaaayyyyyyyy, Tim. te amo”.

Mi cabeza contra el respaldo me impedía todo movimiento para sacar la verga del recto, al contrario en cada movimiento se introducía más. Finalmente los testículos golpearon contra mis nalgas, había entrado toda. “Que dolor por Dios, la tengo toda adentro, mi vida”. “Me desvirgaste Tim.”

Luego de unos instantes, cedió el dolor y sentí como un deseo intenso de evacuar los intestinos y le pedí por favor que la sacase. Retiró su verga y ya de pié nos besamos. Me expresó lo feliz que lo había hecho a pesar que yo no había tenido un orgasmo y El no se había corrido.

Espérame un momento que enseguida regreso lo que quedó inconcluso. Fui al bañó, luego me duché nuevamente y frente al espejo de tres hojas observé mi ano abierto como una flor. Volví a untarlo con vaselina y cuando retorné Tim. me esperaba sentado y masturbándose.

“Ahora estoy preparada y serás feliz”, me atreví a decirle mientras lo besaba.

Me monté de espaldas e introduje esa hermosa verga descomunal que me había desflorado mirándome al espejo. Ya no había dolor solo placer y comencé a cabalgarlo hasta que luego de unos minutos me anunció que iba a eyacular. Me dejé caer de espaldas con toda la pija adentro y tuve un orgasmo múltiple junto a torrentes de semen que llenaron mis entrañas.

Nos quedamos dormidos hasta que Cristina volvió de mañana y nos despertó con una sonrisa y el desayuno preparado.

Fue un fin de curso maravilloso donde el recuerdo de Timothy aún perdura y estimula la relación con mi marido cuando hacemos el amor.

Munjol (Confesión de mi primera infidelidad) . hjlmmo@ubbi.com

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