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La pensión

Estudié en la capital con los sacrificios de un provinciano de modestos recursos y hoy recuerdo el tiempo en que vivía en una pensión de la Estación Central. Su dueña era una sesentona separada, sin hijos, de cuerpo ajamonado y de unas tetas y un culo descomunales. No tenía cintura y su pelo era canoso y crespo. Le gustaba maquillarse exageradamente y a veces parecía payaso o una puta barata. Los pensionistas éramos 4 y como único varón, me dio la pieza sin ventana del fondo. Para estudiar tenía que usar ampolleta lo que me trajo problemas con la dueña, hasta que ocurrió lo que cuento.Las tensiones de los estudios las aliviaba masturbándome con unos Playboy que mantenía ocultos. Pero una noche que estaba en lo mejor, la vieja abrió la puerta y no alcancé mas que a taparme con la almohada. Y me dijo, ¡Cuando encontré las revistas, supe que estaba haciendo eso! ¿No sabe que lo debilita y después no podrá estudiar? Salido del susto, le conté por qué lo hacía y entonces me dijo que mejor buscara una mujer y dejara la “manuela”. Sería mas natural y lo pasaría mejor. Fue recién entonces cuando me di cuenta que vestía solo una corta y escotada camisa de dormir que dejaba los enormes y caídos senos casi a la vista con los pezones marcándose bajo la delgada tela. Al notar mi mirada, se sentó en la cama y retiró la ropa para mirarme. Con sus gordas manos me agarró el pico y empezó a acariciármelo de arriba abajo corriéndole el forro. ¡Esto tiene que hacerlo una mujer! me dijo y cuando lo endureció a su gusto, se agachó y me dio una chupada de miedo. Yo estaba paralizado sin atinar hasta que me llevó una mano hacia los senos. Eran una gran masa de carne blanda rematada en un pezón café que cubría toda la punta. La otra me la llevó a su entrepierna subiéndose la camisa. En medio de una enorme y canosa mata de pelos encontré una raja estilante y caliente. Cuando me tuvo a punto de acabar con las chupadas, se acostó con la camisa arremangada y sus gordas piernas exageradamente abiertas ofreciéndome su raja. ¡Venga m’ hijito, métame el pico! Apenas me puse en medio de sus obesos muslos, me atrapó con sus piernas y me obligó a clavarla. Entré como en un tarro de grasa sin ningún problema hasta que mis huevos toparon en sus glúteos. Tenía una zorra enorme y babosa de jugos.¡Deme duro, más duro m’ hijito! Y azoté sus gorduras hasta que acabé. ¡Chúpeme las tetas m’ hijito! Y acabó mordiendo los gritos para no ser oída.

Mientras descansábamos jugó con el pico hasta que me tuvo otra vez duro. De inmediato me lo chupó hasta que me hizo acabarle tragándose el semen como el mejor de los manjares. La verdad es que la vieja era una experta cornetera y era capaz de meterse todo el pico en la garganta sin siquiera hacer arcadas. Se lo metía hasta cierto largo y luego dilataba el garguero y entraba produciéndome un placer similar a tenérselo en la vagina, pero mas apretado. Al día siguiente tuve un excelente desayuno y un mejor almuerzo. En la noche, cuando estaba acostado, Dña. Marta entró con pasteles y bebidas vistiendo una coqueta bata.Apenas cerró la puerta, se abrió la ropa y apareció totalmente desnuda con sus enormes tetas colgando hasta casi la cintura y un rollo de grasa que le tapaba la pelambrera. Aún así, para quién tiene el kino acumulado, era apetecible.Se acostó y tomó parte de la crema que tenían los pasteles y se untó la zorra. ¡Cómase este pastelito m’ hijito! Menos mal que se había lavado la champa porque su olor no era tan pesado y logré que acabara pasándole la lengua por el clítoris y las labias. Casi me ahoga con sus muslos y terminé con la lengua acalambrada porque la vieja era dura para alcanzar su orgasmo.

Como yo había quedado duro como palo, me puso tras su gran culo. Se echó un poco de crema en la raja y tomándome el pico, ubicó la cabeza en la entrada del ano.¡Empuje m’ hijito, empuje! y sentí como se abría el apretado esfínter y entraba la cabeza. ¡Espere que me relaje! y respiró profundo. Cuando estuvo lista exigió ¡Ahora m’ hijito, métamelo todo! y me fui entero adentro de sus intestinos.

Nunca antes lo había metido en un culo y fue una experiencia inolvidable sentir que los músculos interiores aprietan mas que la zorra y que es un conducto mucho mas caliente. Mientras yo le bombeaba el trasero, ella se masturbaba hasta acabar. Sus músculos me apretaron espasmódicamente haciéndome acabar de inmediato. Amorosa me limpió las suciedades que traía y lo chupó hasta que nuevamente se endureció. De inmediato lo aprovechó sentándose arriba colocando sus tetas en mi cara para chupárselas y me cabalgó hasta sacarme una tercera porción de semen.

A partir de entonces me la culié todas las semanas. Era insaciable y cada vez inventaba alguna postura para amenizar el encuentro. Mi favorita era metérselo por el culo. Se lo hice sentado en una silla y ella de espaldas se dejaba caer. Una vez que estábamos solos, se acostó en la mesa del comedor y subiendo bien las piernas levantó el culo hasta dejarme el orto a la vista y de pie se lo metí hasta los pendoloques. A ella le di todo y no se perdía una gota de semen. Decía que era bueno para el cutis y al menos dos veces a la semana su garganta recibía su ración.Esto duró un año hasta que me enamoré de una compañera, lo que no fue aceptado por la vieja y me echó de la pensión. Me quería para ella sola y en mi futuro sentimental ella no estaba incluida.

Le agradezco eternamente haberme atendido y cuidado, además de enseñarme todos los secretos del sexo y creo haberle pagado haciéndola feliz mientras estuvimos juntos.

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