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Feminizada y convertida en una cross puta y sumisa, parte 2

2-Cristian

El despertar fue dulce. Olía como una perrita con mi culotte manchado de leche y las medias ya secas del pis de mis amos que las había impregnado. El top blanco se me había pegado en parte al cuerpo cuando se secaron los escupitajos. No quería bañarme, pero tenía que ir a a trabajar, último día de la semana, así que a desgano me quité las medias y el top. El culotte me costó más: con el semen seco, estaba duro como una tabla y olía maravillosamente. Cuando por fin me lo quité, me quedé un largo rato acostada desnuda y oliéndolo, acariciándolo, como una quinceñera con un osito perfumado. Una putita besando la lechita seca que pronto esperaba tomar.

Sentía más curiosidad que miedo por lo que fuera a ocurrir con mis nuevos amos. Por un momento temí que se hubiesen contentado con la humillación de la noche anterior, pero entonces, cuando estaba por salir al trabajo, vi otra notita debajo de mi puerta. Debían haberla dejado después de mi salida enchastrada al balcón. Era corta: “Hoy a las 11 de la noche voy a estar ahí. Recibime vestida como lo que sos”.

Pensé en lo raro de que la nota dijera “voy” y no “venimos”, pero estaba tan contenta que no le di más vueltas.

Terminé de prepararme, guardé la notita y, después de ponerme con un poquito de saliva y cuidado mi tampón del día en la cola, salí a la calle.

Mi día corrió en dos dimensiones. Hice todo lo que debía hacer como una maquinita, pero mi cabeza no podía salir de mi encuentro de las 11, preparándome con miedos, ansiedades, fantasías y anhelos. Volví a mi casa lo más rápido que pude, con tiempo a prepararme. Primero dejé el departamento brillante y ordenado, y después terminé de decidir qué ponerme.

“Recibime vestida como lo que sos”, decía la nota. Y fue fácil adivinar la intención: ¡Cómo una puta, claro! Después de deliberar un poco, me decidí por unas medias negras con portaligas, una tanguita del mismo color minúscula, que apenas servía para mantener todo en su lugar, una pollerita escocesa tableada y un corpiño corset muy sexy, también negro y con cierre de broches adelante; una belleza que decidí adoptar como cábala. Mi pelo, negro azabache corto y peinado con un flequillito, completaba el cuadro.

Como me di cuenta de que me veía como una puta sí, pero una bastante refinada, le sumé un poco de ordinariez con un rouge casi fluorescente.

A las 10 y media ya estaba lista y ansiosa. Como no me podía contener decidí tomar un cuaderno nuevo y escribí en la primera hoja: “Todo lo que quiero que me hagan”. Para matar el tiempo, decidí que iba a empezar una lista con mis fantasías.

Ya había anotado unas cuantas cuando sonó el timbre. Dos timbrazos, secos y cortos. Miré el reloj y eran las 11 en punto. Me quedé quieta como una columna y me invadió el pánico. Estaba aterrada. Otros dos timbrazos, más enérgicos.

Entonces salí disparada como un rayo y sin espiar por la mirilla abrí la puerta y me quedé detrás, con el alma en la garganta.

Entró dando pasos firmes. Vestía como un oficinista, sin corbata pero con un pantalón de vestir café y una camisa impecable, con un saco en la mano. Debía medir más de 1,80, robusto, pelo corto y prolijamente afeitado.

Llevaba una bolsita de farmacia en una mano. Estaba haciendo esa radiografía cuando se dio vuelta y me dijo:

-Cerrá ya.

El tono era imperativo, pero también era cálido y me dio algo de seguridad. Yo sentía que toda la sangre se me había agolpado en la cara. Estaba rojísima de vergüenza y de excitación. Estaba ahí vestida como una trola enfrente de un extraño. Cerré y me quedé parada mirando al suelo, aturdida por la vergüenza.

Sentí que durante unos segundos eternos mi amo me recorría con la vista en detalle. Noté un esbozo de sonrisa. Al parecer, se sentía satisfecho con lo que veía.

-Mirame. Eso es. Yo soy Cristian y ahora vamos a hablar un poquito, pero primero vamos al baño. Quiero que te saques el tampón como una señorita. Cuando me vaya te ponés uno nuevo.

-Sí, señor- dije instintivamente, y se escuchó muy bien. Fui caminando coqueta hasta el baño y bajo su mirada atenta corrí un poco la bombacha, tiré con cuidado del hilito del tampón, lo enrollé en un poco de papel higiénico y lo tiré al cesto. Después, más envalentonada, miré a Cristian buscando más indicaciones.

-También bajate la bombacha hasta encima de las rodillas. Va ser donde va a estar todo el tiempo, putita, así que va a ser mejor que te acostumbres a tenerla ahí. Eso, muy bien.

Entonces volvió directo al living y se sentó en una silla. Tamborileó los dedos en la mesa, como impaciente.

-De rodillas, acá- dijo y me señaló a su costado. Como hipnotizada, con la bombacha flotando en los muslos fui y me arrodillé a su lado.

-Saludame como hacen las perritas como vos- dijo mientras me extendió una mano.

Tardé un segundo entenderlo, pero enseguida empecé a lamerle los dedos. Despacio, deteniéndome primero en uno, luego en otro, después un poco la palma de la mano. No me los metía en la boca, sino que los lamía, pero él parecía satisfecho porque habló en un tono más confidente.

– A partir de ahora te llamás Alina. Y vas a comportarte como una puta conmigo y otros, pero quiero que te quede algo bien claro. Bien claro. Vas a portarte como una puta con otros, pero vos sos mi puta. Mía. ¿Entendiste? ¿Qué sos?

-Soy tu puta- le dije mientras seguía lamiendo sus dedos. Creo que incluso me salió una caída de ojos sin pensarla.

-Bien. Me lo vas a recordar cada vez que tengas mi pija en la boca o en la cola. Que no se te olvide. Y cuando te esté cogiendo otro y yo ande por ahí, y va a pasar seguido, quiero que lo digas también, pero mirándome a los ojos a mí.

Asentí todavía con la lengua recorriendo su dedo índice y Cristian me dio una palmadita suave en la cara. Tomó la bolsita de farmacia que había sobre la mesa y tomó de ahí un frasco. Era, obviamente, vaselina. Me lo dio mientras abría las piernas y me hacía señas de que me colocara entre ellas. Mis pulsaciones se aceleraron.

-Alina, estoy seguro de que una putita como vos no puede pasar más de un rato sin pija. ¿Es así?

-Sí, señor, sí, no me aguanto.

-Vení, tocá -dijo y me acercó una mano hasta que palpé su bulto- y contáme: ¿cuánto querés esta pija?

-Esa pija es mi dueña. Como soy tu puta, quiero esta pija todo el tiempo.

Sentí que mi lengua empezaba a soltarse, y no sólo para hablar. Estaba mojando un poco mi pollerita tableada sólo con tocar esa pija por encima del pantalón. Cristian se bajó el cierre, corrió la ropa interior, en la que llegué a ver una manchita tenue de líquido preseminal y sacó, erecta y perfecta, su poronga.

-Te voy a dejar chupármela un rato, pero sólo un rato, para que no te envicies. Y mientras tanto, vas a prepararte la colita.

Tomé el tarro y una buena cantidad de vaselina con la mano izquierda. Empecé a trabajar mi ano con delicadeza y cuando ese flanco estaba cubierto, acerqué la cara casi sin respirar a la pija de Cristian. El olor penetrante me terminó de desinhibir. Primero le fui dando besitos en la cabeza, le cubrí de dulces besitos el glande.

Luego lo miré a los ojos y sin apartar la vista empecé a lamerle la pija como un heladito, de abajo hacia arriba sin parar, con un pequeño gesto de estar saboreando con cada recorrida. Un empujoncito de Cristian me hizo meterme la cabeza en la boca. Primero me mantuve ahí, quieta. Quería disfrutar cómo palpitaba en mi boca, cómo la sentía en contacto con la lengua. Después empecé a subir y bajar, lento primero, más rápido después. En un momento paré y recordé lo que tenía que hacer. Me saqué la pija de la boca, puse cara de pícara y dije con todo convencimiento:

-Soy tu puta.

-Sí, eso sos, Alina, pero quiero que me lo digas con mi pija adentro de tu boca.

Aproveché para tomar otro poco de lubricante para mi colita, me metí con gusto la pija en la boca y como pude dije:

– Nghoy…tu…nghuta.

Cristian se rió a carcajadas y me hizo repetirlo. Yo estaba a mil y al cuarto intento se entendió perfectamente lo que le estaba diciendo sin sacar su poronga de mi boca babeante. Yo era su puta, definitivamente.

Volvió a reírse y se levantó de la silla. Yo lo veía de rodillas y como no me dijo nada, seguí abriendo mi cola. Entonces tomó un preservativo de la bolsita de la mesa y empezó a colocárselo. Otra vez me asaltaron los nervios.

-Ahora te voy a coger, Alina, así que creo que esa bombacha ya no tiene que estar en las rodillas, sino en los tobillos. Y ponete en cuatro patitas. Seguramente es lo que mejor se te da.

Hice lo que me pedía y me coloqué, tensa, en cuatro patas. Levanté mi pollerita para que mi cola quedara completamente a su disposición. Cristian se ubicó detrás mío y probó como estaba mi cola con un dedo, primero, y dos después. Me sobresalté y me ordenó que me tranquilizara.

Como tantas veces había leído o me habían contado, la pija me entró con mucho, mucho dolor. Yo siempre había sido muy estrechita, y a pesar de la lubricación, sentía que el dolor era muy fuerte. “Ay..ay…ay”, gimoteaba a medida que Cristian iba metiendo su pija. Y cuando ya estaba a punto de pedirle que la sacara, que no podía, con la pera casi apoyada en suelo y la cola levantada y llena, todo empezó a aliviar.

Cristian empezó a meter y sacar con mucha suavidad. Se notaba que estaba tanteando para no reventarme. Una vez que el movimiento se hizo fluido, yo ya estaba arqueada, había levantado la cabeza y el culo, y acompañaba excitada sus movimientos como una tremenda puta. Entonces se detuvo.

-Me voy a quedar quieto, Alina, y quiero que vos te cojas -me dijo al oído, susurrando.

Torpemente, yo empecé a balancearme hacia adelante y atrás, cuidando de que la pija no saliera ni que la embestida me doliera. Tomé ritmo y empecé a gemir descontrolada. Mientras yo misma me hacía coger, Cristian ya estaba muy excitado. Empezó a gritarme y entre medio de cada grito, a escupirme en la espalda, en la nuca, en el pelo.

-¡Dale puta, mostrame! ¡Mostrame, trola! Te gusta la pija, te gusta la pija. Violate, trola. A ver cómo te violás. ¿Eso buscás, no? Puta de mierda, querés que te violen, que te cojan duro. Puta de mierda. Trola. Sos una perra en celo.

Entre los insultos, las escupidas y la pija que entraba y salía por mi movimiento, acabé sin necesidad de tocarme. Manché el suelo, mi pollerita tableada y mi corpiño corsé con espesos chorros de leche.

-¡Soy tu puta! ¡Soy tu puta! ¡SOY TU PUTA! -Grité mientras me desplomaba.

Con la pija dura como un garrote todavía adentro de mi cola, Cristian se inclinó para hablarme al oído:

-Sucia, roñosa, todo eso lo vas a tener que limpiar con la lengua. Puta asquerosa, es la última vez que acabás sin mi permiso. Ahora te voy a sacar la pija de una y te va a doler mucho. Que sirva de castigo por esto y por haberme hecho tocar el timbre dos veces. Y ni bien te la saque, te vas a poner de rodillas y vas a recibir mi leche en la boca.

La sacó de una, con aspereza y pegué un grito de dolor bastante alto. Ni quise ver cómo había quedado el forro que Cristian se sacó rápido y tiró a un costado. Aunque sentía que la cola me estallaba, me puse de rodillas a su lado, con la boca bien abierta y la lengua afuera, casi pegada a su pija.

-Ni una gota afuera, sucia, pero no se te ocurra tragar- dijo.

Fueron cinco ramalazos de una leche muy líquida y muy salada. Debí haber dado una imagen muy guarra porque me desesperé para que ni una gota de leche quedara afuera. Cuando terminó, tenía la boca repleta hasta el punto de tener que inflar los cachetes.

Nos quedamos unos segundos así y luego Cristian se acomodó el pelo, metió su pija en el pantalón y se limpió las manos con una servilleta.

-No tragues hasta que te diga putita de mierda. ¿Entendiste? Bien. Ahora escuchá con atención. Ahí en la mesa te dejo unas tampones de regalo. Son medium. Ponete ya uno porque estás sangrando, se ve que te vino -se rió- También te dejo mi teléfono para que lo cargues inmediatamente. Y algo más: ahora sí podés conocer al resto. Me voy.

Justo antes de cruzar la puerta se volvió hacia donde estaba, todavía de rodillas, con la bombacha en los tobillos, la cola abierta y la boca llena de su leche, y me dijo:

-Decime, Alina, ¿conocés la Vía Láctea?

Asentí algo desconcertada. El sonrió y salió de mi departamento.

Dolorida, excitada y sucia, me acerqué a la mesa. Cargué su teléfono en mi celular y miré qué era ese “algo más”: una entrada al cine, para el día siguiente a la noche, en el Abasto. Estaba pensando de qué podía tratarse cuando sonó mi celu. Era él.

-Hacé gárgaras -me dijo cuando atendí.

Cumplí obediente bien cerquita del teléfono para que me escuchara bien.

-Putita de mierda

Tragué. Y me froté la pancita como una nena que acaba de probar algo muy, muy rico.

(Continuará…)

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Gracias por el tiempo, agradezco cualquier comentario o consejo (o sugerencia!). Muchos besitos.

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