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Una mujer anal

Estaba yo casado con mi primera esposa, con quien tenía sexo anal cada tanto; a ella le gustaba, no mucho, apenas lo suficiente para concedérmelo como un regalo especial en ciertas ocasiones. Decía que le dolía mucho, que mi miembro era demasiado grande para esas prácticas y si bien ella alcanzaba buenos orgasmos cuando lo hacíamos, por lo general los juegos previos eran muy fugaces, cortos ya que no me lo permitía. Ella (la llamaré Viviana, no es su nombre real pero deseo preservar su identidad ya que todo el relato es verídico) prefería que iniciara rápidamente la penetración y finalizar cuanto antes. Una vez que había alcanzado Viviana su orgasmo (mediante mi estimulación manual de su clítoris) me pedía textualmente “sacámela del culo, me duele mucho” con lo cual se perdía, antes y después, gran parte del placer anal.
De modo que abadaba yo, permanentemente, a la búsqueda de una amante con quien poder practicar mi sexo favorito, el sexo anal, con todos los juegos previos y con toda la pasíon que ello lleva implícito.
Viviana tiene una prima, a quien llamaré también con el nombre de fantasía Stella ,para preservar su identidad por las mismas razones anteriores, quien nos visitaba periódicamente, por vivir cerca de nuestra casa.
Stella estaba casada y tenía dos hijos (una nena de 10 años y un nene de 7), tenía en ese entonces 35 años, si bien su apariencia aniñada y juvenil la hacían aparecer como una adolescente. Su marido era empresario y viajaba constantemente. Stella no estaba feliz con su matrimonio, criticaba públicamente a su marido y no desperdiciaba oportunidad de decirnos, a Viviana y a mí, que no era sexualmente feliz con él.
Cada vez que Stella venía a cenar a nuestra casa (cuando estaba sola, que eran la mayoría de las veces), dejaba sus hijos en la casa de su madre, de modo de poder cenar los tres adultos tranquilos y tener conversaciones que no habrían sido posibles delante de lo niños. Casi siempre las conversaciones terminaban derivando en temas sexuales y yo, confieso, fantaseaba bastante con Stella, si bien me cuidaba mucho, tratando de no evidenciar mi deseo por ella, por ser ambas primas muy íntimas y no quería terminar generando un gran problema familiar.
Todas las veces, al terminar la cena, me tocaba a mí llevar a Stella a la casa de su madre en mi auto, donde recogía a sus hijos y de allí la llevaba a su casa; durante todo el trayecto conversábamos de temas tribiales (yo iba solo, mientras Viviana se quedaba levantando la mesa y arreglando la casa) pero siempre notaba en Stella cierto sutil coqueteo que ejercitaba conmigo. Yo nunca había querido insinuar nada, en el temor de desatar un gran problema y porque no estaba seguro si lo de Stella era genuino o solamente producto de mi imaginación.
Debo reconocer que si bien Stella me parecía atractiva, nunca había reparado demasiado en ella. Le decíamos, en confianza, La Flaca, por ser alta y muy delgada. Todo en ella era longilíneo, sus brazos, sus manos de dedos finos y delicados que parecían manos de un pianista, sus largas piernas, pechos pequeños y como siempre estaba vestida con ropas holgadas y polleras largas, era casi imposible adivinar su silueta y sus formas más íntimas, excepto en verano, donde usaba soleros livianos, sandalias y se podía notar que sus nalgas no eran abundantes, pero tenía una cola bien formada y paradita.
A mí, lo que más me atraía de ella era su rostro. Cabello rubi oscuro natural hasta los hombros, nariz chica y recta, ojos oscuros, con una expresión enigmática y una boca muy sensual, de carnosos labios a los que lamentablemente casi nunca pintaba con lápiz labial, ya que no usaba maquillaje, acentuando su apariencia aniñada. Prácticamente se podia decir que Stella era una mujer de “perfil bajo” y que bien podía pasar inadvertida, salvo que un hombre se detuviera a observarla cuidadosamente, como había hecho yo, en cuyo caso descubriría una atracción muy sutil y casi voluptuosa, sobre todo en su mirada y en sus gestos.
Por esas cosas del destino (donde muchas veces diferentes hechos circunstanciales suceden casi en simultáneo y generan una combinación de sucesos que adquieren gran importancia), teniendo una conversación con mi esposa, Viviana, vengo a enterarme de la intimidad de Stella, ya que, como dije, ambas eran muy amigas, además de primas, y se contaban mutuamente todas sus intimidades.
De modo tal que Viviana (mi esposa) me dice que le había contado a su prima Stella que yo era un hombre muy dotado, dando incluso precisiones sobre mis medidas de 22 x 6,5 cm, ya que Viviana misma me había tomado las medidas, con un metro de costura, esas cintas plásticas flexibles. Me contó Viviana que su prima se había sorprendido mucho y le llamó la atención, al saber que practicábamos también el sexo anal, preguntándole ” ¿Cómo puedes meterte todo eso en el culo? Realmente no me imagino semejante pedazo dentro de mi culo, pero debe ser fantástico poder comértelo todo”
Entonces Viviana le preguntó si había tenido experiencias anales y Stella, tras pedirle que guardara el secreto (grave error, las mujeres siempre terminan contándoselo a alguien, en este caso a mí) le confesó que había tenido la experiencia más fascinante de su vida. Allí Stella se sinceró ante su prima y le dijo que en los 12 años que llevaba al lado de su marido (no había conocido sexualmente otro hombre antes de él) jamás había alcanzado un orgasmo, lo cual explicaba muy bien la razón de sus constantes diatribas contra su esposo. En realidad Stella, por lo que contaba, no era frígida, sino anorgásmica. Se excitaba muchísimo, pero no podía alcanzar un orgasmo. Ahora bien, contó además que hacía poco, durante un viaje, había conocido circunstancialmente a un hombre con quien se había ido a la cama y quien le propuso tener sexo anal. Que allí, en ese momento, había experimentado el primer orgasmo de su vida, teniendo sexo anal y que estaba maravillada con ello. Luego repitió su experiencia un par de veces más pero que después de esos días nunca había vuelto a ver a ese hombre, quien estaba de viaje acidentalmente en ese lugar.
A posteriori, Stella le había propuesto a su marido tener sexo anal (obviamente, sin confesarle que acababa de descubrir que analmente alcanzaba orgasmos tremendos) obteniendo una gran reprimenda de parte del idiota de su esposo, quien poco menos la trató de puta degenerada.
Yo escuchaba ese relato de boca de Viviana y no podía dar crédito a sus palabras. Ese imbécil tenía a su lado una mujer que le pedía tener sexo anal y él la rechazaba!!!!!!!!! ¡¡¡¡Idiota!!!!! Bien se merecía ser un cornudo y yo habría de encargarme de hacerlo mucho más, a partir de ese momento.
Esa noche, tras la conversación con Viviana, me quedé turbado, estaba muy caliente y la imagen de Stella me daba vueltas en la cabeza. Creo que a Viviana le sucedió lo mismo al relatármelo, porque esa noche me ofreció su hermoso culo y la pude sodomizar largamente, como a mí me gusta, si bien cerraba los ojos e imaginaba que era a Stella a quien empalaba en mi verga.
Por esa coincidencia de hechos que hablaba al principio, a los pocos días vino Stella a nuestra casa, como de costumbre sola, a cenar. Había dejado sus hijos en lo de su madre y venía del gimnasio, con un bolso con su ropa, para bañarse en nuestra casa y vestirse para cenar.
Era verano, hacía calor y estaba yo con pantalones cortos y en zapatillas. En un momento determinado y sin saber que Stella había subido a la planta alta a bañarse y cambiarse, decidí hacer lo propio, para vestirme para la cena. Cuando iba subiendo las escaleras en silencio y sin encender la luz porque me iluminaba la lámpara de uno de los cuatros de huéspedes de la planta alta, me quedé helado, inmóvil. La puerta de uno de los cuartos de huéspedes estaba apenas entornada, habían encendido una lámpara de mesa y estaba Stella desvistiéndose, sin saber que yo la observaba desde la escalera.
Pude ver sus pechos pequeños (de costado) cuando se quitaba la remera de gimnasia y, como escuchando mis ruegos en ese momento, giró hasta quedar de espaldas y se bajó el pantalón largo, quedando con una pequeña tanga cola – less que apenas tenía atrás una fina tira que se metía entre sus nalgas. Allí pude descubrir ese culo de adolescente que La Flaca ocultaba con sus ropajes holgados, duro, parado, bonito, si bien para nada voluminoso…tampoco lo necesitaba, estaba sencillamente perfecto.
Retrocedí unos peldaños, lentamente, sin darme vuelta, de modo que si Stella llegaba a percatarse de mi presencia, bien podía pasar como que yo iba subiendo las escaleras y era una situación accidental. Mientras hacía esto, Stella se agachó para quitarse la tanga, antes de envolverse en un toallón de baño y aprestarse a tomar una ducha. Esa visión de su culo desnudo en la semipenumbra del cuarto, que habrá durado dos o tres segundos, no más, casi me mata del corazón….quedé como loco y durante toda la cena no hacía más que pensar en lo que había visto y, encima, lo relacionaba con lo que Viviana me había contado………estaba realmente sobre-excitado y mi cabeza trabajaba a toda máquina.
Esa noche, como siempre, me tocó llevarla nuevamente a su casa y en el camino, antes de recoger a sus hijos, no pude más y le conté lo que me había dicho Viviana sobre su experiencia anal y que desde entonces vivía obsesionado con ello. Me jugué el todo por el todo y decidí que si fracasaba en el intento, trataría que quedara en una charla íntima entre ambos. Stella me sonrió y me dijo, muy suelta de cuerpo “¿Y debiste esperar hasta verme desnuda hoy para proponérmelo? ” Yo casi me muero, primero de sorpresa y después de la risa. De modo que la muy ladina había preparado todo, esperando que yo subiera para desnudarse!!!!!!!! Muchas veces los hombres no valoramos el coraje y la determinación de las mujeres cuando quieren obtener algo. Me había tendido una trampa y había resultado ser yo “el cazador cazado”.
Detuve el auto a un costado y le estampé un beso, el cual me correspondió de igual manera, con gran pasión. Inmediatamente se separó de mí y me dijo que era tarde, que debía recoger a sus hijos e ir a la casa porque el marido (que estaba de viaje) la llamaba siempre antes de la medianoche. De modo que quedamos para vernos al día siguiente en un bar de las afueras de la ciudad, en una zona donde hay muchos albergues transitorios.
No hace falta agregar que esa noche no pude conciliar el sueño y la imagen de Stella desnuda, agachada, quitándose la tanga, me volvía literalmente loco. Al día sigiuiente estuve diez minutos antes en el lugar de la cita y Stella llegó puntual, en un taxi. Como era un lugar público, nos besamos en las mejillas, como dos amigos y tomamos sendos cafés, en tanto hablábamos y nos reíamos juntos de lo que había sucedido el día anteror y mientras ella me contaba de sus frustraciones sexuales con su marido, de su fascinante pero corta aventura anal y de las fantasías que tenía conmigo por los relatos de su prima, mi esposa.
Enseguida coincidimos en que no era bueno exponernos innecesariamente en un lugar público, por la condición de casados de ambos y, siendo que éramos adultos y sabiendo muy bien lo que queríamos uno del otro, decidimos ir a un hotel. Hasta ese entonces, solamente nos habíamos besado la noche anterior, pero cuando uno tiene una cierta edad y sabe muy bien lo que quiere, no necesita largos prolegómenos para llegar a la cama, basta con desearlo mucho, para hacerlo.
Había llevado un pote de vaselina en la guantera de mi auto y me cuidé bien de no olvidarlo cuando llegamos a la cochera del hotel. Stella se sonrió cuando abrí la guantera y saqué la vaselina, me miró y me dijo como al pasar “previsor el hombre”
Una vez adentro, Stella ni me dió tiempo a que la besara o comenzara a desnudarla. Directamente se quitó el habitual solero que llevaba, no usaba corpiño, de modo que quedó desnuda, solamente con una mínima tanga blanca y con sus sandalias de tacos altos. Se acercó amí, me rodeó el cuello con sus brazos (es bastante más alta que yo) y me besó largamente, mojándome con su saliva mis labios y dejándome con una erección inocultable.
Se acostó boca arriba en la cama, de través, con la cabeza hacia uno de los laterales y las piernas hacia el otro lado. Yo me desnudé inmediatamente y me acerqué a su rostro, quedando yo mirando hacia sus piés. La besé largamente mientras ella estiraba los brazos y me tomaba la pija con las dos manos. Se apartó de mi beso para decirme “no mentía Viviana cuando decía que tienes la pija de un burro, por favor, no me vayas a lastimar, tengo poca experiencia por la colita” No te hagas problemas – le contesté – me he acostumbrado a meter este pedazo de carne en agujeritos muy pequeños………..(mentiras, muchas veces lo había intentado sin lograrlo)
Dicho esto, comencé a bajar por su cuerpo, besando desde su boca, hacia los pechos que, no por chicos dejaban de ser hermosos. Sus pezones estaban duros y erectos, de tamaño pequeño y apenas un poco más oscuros que su rosada piel. Recién en ese momento reparé en su piel. Muchos hombres se fijan demasiado en las “formas” de una mujer, olvidando un detalle tan importante como es la piel femenina. Stella tenía la piel como porcelana, tan suave y lisa al tacto como pocas veces en mi vida toqué nuevamente; creo que esa piel especial de Stella me excitó más que sus curvas y formas, las que de por sí eran delgadas y hermosas.
Besé su ombligo y su pubis, el cual estaba totalmente depilado; Stella no tenía ni un pelito, agregando un toque más de niña, a su, de por sí, casi adolescente físico. Me incliné más y llegué a los pliegues de la vulva y giré con ella en la cama, de modo de quedar yo abajo y ella arriba. Inmediatamente Stella recogió las piernas, para quedar “sentada sobre mí” poniéndome su concha bien sobre mi cara y se inclinó luego hacia adelante, tomando mi pija y besándola con lujuria y desesperación. Obviamente no tenía esos labios anchos, carnosos y sensuales al vicio; Stella era una experta mamadora. Primero me lamió la pija de arriba a abajo, dejándola toda mojada en su saliva, luego apoyó ambas manos abiertas sobre mi pubis, rodeando el tronco y jalando hacia abajo el prepucio y dejó la cabeza de mi verga totalmente descubierta. A partir de allí, comenzó a bajar con su boca y a salir lentamente, casi diría, deliberadamente lento. Cada vez que se la metía, llegaba más abajo y sus labios apenas me rozaban, haciéndome delirar. Finalmente, logró tragarse toda mi pija, yo no podía creerlo, además de una mujer “anal” Stella también era una “garganta profunda”. La Flaca había resultado ser un diamante en bruto al cual sólo había que pulir un poco y me tocaba a mí ser quien hiciera el trabajo fino…..
Yo había dejado de lamerle la concha para mirar por un costado, sobre el espejo que estaba justo en frente de la cara de Stella, para ver cómo se metía lentamente mi pija en la boca y llegaba hasta mis pelos….había que ver ese espectáculo único ¡¡¡Qué maestría en chupar pijas tenía Stella!!!
Mientras Stella seguía con su despliegue de habilidades para mamar vergas, me concentré en su concha, rosada, depilada, de labios perfectos y le metí la lengua en su canal y clítoris, mientras ya con un dedo de la mano derecha jugaba, haciendo círculos, en la puerta de su culo. Era un 69 atípico, por cuanto sabía que su placer estaba en el orificio anal y no en la concha, pero no podía perder la oportunidad de mojar mis labios en tan hermosa concha qiue se me presentaba y, además, estaba yo recibiendo una mamada sublime; tenía la pija como un palo y estaba pronto a no poder retenerme más. De modo tal que, luego de varios minutos, salí de esa posición, acosté a Stella boca abajo y coloqué una almohada debajo de su vientre, de tal forma que quedó con el culo bien abierto y levantado. Me iba a dedicar a preparar el terreno para el sexo anal, a su vez que me calmaba un poco después de su terrible mamada, pues de lo contrario, iba a terminar teniendo yo un rápido orgasmo….y eso era precisamente lo último que deseaba.
Me acosté boca abajo entre las piernas de Stella, quedando sus nalgas frente a mi cara; separé cada nalga con mis manos y me hundí en ellas, dándole a su rosado y pequeño agujerito un largo y mojado beso. Luego comencé a jugar con la punta de mi lengua en su esfínter, del cual me separaba cada tanto para observarlo. Realmente Stella era, desde todo punto de vista, una mujer anal ciento por ciento.Su esfínter era apenas rosado, perfecto, sin pliegues ni rugosidades, un cono de carne que se hundía suavemente en su interior. Si hasta su forma “cónica hacia adentro” parecía una guía especialmente diseñada para guiar las pijas al interior; más perfecta no podía ser.
Cuando le hube lamido, chupado, mordido, besuqueado su precioso culo e incluso, cuando se relajó y me permitió explorar con mi lengua dentro de él, procedí a introducir lentamente un dedo, mojado en sus propios jugos, mezcla de mi saliva y su flujo, que ya chorreaban por sus labios vaginales. Mi dedo mayor fue aceptado rápidamente y enseguida lo tenía todo adentro, mientras yo lo giraba como un tornillo. Stella gemiá, suspiraba y ella misma se abría las nalgas con sus manos para facilitar mi trabajo. Tomé el pote de vaselina, le pasé una abundante cantidad en el esfínter y con un dedo también le metí vaselina dentro de su culo. Mi dedo entraba y salía con gran facilidad y sin ninguna resistencia. De un dedo pasé a dos y luego de un buen rato a tres, haciendo ésto con sumo cuidado.Cuando comencé a meterle tres dedos en el culo, ya Stella gemía fuertemente, levantaba su culo, se abría más las nalgas con las manos y me apretaba los dedos con su anillo anal, haciendo un movimiento espasmódico de apretar y aflojar…obviamente estaba muy excitada y ya en el punto ideal para que yo comenzara a meterle mi verga.
Me puse abundante vaselina en toda la pija, desde la cabeza hasta el tronco y volví a envaselinarle el culo a Stella por enésima vez; la idea era entrar muy profundamente sin lastimar y prolongar la cogida todo el tiempo posible. La dejé a ella en esa posición, acostada boca abajo, con una almohada debajo de su vientre y ella abrió bien sus piernas hacia los costados, de modo que la apertura de sus nalgas fuera completa y su esfínter quedara totalmente expuesto. Estiró los brazos hacia adelante, tomándose del borde de la cama, de forma tal que, vista de arriba parecía una enorme “letra Y Griega”. Más sensual y erótica su pose no podía ser, mi pija se había puesto nuevamente muy dura y parada y casi palpitaba por enterrarse en ese culo.
Me puse sobre ella, apoyé la cabeza de mi pija en el agujero del culo y empujé suavemente. Con toda la vaselina que ambos teníamos puesta y todo el trabajo anterior con mis dedos, la cabeza entró fácilmente, su esfinter se había dilatado muy bien. Stella gimió, diciendome nuevamente que fuera suave. Sabía que ella tenía poca experiencia anal (apenas tres veces, según sus propios relatos) pero sabiendo que era una mujer que obtenía sus orgasmos sólo analmente, que disfrutaba enormemente de ello y habiendo visto lo maravilosamente fácil que recibió mis tres dedos en su culo……….quise ser suave, pero no exageradamente delicado.
Comencé a empujar mi pija dentro de su culo, lo hice lentamente pero sin detenerme, avancé en su interior centímetro a centímetro, mientras Stella daba un largo e interminable gemido, ronco, grave, como si quisiera ahogar un tremendo grito, como si temiera ser escuchada.
Cuando llegué exactamente a la parte de la mitad de mi pija, que es donde se pone más gruesa, Stella, que habitualmente era muy suave y muy femenina, levantó la cabeza, mirándome a través del espejo del frente y me dijo “hijo de puta, me estás partiendo el culo” casi gritando. Pero su rostro no era de dolor, estaba transfigurada; su habitual suavidad y delicadeza se habían transformado y ahora era una bestia hambrienta de pija que me miraba con los ojos desorbitados, enrojecidos y al decir esto dió un empujón final hacia atrás y arriba. Dio un grito que debe haber sido mezcla de dolor y placer, porque mientras gritaba roncamente, empujaba más y terminaba de meterse hasta el úlitmo de mis 22 cm dentro de su culo.
Yo estaba encima de ella, tan metido entre sus nalgas como nuestras anatomías lo permitían y no me movía. Solamente empujaba hacia adentro, como queriendo estaquearla, dejarla clavada contra el colchón. Acerqué mi cara a la de ella y le dije al oído, como quien dice un secreto ¿Así querías que te cogiera? Su largo sí y el movimiento pendular que imprimió a sus caderas bastaron por respuesta. A partir de ese momento comencé a sacarla largamente, dejando casi la cabeza de la verga afuera de su culo, para meterla hasta el tronco nuevamente. Repetía este movimiento de manera lenta y deliberada, de la misma manera lenta y deliberada que Stella me había mamado al principio. Sentía esta vez no en mis dedos, sino en mi pija, los movimientos espasmódicos de cerrar y abrir el esfinter de Stella. Cuando la metía hasta el fondo se abría y cuando comezaba a sacarla lo cerraba, apretándome como una mano.
Quise en un momento, instintivamente, llevar mi mano derecha hacia su clítoris y suavemente me dijo “no es necesario” ACABO POR EL CULO………………..con lo cual me concentré en sodomizarla largamente durante más de media hora continua. Le mordía la nuca y le decía obscenidades al oído, obteniendo de ella más calentura. Sus movimientos eran increíbles, manejaba sus caderas de manera magistral; rotaba la cintura y a su vez empujaba hacia atrás y arriba, Stella estaba evidenciando que era, no sólo una mujer anal, sino una adicta fanática a ser penetrada por el culo.
Cuando vino su orgasmo, yo no aguantaba más (me estaba controlando pero ya no podía seguir mucho tiempo más). Sus movimientos se hicieron más rápidos y cortos, el mete saca ya parecía una máquina, me decía “así, así, así” y entonces cambió sus gemidos y grititos por un sonoro, grave e interminable grito, mientras clavaba sus uñas en la cama y arqueaba totalmente su espalda, como si por caso hubiera quedado algún milímetro de mi pija que no hubiera entrado totalmente en su culo. Allí sí, sus espasmos anales se hicieron rápidos, contínuos y me apretaban la pija como si fuera una mano. Me apreté contra ella y la tomé de los hombros, empujando todo lo que pudiera. Yo acabé entre gritos y sentía mi semen salir a chorros dentro de su culo, me daba la sensación que ese culo me absorbía, me succionaba y me llevaba hasta la última gota.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, hasta que terminamos de relajarnos. Seguía yo encima de ella y sentía cómo lentamente mi pija se iba ablandando. Cuando la saqué, salió de su culo un borbotón de semen y me quedé extasiado mirando ese esfinter, ahora todo enrojecido, abierto como una enorme boca oscura y que cada tanto hacía un movimiento de espasmo, se cerraba y al abrirse expulsaba otro poco de mi leche.
Ese día no pudimos repetirlo, ella había quedado con su esfinter muy inflamado y yo, realmente, después de esa acabada, iba a necesitar un rato para reponerme, realmente había sido una cogida violenta, brutal, animal, salvaje.
Con Stella fuimos amantes durante varios años, nunca se supo lo nuestro. Luego yo me separé de Viviana y me mudé de provincia. Algunas veces llamo por teléfono a la noche a Stella y nos hemos visto un par de veces más, aprovechando algún viaje furtivo mío, coincidiendo con los viajes del idiota-cornudo del marido de Stella, el que no supo aprovechar una mujer anal, un verdadero regalo del cielo.
Con el tiempo conocí a otras mujeres anales, pero nunca fue lo mismo que con Stella. A los hombres que lean esto, si alguna vez se topan con una mujer anal, no la dejen escapar y a las mujeres que lo lean, si creen ser “mujeres anales” pues han sido tocadas por la varita mágica, aprovéchenlo al máximo, tendrán, seguramente, los hombres a sus piés.
Me fascinaría seguiir recibiendo como hasta ahora, correos de lectoras femeninas que se identifican con estas situaciones o cuya lectura les genera curiosidad o morbo. Mi e-mail estará a la cabeza del artículo, junto al título.
Marcelo
marcelobruero@hotmail.com

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