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Mi Jefa

Autor: Jano

Analía, la directora y propietaria de la empresa en la que trabajo como su secretario particular, es la mujer más altanera, déspota y engreída  que darse pueda. Maneja la oficina y a su personal con mano dura aprovechándose de los grandes beneficios que proporciona a su personal. Nadie levanta la voz ante su presencia. Más parece un rey absolutista de horca y cuchillo que una empresaria. En mi caso, no me escapo del mismo tratamiento que el resto, solo que a mí, dada su larga jornada de trabajo, me tiene a su servicio de sol a sol, hasta el punto de que, una vez se ha marchado el resto del personal, nos quedamos solos ultimando los detalles que a su juicio son necesarios terminar ese día.

Aunque tragándome el orgullo, continúo a su servicio por el alto sueldo que percibo y por las dificultades existentes en el mercado laboral; de no ser así, habría dimitido tiempo atrás.

Todo lo que tenía de reprobable en sus actitudes lo tenía de belleza. Ésta respondía a los gustos más exigentes; de estatura más que mediana, su feminidad y espectaculares formas, dejaban sin respiración al que la veía sin sospechar la dureza de su carácter.

Sus tiernos ojos verdes inducían al error: escondían un espíritu que podía llegar incluso a la crueldad con sus subordinados. Sin embargo, su pecho firme, las rotundas caderas, las largas y bien torneadas piernas y su elegante porte, hacían suspirar por ella a todo hombre que la trataba. Pese a su forma de tratarme, fijándome solo en su cuerpo, yo era uno de los que la deseaba con más fuerza. Estar a su lado todo el día era un suplicio doble: por un lado, la atracción que por ella sentía; por otro, la amargura de soportar su trato hacia mí. Extraña dicotomía.

En más de una ocasión, hube de contenerme para no lanzarme sobre ella y castigarla por cada afrenta que me había hecho.

Como ya he dicho, solo la buena situación económica que me proporcionaba impedía que dimitiera y me alejara de la que era causa de todas mis desazones, tanto de sufrir por no poder poseerla como de soportar su mal trato.

Sin embargo, la paciencia humana tiene un límite y algún día tendría que salir a la luz el acíbar acumulado durante tanto tiempo.

Así fue, en efecto. Una noche en que especialmente se había cebado sobre mis supuestas faltas, tirando por la calle del medio, desesperado y arrostrando el despido, aprovechando que nos habíamos quedado solos en la oficina, ante un insulto difícil de digerir, me revolví y solté por mi boca toda la inquina guardada. Ante mi explosión, Analía, mi jefa, se quedó paralizada sin poder creer lo que estaba escuchando; se quedó como una estatua sin conseguir articular palabra alguna. Antes de que reaccionara, aun sabiendo que me estaba jugando el empleo y ya perdido todo control sobre mis actos, me abalancé a ella y le di dos sonaras bofetadas. Sin un momento de vacilación, perdidos ya los estribos y  el temor a las consecuencias, sujetándola con fuerza, la arrastré hasta una de las butacas de su despacho y, apoyándola sobre mis piernas pese a sus esfuerzos por escapar, como un poseso, comencé a azotarla violentamente resarciéndome de tantas veces como me había humillado. Una alegría salvaje me invadía mientras la azotaba al tiempo que una gran excitación me invadía al hacer contacto mi mano sobre sus adorables nalgas por tanto tiempo admiradas y deseadas por mí. Sabía que aquella acción podía acarrearme no solo el despido sino, incluso, una condena por lo que estaba haciendo en su persona. Ninguna consideración me detenía.
Mi mano caía inmisericorde sobre sus carnes a través de la fina seda de su vestido. Ella se debatía protestando de forma airada y amenazándome de todas las formas posibles.
Sin hacerle caso, yo proseguía sin descanso la azotaina.

Lo que durante un tiempo fueron amenazas e intentos por escapar, convencida quizás de que ni lo uno ni lo otro evitaban el castigo, su actitud se fue haciendo más pasiva; solo se movía imperceptiblemente cuando la mano llegaba a su destino.

Sabiéndome perdido y consciente de que nadie podía sorprendernos, acicateado por un deseo acuciante de mis instintos más básicos, quise ver algo de su intimidad y levanté su falda, dejando al descubierto unas exiguas bragas negras caladas que dejaban al descubierto, más que ocultaban, aquellas espléndidas formas dignas de su perfecta belleza. Extasiado por su visión, cesé un momento de azotarla para contemplarlas con arrobo. No tardando mucho, volví a la tarea de zurrarla.

Aquello era el fin de mi trabajo: lo sabía. Sin embargo, algo en su actitud había cambiado; ahora ya no amenazaba ni trataba de zafarse de mi presa.

Mientras la azotaba, no dejaba de recriminarle su forma de tratar s sus subordinado y especialmente  a mí. Me desquité de tanto tiempo callando y soportando con estoicismo su mal genio, desprecio, altanería y prepotencia que mostraba  hacia todos.

Me sorprendió que no hubiera respuesta alguna ni a los azotes ni a las frases que le dirigía.

Ante mi sorpresa, con voz quebrada dijo que me pedía perdón por todos los desaires con que me había humillado en ese tiempo. Atónito,  paré de golpearla. Todavía sobre mis piernas, confesó que su forma de actuar se debía al convencimiento de que era la única forma de que su negocio funcionara; en ningún momento debería bajar la guardia y mantener a todo el personal bajo control. Su padre, exitoso industrial, así la había enseñado. Solo mi actitud, de la persona en quién más confiaba pese a su forma de tratarme, le estaban haciendo ver su error. Me apreciaba y tenía en alta estima mi trabajo y dedicación. No podía suponer que me afectara tanto su forma de tratarme.
Sin salir de mi asombro, la hice levantar y, al hacerlo, pude apreciar cómo unas lágrimas discurrían por sus mejillas.  La mujer entera, fuerte, dominante, era, según me confesó, la primera vez en su vida que había sido tratada de aquella manera.

Le pregunté si debía considerarme despedido. Su contestación fue aun más asombrosa que sus palabras anteriores. –“No; necesitaba que alguien me hiciera ver lo erróneo de mi comportamiento y lo ha hecho la persona que más aprecio y respeto de mi empresa.
Espero no actuar nuevamente así. Aunque será difícil, trataré de cambiar”—

Sin saber muy bien lo que hacía, impulsado por no sé que interior, le dije: –“Espero que así sea. En caso contrario, lo que ha ocurrido hoy se repetirá cada vez que yo lo considere necesario”–. Acumulando sorpresa tras sorpresa, Analía bajó la cabeza e hizo con ella un gesto de afirmación.

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Epílogo.

Como es de suponer, algo tan arraigado en su personalidad como aquello que me había hecho quemar mis naves en un momento de casi locura y desesperación, no podía cambiar de la noche a la mañana. Con altibajos, yo podía comprobar día a día los esfuerzos que Analía intentaba para dejar atrás sus viejos hábitos. Me constituí en su
mentor: durante mucho tiempo, cuando nos encontrábamos solos en la oficina, le hacía ver sus malas actitudes y la zurraba sin compasión en castigo por sus faltas de humanidad hacia sus empleados. De mejor o peor grado, lo aceptaba.

Independientemente de nuestra relación laboral, algo más profundo, más tierno y acendrado se fue generando entre los dos.

Llegué a acostumbrarme de tal manera a tenerla sobre mis rodillas con las nalgas al aire, que  la vigilaba para, con el menor pretexto, azotarla y acariciarlas con un placer solo explicable por el deseo irrefrenable que sentía por ella.

Pasó el tiempo: a mis oídos llegaron rumores de que la relación existente entre ella y yo no eran las propias entre jefa y empleado. No les faltaba razón. Con el tiempo, me convertí en su socio y en algo más íntimo. Yo recibía el placer de acariciar su cuerpo y algo más, en tanto que, por mi parte, no dejaba de azotarla incluso cuando no cometía falta alguna.

Y éste es el fin de una historia rara pero con final feliz.

Madrid, 14 de Noviembre de 2005.

Jano.

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