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María

Autora: Ana K. Blanco

(Dedicado a la Sumisa María y a su “papi” Jaime)

El que lo veía caminar por las estrechas calles de la Ciudad Vieja de Montevideo notaba en él toda su pinta de taita y malevo. Desde la ropa hasta su forma de caminar y moverse, denotaban el típico guapo que tanto se conoce por las letras los tangos.

Jaime, más conocido como el “papi” Jaime, era alto, de pelo negro corto, con ojos penetrantes que relojeaban todo por debajo de su gacho; los botines le relucían de tanto betún y lustre; llevaba puesta una camisa blanca, con el cuello y puños inmaculados y para rematar el traje gris, una bufanda de seda que anudaba en el cuello como lo requería la moda del momento.

El tenía su propio negocio y hacia allá se encaminaba. Era un cabaret, aunque algunos lo tildaran de “cabaretucho” o peor aún: “piringundín”. Su negocio era respetable y tenía fama en el ambiente del arrabal. Desde que Carlitos cantaba allí había subido la concurrencia; ahora también estaba María, con esa hermosísima voz y esa mezcla rara de nena bien y milonguera que enloquecía a más de uno.
Después de admirar en la puerta el nombre del lugar: “Chanteclaire”, entró, pegó una rápida mirada a la concurrencia y fue para el mostrador.
– ¿Qué hacés, Pardo? Servíme una ginebra ¿querés? Y mové las tabas que traigo seco el gargero.
– Pará un segundo que ya te doy. ¡Y no me apurés si me querés sacar bueno!
– ¿Dónde está la María? ¿Ya llegó?
– Sí, está en el camarín.

– ¡Bien! Esa mina es cumplidora y eso me gusta.

El cabaret estaba casi lleno. El humo de los puchos y el ruido de las voces y risas era lo típico de esos lugares. De repente todo quedó en silencio y Jaime vio que todos miraban hacia la puerta. La curiosidad lo hizo girar hacia la entrada y entonces se preguntó lo que el resto de la gente: ¿qué querrían esos tres “cajetillas”?
– ¡Pardo! Andá y atendé a esos pitucos a ver qué quieren. Llevalos al privado, y si quieren más, pueden usar mi oficina. Entendiste, no?
– Sí patrón.

– Dale, movete entonces. Y cualquier cosa me avisás.

El Pardo era su empleado de confianza. Lo vio dirigirse hacia los hombres bien vestidos y entonces reconoció al que venía al mando: se trataba de Don Floreal Vargas de Ron y Ruiz, perteneciente a una de las familias de más rancio abolengo y Senador de la República para más datos. Lo había visto en más de un acto político y era uno de los pocos que la gente consideraba honesto. Y le surgió la clásica pregunta: ¿qué haría un hombre como aquél en un cabaret como aquél? No era lo normal que gente de aquella categoría visitara el Chanteclaire.
Los vio desaparecer dentro del privado. Quizás tendría alguna cita con alguna mujer. Quizás venía por alguna de las minas del lugar. En fin, ya lo averiguaría cuando volviera el Pardo. María ya estaba por salir a cantar.
– “María…” -pensó. Que a este tipo no se le ocurra venir por María o se las vería con él. No sería la primera vez que sacaba el facón del cinto para pelearse por una mujer. Ni sería la última. María no era de él, pero tampoco sería de ese viejo.
– Patrón, el pituco viejo viene por la María. Quiere usar su despacho. Dice que se la mandemos pero que no le digamos nada de quién se trata.

– ¿Así? Dejámelo a mí nomás. ¡Yo lo arreglo! “¿Así que Senador incorruptible y honesto, no?”–Pensó para sí- “¡Ja! Son todos iguales. ¡Viejo degenerado!”
Los aplausos y gritos lo arrancaron de sus pensamientos. María ya estaba en escena hermosamente enfundada en un traje de “mina de arrabal”. Arrancaron las guitarras mientras ella se movía en el escenario como una experta.
Le pegó una mirada rápida al privado y vió al Senador haciendo gestos como de enojo mientras que los hombres que lo acompañaban trataban de detenerlo. Apuró su paso hasta allí y entró.
– Buenas noches Senador.
– ¿Qué tienen de buenas? ¿Quién es usted y con qué derecho se mete aquí?
– Mi nombre es Jaime. Jaime Vaz pa’ lo que guste mandar. Y soy el dueño de este lugar. Parece muy enojado, ¿lo puedo ayudar en algo?
– ¿Así que es el dueño? Entonces dígame cómo obligó a mi hija María a cantar en un lugar tan bajo como éste.
– ¿María es su hija? -dijo lleno de asombro- Yo no lo sabía señor. Ella se presentó aquí un día y me hizo una historia de un padre viudo, enfermo y sin trabajo. Dijo que ella era el único sostén de su padre y sus seis hermanos. La probé, cantaba bien y la contraté hace unos pocos días. Canta muy bien, es todo un éxito como podrá ver.
– Sí, todo un éxito, claro… Para esto la hice estudiar piano y canto con los mejores profesores del país, para que terminara en un piringundín de mala muerte ¡como una cabaretera!
Don Floreal hervía de rabia. Era un hombre relativamente joven, pues tendría unos cincuenta años; canoso y de porte elegante, todo un caballero. Pero en ese momento su cara estaba desencajada y se veía colérico e irritado.
– Quiero llevarme a mi hija de aquí ahora mismo.
– Entiendo perfectamente Don Floreal, pero… permítame hacerle una proposición.
– ¡Usté no está en condiciones de hacerme ninguna proposición mocito!
– Lo que voy a proponerle es por el bien de María. Le pido que al menos me escuche; tendrá tiempo de rechazarme si no le parece bien.
El Senador vaciló un momento. Luego, mirándolo a los ojos le dijo:

Lo escucho.

Cuando María terminó su actuación, el “Pardo” la estaba esperando.
– María, el “papi” quiere hablar con vos. Dice que vayás a su despacho, que te espera allá.
– Bueno, me cambio y voy.
– No, tiene que ser ahora mismo. Dale que te acompaño.
María lo miró extrañada. ¿Cuál sería el apuro que ni siquiera podía cambiarse esa pollera tan atrevida, con ese tajo que dejaba a la vista todo su muslo? Y todavía se había puesto la liga roja con la flor para sotener las medias de red. Le divertía vestirse así, como una arrabalera. Menos mal que allí nadie la conocía, que si no…
Siguió al Pardo hasta el despacho y éste golpeó la puerta.
– ¡Pasá! –gritó el “papi” Jaime desde dentro.
A María le sonó un tanto raro el tono de su voz, pero estaba tan feliz con su éxito de esa noche que no le dio importancia. Abrió la puerta, entró y… sus ojos no daban crédito a lo que veía: ¡su papá el Senador y el “papi” Jaime juntos! No, no era posible. Y se veían tan enojados los dos.
– Papá… pa… “papi”… yo…
– Hola María. ¿Sorprendida de verme nena? –le preguntó el Senador.
– Papá, yo… yo te voy a explicar… yo… este…
– ¿Qué? ¿Qué es lo que me vas a explicar? Esto no tiene explicación posible –le gritó.
María bajó la cabeza y con un hilo de voz se atrevió a preguntarle:
– ¿Cómo lo supiste? ¿Quién te lo dijo?
– ¡Sos una desvergonzada y una caradura! Me engañaste como un estúpido, pusiste el buen nombre de la familia en juego, no te importó todos estos años de sacrificio para mantener mi buen nombre y mi carrera política! ¡Sólo quisiste jugar a ser cabaretera sin pensar en nada ni en nadie!! -Dio un paso largo hacia ella y la encaró:
– ¿Querés saber cómo me enteré? Pasé a verte antes de irme a dormir y me extrañó tu posición en la cama, porque no era como acostumbrás dormir. Vi que estabas destapada fui a cubrirte. Cuando me acerqué, me di cuenta que mi “nena” no era otra que Renata, la sirvienta. Ella pagó bien caro el ser tu cómplice, y te juro que recordará esta noche cada vez que se siente, porque me encargué de ponerle el culo como una brasa! Y después de negarse y a base de azotes por fin me dijo dónde encontrarte. Así que vine a mostrarte el camino de vuelta a casa.

Sabía que estaba totalmente perdida y comenzó a sollozar. No podía huir ni hacer nada que no fuera aceptar su destino. El Senador le gritó a uno de sus empleados:
– ¡Felipe! Andá al auto y traéme “aquello” –Felipe salió de inmediato de la habitación- Y vos dejá de lloringuear que todavía no te di motivos para eso. Pero en unos momentos vas a llorar de verdad ¡ya vas a ver!
– Pero papá…
– Pero papá ¡NADA! No puedo tolerar una cosa así: me engañaste, me mentiste, traicionaste mi confianza y no conforme con eso, lo peor de todo: pusiste el nombre de la familia y mi carrera política en juego. Si alguno de mis detractores se enterara de esto, estaría perdido. Y lo mismo hiciste con Don Jaime.
Sí María -agregó Jaime- A mí también me engañaste. Dijiste un montón de mentiras que yo creí y todavía me hiciste quedar mal con alguien como el Senador, que merece todo mi respeto como hombre y como político. Preparate María, porque vas a recibir una lección inolvidable.
– Por favor “papi” Jaime, dame otra oportunidad. Yo solo quería cantar tango y era la única manera de conseguirlo.
– Pues si eso era lo que querías, lo lograste. –le dijo el Senador- Ahora vas a pagar el precio por conseguir tu capricho. Sos una rebelde, consentida y caprichosa. ¡Estoy harto de tus impertinencias! Pero todavía estoy a tiempo de corregirte y es lo que voy a hacer. Así que, vení para acá. Y vos Julio, esperá afuera. Cuando vuelva Felipe que no entre, yo lo llamaré.
– Sí, Don Floreal.

– Sí –dijo el “papi”- Tomátelas vos también.

Don Floreal tenía a María agarrada del brazo. Ella miraba todo sin saber qué hacer y con los ojos fuera de sus órbitas. Sabía que no era nada bueno lo que venía, pero no podía imaginarse qué pasaría. Sin soltarla le dijo al “papi” que acercara una silla, la puso en medio de la oficina y…

– Bien María, llegó el momento. El “papi” Jaime y yo hemos llegado a un acuerdo para tu castigo: dado que los dos somos los ofendidos, los dos te castigaremos. Y no se te ocurra decir nada, protestar o intentar huir porque no te va a servir de nada, entendés? Y solo vas a ganar que te castiguemos todavía más. Dale, vení para acá! Don Jaime, aquí se la entrego. Comience cuando quiera.

María estaba aterrorizada. Ahora sí imaginaba algo de lo que le esperaba.
– Pero papá, vos jamás permitiste que otra persona me castigara.
– Pero esta vez es diferente. ¡Y vos te lo buscaste!
El “papi” Jaime no la dejó hablar más. De un tirón la colocó sobre sus rodillas y comenzó la azotaína. “Plas, plas, plasss, plass..” No tenía ninguna piedad con ella. Don Floreal le había dicho que comenzara él y que lo hiciera sin quitarle la ropa, y el “papi” Jaime aceptó de buen grado.
Los golpes seguían cayendo y luego de unos minutos, a la seña de Don Floreal, Jaime paró.
– Ahora es mi turno. Vení para acá –le dijo, y de un tirón le arrancó la falda dejándola con las bragas solamente- Conmigo no vas a tener la suerte que tuviste con Jaime.

Le bajó las bragas y la colocó sobre sus rodillas. María conocía de sobra las manos de Don Floreal. Sabía cómo golpearla para que doliera más. Ella no lo veía, pero tenía sus cachetes con un bonito color rosado, que fue perdiendo para convertirse en rojo fuego a medida que el Senador comenzó a descargar golpes sobre ella, que se moría de vergüenza por la humillación de estar frente al “papi” casi desnuda.
De nada le sirvió patalear, gritar y llorar, solo que su padre aumentara la intensidad de los golpes. Nunca la había golpeado con tanta fuerza ni tan duramente.

Durante todo el castigo cada uno de ellos le fue diciendo lo enojado que estaba, lo mal que se había comportado y que ese castigo era por su bien, para que aprendiera los modales que se esperaba de una señorita de su rango social.
-¡No te vas a olvidar de esta paliza en tu vida! Zas, zas, plass, zas, plas, plasss…- Lo siento papá, lo siento!
– Por supuesto que lo sientes, pero ya es tarde. Plas, plas, zas… Lo hubieras pensado antes.
Su culito, antes tan blanco y suave estaba del color de los tomates maduros.
– Ahora paráte y no se te ocurra tocarte, entendiste? Andá para el escritorio, y ya sabés como ponerte. Separá las piernas y agarráte fuerte: no te va a gustar lo que viene ahora.
Sintió el inconfundible sonido de cuando su padre se sacaba el cinto, pero lo sintió dos veces. ¡NO! La iban a golpear los dos, ¡uno de cada lado! Y así fue: el primer cintazo fue del “papi” Jaime y cruzó su culito con una franja roja. No se había recuperado aún de ese cuando sintió el segundo, aún más fuerte, que la golpeaba del otro lado. Y así fueron cayendo, uno a uno, los 100 golpes con el cinto. Ya casi no le quedaban lágrimas ni fuerzas para llorar.
Su culito se veía hermoso, rojo y con innumerables marcas cruzadas formando equis. El “papi” fue el que habló ahora:

– Puedes frotarte un poco -le dijo con una voz tajante y sin el menor grado de compasión. No lo iba a reconocer ante nadie, pero el ver a María de aquella forma lo hizo ponerse en un grado de excitación que casi no podía disimular.
María comenzó a frotarse su torturada colita y a pegar saltitos por toda la oficina.
Don Floreal se acercó a la puerta y habló con sus hombres. Cuando volvió a entrar, María tembló al ver lo que traía en la mano: ¡eran dos canes!  ¡Ella odiaba aquel instrumento! Prefería 10 azotes con cualquier otra cosa que un sólo golpe con la cane! Miró al Senador con ojos suplicantes, pero una mirada fría fue todo lo que obtuvo por respuesta.
– Sobre el respaldo del sofá… ¡ahora!
– Por favor “papi”, con la cane ¡noooooooo!

-Según me dijo Don Floreal, será con la que más aprendas, así que… ponete en posición y… ¡SILENCIO! o te va a ir más “pior”.
En la forma en que estaba acomodada, su maltratado trasero quedaba totalmente expuesto. Cambiaron posiciones y el Senador dio comienzo al castigo con el primer varazo: fuerte y seco. María saltó de dolor, movió sus caderas, levantó sus piernas y se preparó para el segundo, que fue ejecutado por Jaime y tan doloroso como el primero e igual a todos los que les seguirían.

Uno tras otro fueron cayendo los varazos, hasta que se miraron entre ellos y con un gesto se indicaron que era suficiente.

Ayudaron a María a recostarse en el sillón y comenzaron a ponerle crema acompañada de compresas de agua fría para calmarla. Los dos le hablan con ternura y le repetían que todo había sido por su bien y que debía parar con esa doble vida.
Luego de un rato, Don Floreal envolvió a María en un cobertor y le dijo a Renato que la llevara hasta el auto. Se despidió del “papi” y salió de la oficina seguido por Julio. En último lugar salió Renato con María en brazos.
Cuando se alejaban, María asomó la cabeza, miró a el “papi” Jaime y, mientras sonreía levemente… le guiñó un ojo.

¿FIN?
Ana Karen

Montevideo – 25/octubre/2005

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