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La cabaña de Javier

Autora: Ana K. Blanco

Estaba cansado, muy cansado, pero… ¿cómo no estarlo trabajando para esa mujer? Ser el valet y secretario privado de la señora Paola no resultaba fácil ni era tarea para cualquier mortal! Su horario era de 0 a 24, de lunes a domingo, todos los días del año.
¿Cuándo había tomado sus últimas vacaciones? Ya era el quinto año que trabajaba para ella, y sólo había tenido vacaciones los dos primeros años, o sea que hacía tres que no se movía de su lado. Y estaba agotado física y mentalmente. Como secretario la acompañaba a todos lados, le recordaba sus citas y compromisos, se encargaba de responder los mensajes, cartas, pagar sus cuentas personales, enviar regalos para sus amigos (la señora no tenía familia), y un largo etcétera imposible de enumerar! Y como valet estaba a su servicio para cosas tan simples como prepararle el baño, elegirle la ropa que iba a usar o prepararle sus maletas cuando salían de viaje, cosa que hacían muy frecuentemente.

Además, la señora Paola tenía un carácter ¡más que difícil!! En su extenso y supuestamente tan pulido vocabulario, no existían palabras como: “por favor”, “lo siento” y muchísimo menos “gracias” o “me equivoqué” Ella consideraba que si estaba pagando por un servicio no tenía que usar ninguna de esas palabras ni muchas otras de ese tipo. ¡Y pagaba muy bien, él lo sabía! Varias veces había pensado en renunciar a este trabajo que lo agobiaba y lo estresaba tanto. Envió su currículo a varios trabajos y en todos fue aceptado, pero el salario era casi la mitad de lo que ganaba aquí. Además del excelente salario, la señora le compraba su ropa, toda fina y de marca, le pagaba el pasaje siempre en primera, a su lado, y en los hoteles compartían el mismo apartamento o suite, pero en dormitorios diferentes.

El compartir el mismo lugar de descanso, aunque fuera en otra habitación, traía aparejado serios inconvenientes para Javier, dado que la señora no tenía reparos en entrar en cualquier momento y a cualquier hora en su recámara, y por supuesto, sin golpear la puerta o pedir permiso para entrar. Sabía que la responsabilidad de que esto sucediera era totalmente de él, dado que por conservar el trabajo no había dicho nada al comienzo y luego, pasado el tiempo, ya no tenía sentido.

Paola lo había visto de todas las maneras imaginables: vestido, desnudo, durmiendo, leyendo, en la ducha… Las pocas veces que había intentado protestar, ella le contestaba que si no le gustaba podía renunciar cuando quisiera, y que si ella lo necesitaba o quería decirle algo lo haría en el momento que lo creyera oportuno ¡o cuando le viniese en gana! Paola tenía la seguridad de que él no lo haría, el sueldo era demasiado generoso !Ahhh… “poderoso caballero, Don Dinero”, como reza el dicho español.

Pero lo que más fastidiaba a Javier era la falta de consideración de la señora. En el tiempo que llevaba trabajando para ella, jamás le dio las gracias por lo que hacía, por el tiempo que le dedicaba y la atención y el esmero que ponía en cada una de sus tareas. Sí, ella le pagaba y muy bien, pero él quería algo más. Se conformaría con una sonrisa, un gesto de agradecimiento, un simple “por favor” o “gracias”, pero eso era demasiado fantasioso tratándose de Paola.
Por suerte, en pocos días más ella partiría de vacaciones a unas islas en el Pacífico y él aprovecharía para pedirle su licencia. No iría con ella ni aunque se lo suplicara. Esta vez no cedería! Y si lo echaba, pues… ¡mala suerte! No soportaba más esta situación y había ahorrado suficiente dinero como para darse el lujo de estar un largo período sin trabajar, y con sus excelentes referencias conseguiría trabajo cuando lo deseara, a pesar de sus 52 años.
En ese momento Paola hizo una estrepitosa entrada en la habitación y en sus pensamientos, como era su costumbre. Se veía hermosa a sus 45 años. El pelo dorado resaltaba sobre el traje sastre negro y sus ojos verdes relucían como esmeraldas en su rostro bronceado. Tenía buen cuerpo, muy bien proporcionado y su altura la hacía más elegante de lo que ya era por naturaleza. Javier se preguntaba cómo hacía para caminar de esa forma tan felina montada en aquellos tacos aguja que sabía manejara a la perfección. La falda tan ajustada y apenas por encima de la rodilla le daba un aire seductor que ella aprovechaba al máximo.

– Javier, está todo preparado para las vacaciones, ¿verdad? Supongo que ya te habrás encargado de todo: pasajes, hotel, automóvil…
– Sí señora. Ya he sacado su pasaje, le he hecho la reservación en el mejor hotel y también me he ocupado de conseguirle una limusina con chofer.
– ¿Qué cosa? ¿Cómo que has sacada MI pasaje? Querrás decir ¡LOS pasajes!
– No señora, quise decir SU pasaje.
– ¡Explícate!
– Hace ya 3 años que no me tomo vacaciones.
– ¿Cómo que no? ¡Yo siempre te llevo conmigo!
– Sí señora, es verdad. Pero cuando yo viajo con usted, la que toma vacaciones es la señora, no yo! Cada vez que está usted de viaje, por trabajo o por descanso, es lo mismo para mí, pues yo me sigo encargando de todas sus necesidades y continúo siendo su valet, amén de su secretario privado. Necesito tomarme un tiempo para mí, solo conmigo mismo… de verdad.
No supo jamás qué cara le habría puesto para que ella accediera a su pedido. ¡Casi no lo podía creer!!

– Y ¿ya has pensado dónde serán tus vacaciones?
– Sí señora. Me iré a una montaña en Asturias, cerca del pueblo de mis padres. Ellos murieron hace años y me trae paz y buenos recuerdos regresar allí. He comprado un terreno con una cabaña en la montaña y un amigo arquitecto la ha ido reparando de a poco y me ha avisado hace unos días que ya está terminada. ¡Estoy muy feliz!! Y quiero darle las gracias por permitirme partir.
– ¿Y cómo es la cabaña Javier? – le preguntó mientras se sentaba en el sofá y cruzaba sus maravillosas y largas piernas.
– Es una cabaña grande pero sencilla. Le he hecho muchas reformas y dejando el casco original, mandé ponerle las comodidades que son casi imprescindibles en el mundo de hoy: calefacción central, agua caliente, todos los dormitorios con baño privado y he mandado reformar la cocina también.
– Suena muy tentador.
– Bueno… lo es para mí! Sé que allí estoy en mi hogar y podré descansar, volver a ver a la gente que conozco desde niño y disfrutar del bello paisaje que tanto me gusta!

Y sin ningún reparo, Paola le espetó:- ¡Me voy contigo!
“Nooooooooooooo!!!” –tuvo ganas de gritarle! Pero se contuvo.

– Señora Paola… quisiera pensarlo antes de contestarle.
– ¿Qué es lo que tendrías que pensar?
– Si es conveniente que venga usted conmigo. Como le dije, quiero vacaciones, no podría hacerme cargo de usted…
– ¡Yo no te necesito! ¡No seré una carga para ti!

¡Su primer pensamiento fue de fastidio! Claro que lo necesitaba, pero ella no se daba cuenta de cuán importante era él en su vida. Importante, no imprescindible. ¡Y por su mente se cruzó una idea! En menos de un segundo ya tenía todo planificado y entonces…

– Tiene razón señora Paola. Será un placer “para mí” que venga a mi cabaña.

Ella le notó algo extraño en su tono al decir esto, pero no le dio mucha importancia.

– Mañana mismo ultimaré los detalles y en unos pocos días partiremos hacia la cabaña. Pero quiero algo de usted antes de seguir adelante con esto.
– ¿Qué cosa?
– Hace ya cinco años que estoy a su lado. Hay actitudes suyas que no comparto, pero la considero una mujer con dos maravillosas características que no son comunes en el día de hoy: es usted una persona honrada ¡y de palabra!
– ¡Por supuesto! Si doy mi palabra la cumplo a como dé lugar, aún perdiendo lo que tenga que perder.
– Lo sé, fui testigo varias veces de eso. Por eso me atrevo a pedirle que me dé su palabra de honor que durante el mes que estemos de vacaciones ¡NO SERÉ SU EMPLEADO! Y que si algo sucediera será separado del trabajo. A partir del momento en que tomemos la limusina hasta el aeropuerto y hasta que regresemos a este lugar no recibiré ninguna orden de su parte. No será usted mi jefa en esos días ni yo su empleado. Deberá depender de usted misma en todo momento

– ¡Pero por supuesto!! ¡Eso está sobreentendido! ¡Es lógico que sea así!
– Necesito su palabra señora. Por usted y por mí, por la tranquilidad de los dos.
– Javier, tienes mi palab…
– ¡No señora! –la interrumpió- No ahora… ¡Le sugiero que lo piense antes de hacerlo!
– No tengo nada que pensar. Tú me conoces bien y sabes perfectamente que una vez que tomo una decisión no me desdigo ¡ni doy marcha atrás! Javier: “tienes mi palabra de honor que el empleado y la jefa se quedan aquí mismo! Al viaje de vacaciones irán solamente un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. ¿Te basta con eso o quieres algo más??
– Sí, hay algo más. También quiero que me prometa que me obedecerá en absolutamente todo lo que le diga.
– ¡Yo no obedezco a nadie!
– Entonces no podré llevarla… ¡lo siento!
– ¡Yo no quiero prometer obedecerte! ¿Para qué haría tal promesa?
– Es el precio para que venga usted conmigo. No quiero alguien caprichoso que me arruine mis vacaciones.
– ¡Yo no soy caprichosa! –le dijo ella haciendo un mohín…
– Pues si no lo es, ¡¡lo disimula usted muuuuuy bien!!
Paola no tuvo más remedio que reírse! Sabía que no sólo era caprichosa, sino que además muchas veces era insoportable…
– Prometo durante el mes que duren las vacaciones, obedecerte en todo. ¿Está bien así?
– ¡Esta perfecto! Es más que suficiente señora. Sólo espero que no se arrepienta…
Ella no se imaginaba en lo que se había metido, pero él… él sí sabía lo que había hecho, ¡y lo sabía perfectamente! Tenía toda la noche para planificar estratégicamente este viaje de… ¿vacaciones!? ¡Ya estaba gozando por adelantado y se imaginaba las situaciones que se darían!!
Ahhhh, querida Paola, no tienes idea en qué te has metido! ¡Nunca lo imaginarás hasta que lo vivas! Este viaje será para ti muy didáctico y sin duda… ¡inolvidable!

Al día siguiente Javier canceló el viaje de Paola e hizo todos los arreglos para el nuevo itinerario a su lado. Estuvo la mayor parte de la noche planificándolo todo, hasta el último detalle. Preparó su equipaje y también el de ella. Paola jamás miraba lo que él ponía en la maleta, pues confiaba plenamente en su gusto y daba por descontado que él sabía qué debía ponerse para cada evento. Y esta vez, ¡él lo sabía mejor que nunca!!! Así que con “alevosía y premeditación” preparó la ropa, calzado y lo que él deseaba que ella usara en esta ocasión.

Y el día llegó. Estaba todo preparado a la hora adecuada, como siempre. Javier le avisó que era hora de partir y ella salió de la habitación en dirección al ascensor mientras el botones del hotel se ocupaba del equipaje. La limosina esperaba en la puerta para llevarlos al aeropuerto.

Una vez dentro del vehículo y con el auto en marcha, Javier le dijo:

– Bien… las vacaciones han comenzado y el empleado y la jefa quedaron en el hotel.
– Así es – contestó Paola.
– Aquí tienes (es la primera vez que la tuteaba!!) tus papeles: pasaje, pasaporte, tarjeta de embarque y demás documentación necesaria para el viaje.
– Pero… no harás tú los trámites como siempre? Y… es la primera vez que me tuteas!

Esto no podía comenzar mejor para Javier!! Prácticamente aún no habían salido y ya estaba ella pidiéndole cosas y llamándole la atención por algo: tal cual lo había imaginado!!

– Primera respuesta: no, no haré TUS trámites porque estoy de vacaciones y no soy tu empleado.
Y segunda respuesta: te tuteo porque nuestra relación es de amistad, como tú lo dijiste “…un hombre y una mujer al que los une una relación amistosa”. Y si soy tu amigo, creo tener el derecho a tutearte, verdad? Es lógico que el trato sea más cercano.
– Está bien, no me molesta. Y yo soy capaz de hacer mis propios trámites… -dijo ella con un dejo de enojo en la voz.

Una vez en el aeropuerto, tuvo que cada uno hacerse cargo de su equipaje, presentarse en el mostrador correspondiente, buscar la puerta de embarque, etc. Paola tuvo algunos inconvenientes por la falta de costumbre, pero salió airosa de todas las situaciones. Una vez dentro del avión, que casi pierden por las demoras de ella, Javier se dirigió a clase turista mientras que a ella le indicaban su lugar en primera clase. Paola no entendía nada. Durante el viaje lo buscó para recriminarle porqué no había sacado los dos pasajes en primera.

– Porque yo no tengo dinero como para pagarme tal lujo. Tú sabes que soy solo un trabajador y tengo que pensar en mi futuro. Prefiero ahorrar la diferencia del pasaje para invertir en otras cosas más importantes para mí.

Y en ese momento se le cruzó a Paola un pensamiento como un refusilo: estas vacaciones no serían como ella las imaginó. Se había acostumbrado a Javier y… lo amaba! No se lo diría jamás! pero se había enamorado de ese hombre tan especial, dulce y paciente con ella. Pero algo sucedía, algo extraño que no lograba ver aún. Lo que tampoco imaginaba era lo cerca que estaba de descubrirlo!
El viaje hasta la montaña se hizo agotador. La espera en el aeropuerto de Madrid, el viaje de una hora en avión hasta Asturias, y luego otro viaje en automóvil entre las montañas! Curvas, vueltas, curvas y ¡más vueltas! ¿Es que no tienen una carretera derecha en esta provincia?
Posiblemente sí, pero no en esta región.

Cuando llegaron era casi de noche. Javier estacionó el auto en la puerta de la cabaña. Abrió la portezuela de la valija del auto y sacó las maletas. Le había hecho cargar a ella con su equipaje desde Madrid, pero… se veía tan cansada ¡que le dio pena! Cuando con cara de sufrimiento Paola se dirigió a buscar su equipaje, él le dijo:

– Yo las llevaré. No olvido mi caballerosidad. Además… te ves muy cansada.

Esperaba que Paola le diera las gracias, pero no lo hizo. Eso lo enfureció un poco, pero lo disimuló. Aún no era el momento…

La cabaña se veía humilde pero bien arreglada por fuera. Al entrar Paola se asombró del contraste: estaba decorada con refinamiento y buen gusto. Los muebles, adornos y decoración no eran de marca ni carísimos, pero sí de excelente calidad y buen diseño. Todo el lugar se veía confortable y había sido reformado guardando un gran respeto por la arquitectura y diseño originales. En una palabra, era un lugar… ¡encantador!

En la planta baja, donde originalmente se guardaba el ganado, Javier había pedido que lo convirtieran en un comodísimo garaje con un lugar para hacer el lavado, secado y planchado de la ropa. En el primer piso estaba la sala principal, el comedor y una enorme cocina con una salita que tenía varios sillones cómodos y una estufa de leña. La cocina era tipo americana y tenía todos los utensilios que podría exigir un buen cocinero, y Javier lo era, así que había pedido que la diseñaran a su gusto. A un costado había una puerta que daba a un baño muy coqueto y completo.

En el segundo piso estaban los dormitorios. Había uno enorme, hermosísimo, con un ventanal inmenso que daba a un balcón ¡y este tenía una visión fabulosa del lugar! La cama era tamaño king, y sobre un costado de la habitación tenía un espacio como para desayunar. En el otro costado había una estufa de leña rodeada de unos sillones magníficos. Por una puerta de roble se entraba a un baño con jacuzzi, todo en mármol y decorado con gusto magnífico. ¡Era una habitación digna de reyes!!

Paola tiró las maletas y se zambulló en la cama!

– Pero… ¿qué haces?- gritó Javier.

– Cómo que qué hago? ¡Me acuesto! ¡Estoy molida y quiero descansar!
– Me parece estupendo, ¡pero hazlo en TU habitación, no en la mía!!
– ¡Esta habitación me gusta! ¡Me quedo aquí!!
– Mira que casualidad: a mí también me gusta ¡porque la diseñé para mí!! Así que haz el favor ¡y vete de aquí!
– ¡No, no lo haré!
– ¿Es necesario que te recuerde tu promesa de obedecer en todo??

¡Fue como un resorte! Con una cara de pocos amigos se levantó de la cama y lo miró casi con desprecio…

– Paola…
– ¡Qué! – le gritó con enojo
– Mi cama… ¡no estaba en esas condiciones que la dejaste! Así que… déjala en las mismas condiciones que estaba cuando entraste a la habitación. Ya mañana hablaremos y te diré las reglas de convivencia que tendremos durante este mes.
– “¿Reglas de convivencia”? ¿Pero qué es eso??
– Mañana lo sabrás. La habitación que está a la derecha, enfrente a esta, es la tuya. ¡Toma tus cosas y sal de mi recámara! ¡Ah! Y no se te ocurra, por ningún motivo, entrar en esta habitación sin mi permiso. ¿Entendido??

Lo dijo en un tono severo. Nunca lo había visto así en estos años. Tuvo un poco de temor pero… en el fondo le gustaba más este Javier recio y fuerte de carácter que el siempre obediente que ella conocía.

Tomo sus pertenencias y salió en silencio de la habitación. Cuando cruzó la puerta sintió que ésta se cerraba tras ella y el sonido del cerrojo la hizo sentirse en una terrible soledad…

Las vacaciones habían comenzado, y algo en su interior le advertía que serían diferentes a las que había tenido anteriormente durante su vida.

Al abrir la puerta de su habitación, el alma se le vino a los pies. No era una habitación como ella hubiera soñado. No tenía nada que ver con la de Javier. Estaba limpia, ordenada, pero… ¡era de una pobreza franciscana! Casi no tenía muebles: la cama de una plaza, su mesita de noche sobre un costado y una pequeña veladora encima, un reloj digital barato, una mesa tipo escritorio con una silla, una cómoda con ¿cepillos para el pelo?? (¡qué extraño!, pensó), un espejo para verse de cuerpo entero y el placard. Las paredes estaban casi desnudas excepto por un pequeño cuadro que se perdía en la inmensidad del espacio vacío.

¿Y aquella puerta? Ah, era el baño. Bueno, por lo menos el baño estaba mejor que la habitación: era amplio, tenía una ducha cómoda, era completo, con un lavabo enorme y un espejo también de grandes dimensiones, un placard con toallas y en la parte inferior de este placard, los elementos para la limpieza.

Al regresar a la habitación se ¡sintió aún peor! Ella no estaba acostumbrada a tanta austeridad, y no entendía por qué Javier le estaba haciendo esto. ¿Por qué la trataba así?
No tenía ganas de seguir pensando, eran demasiadas emociones para tan poco tiempo ¡y estaba exhausta!! Colocó la maleta sobre el escritorio y cuando la abrió… ¡ja! ¡lo que le faltaba!! Los estúpidos, inservibles, ineptos de la línea aérea ¡se equivocaron de maleta!! Eso pertenecía a otra mujer: jeans, sudaderas, tenis, faldas cortas como de colegiala, zoquetes, ropa interior de algodón… ¡Alguna colegiala se estaría dando banquete con sus zapatos aguja y sus trajes de marca!
Sonrió con esa idea y decidió que ella también usaría su ropa. Tomó un pijama, se lo puso y se zambulló en la humilde cama que le pareció muy confortable ¡cansada como estaba! Mañana hablaría con Javier y le pediría explicaciones. Quizás la trató así por el cansancio del viaje y con el humor de perros que demostró tener, ¡más valía no llevarle la contra! ¡Pero mañana la iba a oír!
¿Cómo se atrevía a hablarle en ese tono y a alojarla en una habitación como aquella, tan humilde, tan simple, tan…? Mejor no pensaba más o no dormiría, y necesitaba descansar.

Pero esas ideas le daban vueltas… Javier… enojado… mañana… zzzzzzzzzz…
El sol se le clavó en los ojos. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no habían corrido las cortinas para que no le molestara la claridad? ¿Qué clase de hotel era…? Ah! Fue entonces que lo recordó: la cabaña de Javier… ¿Qué hora era? Las 10:28 marcaba el reloj. ¡Con razón tenía tanta hambre!
Mmmmmm… ¿qué habría preparado Javier para el desayuno? ¡Se daría una ducha y bajaría a desayunar!

Luego de la ducha donde dejó el baño igual que un lago de patos, como era su costumbre, se dirigió a la maleta y volvió a sonreír. Bien… no teniendo otra cosa se vistió como una colegiala y recogió su pelo ensortijado en una cola de caballo. Algún rizo rebelde se le escapaba y caía graciosamente sobre su rostro… Vestida así se veía juvenil y simpática, ¡y no le quedaba nada mal! Se miró al espejo y aprobándose a sí misma bajó las escaleras ¡haciendo un alboroto inusual en ella! ¡A pesar de todo se sentía feliz!!

– Javier, ¿qué hiciste para desayunar?? ¡Me muero de hambre!!!

No recibió respuesta.

– ¿Por qué no me contestas?? ¿Sigues de mal humor? ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Me estoy cansando de tu actitud Javier!

Casi le gritó. El levantó la vista y la miró con un desprecio que la hizo estremecer. Un frío le corrió por la espalda…

– Antes que nada, se saluda cuando se llega a un lugar o cuando uno se levanta, aún cuando se ha dormido juntos. Quisiera saber quién te enseñó educación, tú que te crees tan refinada. Luego, si uno no está en su casa y desea algo, debe tener la gentileza de pedir lo que desea “por favor”. ¿Entendiste? Ahora, vuelve a entrar y esta vez hazlo correctamente.
– ¿Qué haga queeeeeeeeé?? ¡Por supuesto que no lo haré! ¿Quién te crees que eres para hablarme así? ¡No soy una niña, no te atrevas a decirme qué hacer y cómo debo hacerlo!
– Ayer te recordé que me diste tu palabra de que me obedecerías EN TODO. No pienso volver a recordártelo. Te lo digo por última vez Paola: cumple tu palabra ¡o ya mismo comenzarás a arrepentirte!
– Ah ¿sí? ¿Qué me harás? ¡No te atrevas a amenazarme Javier!

Se veía encantadora con esa ropa. Y cada vez que se daba vuelta de golpe, la falda tableada se levantaba levemente ¡dejando a la vista, por un instante, su precioso trasero!

– ¿Sabes Paola? Tienes razón, no vale la pena prevenirte ni amenazarte más. Mejor te daré tu primera lección de educación ya mismo. Ya que no estás dispuesta a obedecer y has roto tu palabra… ¡te enseñaré a ser educada y respetuosa!
– Ah ¿síiiiii? ¡Ja! Y ¿cómo lo harás?- le dijo con una sonrisa.
– De una forma antigua, sencilla… ¡y eficaz!! ¡Ven para aquí!

No le dio tiempo a reaccionar. Antes de que se diera cuenta se vio boca abajo sobre las fuertes piernas de Javier. ¡No lo podía creer! Trató de zafarse, pataleó, trató de golpearlo, pero… fue en vano. De alguna manera que no entendía él puso su pierna atrapando las de ella para que no pudiera patalear. Luego con la mano izquierda juntó sus manos en la espalda y apretándolas con fuerza a la altura de la cintura, la inmovilizó. Sólo podía contorsionarse levemente. ¿Qué pretendía hacer Javier? No podía ser que se atreviera a… ¿azotarla!?

– Ahora, mi querida Paola, tu primera lección de buenos modales… ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar?
– ¡Y yo qué sé! Lo que te digo usualmente: que me sirvas el desayuno.
– GOOOONNNGGG!! – Dijo él queriendo imitar una campana- ¡Respuesta incorrecta! El castigo serán 10 palmadas en tu trasero. Contemos: uno… plas! Dos… plas! Tres… plas! Cuatro…

Y los golpes seguían cayendo con toda la fuerza de la que era capaz. Gozaba ese momento. Siempre había deseado secretamente poner en su lugar a esa altiva y maleducada mujer ¡y aplicarle unos buenos azotes en su culo! Ahhh, ¡cómo estaba disfrutando! No así Paola, que saltaba con cada golpe y no terminaba de aceptar que eso le estuviera pasando justo a ella.

– Y diez… ¡Plassssss! Bien Paola, quizás esto te ayudó a recuperar la memoria. Volvamos a hacer la pregunta: ¿Qué me tendrías que haber dicho al entrar??

Paola pensó para sí: “Si este imbécil se piensa que porque me dé unas nalgadas cederé, ¡está muy pero muy equivocado! Aunque… ¡¡cómo duelen!! Pero no me rendiré.”

– Javier, ¡sírveme el desayuno de una puta vez!
– Paola… ¿de verdad te gustan las nalgadas?? Pues por mí no hay problema. Tenemos todo el mes para que me digas lo correcto. Más allá de que tú nunca lo digas, sabes muy bien cuál es la respuesta, ¿verdad?
– ¡Por supuesto que sí! ¡Pero no te lo diré! Puedes golpearme todo lo que desees, pero no te lo diré. ¡Me niego! Y por primera vez en mi vida estoy rompiendo mi palabra: NO TE OBEDECERÉ. Eres un energúmeno, un bruto, un bestia… y te exijo que me liberes ya mismo. ¡Suéltame yaaa!
– Ay, Paola… ¡Qué risa y qué pena me das! Te lo diré así, a ver si logras entenderlo: ¡cada vez que te repita la pregunta te doblaré la cantidad de azotes! O sea que ahora serán 20, y además te subiré la falda –le decía mientras levantaba la faldita por encima de su cintura- y te bajaré tus braguitas hasta las rodillas… así Javier quedó casi mudo ante la visión del tono rosado que habían tomado aquellos bellísimos cachetes. Agradecía que ella estuviera boca abajo y no pudiera ver su rostro que lo hubiera delatado de inmediato. Pero debía seguir adelante.

Paola por su parte no podía sentirse más avergonzada. Él la había visto desnuda alguna vez, pero nunca de aquella manera. Se sentía humillada y no podía creer que estaba viviendo aquella situación.

– Por lo tanto Paola… ¡gooonnnng! Respuesta incorrecta. Te comento que no comenzaré a contar los golpes hasta que digas la respuesta correcta.

Y comenzó a golpearla con más ahínco que antes. Parecía que sus manos eran de hierro candente, y los golpes caían en sus nalgas y le causaban un escozor insoportable. Cuando llevaba como unos 15 golpes…

– ¡Buenos días Javier! ¡Buenos días Javier! –¡comenzó a repetir sin cesar!
– Muy buenos días Paola ¡qué placer verte esta mañana! Uno, plas! dos, plas! tres…

La intensidad de los golpes no disminuía y sus nalgas se ponían más rojas cada vez.

– diecinueve ¡y veinte! Bueno, me alegra ver que aprendes rápido.
– Sí, claro. Ahora suéltame de una puta vez ¡so desgraciado!
– Vaya… ¡qué boquita! Y yo que había pensado que ya te habías vuelto educada. Lástima… ¡Tendremos que seguir el aprendizaje! Bien, 20 zapatillazos le vendrán muy pero muy bien a esta niña caprichosa, maleducada y peor hablada…
– ¡Nooooooooooooooo!!! ¿Cómo te atreves, cómo puedes hacer esto? ¡Suéltame ya, te lo ordeno!
– ¿Cómo que “te lo ordeno”?? De la única persona que acepto órdenes es de mi jefa, y ella no está aquí. La señora se quedó en el hotel ¿recuerdas? Aquí está una mujer “a la que me une una relación de amistad”. Y como soy su amigo y la quiero, le estoy enseñando a que se comporte mejor. Te presento a una de las compañeras que me ayudará en la tarea de tu educación: ¡la zapatilla!!

Y sin más comenzó a esparcir golpes en aquellas carnes que otrora fueran blancas y delicadas y ahora estaban rojas como amapolas.

– Uno, dos, tres…
– ¡No, no me pegues más!
– …diez, once…
– Ya, no me pegues, no soporto el escozor ni el dolor. ¡Es demasiado! –decía con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas.
– Aún no has dicho… dieciséis… las palabras mágicas… diecisiete, dieciocho… para que pare de golpearte… diecinueve…
– POR FAVORRRRRRR!!!
– ¿Cómo? ¿Qué dijiste? ¿Oí bien?
– Por favor Javier, ya no me pegues más – le suplicó llorando.
– …veinte! –y suspiró… de repente- ¡Y veintiuno! El último fue por haber demorado tanto en decirlo Ahora, ¡ponte de pie!

Apenas pudo pararse. Había sido demasiado para ella que nunca fue tratada así. Cuando Javier le soltó las manos, ella comenzó a sobarse el trasero y se iba a ir corriendo, pero él la detuvo.

– ¿A dónde crees que vas? ¡Tu castigo no termina aquí!

Paola se dio vuelta y lo miró con los ojos rojos por el llanto y la cara suplicante. Estuvo a punto de dejarla ir, pero entonces sería en vano lo que hizo. Se puso fuerte y le dijo:

– Ahora, como la niña mala y caprichosa que eres, te quedarás de cara a la pared hasta que yo te diga. ¡Y ya no te sobes más! Quiero que sientas el ardor para que no se te olvide tu primera lección. Súbete la falda y métela dentro de la cintura para que pueda ver tus nalgas rojas. ¡Y que no se te caiga o recomenzaré el castigo desde el principio! No te atrevas a subirte las bragas y deja tus brazos a los costados… Mirando a la pared y ¡NO TE MUEVAS!

Paola no podía coordinar sus pensamientos. Era imposible que le estuviera pasando esto. Que Javier, su empleado, el hombre siempre tan dulce, educado, servicial y complaciente con ella, la hubiera puesto sobre sus rodillas y le pegara de una forma tan salvaje. ¡Y todavía ponerla contra la pared, era el colmo de la humillación! ¿Se habría vuelto loco de golpe? Y ella allí, en esa cabaña en el medio de la nada, sin poder huir.

Pero en el fondo sabía que Javier tenía razón. Ella jamás saludaba a la gente que estaba por debajo de su nivel social, y menos si trabajaban para ella de una forma u otra. Tampoco daba las gracias. ¿Porqué hacerlo si ella pagaba por el trabajo? El dinero recibido por esa gente debería ser suficiente ¿Y pedir algo por favor? ¡Jamás se le ocurriría semejante disparate! No le estaban haciendo ningún favor, ella pagaba por esa tarea. Claro que por el momento su inteligencia le decía que más valía que obedeciera a Javier y no lo contrariara, porque… ¡su trasero seguiría pagando su rebeldía!!

La voz grave de Javier la arrancó de sus pensamientos.

– Ven aquí, tenemos que hablar.

Obedeció sin decir palabra. Cuando se dio vuelta vio la mesa preparada con el desayuno. Se veía delicioso y ella se moría de hambre. Se sentó con el máximo cuidado debido al escozor que aún sentía y se dispuso a comer.
– ¡Paola!!! -Saltó de la silla – ¿Quién te ha dado permiso para comenzar? Es un signo de buena educación esperar que el otro comensal se siente a la mesa contigo, y más aún si es el anfitrión.
¿Es verdad que aprendiste modales alguna vez?
Javier era injusto con ella. ¿Cómo le decía eso? Había sido educada en los mejores colegios y con los más renombrados profesores. Su apellido era de cuna y desde pequeña había sido entrenada en buenos modales dado que su familia tenía relación con altos jerarcas de los gobiernos, nobles, y hasta la realeza. Pero ella seguía viendo a Javier como un sirviente y no como su anfitrión.
Javier tenía razón, pero necesitaría tiempo para adaptarse. Iba a ser un largo mes de aprendizaje…

Bajó la cabeza sin decir nada.  Cuando Javier se hubo sentado y le indicó que podía comenzar, ella lo hizo sin mirarlo. Sentía que lo odiaba por haberle pegado, por ponerla en evidencia continuamente y… porque sabía que tenía razón, ¡pero nunca lo iba a admitir!!

– Bien Paola, llegó el momento de aclarar las cosas. Quiero que me escuches muy atentamente: eres una mujer inteligente dado que manejas tus negocios de forma brillante, así que no te costará entender lo que te voy decir. Quiero que en este mes aprendas que no eres el centro del universo. Que te des cuenta que aunque tengas muchísimo dinero, la humanidad no gira a tu alrededor ni eres el ombligo del mundo. La gente que te rodea y te sirve son seres humanos que merecen respeto y dignidad, y eso no se compra Paola. Durante este mes aprenderás a hacer todas, o al menos la mayoría de las tareas que tú le exiges a los demás.

Aprenderás a valorar el trabajo de la gente que está a tu servicio. Y además, lo más importante: comenzarás a utilizar palabras como: “por favor”, “gracias”, “lo siento”, “perdón”, etc., y a saludar como corresponde a TODO el mundo, pertenezca o no a tu nivel social. Pero no lo harás porque yo te obligue, sino por convicción, porque te darás cuenta del esfuerzo que cada una de esas personas realiza para conformarte, aunque casi nunca lo logren.

Te enseñaré a hacer todas las tareas y comenzarás por lavar todo lo que utilizamos cuando termines tu desayuno. Luego subiremos a tu habitación y te diré cómo limpiar la recámara y el baño. Por hoy yo me encargaré de arreglar mi cuarto, pero a partir de mañana será también tu responsabilidad.
Todos los días te levantarás a las 7 para comenzar tus tareas, las cuales encontrarás escritas y pegadas en el refrigerador. Si no sabes cómo se hace algo, puedes preguntar y te explicaré cuantas veces sea necesario, pero… ¡no permitiré ningún error! Todos los errores que cometas serán castigados con severidad, así como cualquier acto de rebeldía o insolencia. ¿Entendido?
Además de dejar los cargos de jefa y empleado en el hotel, me prometiste y me diste tu palabra de obediencia total, y sólo eso te voy a exigir.

Recordó sus épocas de niña y le preguntó:

– Javier, ¿Puedo levantarme de la mesa para recoger y lavar la loza del desayuno?
– Sí, tienes mi permiso para hacerlo –le contestó con una sonrisa.

¡Por fin estaba haciendo algo que merecía su aprobación! Mientras levantaba todo y se disponía a lavar como le había indicado Javier, éste le dijo:

– Y por último hablaremos de tu ropa.

Era la oportunidad de Paola para sacarse un poco el enojo que tenía y lo aprovechó.

– ¡De eso te quería hablar yo también! ¿Puedes creer que los estúpidos de la línea aérea me entregaron la maleta equivocada? Jajajajajajaaaaa… Cualquiera que me conozca sabe perfectamente que yo no uso ropa como esta. Es la de una colegiala…

Pues yo te conozco muy bien y cuando hice tu maleta pensé que era la ropa adecuada para ti: la de una niña caprichosa. Cuando demuestres ser una mujer te podrás vestir como tal. En tanto te vestirás de acuerdo a las actitudes que tienes. Ahora dime Paola, ¿fui lo suficientemente claro para ti?
– Sí – respondió con un hilo de voz…
– En ese caso comencemos con las tareas para el día de hoy. Te acompañaré todo el tiempo para enseñarte paso a paso cómo se hace cada uno de los trabajos. Recuerda: no admitiré ningún error ni en las tareas, ni en tu comportamiento, y mucho menos en tu forma de hablar. Ven conmigo por favor…
– Como tú digas Javier -Todavía se veía muy enojado y no quería contrariarlo.
– Dime Paola… ¿no se te olvida algo?

Quedó pensativa… no quería cometer errores porque su orgullo y su trasero no se lo permitían, pero no se daba cuenta de qué hablaba Javier.

– ¿Hay algo que me tengas que decir?
– No… no tengo na.. nada más que decirte…- le contestó titubeando.
La tomó del brazo, se sentó y la volvió a ponerla sobre sus rodillas mientras que le metía las bragas entre las nalgas…
– Eres terrible Paola, ¿es que no quieres aprender??
– ¿Qué vas a hacer? No, Javier, ¡no! No resisto una sola palmada más, no me pegues por favor…
– Lo siento, pero es el único lenguaje que parece que entiendes! Plas… Plasss… Plass…  A propósito: ¡estás aplicando muy bien el “por favor”! Ahora deberás aprender el “gracias”. Plas, plas, plasss… Tomaste el desayuno que te preparé y no agradeciste mi trabajo ni una sóla vez.
– Los golpes en la carne desnuda resonaban por toda la estancia- Estas palmadas reactivarán tu memoria, y espero que sean las últimas.

¡Debe haber recibido no menos de 20 o 30 azotes!

– Ahora vamos a tu recámara. ¡Sube ya!

Subió delante de él mientras se iba sobando el trasero, ofreciéndole un espectáculo maravilloso: aquel hermoso culo redondo y colorado y sus manos acariciándolo…
¡Cuando entró a la habitación quedó paralizado! Daba la impresión de haber sido arrasada por una banda de delincuentes. Sonrió por lo bajo sin que Paola lo viera. Estaba acostumbrado a encontrar el cuarto de ella y verlo en esas condiciones. Cruzó la estancia en dirección al baño.
El mirar ese lugar y pegar el grito fue sólo uno:
– PAOLAAAAAAAAA, ¿qué es esto??
– ¿Qué… qué pasa, qué hice ahora?
– ¿Cómo qué “qué hice ahora”? ¿Te parece que estas son condiciones para dejar un baño? ¿Dónde tomaste el baño: dentro o fuera de la tina? ¡Por Dios eres un desastre!! Pero aprenderás.
Ven aquí.

Y con toda la dulzura y paciencia del Javier que ella adoraba, le fue enseñando y explicando cómo debía de hacer cada una de las tareas. Paola no tenía mucha destreza manual y al nunca haber realizado este tipo de trabajos, era un poco torpe en sus movimientos, pero enseguida él iba en su auxilio y le ayudaba.
Luego pasaron a la habitación. Javier miró la habitación y luego la miró a ella, como diciendo con los ojos ¡que les esperaba una tarea titánica!
– Esto es otra cosa con la que tendrás que tener cuidado: tu ropa y tu habitación. Estás acostumbrada a tirar toda la ropa por cualquier lado y cuando regresas la encuentras otra vez ordenada. La ropa, querida niña, no llega sola a los cajones o placares: ¡alguien la pone allí!
¡Pero eso se acabó! Voy a revisar tu habitación varias veces por día, ¡y no te dejaré pasar ni un solo descuido! Te enseñaré a doblar tu ropa y a guardarla de forma adecuada. Será tu deber y tu obligación mantenerla así ¡SIEMPRE! Tu cama deberá estar armada y perfecta. Si la utilizas para recostarte un rato, cuando te levantes deberás extenderla y dejarla sin una arruga, ¿está claro? ¡Ella lo miró con cara de fastidio! Estaba cansada, dolorida y con ira. Se contenía, ¡aunque no sabía por cuánto rato más iba a soportar ese trato sin estallar! Pero sólo se animó a asentir con la cabeza…
Cuando terminaron la tarea Javier le sonrió.

– Mira qué bello se ve ahora el cuarto Paola. Así ordenado da gusto, ¿verdad?, Ahora bien… ¿tienes algo para decirme?
– En realidad, sí… quiero descansar un rato, estoy muy cansada y me voy a recostar. Despiértame a la hora del almuerzo.

Se dio media vuelta y se tiró boca abajo sobre la cama.
El chasquido del primer cintazo lo percibió en el aire y luego lo sintió sobre su piel.
El castigo se le hizo interminable.
De repente él paró y le dijo que no se moviera. No lo hizo, estaba demasiado dolorida y asustada como para hacerlo. Al momento Javier volvió con un pote de crema en sus manos y comenzó a extenderlo sobre aquella zona tan roja y cruzada por las rayas que había dejado el cinto. Lo hacía con extremo cuidado y suavidad: hasta se diría que con amor. Paola podría haberse quedado así por siempre, adoraba las manos de Javier, sobre todo en momentos como este…

Con mucho cariño le dio vuelta, le abrazó con ternura y le volvió a hablar, esta vez suavemente y le explicó que hacía esto por su bien, para que dejara de ser tan petulante y agradeciera lo que se hacía por ella… Fue entonces cuando Paola creyó haber entendido el “juego”.

– Sí Javier, entiendo. “Gracias” por tus enseñanzas y por invertir el tiempo de tus vacaciones en mí.
Javier no lo podía creer: le había dicho ¡“gracias”! La abrazó con más fuerza y le dijo que descansara un rato, que él se iba a encargar del almuerzo; la dejó sola en la habitación, descansando… Había sido suficiente. Le enseñaría el resto de los quehaceres mañana.
El resto del día pasó sin novedades.
¡El sonido del despertador le estalló a Paola en la cabeza!! Con su trasero aún muy dolorido se levantó, se duchó, se vistió rápidamente y bajó a la cocina. Pegado en el costado de la heladera estaba la lista de tareas. ¡Parecía interminable! Pero se había propuesto hacer lo que él le mandaba. En el fondo era excitante obedecerle, y los azotes… Había algo que no entendía y le daba vueltas en la cabeza: cuándo él la azotaba sentía un dolor inmenso, pero al mismo tiempo su entrepierna se mojaba ¡y hasta había tenido más de un orgasmo! ¿Cómo podía ser eso? Bueno, no quería que él le pegara… ¿o sí? Su trasero decía que no, pero otra parte de ella lo deseaba con pasión.

Javier apareció en la cocina. Se veía tan bello aquella mañana, tan varonil, tan hombre. Era sumamente seductor y lo sabía. Además, no hacía nada por disimularlo.

– Buenos días Paola, ¿dormiste bien?
– Muy buenos días Javier. Sí, dormí perfectamente, gracias. ¿Y tú?
– Pero bueno, ¡qué bonito oírte hablar así! Ven, preparemos el desayuno mientras organizamos el día.

Compartieron tareas, él le enseñó todo lo que pudo y durante los días siguientes fueron muchas las veces que la azotó: por su lenguaje, por alguna tarea mal realizada, por dormirse… ¡cualquier excusa era una razón para ponerla sobre sus rodillas!
Ya hacía aproximadamente 10 días que estaban en la cabaña. Una tarde Javier le dijo que se pusiera algo liviano porque hacía calor y que irían al pueblo en busca de provisiones. Ella obedeció. Se montaron en la camioneta y bajaron unos 20 kilómetros hasta el pueblo. Pararon frente al pequeño supermercado y entraron. Comenzaron a meter diferentes cosas dentro del carrito de compras. En determinado momento Paola le dijo algo que él no le entendió, pero cuando se dio vuelta ella había desaparecido. Terminó de hacer las compras antes de lo previsto y cuando salió a la calle mirando para todos lados como un desesperado, la vio sentada en el bar que estaba enfrente a la tienda, rodeada de hombres y con un vaso de cerveza en la mano. Colocó, o mejor dicho, tiró las bolsas dentro del auto, cruzó la calle como un endemoniado, saludó a los conocidos, dejó dinero sobre la mesa a la que se había sentado ella, y tomándola de un brazo casi la arrastró hasta la camioneta. La hizo subir, subió él también y arrancó en dirección a la montaña. No hablaron en todo el camino… Javier estaba demasiado enfurecido para hacerlo, y ella muy asustada.

Cuando llegaron a la cabaña bajaron las bolsas, acomodaron las compras y entonces:
– ¡No creas que no recibirás tu lección por haberme dejado tan mal delante de toda la gente del pueblo! Rodeada de hombres y tomando cerveza en la mesa de un bar… ¿dónde te creías que estabas, en una cervecería de Alemania? ¡Aquí está muy mal visto que una mujer haga eso!
– Pero yo no lo sabía…
– Si te hubieras quedado a mi lado como corresponde, ¡no hubiera pasado jamás! ¿Por qué te fuiste?
– Pero yo te dije que iba a tomar algo al bar, ¡que tenía sed!
– No te entendí, ¡y cuando me di vuelta tú ya te habías ido, ni siquiera esperaste mi permiso!! Pero haré que te arrepientas… ¿me oyes? ¡Sube ya mismo a tu habitación, quítate el vestido y espérame de pie, mirando la pared!
– Pe…
– No quiero ni una palabra de tu parte. ¡Obedece o te irá peor!
Obedeció. Se quedó solamente con la ropa interior y mirando la pared. Permaneció así por un período de unos 20 minutos, o al menos fueron los que le parecieron a ella. De pronto Javier apareció. Puso la silla en medio de la habitación en una posición que a ella le pareció extraña.
Colocó sobre la cama algunos elementos, entre ellos el más grande de los cepillos de su cómoda.
– Ven aquí, ya conoces la posición.

Ella se colocó boca abajo sobre sus rodillas. Entonces levantó un poco la cabeza y comprendió el porqué había colocado la silla allí: el espejo. Ella estaba frente al espejo y podría ver perfectamente cómo iba a ser castigada: el momento en el que él bajaba su mano y el golpe, además de sentirlo. Tembló.

– Espero que no olvides esta lección.

Bajó las bragas hasta las rodillas y comenzó a esparcir los azotes por todo su trasero, que estaba suave y pálido en ese momento, pero que no quedaría así por mucho tiempo. Luego de un buen rato y cuando pensó que ya estaba bastante colorado, tomó el enorme cepillo y comenzaron los golpes con él. El sonido era diferente, y la picazón también. Dolía y ¡mucho! No tuvo noción de cuántos cepillazos recibió, pero lloraba por el dolor, la hinchazón y el escozor. Luego de un rato se detuvo.

– Nunca más vuelvas a ponerme en evidencia delante de nadie, ¿entendiste??
– Sí Javier, lo que tú digas. Perdóname por favor…
Se acercó a él llorosa y lo abrazó fuerte. Esa actitud de ella lo descolocó. No sabía qué hacer. Ella levantó la vista y lo miró a los ojos… su boca se entreabrió y… Javier no pudo resistir la tentación de besarla con una pasión contenida por varios años!

La abrazó y la besó con toda la ternura y pasión que fue capaz. Luego la tomó en sus brazos mientras ella se abrazaba de su cuello. La llevó a su habitación y cerró la puerta.

Paola no olvidó jamás estos días en la cabaña de Javier. Con sus palabras, sus enseñanzas y sus azotes, había logrado hacerla mejor persona, y un maravilloso ser humano.

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