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Fantasía invernal

Autora: Ana K. Blanco

La nieve está cayendo muy suave sobre la casa de madera de dos pisos. Tiene a la entrada una estancia grande con la estufa como protagonista acompañada por la mullida alfombra; y sin que moleste la vista del fuego, un sillón grande y cómodo. Sobre un costado está el comedor, y algo más alejada una cocina tipo americana.  Los dormitorios están en el piso de arriba, al que se accede por una simple escalera de madera. Nada lujoso, sólo cómodo y funcional. La música envuelve el ambiente, que se ha vuelto cálido gracias al fuego de la leña ardiente. En un rincón de la cocina, Stephan prepara la cena. Algo sencillo pero delicioso, especial para mí.
Yo anduve todo el día cómoda, con solo las bragas, un blusón y medias blancas. Pero llegó el momento especial y me preparé para la ocasión, con todos los detalles posibles. Y hago mi aparición ante él que se me queda viendo como a una aparición. Veo la aprobación en sus ojos y ¡el deseo! No resiste la tentación y me besa mientras recorre mi espalda, cintura y más con sus manos ávidas de mí. Lo freno, no quiero apresurar las cosas y me alejo un poco. Puede observarme mejor: desde mis zapatos rojos de tacón, las medias transparentes con la liga, que se ve apenas debajo del enorme tajo que tiene el largo vestido de terciopelo negro, ajustado, insinuando cada una de las curvas de mi cuerpo.  Los guantes largos, rojos, llegan casi hasta los hombros.  El pelo recogido en un moño, cuidadosamente despeinado, dejando caer algún rulo por aquí y por allá.  Un maquillaje suave que destaca los ojos y los rojos labios…

Me ofrece una copa de champagne.

– “Dom Perignon -me dice- como a ti te gusta”.
Brindamos.  Me toma de la cintura y me lleva a la mesa que ya estaba servida.  Me ofrece una cena deliciosa, digna del más exigente gourmet. Se la agradezco en cada bocado sin necesidad de palabras, sólo con gestos y miradas. Todos los platos son una obra de arte, un deleite para la vista y para el paladar.
Me invita a tomar el postre en el sofá.  Allí sentada continúo seduciéndolo de forma más o menos solapada: miradas, sonrisas y cruces de piernas que lo dejan casi bizco. Me toma del brazo y me invita a bailar: música suave, que es percibida por mis oídos mientras que sus hábiles manos se deslizan por mi espalda.  Su boca busca la mía y la encuentra ¡por supuesto! Un beso largo, tibio, húmedo, hace que mi corazón se acelere aún más.

De una forma casi imperceptible siento correr el cierre del vestido y sus manos comienzan a recorrer mi piel mientras el vestido cae al suelo. Se aleja unos pasos y me mira. Aprovecho la música para quitarme los largos guantes, queriendo imitar a Rita H. en “Gilda”. No sé si me sale bien, pero él se queda paralizado mirándome. Es sólo un instante, porque al segundo me tira hacia él y comienza a besar mi cuello.  Su nariz se impregna de mi perfume y su boca y su lengua comienzan a recorrer cada uno de los poros de mi piel, como queriendo aprenderlos de memoria.  En este juego pasional, su ropa se une a la mía en un rincón.

Continúa con las caricias y quiero participar, hacerle algo yo también, pero las sensaciones son tan fabulosas que sólo puedo tirar mi cabeza hacia atrás y lanzar un tímido gemido. No existe un lugar de mi cuerpo que sus manos no quieran recorrer esa noche. Las piernas se me aflojan y voy cayendo lentamente sobre la maravillosa alfombra que me recibe con toda su calidez. Busco su dulce boca que no me canso de besar, pero yo también quiero demostrarle mi pasión, así que…

Poniendo su espalda contra la alfombra, me pongo encima de él, con mis piernas a los costados y tratando de no lastimarle con los tacos.  Siente en su cadera la liga de las medias que le rozan y lo excitan. Le comienzo a besar la frente, los ojos; bajo por su nariz y cuando cree que voy a su boca, salto hasta los lóbulos de sus orejas dejándole aún más deseoso de ese beso. A cambio le beso las mejillas, el mentón y bajo por el cuello. En un momento de descuido tomo su boca como por asalto. Siente ese beso que lo quema y quiere corresponder, pero yo me alejo.
– ¡No! -digo- cierra los ojos y déjate hacer.
Obedece en silencio, y entonces sí me dirijo a su boca, pero no como él espera. Le rozo apenas los labios con los míos, y luego, con la punta de mi lengua comienzo a recorrer sus labios, todo alrededor, despacio, sin apuro. Siente mi aliento cálido y puedo percibir entre mis piernas su excitación, que va creciendo segundo a segundo.  Me doy cuenta que quiere que le bese de una vez, pero al mismo tiempo está disfrutando esta “tortura” que alarga el placer.

Cuando lo creo conveniente, mi lengua deja los labios para ir al encuentro de su lengua, que espera impaciente. Es un beso desesperado, de pasión contenida, así que nos devoramos mutuamente.
De repente lo detengo y le pido que vuelva a cerrar los ojos. Otra vez sin muchas ganas obedece.  Quiere ver qué haré, pero está dispuesto a entregarse totalmente a mí.  Sin que Stephan me vea, tomo un cubo de hielo en mi mano.

Vuelvo a besarle los labios y bajo por la barbilla que levanta instintivamente, dejando descubierto el cuello que me indica el camino a seguir. Hago un camino de besos desde la barbilla a la mitad del pecho. En ese mismo camino marcado, paso mi lengua, húmeda y cálida dejando un huella brillante que aprovecha el hielo para deslizarse. El frío del hielo hace que se estremezca y sobresaltarte.  Pero no le doy tiempo a reaccionar, porque vuelvo a pasar mi lengua tibia por encima. Sensaciones tan dispares y tan seguidas hacen que le inunde el placer.
Se le dificulta mantenerse en posición horizontal sobre la alfombra, porque se mueve como un muñeco eléctrico al compás de mis besos y de mi lengua.  No dice nada, pero yo sé que no quiere que pare. Así que sigo con este “tratamiento” de calor, frío, calor…
Voy hacia sus pechos y hago reaccionar sus pezones; luego vuelvo a la mitad del cuerpo y…   le toca el turno al estómago, al ombligo, su vientre. “Algo” me dice que está a punto de estallar e imagino cuál es su deseo. Así que decido no cumplirlo y continuar el tratamiento sobre muslos, rodillas, pantorrillas, pies.

Dejo el poco hielo que me queda, y con la mano helada comienzo a acariciarle de abajo hacia arriba, teniendo cuidado de no rozar siquiera lo que él quiere que tome de una buena vez para permitirle descargar toda esa pasión acumulada.

A mi mano helada la sigue la otra mano, caliente de tanto roce. Comienzo nuevamente a recorrer su cuerpo hasta que inevitablemente y sin escala previa me topo con algo que está… ¡paradísimo!
Su miembro parece dolerle por la dureza y está punto de estallar, y a su manera me implora que lo atienda.  Así lo percibo y excitada por mi propia excitación lo tomo entre mis dos manos para acariciarlo despacio y sin pausa, desde su base hasta la punta en un ir y venir cadencioso.
Una de mis manos se posa sobre sus testículos suaves a causa de la depilación, mientras la otra recorre todo el largo de su miembro duro y caliente, colorado y venoso. La abarco en mi palma envolviéndola como para regalo,  dejando cuidadosamente al descubierto la cabeza roja, que es el fiel reflejo de la mejor fresa.

Mis labios entre abiertos desean ese pene tan erecto…  mis ansias también. Pero mi instinto de verdugo implacable decide hacerlo sufrir un ratito más antes de devorarlo.
Stephan se da cuenta de mi juego, de mi malicia, de mi tortura intencional hacia él. Mis ojos lo miran y me delatan.  Mis labios esbozan una sonrisa traviesa que no puedo disimular y… ¡mi fin es inminente!
No sé cómo hace para ponerse de pie tan rápido. Me toma de una oreja y yo también me levanto veloz, con una agilidad y rapidez que hasta a mí me asombra.  No me dice una palabra, sólo se sienta en el enorme sillón y me acomoda sobre sus rodillas para comenzar un sinfín de azotes con su mano dura y recia.  Mi colita toma rápidamente el color y la temperatura de las llamas de la estufa. ¡Plas, plas, plas, plasss!
Ahora se detiene y siento que se inclina.  ¿Qué está buscando?

– ¡Ayyyyyyyyyyy!  ¡Nooooo!  Con el cinto no Stephan, ¡por favor!
¡Zas, zas, zas!  El cinto doblado silba en el aire y cae sobre mis nalgas haciéndolas temblar. Las lágrimas comienzan a correr veloces por mi rostro. Le pido, le suplico, le imploro que pare de castigarme de esa manera. Pero no; él hace caso omiso a mis palabras. No me oye, no me escucha, no le importa nada, sólo castigarme duramente por haberlo hecho sufrir y esperar tanto por un placer que quería obtener de inmediato.  Lo que más le molesta es que lo hice a propósito, que me reí de él en su cara, y eso es lo que me está haciendo pagar. Y ¡de qué manera!  Su furia es tan grande como la excitación que siento bajo mi vientre mientras me muevo más de lo necesario para frotarme contra él y mantenerlo así.  Me gusta sentirlo de esta forma: hombre, fuerte, varonil y sumamente excitado.  Por eso lo provoqué hasta llegar a este punto; él lo sabe y se está cobrando como sólo él sabe hacerlo.
No sé cuántos azotes recibo, pero está más de media hora azotándome sin tregua.
De pronto, sin previo aviso para de azotarme, y comienza a frotarme las nalgas, rojas, hinchadas y cruzadas por las marcas del cinto.  Con su voz gruesa y demandante me ordena:
– Ponte de rodillas entre mis piernas y termina lo que comenzaste. ¡Ya!
Obedezco en silencio. Su orden no es tal, porque es lo que yo deseo hacer. Así que, con mi libido a mil, se me torna insoportable esperar más, y mis labios temblorosos por la excitación se posan sobre su miembro para saborearlo de a poquito. Primero la puntita, de inmediato y como por arte de magia la hago desaparecer hacia el interior de mi boca húmeda y tibia.   Le siento suspirar, ensayar un leve gemido de placer, y comienzo a lamerla suavecito y con cuidado como con miedo de romperla.  Emite quejidos indescifrables y se sigue retorciendo sentado en el sofá, ahora con más fuerza.  Me toma la cabeza con las dos manos y acompaña mis movimientos como en una danza africana,  al tiempo que mueve las caderas y no deja de pronunciar palabras indescifrables, que solo él es capaz de entender.

Me esfuerzo por que no estalle aún y hacer éste momento eterno. Con todo su miembro en mi boca, las idas y venidas son lentas, prolongadas, apasionadas, llenas de lujuria, dadas con una maestría tal que me parece imposible. Recorro cada centímetro de su pene degustándolo como al helado más rico. Me gusta hacerlo y lo siento enorme dentro de mi boca.

Todo esto me lleva a tal grado de excitación que mis pezones están duros y también piden atención.  Él se da cuenta y me acaricia. Sus manos recorren mis pechos, mi cadera, mi rostro que atrae hasta él y nos unimos en un beso ¡interminable! Nuestras lenguas se entrelazan así como nuestros cuerpos. Estamos ansiosos, expectantes, excitadísimos, ardientes como nunca.
En este momento no sé qué pasa por su cabeza, qué lo lleva a tomarme de un brazo de forma bastante brusca y casi arrastrarme por las escaleras hasta la habitación, donde me arroja encima de la cama y sin más comienza a darme una nalgada tras otra con su mano abierta.  ¡Pica, arde, duele! Siento todo el escozor de los golpes en mi piel. No son caricias precisamente, sino que baja su mano y me golpea las nalgas con toda la fuerza de la que es capaz. Me asusto, no entiendo porqué lo hace, así que cuando me da una tregua, con las lágrimas que me brotan sin parar,  le pregunto entre sollozos:

–          Pero… ¿porqué Stephan?  ¿Qué hice ahora?
–          No hiciste nada en particular.
–          ¿Entonces?  ¿Por qué me azotas así?
–          Porque no necesitas hacer algo para que te azote; porque se me viene en gana; porque tengo deseos de azotarte; porque me gusta tu culo colorado como la amapola, y… porque sí!  Déjame verte…

Parado detrás de mí, comienza a amasar mis carnes rojas y ardientes con sus manos, que son como un bálsamo para mis doloridas nalgas.  En ese vaivén de caricias, lleva lentamente sus dedos hasta mi entrepierna, percibiendo de inmediato mi humedad.  Juguetea con mi clítoris, lo retuerce, me hace estremecer mientras que con la otra mano mete y saca sus dedos de mi vagina.  Estoy a punto de explotar de placer, gimo y me retuerzo sobre la cama.  Stephan me conoce profundamente, y cuando estoy por sentir los primeros espasmos… me levanta de la cama de golpe y me lleva hacia el escritorio, donde me coloca con el vientre sobre él, con las piernas algo abiertas.

Sigo sin entender, pero cuando me doy vuelta, veo que en su mano sostiene… la temible cane!  Actúa con tal celeridad que no me permite hablar y suelta el primer varazo.  Me incorporo levemente por la sorpresa más que por el dolor.  Stephan colocó varios espejos por toda la habitación, de forma tal que siempre puedo ver cómo me azota y presentir el golpe antes que llegue.

Veo bajar la cane una y otra vez.  La apoya contra mis nalgas,  la separa solo unos centímetros, como para medir el golpe, por dos o tres veces y… asesta el golpe en el lugar exacto que él quiere.  Al poco rato mi culo está rayado de tanto azote y yo ya no resisto más.  Lo miro como suplicando y él decide parar y consolarme.  Me levanta del escritorio, me toma entre sus brazos y me acaricia tiernamente.  Quiero que este momento no termine.

Me conduce hasta la cama y me coloca encima de él. Me acaricia las piernas sintiendo el final de mis medias y el comienzo de la carne “al natural”.   Eso me excita aún más, si es eso posible…  Y me doy cuenta que sí lo es, porque puesta sobre él en perfecto ángulo recto y con unos deliciosos movimientos, logramos llegar al mejor orgasmo jamás soñado por mí.
Ana Karen Blanco

9 de noviembre del 2005

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