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Él lo sabía

 

Autor: Eleutheris

Él lo sabía. Mantenía la cabeza gacha y fumaba con intensidad el último cigarrillo de la cajetilla comprada por la mañana mientras caminaba a su encuentro.

Él lo sabía. Levantó la visto y se dio cuenta de lo cerca que estaba de su casa. Al notarlo y sin implicar a su voluntad, los pasos fueron cada vez más cortos y lentos. Puso la bachicha entre la uña del dedo anular y la yema del pulgar, estiró el brazo y con un gesto de enfado y contrariedad, la arrojó por su costado sin ver que caía en un pequeño charco, se humedeció y el humo persistió sólo unos segundos antes de perderse en las pequeñas ráfagas de viento que provocaban en esa tarde-noche una rara sensación de frío para los inicios del otoño en el DF.

Él lo sabía. Y lo asumió con un largo suspiro, al que siguió un ligero ataque de tos. Mientras ponía el dedo en el botón que haría sonar el timbre en el departamento de Gavi.

-¿Sí?

– Hola, soy yo, Eleutheris.

– ¿y?

– ¿Cómo que “y” Gavi?, déjame pasar, anda, que está haciendo frío. Dijo mientras se acomodaba el cuello de la chamarra de mezclilla y metía en seguida las manos a las bolsas laterales de la misma.

– ¿Y si no te dejo pasar qué? (Se escuchó en seguida una pequeña risa ahogada con la palma de una mano pequeña).

– …

– Te hablo, que si no te dejo pasar ¿qué?

– …

– Si no me dices no te dejo pasar, ¿eh? La voz había cambiado, la risa había desaparecido por completo,  y Eleutheris no se decidió a asumir si lo que se dejaba escuchar era enfado o nervios.

– Gavi, tenemos que hablar.

Ella ya no contestó, sólo se oyó la clásica chicharra del portero automático, Eleutheris empujó la puerta, y sacando las manos de la chamarra empezó a subir peldaños de dos en dos. Ahora tenía prisa y algo más que le hacía mantener los músculos tensos y el cuerpo rígido y es que, él lo sabía.

Al llegar al piso indicado, tomo aire, pensó en los cigarros que había fumado de más ese día, y limpió unas pequeñas gotas de sudor de la nariz con el dorso de la manga de la chamarra. Acomodó las gafas, y se encaminó a la puerta. Contra lo que pensaba, la encontró entornada, empujó un poco y le sorprendió también encontrar todo a oscuras. Todo es un decir, se veía luz en la recámara que Gavi usa para dormir.

– ¿Gavi?

– …

Le encantó el aroma que golpeó su nariz al dar los primeros pasos cuando se encaminó al pasillo. La puerta del baño estaba abierta y era evidente que se acababa de duchar. Era el agua vaporizada que carga empequeñecidas las moléculas de los aromas que unos minutos antes se habían puesto en juego, el shampoo de siempre, la loción para el cuerpo, las cremas para la cara, y sí, ese otro aroma que era sólo de ella, que era ella.

Su pene reaccionó, pero dejó de pensar en la molestia que le representaba en sus pantalones cuando la vio reflejada en el espejo al abrir la puerta. Tenía el pantalón del pijama puesto, y se empezaba a abrochar los botones de la camisa. Al verlo hizo ella su clásico gesto de niña berrinchuda, giró la cadera y le volteó la cara.

Evidentemente no sabía lo que él tenía planeado. Se sentía segura de la situación, se sentía con el control total. En las últimas semanas, él le había permitido más cosas de las que hubiera esperado. De hecho, los gestos de enfado no eran simple coquetería, había además una molestia real, tal vez por eso sonrió cuando al escuchar el sonido clásico, volteó para comprobar que él se quitaba el cinto y lo dejaba doblado cerca de la cabecera de la cama.

– Eleu, que tú no le pegas a nadie. ¿Para qué te quitas el cinto?

Aparentemente ella esperaba una retahíla de reclamos, o las ya cansadas explicaciones teóricas de Eleu. Lo que menos esperaba era el silencio que acompañó los pasos que le llevaron a su lado.

Ella continuó con su actitud, se mantuvo firme y retadora, levanto la barbilla, e intentó mirarle por encima del hombro. Pero él estaba demasiado cerca, y al hacerlo perdió el equilibrio. Trastabilló, y para no ceder ni un milímetro de piso, se agarró con la mano izquierda del tocador.

Iba a decir algo, cuando sintió la mano de él sujetar su oreja y jalarla hacia el lado de la cama, dobló la cabeza y se resistió a romper contacto con el mueble que le daba equilibrio.

– Eleutheris, ¿qué haces?, ¡me lastimas!

Sin soltar la oreja, con la otra mano, la tomó de la cintura, y la empujó en la misma dirección del jalón de orejas. Ella se percató entonces de que algo no estaba dentro de lo esperado.

– ¡Que me lastimas imbécil! ¿Qué te…..?

No pudo terminar la frase, tenía la cara en la cama, y no podía creer que él la hubiera arrojado así, intentó erguir el cuerpo para salir de la cama y el acoso, pero algo la sujetaba por la espalda, ¿Era su pierna? No lo podía creer, estaba siendo tan violento como nunca lo había sido, confiaba en él, pero se sintió sorprendida como nunca, ¿cómo era posible que sintiera al mismo tiempo esa excitación entre las piernas y el estómago?

Por lo extraño de la situación, por la mezcla de sensaciones quizá, se dio cuenta de lo tensa que estaba cuando las uñas le empezaron a lastimar sus propias manos, estaba sujeta a la sábana, y pegaba la cara al colchón, reaccionó y se notó llorando, levantó un poco la cara, la inclinó y a pesar de que lo único que veía era a él azotando rítmicamente con el cinto sus nalgas, supo que estaba con el culo al aire ¿a qué horas le había bajado el pantalón? En seguida notó el ardor, cómo picaba… intentó moverse, y una vez más se sintió por la espalda contenida, la fuerza de ese brazo le hizo caer rendida de nuevo…

Sí, se percibió rendida, y cuando lo hizo notó como estaba inflamada su vulva, estaba excitada, y darse cuenta de ello la llevó a frotar sus piernas y a caer de nuevo con la cara en la cama, sujetó la colcha, y dijo en un susurro involuntario: – Ya, Eleu, ya por favor.

Sabía que no la escucharía, en parte porque no quería. Ya no sentía del cinto más que la ola que en forma de excitación llegaba hasta al otro extremo de su cuerpo donde se había iniciado. Tensó un poco las rodillas, levantó el culo, y siguió llorando…

Al día siguiente, al despertar, se encontró con una nota en el buró:

“Gavi, lo sé, tenemos que hablar”

“Un beso,”

“Eleutheris.”

Dejó la Nota sobre la almohada vacía, sonrió, cerró lo ojos, y se acomodó de lado, ¿Qué horas serán?, Pensó, mientras conciliaba de nuevo el sueño.

Eleutheris.

26 de Octubre de 2005.

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