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El caso de la cerveza derramada durante una cena

Autor: Jano

La mujer que quiero  no es alta de estatura pero sí de inteligencia. Es tan expresiva que habla con la boca y más aun con los ojos y las manos que mueve como aleteos de mariposa. Se apasiona con lo que dice hasta tal punto, de que olvida que ante ella hay vasos o jarras y no es infrecuente que derrame lo que contienen, llegando, incluso, a romper alguno. Cuando salimos  a cenar y tomar unas copas con los amigos, antes de hacerlo recibe una azotaina de aviso, preventiva, con la advertencia explícita de que preste atención a lo que está al alcance de sus manos para evitar accidentes siempre molestos. Pese a mis esfuerzos y a que, además de mis palabras sus nalgas reciben el estímulo de unos azotes que le ayuden a recordar en sus carnes que debe tener cuidado con sus gestos, su exuberancia expresiva lo hace imposible. La experiencia de mucho tiempo me ha demostrado que pocas veces le sirven para controlarse a pesar de que sufre los efectos del castigo que no puede olvidar, tanto si está de pie como sentada. Por efecto de la emoción que pone en la conversación, sus manos describen parábolas casi imposibles en el aire. Es entonces cuando la cristalería que se encuentra a su alcance, corre el peligro de estrellarse en el suelo. A veces, cuando veo que el peligro de que ocurra es inminente, le hago una sutil advertencia que pasa inadvertida para el resto y toma conciencia por un momento de que el roce de sus nalgas sobre el asiento actualiza el recuerdo del  castigo recibido y,
por un instante, presta atención a que sus manos no se conviertan en armas peligrosas para lo que está ante ella.

Una noche de la pasada semana, estábamos citados para una cena. Tratando de evitar lo que posiblemente fuera inevitable, antes de que se vistiera y acicalara para salir le advertí de  lo que  me proponía hacer, como ya era costumbre. Se negó. Le dije que de nada le serviría negarse y que recibiría el correspondiente castigo de advertencia. Ella no estaba en el mejor de los humores y volvió a negarse. De nada le sirvieron negativas y más tarde ruegos. El acto se consumó. Una serie de azotes cayeron sobre ella en mayor número que los que le hubiera dado sin sus negativas y oposición. Fue una corta pero intensa sesión, como consecuencia de la cual, sus nalgas adquirieron el color que es de suponer y que, esperaba yo, la mantendrían alerta durante la cena. Al ponerse la ropa interior una vez acabada la azotaina, su cara denotaba a las claras el escozor que atormentaba su trasero y que la obligaban a buscar la mejor postura para hacer menos doloroso el acto de vestirse. Me dijo que era un exagerado y le contesté que me remitía a las veces en los que sus movimientos habían ocasionado un desastre en más de una cafetería o restaurante. No muy convencida, quejándose y lanzándome miradas asesinas, terminó de vestirse y salimos hacia la cita.

Para hacer breve la  narración, diré que mis peores sospechas se confirmaron. No había pasado una hora, cuando en su apasionamiento durante la conversación, con un brazo, derramó la copa de cerveza que estaba a su lado, con la mala fortuna de  que, parte del líquido cayó sobre mi pantalón. Sus ojos se dirigieron al instante hacia mí con una mirada mezcla de temor y petición de disculpas. Yo, que conocía hasta sus más íntimos pensamientos, sabía la tormenta que se estaba desarrollando en su interior. Con toda seguridad, en su imaginación, se estaba desarrollando una escena que tan bien conocía en la cual, ella como protagonista, acabaría con el culo al rojo. Un leve temblor de su cuerpo anticipaba lo que de forma inevitable sabía que ocurriría.  Tuve que hacer un gran esfuerzo para aparentar tranquilidad y no azotarla en público. En mis ojos leyó, con toda seguridad, lo que le esperaba una vez llegados a nuestra casa. Sabía a ciencia cierta lo que yo pensaba y lo que le tenía destinado. Se movió inquieta en el asiento notando, con seguridad, los efectos del castigo ya recibido.
Los amigos, en un loable gesto de cortesía,
trataron de quitar importancia a lo sucedido, bromeando a la vez que condoliéndose por el estado en que había quedado mi pantalón. Traté de estar a la altura de las circunstancias y seguí las bromas, aunque prometiendo para mi fuero interno, castigarla en la debida forma una vez llegado el momento oportuno.

De tanto en tanto, nuestras miradas se encontraban y, en mis ojos, leía como en un libro abierto las intenciones que, aunque invisibles para el grupo de amigos, para ella eran la certeza de un castigo corrector de sus desmanes. La anticipación  de lo que ocurriría al llegar a casa, la mantenían en un estado de inquietud y nerviosismo al que los demás eran ajenos, pero no se ocultaba a mi percepción. Aparentando una tranquilidad externa que en nada correspondía con las ideas que danzaban en mi cabeza, seguí charlando como si nada hubiera pasado.

Pese al estado anímico que se encontraba, ella seguía participando de las conversaciones cruzadas que manteníamos, aunque limitaba los movimientos de sus manos, sometida a la tensión de saber que no quedaría impune su descuidada acción; menos aun, si se repetía algo parecido

La velada transcurrió sin ningún otro incidente digno de mención. Las miradas que ella
me lanzaba de vez en cuando, denotaban a las claras su preocupación por los acontecimientos futuros que sabía inevitables. Tan bien la conozco, que ante mí se representaban las ideas e inquietudes que poblaban su cerebro. Yo correspondía a sus miradas con el gesto que ella tan bien conoce

Cuando nos despedimos del grupo, ya en nuestro coche al que entró con cierto recelo, le recriminé el incidente,  le ordené que se quitara las bragas y se pusiera de rodillas de cara al respaldo, de rodillas sobre el asiento.
Con gesto mimoso y haciéndome caricias a la vez que suplicaba que la perdonara, trató de evitar obedecerme. Necesité de varias advertencias para que lo hiciera. El gesto de mi cara no auguraba nada bueno ante sus débiles negativas. Ella, la descuidada, conocía perfectamente que, cuando tomaba una decisión, ésta era inapelable. No sin reticencia, acabó por obedecerme y adoptó la postura que le había ordenado despues de despojarse de su íntima prenda;  con una ojeada, comprobé que se encontraban húmedas.

Sin preocuparme si alguien pudiera vernos, le propiné varios azotes que la hicieron botar y quejarse por el trato. Frases tales como “te vas a enterar en cuanto lleguemos a casa”,
“ no hay forma de que evites tales accidentes pese a mis esfuerzos”, “no vale de nada que vele constantemente por que no hagas esas cosas”,” no vas a poder sentarte en varios días cuando termine contigo”, etc., acompañaban mis azotes. Con los labios apretados, mi amor, arrepentida por lo hecho, soportaba con paciencia y estoicismo el castigo que, inexplicablemente, casi nadie contempló pese a que, por el lugar, transitaban grupos de gente paseando disfrutando de la noche de fin de semana. Solo una pareja de señoras con abrigos de piel que pasaban por allí, se pararon un momento para mirarnos con gesto de sorpresa y reprobación.

Cuando consideré que ya era suficiente, le dije que se sentara y guardara en un bolsillo sus bragas. Así, desnuda bajo su exigua falda  y con el culo dolorido, se sentó con gesto compungido.

Llegados a casa, sin perder tiempo, la despojé de la ropa hasta la cintura y, extrayendo mi cinturón, comencé a azotarla con él. En tanto, iba recriminándole su falta de atención.
Del cinturón, pasé a darle sonoros azotes con la mano tal vez más  dolorosos que con la correa, aunque más íntimos. Me pedía disculpas entre gemidos y ni lo uno ni lo otro me ablandaban. Seguí con la azotaina un largo rato hasta que me pareció que ya había recibido bastante castigo por aquella noche. El color de su cara no desmerecía con el que presentaban sus nalgas después de la dura y larga azotaina que había recibido. Ella no lloraba nunca pese a las intensas zurras que recibía con frecuencia; en ésta ocasión, pese a la ausencia de lágrimas, sus ojos se mostraban acuosos. Sus manos, despues de pedirme permiso para hacerlo, se acercaron veloces a frotar su enrojecido culo, con la intención de mitigar el escozor que en él sentía. Después, se abrazó a mí ocultando su cara contra mi pecho con actitud mimosa a lo que correspondí con caricias y, levantando su cara hacia mí, la besé apasionadamente enervado por su perfume que tan bien conocía. Mis manos se dirigieron atentas a comprobar la temperatura de sus nalgas que encontré calientes por la azotaina. Su respuesta fue un estremecimiento mientras apretaba su vientre sobre el mío. Así unidos, pecho contra pecho, vientre contra vientre,
las bocas unidas en un apasionado, largo y frenético beso, nos mantuvimos unidos por un tiempo difícil de calcular.

Lo que sabía con toda certeza, era que, a la primera ocasión que se presentara, ella, con sus movimientos tan expresivos, volvería a cometer una nueva tropelía que sería respondida con el mismo tratamiento.

Dado que lo cortés no quita lo valiente y que la visión de su semidesnudez habían disparado mi libido, en un gesto de perdón y como consecuencia del amor que por ella siento, además de la excitación que no me permitía más dilación,  la atraje hacia la cama con dulzura: la desnudé completamente y yo hice lo propio. Nos abrazamos con pasión y terminamos la noche amorosamente unidos, Lo demás, lo dejo a la imaginación de quién se digne leer éstas líneas

El amor, en su infinita sabiduría, subsanó lo ocurrido: el castigo recibido había hecho que disculpara su falta. Mi justificado pero exagerado y casi pretendido enfado había desaparecido para dar paso a otros sentimientos y deseos que se colmaron con creces.

En cierto modo, el hecho de que cometa esos y otros errores, me permiten continuar ab in eternum zurrándola con un atisbo de justificación.

 

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