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Carta a una amiga

Autor: Jano

Querida amiga:
Como ya sabes por mi última carta, la paz no brillaba en mi matrimonio. Pese a que mi marido es un dechado de paciencia, un diablillo interno me empujaba a menudo para que se la pusiera a prueba. Cuanto más le atacaba, más retraído y alejado le notaba. Raramente me hacía frente y en esas raras ocasiones, después de la discusión, se encerraba en su despacho durante horas.
En realidad, por mucho que lo meditaba, no conseguía saber qué pasaba en mi interior para portarme de forma desconsiderada con alguien que me quería y a quién yo correspondía en el fondo de mi corazón.
No todo era negativo; nuestra actividad sexual era aceptable, e incluso muy satisfactoria,–curiosamente–, cuando habíamos tenido una discusión fuerte a lo largo del día (fuerte desde mi lado: él no solía responderme)
Como te decía, por mucho que buceaba en mis motivaciones para actuar de aquella forma con él, no sabía cuales eran las causas de mi actitud. Sí sabía, que todas nuestras desavenencias procedían de mis malas formas para con mi marido.
Pasaban los días y los meses y la relación iba empeorando casi por minutos.
Él, cada vez mas encerrado en sí mismo; yo, cada vez mas nerviosa y agresiva.
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Estando de visita en casa de mi amiga Ana ,–a la que tu debes recordar de nuestros tiempos de Instituto –, hice un descubrimiento asombroso.
Mientras ella charlaba con el resto de las chicas, mi afición, casi compulsiva por la lectura, me llevó ante las estanterías donde Ana tenía sus muchos libros y revistas. Mis ojos se fijaron en un grueso tomo en cuyo lomo se podía leer “Enciclopedia del SM”. El título me intrigó ¿Qué era aquello de SM?. Lo abrí: en sus páginas encontré muchos dibujos, historietas, narraciones y fotografías sobre niñas, mujeres y alguna de hombres siendo sometido y sometidas, azotados y azotadas con la mano y otros instrumentos. La lectura y la visión de aquello, hizo que algo como una nube me rodeara y una excitación sin precedentes se apoderara de todo mi ser. A medida que pasaba las páginas, mi calentura subía. (Te cuento esto por la gran confianza que nos une). Noté, desconcertada, que por mis piernas discurría el líquido que ya antes había empapado las bragas.
¿Qué me estaba pasando?. Repentinamente, me vinieron  a la memoria escenas soñadas o en duermevela durante mis años de la pubertad y en las cuales, niñas o niños, eran azotados sobre las rodillas, de adultos con el culo bien expuesto: aquellas ensoñaciones culminaban en lo que ahora sé eran los primeros aunque pequeños orgasmos.
Ante aquellos recuerdos y la visión de los castigos mostrados en la enciclopedia, mi estado era el de una elevada calentura. Dejando el libro en la estantería, pero con sus imágenes grabadas en mi memoria, fui al cuarto de baño y….(fue así, te lo confieso), me masturbé frenética y largamente.
Antes de terminar la reunión, apartando a Ana de las demás, le pedí que me prestara el libro, a lo que accedió guiñándome un ojo. Buscó una bolsa y me la entregó con una pícara sonrisa dibujada en su rostro sin ningún comentario. “Ya me lo devolverás”–me dijo– “No hay prisa”
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Al regresar a casa y comprobar que estaba sola, encendida como seguía estando, fui al dormitorio y, allí, con una almohada entre las piernas, conseguí cinco orgasmos maravillosos leyendo y viendo aquellas imágenes.
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Repentinamente, descubrí cual era el diablillo que me impelía a mantener aquella estúpida y beligerante actitud con mi marido. Lo que anhelaba, sin ser consciente de ello,  era recibir en mi cuerpo aquellos que me parecían deliciosos azotes.
Tenía que trazar un plan.
Puse varios indicadores de papel entre diferentes  páginas, –las más explícitas –, y dejé el libro “descuidadamente” sobre la mesa de centro en el salón. Me puse aquella camisa blanca y la minifalda tableada de cuadros rojos y negros ( ya sabes:  las faldas escocesas ): una que guardaba como recuerdo de mis años de colegio y que apenas podía abrochar. Me había pedido mi marido que me vistiera de esa forma en numerosas ocasiones, lo que había supuesto que yo me pusiera con él como una fiera.
Esperé pacientemente a que él llegara sentada ante el televisor. Mi mente no estaba para lo que había en la pantalla; otros eran mis intereses.
Pasada media hora, que se me hizo interminable, mi marido llegó y le saludé. Al verme así vestida, se quedó parado a la entrada del salón con cara de asombro.
Mis piernas cruzadas, mostraban toda su longitud hasta casi, casi, la cadera. Hice como que no me percataba de su actitud de asombro y me levanté para cambiar de canal manualmente (lo que me obligó a agacharme y enseñar el culo apenas cubierto por unas bragas blancas, también de mi época de adolescente)
Le dejé allí con su expresión asombrada y me fui a la cocina a prepararme un gin-tonic, procurando, durante el trayecto, mover las caderas más de lo acostumbrado.
Me tomé un buen rato en la preparación de la bebida. Cuando al fin volví, él estaba ojeando el libro: me miró con gesto interrogativo. A su pregunta muda, le contesté que me había gustado y lo había pedido prestado.
“Esto es lo que te está haciendo falta a ti desde hace mucho tiempo y no me he atrevido a hacer por respeto, pero que ha pasado por mi cabeza miles de veces debido a tu forma de comportarte. No me he atrevido …….hasta ahora. En adelante, cada vez que me montes un numerito de los tuyos, vas a saber lo que es bueno”
Se le veía alterado como no le había visto nunca. Le provoqué, le insulté, le dije todo lo que se me ocurrió.
Con sus ojos despidiendo chispas, vino hacia mí y me dio una bofetada.

“Es la última vez que me haces esto. Se acabó. ”

No bien acababa de decirlo, me agarró de un brazo y me tumbó sobre el sofá. A continuación, con toda tranquilidad, sin alterarse ahora, comenzó a estrellar su mano en mi trasero sin pausa, metódicamente, a ritmo de metrónomo, no muy fuerte al principio, pero, paulatinamente, aumentando la fuerza de los impactos.
Por alguna razón por mí desconocida, no hice la menor señal de rebelarme. Los azotes dolían pero, a medida que se multiplicaban, el dolor dejaba paso a un cierto placer desconocido hasta el momento. Me levantó del sillón y me puso de pié, frente a él. Desabrochó su cinturón y, sacándolo bruscamente, lo hizo restallar en el aire antes de sujetarme por una muñeca y colocarme sobre sus piernas. Me quitó las bragas de un tirón, las envió lejos y comenzó a descargar cintazos sobre mi desnudo culo. En aquella posición notaba el gran bulto  de su sexo contra ni vientre desnudo.
Aquella situación era un tanto surrealista: la agresora habitual que era yo, no se resistía en tanto que, el agredido, me estaba sacudiendo bien sacudida. Era como si hubieran cambiado los papeles ( y así era, en efecto)
Toda resistencia tiene un límite y, las lágrimas afloraron a mis ojos, mansas, dulces. En mí se produjo una catarsis. Algo se rompió en mi interior. Una gran paz se apoderaba de mí. El dejó de azotarme, me levantó con dulzura y secó mis lágrimas con besos y caricias. Me besó dulce y largamente.
No recuerdo bien que dijo, pero fue algo así.
“¿Esto te duele? Y, todo el tiempo que me has estado martirizando, ¿crees que ha sido justo? Todo lo he soportado por amor. Espero que eso haya terminado para siempre”

Entretanto, me acariciaba yo mi maltrecho culo y le juraba que “nunca más”.
La sesión acabó en nuestro dormitorio, sin haber comido , pero alimentándonos de los frutos del amor.
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Jamás cumplí mi juramento, pero él sí su promesa. Cada vez que trataba de molestarle, el cinturón, la mano y otros útiles que se fueron añadiendo, amén de ser castigada frente a la pared, o de rodillas y otras lindezas, eran el fin de toda discusión (no sin que después hiciéramos una incursión al dormitorio).
Desde aquel día, somos felices y cada uno tiene lo que quiere.
Te dejo: El está a punto de llegar y quiero jugar un rato.
Con el cariño de siempre, tu amiga feliz,

JANA.
P.s. Espero tu respuesta y tu parecer lo antes posible. Vale.

 

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