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Mi primera azotaína

Autora: Ana Karen
(Dedicado a mi querido spanker oriental:  Alberto)

Lo que van a leer a continuación son mis sentimientos y pensamientos acerca de mi primera azotaína. Les aseguro que aquí va toda la realidad mezclada con un gran porcentaje de fantasía. ¿Qué es fantasía y qué es realidad? Cada uno de ustedes lo decidirá…  y seguramente estará en lo cierto.

Lo conocí en un tablón de Internet. Alberto se comunicó conmigo como tantos otros lo hicieron, pero él… él es especial. Y no sólo porque compartimos la misma nacionalidad y vivimos en el mismo país, sino porque desde su primer mail (que fue en privado) tuvimos muy buena onda.

A medida que pasaban los días, los mails se hicieron más frecuentes cada vez, y comenzaron las llamadas telefónicas. Al vivir cada uno en un extremo del país tampoco se nos hacía fácil el poder vernos: nuestros trabajos y vida diaria no estaban ni están pensados para este tipo de situaciones, pero nuestra comunicación era tan frecuente, vasta y fluida que nos parecía conocernos desde siempre.

Pero cuando las cosas se tienen que dar… simplemente se dan! Nuestros deseos de vernos y conocernos eran tan grandes que el Destino y el dios Eros se confabularon para que sucediera algo y poder conocernos al fin.

Soy la administradora de la empresa para la cual trabajo, y a principio de mes me avisaron de la Asociación de Administradores de Empresas que el Congreso de Administradores se haría este año en la fronteriza ciudad de Rivera, a solo 23 kilómetros de donde reside Alberto. Recién un miércoles que el congreso sería el sábado de esa semana, así que decidí partir de aquí el jueves de noche para tener el viernes para “descansar”, pues el viaje implica más de 8 horas en autobús.

No consulté con nadie, solo llamé para reservar el pasaje, pero me faltaba conseguir alojamiento. Pero todo es perfecto siempre, aunque al principio nos parezca que no. Por ser una ciudad pequeña, la capacidad hotelera estaba desbordada, así que no conseguía alojamiento por ningún lado. Pero yo sabía que tenía los dioses a mi favor: busqué entre mis amistades alguien que me consiguiera un lugar y todo salió a pedir de boca: una amiga me consiguió un apartamento amueblado en un bello barrio de Rivera. ¡Estaba feliz! y apenas lo supe llamé a Alberto para contarle, y al enterarse también se puso contento, pues era más fácil y más discreto un apartamento que un hotel.

Hacía varios días que, aunque yo no sabía nada de lo que se venía, tenía una “manada” de mariposas en el estómago que me revoloteaban sin cesar.

El día llegó y las mariposas aumentaban a medida que el autobús se acercaba a la ciudad. Llegué muy temprano en la mañana, lo que me vino perfectamente bien para prepararme para la noche de mi “debut”. Fue un día larguísimo, demasiado largo para mí debido a mi excitación. Durante el día nos llamamos varias veces, arreglamos el horario y…

A la hora exacta que habíamos acordado tocó timbre. Lo recibí en la puerta, nos saludamos y mis mariposas se alborotaron aún más! Estaban desaforadas, nerviosas,  casi tanto como yo!  Nos estudiamos mutuamente por unos segundos y nos sentamos a charlar, después de todo era la primera vez que nos veíamos personalmente.

Alberto fue el primero en enfrentar la situación:

-¿Y? ¿Soy cómo esperabas?
-¡Sí, estás igual que en la foto!
-Entonces… ¿te decepcioné?
-¡No! ¡Por supuesto que no! ¿Por qué me decís eso?
-Es que…  todavía no me has dado ni un beso.

Me sonreí y creo que me sonrojé levemente. Tomé su cara entre mis manos y le di el beso más dulce que pude, mientras que los dos nos incorporábamos para abrazarnos y besarnos con más pasión. Cuando nuestras bocas decidieron separarse, preguntó:

-¿Así que sos muy gallita vos? –me dijo abrazando mi cintura.
-Ehhhh… esteeeeee… bueno, yo…

¡Zas! Había llegado mi primer azote: suave, dulce, cómplice de la situación. Me sorprendió pero ¡me gustó muchísimo!

-¿Así que vos sos la que te hacés la viva con los spankers que están lejos porque no te pueden nalguear?
-¡Es que ellos me provocan! –dije con un mohín como para defenderme.
-¿De verdad? –dijo con una gran sonrisa en su cara.

¡Zas! ¡zas! Ardieron un poquitín más, pero… no demasiado. Me seguía besando mientras amasaba mis nalgas. Era una sensación deliciosa, y mis mariposas no sabían qué hacer. Creo que algunas revoloteaban de aquí para allá y se chocaban con las que ya habían sentido el placer de los primeros besos y volaban suavemente dejándose llevar por el momento.

No dejaba de besarme y de darme nalgadas muy suaves, muy ricas que a mí ¡me sabían a gloria! En determinado momento me tomó de la mano y se dirigió hacia la otra parte de la casa donde encontró el dormitorio.  Me dejó parada a los pies de la cama.

Se acercaba el momento que me imaginaba y que tanto y tanto había deseado durante años: mi primera azotaína!

Soy una mujer muy grandota, por lo que al spanker no se le hace fácil nalguearme en OTK, pero al hacerlo en una cama las dos partes se pueden acomodar de otra forma. Me dijo que me pusiera sobre sus piernas y lo hice…

-Gallito… te llegó la hora de que te bajen la cresta!

Lo miré de costado, con la mejor cara de mártir que pude poner, pero por supuesto que eso no le importó.

-¡Bajá la cabeza! –me dijo con una voz tan firme que me hizo correr un frío por la espalda.
-¡No! –le contesté sin dejar de mirarlo. No quería bajar la cabeza, eso es muy humillante para mí.
-Bajá la cabeza… ¡ya! –Y por supuesto que obedecí. Es que su tono de voz se impuso ante mí y como no sabía qué podía pasar, pensé que lo mejor sería obedecer… al menos por un rato.

Los primeros azotes cayeron encima de la falda. ¿Cuántos fueron? ¿4, 6, 7? No lo sé, pero gocé cada uno de ellos y mi entrepierna también se comenzó a enterar de mi primera azotaína.

Sentí como me subía la falda y dejaba mi colita al descubierto. ¡Wow, qué momento!  Los siguientes azotes no se hicieron esperar, y sentir la mano de Alberto casi sobre mi piel me hizo excitarme aún más.

Sí: me dolía, me ardía, me picaba, pero… ¡qué sensación más adorable! Claro que fueron muy poquitos los azotes recibidos así, con las bragas puestas. Enseguida me las bajó y las colocó exactamente donde terminaban mis nalgas. Allí comenzó el real castigo. A cada golpe de su mano, mi cuerpo tenía una reacción que no podía evitar: saltaba sobre sus piernas. No sé cuánto rato estuvo azotándome, pero por primera vez sentí esa famosa dicotomía de la que tantas veces hablé y leí en los relatos: quería que parara porque ya sentía mucho ardor y dolor, pero… haría lo que fuera para que continuara con ese maravilloso castigo.  Mi entrepierna estaba empapada, y en mi cerebro resonaban sus palabras una y otra vez:

-¡Yo te voy a bajar la cresta gallita! La cabeza bien abajo ¡con la frente tocando el colchón!

No sé porqué lo hice, o quizás sí. Quería más, quería que no parara, quería sentir finalmente todo lo que había querido sentir durante más de 40 años. Y para eso necesitaba provocarlo. Creo que evidentemente no sabía lo que hacía, pero por suerte para mí, Alberto sí.  Así que…

-Dije la cabeza bien abajo –me espetó empujando mi cabeza hacia el colchón.
-¡NO! –contesté lo más insolentemente que pude.
-La frente contra el colchón y ¡no te lo repetiré!
Su tono de voz me asustó, no lo voy a negar, pero mi rebeldía pudo más:
-¡NO! ¡No lo haré! –le dije mirándolo a los ojos y de la forma más soberbia y petulante de la que fui capaz.
-Bien.  Como vos quieras –dijo con algo de parsimonia. Me tomó de la nuca, y de forma firme pero sin hacerme daño puso mi frente contra el colchón y empujó de forma tal que no podía levantar la cabeza. Sentí que su cuerpo giraba, porque no podía ver nada debido a la posición en que me encontraba. En el momento que por algún motivo soltó mi cabeza, quise incorporarme, pero no pude. Con la rapidez de un felino puso otra vez mi frente contra el colchón e inmediatamente sentí un chasquido seguido de un fuerte ardor en mi nalga: ¡había comenzado a azotarme con el cinto!

Si mi colita sintió ardor con su mano, imaginen lo que fue con el cinto. El ardor y el dolor se confundían con la quemazón que me producía el cuero contra mi piel, que hasta hacía un rato había sido blanca y muy suave.

Aún así yo trataba de subir mi frente, y él me la bajaba y me daba más duro (o por lo menos yo lo sentía así).

-¡Te dije que te iba a bajar la frente gallito! Cuando leía tu altanería e insolencia en el tablón, me prometía a mí mismo que el día que tuviera tu culo a mi merced te enseñaría a no ser tan arrogante y a no burlarte de los spankers. Te aprovechabas porque están lejos, pero no tomaste en cuenta que siempre hay alguno cerca de ti para guiarte por el buen camino y mostrarte cómo debes de comportarte.

Con todo ese palabrerío y encima los azotes del cinto cayendo cada vez con más fuerza, traté de zafarme más de una vez: me retorcí, salté sobre su falda, quise levantar la cabeza y no sé cuántas cosas más. Todo fue en vano.

Alberto es un spanker consumado y…  como solo tiene dos manos, con una sostenía mi cabeza y con la otra iba alternando entre agarrarme para que no me moviera tanto y cuando me quedaba un poco quieta, ¡ZAS!, me azotaba con el cinto otra vez.

De repente paró.

-Levántate –me dijo con su voz ruda y dura – ¡De pie!

Miré su rostro impávido, sin la menor muestra de ningún sentimiento o emoción. Sus facciones parecían haber sido talladas en la piedra más dura. Y sus ojos querían reflejar la misma dureza de su rostro, pero mirándolo fijamente, cosa que yo apenas podía hacer, dejaban ver en el fondo y sólo por un instante, una chispa de ternura. Haciendo uso de todas mis armas de seducción y de manipulación, me acerqué a su rostro para besarlo, lo miré tiernamente, lo acaricié. Pero todo fue inútil, no logré que moviera ni una pestaña.  Tenía rostro de… spanker! Sin darse por aludido ante todas mis artimañas, sólo me dijo:

-Tu frente aún está demasiado alta para mi gusto. Tu cresta todavía sigue en alto gallito, pero remediaremos eso ahora mismo. Arrodíllate y poné tu frente en el suelo y tu cola bien en alto.  ¡YA!

¡Era demasiada humillación para mí! Pero… ¿quién se creía este tipo que era? No, no lo haría.  Así que mirándolo de frente (todavía me pregunto cómo logré hacerlo) y con mi mirada más desafiante le dije:

-¡NO!

No me dio tiempo a reaccionar cuando sentí una vez más su mano sobre mi dolorida colita.  Mi reacción fue inmediata:

-¡Sí, sí, sí…! ¡Ya! ¡Ya tengo mi frente en el piso! ¡ya…!

Y con toda la vergüenza y la humillación que alguien pueda sentir, puse mi frente en el suelo y la cola bien en alto para que siguiera enseñándome a no ser tan altanera y petulante.  Los azotes continuaron durante unos minutos que se me hicieron interminables.

Luego, empujó mis bragas hasta las rodillas y notó que estaban empapadas en la entrepierna, y no precisamente por la temperatura de la noche, sino porque mi excitación había llegado al punto máximo. No podía soportar más y… el estallido de placer por el orgasmo obtenido fue sublime!

Inconscientemente levanté mi cabeza para gozar al máximo ese momento. Alberto se dio cuenta y no sólo se detuvo, sino que se acercó por detrás de mí y me tomó en sus brazos abrazándome dulcemente.

-Gallita, usted va a tener que aprender a no cacarear tanto, y a bajar un poco esa cresta que la puede meter en muchos problemas. Que usted va a aprender se lo aseguro, y yo la voy a ayudar ¿entendió?

Bajé mi mirada y asentí con la cabeza. Yo, una mujer madura, con un cuerpo y una altura muy grande, habiendo tenido hasta ese momento toda la soberbia y la omnipotencia a flor de piel, me sentí como una niña pequeña, abrazada dulcemente por alguien que me puso límites por primera vez en mi vida.

Alberto me dijo una vez:  “¿viste que ser Spanker no es sólo dar nalgadas?”.  Hoy me doy cuenta que tiene razón, y le contestaría que: “tampoco ser spankee es sólo recibirlas”.

Querido Alberto:

Gracias por iniciarme de una forma tan maravillosa.
Gracias por cuidarme tanto.
Gracias por tratarme con la paciencia, el cariño y la firmeza que un padre trataría a su hija traviesa.
Gracias por ser lo suficientemente hombre y caballero como para no hacer caso de mis quejas, de mis insinuaciones maliciosas y ¡hasta de mis reproches por querer más y más!

Me sirvió de mucho que me ayudaras a ver que soy más manipuladora, rebelde, caprichosa y malcriada de lo que me imaginaba.

Pero iré mejorando. (¿O no? Jejejejejejeeeeeee…)

Con todo el cariño de tu spankee,

Ana Karen
27 de noviembre del 2005

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