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El bicho feo

Autores: Amadeo Pellegrini  y  Ana Karen Blanco

En una jornada gris, propicia a las evocaciones nostálgicas, saldadas las diferencias con Ana Karen, viajábamos, en plena armonía rumbo a Buenos Aires donde mi amiga tomaría el avión de regreso a Montevideo, en tanto yo haría el camino de vuelta a la oficina.

En su equipaje llevaba la fusta de barba de ballena y mango de marfil, recuerdo de la tía Filomena Ferrato, y en los más atractivos lugares, -no visibles-, de su persona, ciertas marcas emblemáticas, para decirlo de manera elegante-, provenientes del mismo adminículo.

Un impensado silencio nos envolvía.

La Gallita Oriental, arrellanada en el asiento con la mirada perdida en el horizonte continuaba abismada en sus cavilaciones, mientras yo conducía cada vez más concentrado en el tránsito desde que comenzara a caernos encima una fina llovizna.

De pronto se irguió en el asiento y comenzó a entonar:

“Qué noche llena de hastío y de frío,
el viento trae un extraño lamento.
Parece un pozo de sombra la noche,
y yo en la noche camino muy lento…
Mientras tanto la garúa
se acentúa con sus púas
en mi corazón….”

-Me gusta Julio Sosa. –Murmuró, sin apartar la mirada del horizonte.

-A mi también. –Respondí.

-Más que Gardel…

Si con aquella afirmación pretendía iniciar una controversia, equivocaba el camino, porque repuse sin vacilar:
-Estamos de acuerdo.

Otra vez un largo silencio entre los dos. Para interrumpirlo le  propuse que pusiera música. Se negó con la cabeza y enseguida dijo:
-No, no tengo ganas de aturdirme con música…

Luego de un momento añadió:
-¿Te das cuenta Amadeo? todavía no hace tres días que nos conocemos y ya no tenemos más nada que decirnos…

-Me hago cargo –repuse-, aunque en realidad parece que hiciera más tiempo, porque lo consumimos intensamente…

-Es verdad –admitió- ¿Es por eso entonces que ahora parecemos una fatigada pareja que no tiene otra perspectiva que el aburrimiento, porque llevan demasiados años viviendo juntos?..

-En eso no estoy de acuerdo, muchas veces los momentos de silencio resultan necesarios, para pensar, para concentrarse, para recordar, para no equivocarse al doblar, como ahora, -dije imprimiendo un leve toque al volante, en lo que pretendía ser una broma. Ana Karen esbozó una sonrisa tristona.
-Lo que me molesta es que no tenemos temas, no somos un par de viejos, es verdad, pero nos estamos portando como dos desconocidos…

-Para nada, -observé-, estamos viviendo circunstancias nuevas que deberemos afrontar a partir de mañana y eso nos pesa a los dos.
-Sí, como un maleficio…

-¡No, Ana Karen, no volvamos otra vez al “Hualichum”! ¡Por favor! -dije extendiendo la mano para acariciar su rodilla.

Ella se rió de buena gana exclamando:
-No, tonto, eso es cosa del pasado, pensaba en un tango

-Entonces más preciso hubiera sido decir: “nos pesa como una condena…”

-¡Ese es otro tango!… Meditó unos instantes para aducir: Bueno, después de todo yo soy muy dueña de decir lo que me parece… ¿No? ¡Pero a vos Amadeo te gusta hacerte el sabelotodo y  corregirme!…
-Sí, seguro, encima de mis rodillas, especialmente…

-¡Puto!… ¡No me hagas acordar, -¡puto, reputo!-, que todavía estoy dolorida! Por tu culpa y el viaje voy a llegar a Montevideo con la cola desecha…

-¿Por mi culpa? -pregunté divertido.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Por tu culpa! ¿Quién me habló del “Hualichum”? ¡Vos! ¿Quién me llevó a la laguna? ¡Vos! ¿Quién me dejó sola allá? ¡Vos!

Volvía a ser la Ana Karen desafiante de siempre, la que me derretía por dentro.
–Tenía entendido que habíamos firmado la paz, ¿no es así?

-¡Yo no firmé nada! Quedamos solamente en no volver a hablar del asunto, pero a vos te gusta refregármelo y como ahora no podés pegarme te divertís burlándote de mí.

La voz alcanzaba ya la modulación justa, faltaban, únicamente  los pucheritos…
-¿Por qué tenés que ser tan, pero tan puto, Amadeo? ¿Por qué no me hablás de otras cosas?…

Conseguí sacarla del ensimismamiento, ese era mi propósito. Reaparecía entera la Gallita Oriental con las alas desplegadas y los espolones a la vista, preparada para emprenderla a picotazos . Era el momento justo de condescender. Le pregunté:
-Bien, ¿de qué  querés que hablemos?

-Hablame de vos. De vos, cuando eras todavía buena persona, cuando eras un chico inocente que iba a la escuela y jugaba con otros.

La vocecita comenzaba a destilar dulzura.
-Me gusta conocer cómo eras entonces…

-Voy a tratar de complacerte, -le dije-, pero te prevengo que no me acuerdo nada del tiempo de mi inocencia, los juegos, de los que me acuerdo al menos, de cándidos tenían poco y nada.

-Sí, entiendo, en Montevideo también, cuando yo iba a la escuela a los varones les gustaba hacer cosas prohibidas, sobre todo con las nenas.

-Es que ustedes las nenas uruguayas debían ser ejemplares

-Si, claro. –Advirtió enseguida que estaba bordeando una trampa, entonces la eludió preguntando:
-¿Y las de acá no, acaso?

Las de acá dejaban mucho que desear, porque tenían unos jueguitos que bueno, bueno.

-¡Huy! Amadeo, sos de lo que no hay… ¿Qué hacían? Apretó cariñosamente mi brazo y endulzó más la voz para pedir: Contame, contaaame…

Si, te voy a contar uno de los juegos de mis compañeritas de colegio, pero mejor hagamos un trato.
-No, no, Amadeo, con vos yo no hago un sólo trato más, porque sos muy sinvergüenza y después termino toda dolorida.

Para acentuar su condición de víctima formó el clásico hociquito con los labios mientras movía la cabeza de izquierda a derecha. Estábamos detenidos en la estación de servicio, esperando que el playero terminara de limpiar el parabrisas. Al reemprender la marcha dije:
-Ana Karen, el trato que te propongo es completamente inocente.

-Nada que venga de tu parte puede resultar inocente, Amadeo. Acabás de decirme que no te acordás de cuando lo eras.

-Está bien, hablemos entonces de un trato justo: yo te cuento el jueguito de las nenas y después vos me contás uno de los de tus tiempos del colegio. ¿Estamos?

-¿De nenas también?

-De lo que sea, a mi también me gusta saber cómo eras de chiquita, aunque me lo figuro.

-¡No seas puto! -exclamó pellizcándome el brazo- Bueno, está bien. Empezá, dale.

-Yo hice la escuela primaria en un colegio nacional, te acordás que te conté…

-A mí nunca me contaste nada.  Habrá sido a otra… Te estás con-fun-dien-do, Amadeito…

-Yo no me confundo, que vos no te acuerdes es cosa tuya. Cuando íbamos para “Villa Amelia”, al pasar por allí te mostré un edificio viejo, color mostaza, y te dije que esa era mi escuela.

-¡Ah!, Sí, ahora me acuerdo…

_Ahhhh, sííí… ahora síii… -dije haciéndole una mueca.

-No te burles, ¡estúpido!

-Resulta que ahora también soy estúpido.

-Sí, estúpido, puto y sinvergüenza.

-¡Cuántas cosas lindas! Bueno, sigamos…

-Empezá de una vez

-Ese era un colegio mixto donde se dictaban clases en dos turnos, yo iba al de la tarde porque mi casa quedaba bastante lejos. A ese turno concurrían más niñas que varones. No llevábamos uniformes como los colegios pagos, pero sí guardapolvos los varones y delantales las niñas, todos blancos, en ese tiempo las mujeres no usaban pantalones como ahora, así que en invierno llevaban medias tres cuartos y soquetes en primavera.

Resulta que teníamos un Director con ideas avanzadas para una población tan chica, provinciana y prejuiciosa como la nuestra. Encima el tipo pertenecía al Partido Socialista, así que con el Cura se tenían mucha tirria, aunque no lo demostraban, en público guardaban las formas, Señor Director de aquí, señor Cura Párroco de allá, pero no se podían ver, de eso nos vinimos a enterar después cuando sucedió lo que sucedió.

Consecuente con sus ideas pro feministas de igualdad de sexos y antidiscriminatorias, en los recreos permitía que, varones y chicas nos mezcláramos para jugar juntos. El personal a su cargo, o sea las maestras se turnaban en el patio sólo para vigilar los baños, que estaban separados.

Al principio las cosas anduvieron bastante bien, las niñas jugaban a la rayuela, al pisa-pisuela, a la mancha, saltaban la soga, o hacían el fideo fino que consistía en juntar los pies, tomarse de las manos y echarse para atrás comenzando a girar, muertas de risa, cada vez más rápido hasta que se soltaban mareadas; a los varones nos gustaba jugar a los milicos formando un bando que perseguía al otro, el de los ladrones para encerrarlos en un círculo marcado en la tierra que representaba la cárcel, los ladrones podían soltar a sus compañeros. El juego no terminaba nunca porque la campana lo interrumpía siempre.

-Ana Karen, vos conocés ese refrán: “El roce, descose” ¿No es así? Bueno, de a poco, cada vez era mayor el número de chicos que desertaban de nuestros dos principales juegos, para sumarse a los  de las niñas, pues además de la “miliqueada” estaba también la “gata parida” que consistía en formar una fila con la espalda apoyada a la pared y empujarse de costado desde cada extremo, hasta que la presión de la fila los iba desalojando de a uno, ganaban los que conseguían quedar apoyados en la pared.

-Y vos, fuiste de los primeros en abandonar los juegos de los varones para pasarte al de las nenas ¿no?

-Por supuesto. Además tenía mis motivos…

-Los conozco, Amadeo, vos me contaste que no tenías hermanitos, – ¡pobrecito!-, por eso buscabas hermanitas o primitas.

-Primitas tenía…
-Entonces las compadezco…

-¡Acabala, Charrúa del Diablo!

Fue a mitad de ese año cuando se puso de moda el juego del “Bicho Feo” que consistía en sorprender por detrás a alguna de las chicas y entonces impetuosamente levantarle las faldas y el delantal, para que los que estaban alrededor corearan burlones.

“Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…
Feo bicho, bicho feo,
las bombachas yo te veo…”

Batían palmas y reían todos los circunstantes, menos la víctima que, en ocasiones se enojaba y hasta se ponía a lloriquear de vergüenza, aunque después festejara con las demás cuando hacían “Bicho feo” a otra compañera.

-Me imagino, Amadeo que vos estarías allí en primera fila…

-¡Por supuesto! Es uno de los mejores recuerdos que tengo de la escuela por eso te lo cuento.

En ese tiempo descubrí una variedad enorme de modelitos de bombachas y bombachitas, la mayoría eran color blanco, algunas con puntillitas, pero había también  amarillas, marfil, rosas, verdes, estampadas con florcitas, con maripositas… ¡Un primor!

-¿Qué pasó después?

-Lo previsible, oficialmente ninguna autoridad del colegio conocía ese juego, el Director nunca aparecía en el patio, las maestras conversaban entre ellas y si veían algo inconveniente se hacían las desentendidas, hasta que ocurrió lo que, tarde o temprano, sucedería: le alzaron la ropa a la hija de una familia importante, adinerada, muy religiosa con sólidos contactos políticos en la capital de la Provincia y también en Buenos Aires.

-Llorando a lágrima viva, la víctima fue a refugiarse detrás del hermano mayor, alumno de los últimos grados, quien arremetió contra las autoras, las instigadoras y las que aún festejaban la hazaña, trompeó a algunas, a otras las empujó, las demás se desbandaron gritando mientras corrían a refugiarse cerca de las maestras.

-Bien, abreviando la cuestión: intervinieron los padres, se movieron influencias, del Ministerio de Educación bajó un Inspector para instruir un sumario a las autoridades de la escuela. Entretanto las suspendieron, provisoriamente designaron en la dirección a un funcionario del Ministerio hasta deslindar responsabilidades.

-Los padres de las hijas señaladas como promotoras del jueguito pretendían que se descubriera a la culpable, es decir que apareciera “el chivo expiatorio.” ¿Quíén? La que trajo esa moda al colegio y que fuera expulsada.

-¿Y la descubrieron? -interrumpió Ana Karen impaciente.

-La mayoría acusó como cabecilla a María Cristina Rodríguez, hija del Jefe de Correos, quien hacía muy poco tiempo que había sido trasladado al pueblo.

-¿Qué pasó con ella?  ¿La echaron, no?

Negué con la cabeza.
–No es tan fácil expulsar a un alumno, ni antes ni ahora, deberías saberlo, nena. Terminaron por tapar el asunto.

A causa del escándalo, a la culpable la ajustició, cinturón en mano, su propio padre con unos azotes de aquellos.

Las otras cómplices, en su gran mayoría, recibieron también sus palizas. En resumen, todas, aun las que no participaban activamente quedaron escarmentadas.

A la pobre María Cristina, las compañeras, por orden terminante de las respectivas familias le hicieron el vacío dejándola de lado hasta fin del año.

El nuevo Director, anuló las medidas anteriores, los patios fueron separados los varones quedamos de un lado, las mujeres del otro, las maestras recibieron la orden de vigilar los juegos de todos nosotros. Así terminó la cosa.

-¿Se supo de dónde o de quién sacó, esa chica  María Cristina la idea del jueguito? -quiso saber mi amiga.

Esta vez me encogí de hombros.
–Vaya a saber, -dije- esa familia venía de otro pueblo, lo habría aprendido allí, o tal vez lo vio en alguna parte. Si lo dijo no se supo, de lo contrario yo me hubiera enterado.

-Conociéndote, no me cabe ninguna duda que te hubieras enterado sinvergüenza.

Como me abstuve de hacer ningún comentario, agregó suspirando:
-¡Lo lamento, pobre chica!
-¡Yo más que vos! –exclamé-. La posteridad ha cometido con ella una grave injusticia al no rendirle homenaje por haber sido la precursora del cola-less. Mirá cómo andan mostrando las bombachas y algo más, las chicas de hoy.

Como Ana Karen quedó muda y pensativa, la saqué del aletargamiento, recordándole que era su turno.

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¿Así que es mi turno, eh? Bueno Amadeo, si querés que te cuente voy a empezar por decirte que remontarme a los tiempos que fui una niña no me cuesta porque fui muy feliz.

Toda mi niñez y adolescencia transcurrió en un colegio de monjas. Entré al jardín (en aquel tiempo se le llamaba jardinera y luego se pasaba al pre-escolar) con 4 años y feliz. Cuando salí estaba recibida de secretaria ejecutiva y tenía 18.

Durante estos 14 años de mi vida, conocí muchísimas  hermanas (monjas). Muchas de ellas habían tomado los hábitos por verdadera vocación y eran un modelo de dulzura, paciencia y amor por los niños. Pero otras… estaban peleadas con la vida, con la humanidad y con Dios, y no lo disimulaban. Una de estas monjas fue mi maestra de segundo grado, la hermana Marques.

Recuerdo que era más bien baja, porque con mis 7 años no era mucho más alta que yo (teniendo en cuenta que siempre fui la más grande de la clase). Era delgadita, menuda y con cara de culpar a la humanidad por su miserable vida. Vida que ella había elegido tener, supongo. Usaba unas gruesas gafas con una horrible montura de plástico negro que hacían resaltar su “bigote”. No era de facciones feas, sino todo lo contrario, y su tez era fina y suave. Pero siempre tenía cara de enojada, expresión de fastidio por tener que soportar todos los días a aquellas terribles niñas (era colegio femenino) que hacían sus travesuras con el sólo fin de que ella llegara más rápido a los altares y todos los días tuviera sacrificios y penitencias para ofrecer a Dios.

No recuerdo haberla visto sonreír jamás. Pero sí iba siempre con el ceño fruncido, y cara de enojo. Todos los días eran un suplicio para nosotras, pero creo que el que más nos disgustaba a todas era el lunes por la mañana.

Quiero hacerte notar, mi querido Amadeo, que este recuerdo es de comienzo de los años 60, antes del Concilio Vaticano II, cuando el cura daba la misa de espaldas, rezaba la misa en latín y las mujeres, no importaba la edad, debían cubrir sus cabezas con alguna mantilla y los señores quitarse los sombreros, etc. Siempre me pareció una cosa muy tonta porque era más agradable ver a las señoras peinadas aunque fuera sencillamente, que las calvas o semi calvas de los señores.

Volviendo al tema, te preguntarás por qué eran tan duros los lunes de mañana. Pues bien: resulta que la hermana Marques pasaba lista para ver quién había ido a misa el domingo anterior y quién no. A la que no había ido a misa se le ponía una falta como si no hubiera concurrido ese día a clase. Y si había ido, tenía que presentar una libretita con la firma del cura.

Bueno, aquí comenzaba la disyuntiva: si había ido a misa, pues nada, todo bien. Pero si había faltado, cometiendo pecado contra el tercer mandamiento: “Santificar las fiestas”, que se preparara para la reprimenda. La cara de la hermana Marques era especial para hacernos sentir culpables y por supuesto que nadie nos salvaba de la falta del día. ¿Cuántas faltas se podrían tener en el año? Ella decía que no muchas, o sea que había que ir a misa sí o sí. Por supuesto que la fe, el libre albedrío y todas esas cosas eran tonterías sin importancia. A la misa dominical había que ir por obligación de buen cristiano ¡y punto!

Cuando llegábamos  los lunes  a la escuela, la pregunta no era: ¿estudiaste? ¿saliste el fin de semana? ¿fuiste al cine? o ¿visitaste a tu abuelita? ¡NO! La pregunta clásica era ¿fuiste a misa?

Mis padres tenían comercio y se abría los domingos medio día, por lo tanto, la mayoría del tiempo no se podía ir a misa debido a los horarios en la mañana y al cansancio acumulado durante la semana en la tarde. Así que la mayoría de los lunes yo me tenía que presentar ante aquella terrible mujer y reconocer que había pecado por no ir a misa el domingo. ¡Cómo odiaba las mañanas de los lunes!

Muchas veces mentí diciendo que sí había ido, pero que el Padre Fulano estaba ocupado con otros feligreses y no podía esperar a que me firmara, o que mis padres salieron de apuro y no podían firmar, o cualquier mentirilla piadosa por el estilo. Entonces venía el remordimiento porque, además de no ir a misa, había mentido.

Era invierno y yo, que no era muy traviesa pero siempre tuve bastante imaginación a Dios gracias, se me ocurrió una travesura para hacerle a esa monja que tan mal me caía. Compré en una papelería una caja de chinches*. En el recreo volví al aula sin que me vieran y coloqué aquellas chinches* doradas con la parte puntiaguda hacia arriba, en la silla de la hermana Marques. Las puse intencionalmente, deliberadamente, con la forma de los glúteos, dibujando con ellas como una gran W, y salí sigilosamente de la clase, corriendo a jugar otra vez. Esperaba que se pinchara todo el culo y saltara de la silla ¡como un resorte!

Al regresar del recreo la hermana se dirigió a su mesa y se sentó sin más, comenzando a impartir la lección correspondiente. Me sorprendió muchísimo que no saltara al sentir los pinchazos, pero pensé que quizás lo estaría haciendo por sacrificio o algo así!

De repente se paró y se dio vuelta hacia el pizarrón, dando la espalda al salón: la carcajada fue general!!

Le había quedado marcado en el lugar exacto, un culito redondito y precioso!! Después me di cuenta que era tanta la ropa que tenía debajo de su hábito, que las tachuelas ¡se le habían quedado adheridas a la ropa!

Con su habitual cara de enojo giró sobre sus talones y nos miró desafiante, pero fueron pocas las niñas que lograron parar de reírse.

-Pero… ¿Qué falta de respeto es esta? ¿Cómo se atreven a reírse así en plena clase? ¿De qué se están riendo, cuál es la gracia?

No podíamos parar.
-¡Silencio! A ver… González, dígame qué pasa, cuál es la gracia!

González era la mejor alumna de la clase y su preferida, además de ser la “chupamedias”, “pelota” u “oreja” como se dice comúnmente. Pero esta vez su consentida no se animó a hablar.

-Ahhh, no vas a hablar, eh? Bien… entonces Domínguez, dígame usted qué pasa.

-Na… nadaa her… hermana! –y bajando la cabeza se puso muy colorada.

Y así nombro a tres o cuatro niñas más, pero ninguna se atrevió a decirle nada.

Pero no todo estaba de mi lado. Justamente pasaba por allí la hermana Superiora y en uno de los giros de la hermana Marques vio aquel culito marcado sobre las negras vestiduras de la monja. Con toda rapidez entró al aula y con más rapidez aún nos pusimos nosotras de pie para recibir con el respeto debido a la Superiora, con las voces al unísono, diciendo:
-¡Buenos días hermana Superiora!

-Buenos días niñas. Hermana Marques, acompáñeme por favor –y tomándola del brazo la sacó rápidamente del salón de clases.

Todas nos quedamos viendo la escena a través de los vidrios de la puerta, mientras la superiora le explicaba lo que le había pasado. Cuando la hermana miró la parte posterior de su hábito… no salía de su asombro!! Le dijo algo en voz baja mientras que entre las dos desprendían las tachuelas* del hábito.

Una vez que la Superiora se fue con una enorme sonrisa en los labios que pude ver perfectamente, la hermana Marques entró al aula con la cara roja por la ira. Nos enfrentó, puso su cara más dura, su voz más agria y mostrando las tachuelas en su mano nos espetó:
-Muy bien… ¿quién es la responsable de esta falta de respeto?

Por supuesto que el silencio fue absoluto y ya ninguna de nosotras reía. Yo estaba súmamente asustada y temía que mi cara me vendiera.

La monja siguió preguntando y nosotras seguimos callando, mirándonos unas a otras. Yo no le había contado nada a ninguna de mis compañeras, por lo tanto ellas tampoco sabían que había sido yo.

-Si la o las culpables de este desatino no se levantan y confiesan su falta, me veré obligada a que todas, ¿entienden? todas, paguen por esto. Consideraré que la clase en general y cada una en particular, cometieron esta fechoría.

Hubo alguna tímida protesta, pero por supuesto que nadie se hizo cargo de la travesura. Y yo menos que nadie, porque ¡tenía tanto miedo!

En determinado momento, con su furia a flor de piel nos pidió que pusiéramos sobre el pupitre nuestro “cuaderno viajero”, que era el cuaderno donde anotábamos los deberes para la casa, los avisos para los padres sobre los viajes o acontecimientos de la escuela, y por supuesto las observaciones sobre nuestras conductas, buenas o malas, por parte de la maestra.

Se apoyó sobre su escritorio con los nudillos sobre la mesa y desde allí nos dijo:
-Tomen su cuaderno viajero y copien lo que voy a escribir en el pizarrón –obedecimos con la cabeza baja y el lápiz en la mano sobre el cuaderno. En el pizarrón escribió algo así:
-“Queridos papá y mamá:
Les confieso que hoy he sido responsable de una gravísima falta de respeto contra mi maestra, la hermana Marques. He puesto tachuelas* en su silla con la intención de lastimarla y burlarme de ella, ya que dibujé con las tachuelas una parte innombrable de nuestro cuerpo. Me confieso ante ustedes para que me apliquen el castigo que crean conveniente. Para asegurar este hecho, la hermana Marques firmará a continuación.”

Y una por una fuimos pasando por su escritorio y ella firmó cada uno de los 32 cuadernos de las niñas que estábamos allí presentes.

Al llegar a mi casa y presentar el cuaderno a mis padres, se enojaron muchísimo, ya que la hermana Marques además de maestra era una religiosa, por lo que se le debía doble respeto.

Mi papá sólo me castigó dos veces en mi vida, y ésta fue una de ellas. El cinto silbó por los aires varias veces cayendo sobre mi cuerpo mientras yo saltaba. No fueron muchos azotes, pero me dolieron mucho y las marcas tardaron varios días en irse.

Al día siguiente al regresar a la escuela, vi que muchas compañeritas habían corrido la misma suerte que yo, y me sentí peor aún. Pero luego, pasado el tiempo, el sentimiento de culpa fue desapareciendo, pero nunca se fue por completo. Hoy por hoy, cuando lo recuerdo, todavía me siento un poquito mal, pero fue tan divertido hacerlo y ver la cara de esa monja llena de vergüenza y enojo que ¡no me arrepiento de nada! Valió la pena mi azotaína y la de mis compañeras, que se divirtieron tanto o más que yo porque no tenían el peso de la culpa, no?

Nadie supo jamás quién había sido la responsable de aquella travesura. Nunca confesé mi falta hasta hoy, querido Amadeo. Tú eres el primero en saberlo. Y espero que no me castigues!

Rompimos en carcajadas, pero los dos sabíamos que toda esa risa y aparente alegría era sólo una máscara para tapar la tristeza que realmente sentíamos.

El pensamiento de mi partida me inundó nuevamente. Mejor dicho, no me molestaba marchar, no me dolía irme, lo que en realidad me hundía en una profunda tristeza era saber que Amadeo se quedaba y nos separaríamos, quién sabe por cuánto tiempo. Al pensar esto mi sonrisa desapareció y lentamente y casi sin dame cuenta, me fui enrollando hasta que tomé una posición casi fetal. Necesitaba sentir a este hombre maravilloso muy cerca de mí, sentir una vez más el calor de su piel y llevarme su olor y su tibieza. Lentamente me dejé caer sobre su hombro, apoyé mi cabeza sobre él y allí me quedé, en silencio…

NOTA:  *chinche = tachuela o chincheta.

000

A medida que nos acercábamos a la Avenida General Paz, el silencio nos arropó nuevamente, esta vez yo tampoco tenía ánimos para iniciar una nueva conversación.
La Gallita había plegado las alas y encogido las piernas para acercarse más a mí hasta quedar con la cabeza apoyada en mi hombro.

Nuestro mutismo resultaba cada vez menos soportable, encendí el receptor para escuchar las noticias. Alentaba la secreta ilusión de oír, en medio de todas las informaciones, el aviso que el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires no se encontraba operable, por lo tanto los vuelos quedarían suspendidos durante toda la jornada.

Era la única manera de retenerla conmigo unas horas más; era asimismo la manera de prolongar una agonía común. El  esperado anuncio, por cierto no llegó, las condiciones del tiempo habían mejorado completamente. Un horizonte rosado servía de fondo a los oscuros edificios que desfilaban a la par nuestra.

Entré al estacionamiento y detuve el coche en un rincón de sombra que no tardaría en ser barrida por el sol que emergía desde el Río de la Plata. Ana Karen me había pedido que nos despidiéramos allí.

No quería ser acompañada hasta el hall de embarque, argumentando que allí le resultaría más difícil dejarme. Había también otra razón: alguna persona conocida podía vernos.

Quedé sentado en el auto con el sabor a lágrimas del último hondo y sentido beso, viendo como se alejaba de mí…

(continúa)

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