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Bel y Rafa

Autor: Jano

Él aceptó entrenarla para la alta competición bajo ciertas condiciones: asistencia puntual a los entrenamientos y, entre otras más, obediencia ciega y esfuerzo.

Contaría con un bagaje de cien puntos que no debía rebajarse por ningún concepto como consecuencia de faltas  o actitudes que no coincidieran con las necesidades del fin perseguido por ambos, cada uno en su parcela, de conseguir la mejor marca en el campeonato. Como consecuencia de un mal comportamiento por parte de ella, esos puntos irían rebajándose en la medida de la falta cometida. Tal reducción, sería acompañada del castigo que quisiera imponerle y que debía cumplir sin protesta alguna.

Además de la relación deportiva, ambos mantenían otra bien distinta. Se veían con  frecuencia para otra clase de actividad. En dos palabras: eran amantes desde hacía tiempo, aunque sin relacionarse en el ámbito deportivo.

Bel (Maribel), aceptó las condiciones: quería llegar a lo más alto  y Rafa era la persona idónea para entrenarla con garantías de éxito.

Estaban a tres meses de que se celebrara la competición y debían trabajar con ahínco.

Durante un mes en que entrenaban duro y a diario, Bel comenzaba a mostrar signos de cansancio. Rafa la animaba y le decía que no debía desfallecer. Faltaba poco tiempo y le quedaba mucho por perfeccionar la técnica. En más de una ocasión, se vio en la obligación de amenazar con castigarla. Los ánimos y las amenazas surtieron su efecto durante algunos días más. Ella se afanaba en cumplir las órdenes e indicaciones de Rafa.
Sin embargo, su situación anímica, que no física, se iba deteriorando: empezaba a pensar que no se encontraba en las condiciones necesarias para la consecución de sus anhelos. La fe en sí misma se iba deteriorando.

Así las cosas, un día faltó al entrenamiento. Considerando que su relación afectiva con Rafa era aparte de la deportiva, como de costumbre, se presentó en su casa a las ocho de la tarde. Cuando llegó, la actitud de él era lo bastante elocuente como para que un escalofrío recorriera su espalda. El ceño fruncido, las mandíbulas apretadas y los ojos echando chispas, no auguraban nada bueno.

“¿Qué ha pasado para que faltaras al entrenamiento? ¿Dónde has estado y como te has atrevido a fallarme?

“…………………..   ……….”

“ De nada te sirve una excusa tan pueril. Me has dejado plantado como un idiota  sin saber qué te había ocurrido. Las reglas que aceptaste eran claras y no las has cumplido hoy. Te he llamado a casa y no estabas.”

“… …… …………………………”

“Te repito que no creo nada y que tu intento de justificación carece de fundamento. Hoy vas a tener cumplido conocimiento de lo que en varias ocasiones te he dicho. Vas a ser castigada como una niña que eres al hacer éstas cosas que, a partir de hoy, no te atreverás a repetir. Si quieres que siga entrenándote, deberás aceptar el castigo que te tengo preparado. ¿Vacilas?: es tu decisión. O haces lo que te diga o  dejamos de preparar la competición. Llevas varios días sin prestar la debida atención ni el esfuerzo necesario.”

“…. . . …….”

“Entonces, ya que reconoces tu falta y aceptas mis condiciones, pasa al dormitorio y desnúdate de cintura para abajo incluidos los zapatos. Con las manos cruzadas sobre la nuca, apoya la frente sobre la pared y espera a que yo llegue”

Bel, aunque con gesto de preocupación y desagrado, obedeció la orden. Un tanto asustada sin saber lo que Rafa pretendía, se despojó de todo lo que él le había ordenado.
Adoptó la posición dicha y esperó. Empezaba a cansarse de la postura: las piernas le dolían y la espalda comenzaba a darle tirones por lo forzado de la posición. Solo lo bien entrenado que estaba su cuerpo la mantenían en pie tras más de quince minutos sola, esperando el próximo movimiento de él. Aquellos minutos se le hicieron horas. Su mente no paraba de dar vueltas a la extraña situación. ¿Qué hacía ella de aquella guisa? Quién le había puesto en aquella forma lo sabía, pero ¿Qué hacía que ella accediera a comportarse así, a permitir que él la manejara de aquel modo? Mil preguntas sin respuesta se cruzaban y entrechocaban en su mente. Se sentía humillada. Solo la necesidad de que Rafa la preparara como solo el sabía hacerlo y la propia necesidad de participar con ciertas garantías de éxito le hacían acatar aquella estrafalaria petición.
Mejor pensado: aquella extraña imposición.

En estos pensamientos estaba Bel sumida, cuando la entrada de Rafa la sacó de sus cavilaciones. Éste comenzó por amonestarla severamente por su ausencia de ese día, por el escaso rendimiento de los últimos tiempos. Durante un largo tiempo que a Bel se le hizo insoportable en su cuerpo y en su orgullo, hubo de soportar la sarta de reproches con que el la reprendía.

De repente, sin aviso, con el mayor de los asombros, Bel sintió en sus carnes la dura mano de Rafa quién, sin la menor piedad, la estrellaba en su parte más expuesta. Trató de volverse y huir, pero, con fuerza, él se lo impidió.

“No trates de escapar o será peor. Acepta el castigo que te doy a cambio de todos los errores que llevas cometiendo desde hace tiempo y la imperdonable falta de no haber asistido al entrenamiento de hoy sin razón alguna. Desde ahora, aprenderás para el futuro que lo que hacemos es algo serio y con una finalidad, que si no se ponen todos, absolutamente todos los medios, no llegará a buen puerto. Si para conseguirlo debo castigarte muchas veces, lo haré. Ahora, no te muevas. Por tu bien, tengo que azotarte como la niña pequeña que has demostrado ser”

Bel tenía ganas de llorar, pero su orgullo se lo impedía.

Rafa siguió azotándola sin pausa, con fuerza, sin parar de darle instrucciones, consejos  y repitiendo la lista de quejas que sobre su comportamiento tenía. La  mano se estrellaba
sin descanso sobre aquellas nalgas que tantas veces había acariciado en circunstancias más agradables y amorosas. En estos momentos, él no estaba para esas consideraciones y azotaba con extremo vigor: su objetivo ahora, consistía en castigarla de forma tal que evitara repeticiones desagradables en el futuro.

Ante el castigo que recibía, Bel trataba de eludirlo moviendo las caderas de forma incontrolada de un lado a otro, sin conseguirlo. La mano, las manos de él, encontraban siempre su objetivo pese a esos intentos y sin preocuparse de las quejas de la muchacha.
Después de quince minutos de castigo, el culo de Bel despedía una a modo de luz roja.

En cierto momento, consecuencia del castigo y del cansancio que mordía las piernas y la espalda de Bel, ésta cayó de rodillas sobre el suelo. El suceso hizo que Rafa se apiadara de ella y diera por terminada la azotaina. Sin embargo, en tono serio y admonitorio advirtió a la joven que no toleraría más desmanes por su parte, Fue duro y claro: o aceptaba las condiciones impuestas y aceptadas en el principio o daría por finalizado su compromiso con ella en el aspecto deportivo. No obstante, la ayudó a levantarse y la abrazó hablándole con dulzura. Las palabras que le dirigía ahora eran de consuelo y de amorosa regañina como si de una mocosa se tratara.

Bel se refugió en los brazos del hombre quejándose del trato recibido, pero prometiendo portarse mejor a partir de ese momento.

Siguieron los duros entrenamientos de los que ella terminaba exhausta. Pese al cansancio, la visita habitual a la casa del entrenador acababa con los más tiernos
actos del amor que se profesaban.

Durante una de las sesiones en el gimnasio, los nervios de ambos estaban a flor de piel.
Por una pequeñez, un malentendido, Bel se irritó de tal manera que gritó a Rafa llamándole tirano y déspota. Como consecuencia, las voces de ambos subieron de tono y, el resto de los que allí se hallaban, presenciaron la áspera disputa. Para finalizar, Rafa
le dijo a ella que la esperaba en casa a la hora de costumbre y que, allí hablarían. Bel recogió sus cosas y se marchó sin decir una palabra más dando un portazo.

A la hora acostumbrada, apareció por la casa de Rafa ya calmada y con una mirada huidiza. Le pidió disculpas por su comportamiento y se refugió entre sus brazos. Con suavidad, él la apartó de sí y le mandó que, como la vez anterior, se despojara de toda la ropa de cintura para abajo. Bel  dio un paso atrás, asustada, recordando aquello que ocurrió y temiendo que se repitiera, pues ciertas eran las señales. Durante un eterno minuto, calculó todas las posibilidades que una u otra respuesta de su parte conllevaría.
Finalmente,  a paso lento, se dirigió al dormitorio e hizo lo que se le había dicho.

En ésta ocasión, el castigo se multiplicó. Sin dejar de amonestarla, Rafa la azotó durante largo rato, pese a las protestas de ella. Cuando habían trascurrido más de veinte
minutos y tal vez doscientos azotes, Rafa la tumbó sobre la cama y, extrayendo su cinturón del pantalón, comenzó a cruzar las nalgas de la chica metódicamente en uno y otro lado con las consiguientes protestas y gritos de ella.

“Me prometiste hacer bien las cosas y obedecerme y no lo has hecho. Para colmo, has
montado un escándalo en público y me has obligado a perder la compostura. No te tolero esa actitud. Bastante estresado estoy yo preparándote y viendo que no acabo de
limar tus defectos para el campeonato para que hagas que me exalte con tus niñerías. De
éstas, cada vez que te alteres, y no hagas las cosas como yo quiero o te rebeles, vas a tener muchas sesiones así.
Sigue con tus tonterías que yo seguiré corrigiéndote en el gimnasio de la manera habitual y aquí de la forma que lo estoy haciendo ahora. Nos queda menos de un mes de trabajo y no podemos perder ni un minuto”

Entretanto, Rafa no dejaba de descargar el cinturón espaciando los golpes. Bel, gemía, se retorcía, llevaba sus manos a los lugares donde el cinturón hacía impacto y pedía clemencia. Sin hacerle caso, él seguía con el castigo y las advertencias. En ésta situación, aún pasaron otros veinte minutos en los que ella no dejaba de patalear. Llegó un momento en el que el dolor era tan insoportable que se atrevió a insultarle. Sin alterarse, él se acercó a un mueble de la habitación: de un cajón, extrajo una larga y gruesa regla de madera: con ella, descargó veinte o treinta golpes. Mientras tanto, para evitar la huída de la joven, se sentó sobre sus piernas. Pese a la dureza de los golpes,
Bel siguió profiriendo insultos, aunque ahora en voz baja.

“Si sigues así, no pararé de azotarte, Tenía pensado dejarlo ya, pero con tu actitud no haces sino alargar tu sufrimiento”

Siguió, siguió y siguió pese a las protestas de Bel. Cambiaba de la regla a la mano, de la mano a la regla. Acudió al cinturón sin dejare de decirle “de ésta, te enteras quién da las órdenes aquí. No te voy a consentir lo más mínimo incluso fuera de los entrenamientos.
No vas a tener un momento de reposo y tu culo pagará cualquier impertinencia. Lo que te digo: te vas a enterar siempre que me alteres los nervios”

El estruendo de los azotes, apenas dejaban escuchar lo que decía.

Llegado a un punto, Rafa se fue calmando y comenzó a espaciar los azotes hasta al fin detenerse del todo. Cuando vio el estado en que había dejado las nalgas de la mujer, su
afán castigador cesó casi por ensalmo. Sabía que esa era la forma en que ella le prestara
la necesaria atención. No obstante, un sentimiento parecido a la compasión, le hizo consolarla sin dejar de amonestarla: ella se lo había ganado con su propio esfuerzo.

No fue éste el último castigo que ella recibiera. Varias veces más a lo largo de aquel mes que faltaba para el campeonato, debió someterse a duros castigos de su maestro.

Los cien puntos con que comenzara al principio, se habían rebajado a diez. Los noventa gastados, se tradujeron en soberbias azotainas que Bel recibía ya con la entereza que le daba el entrenamiento de sus nalgas ante los rigores con que Rafa castigaba sus errores o salidas de tono. Él parecía haberle tomado gusto al asunto e incluso se excitaba con los castigos que inflingía. Al menor gesto, actitud negativa o falta, por pequeña que fuera, de ella, Rafa no perdía la ocasión de azotarla con esto o aquello. Cuando llegaba el momento de sus relaciones amorosas, después de una sesión de castigo, los resultados eran excepcionalmente satisfactorios.

EPÍLOGO.

Llegó el día de la competición tan ansiada y temida al mismo tiempo. Bel consiguió un
segundo puesto por el que obtuvo la medalla de plata.

No se sabe que papel jugaron  en la consecución de tal premio las largas sesiones de castigos. Ambos querían, buscaban la medalla de oro, pero tuvieron que conformarse con el segundo puesto.

No todo se consigue, ni con azotes.

Madrid, 28 de Septiembre de 2005.

Jano

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