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A la distancia

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana Karen Blanco

A   LA  DISTANCIA

En ningún momento Ana Karen volvió la cabeza. La seguí con la mirada hasta que traspasó las puertas de cristal y se mezcló con la concurrencia. Lo único razonable que me quedaba por hacer era poner en marcha el motor y abandonar el Aeroparque. Pero no siempre estoy dispuesto a hacer las cosas razonablemente; en mi vida hay espacios reservados para la improvisación y también para seguir los ignotos senderos de la intuición.

Por eso me quedé allí. ¿Esperando qué? ¿Que Ana Karen cambiara de idea y regresara? ¿Que al último momento el vuelo fuera cancelado por desperfectos en una de las turbinas? No lo sé. El niño que llevo dentro, -el mismo que ella arrancó del profundo sopor en el que mi yo adulto lo mantenía relegado-, estaba triste muy triste. Más triste todavía cuando el avión ganó altura enfilando recto como brillante saeta rumbo al sol naciente.

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Si volvía la cabeza para mirar a Amadeo, no lograría llegar al avión, me quedaría. Y yo sabía que no me podía quedar. Tenía la loca esperanza de que Amadeo saliera corriendo tras de mí, que como en las películas corriera, pasara vallas prohibidas y le suplicara a la azafata que me llamara justo cuando iba a pasar la puerta de embarque. Pero nada de eso pasó, como era lógico.
Las lágrimas saben saladas y amargas, muy amargas.
Al llegar a mi casa en Montevideo corrí a la computadora, a mi casilla de correo. Allí haba un mail de Amadeo Pellegrini. Asunto: A la distancia. Lo quiero compartir con ustedes:

Los sentimientos, como algunas conductas, resultan difíciles de explicar. Vivimos en una sociedad que nos asigna roles a los que debemos ajustarnos: el paradigma de esposo, padre, profesional, ejecutivo, comerciante para todo hay arquetipos, hasta para los de Tilingos existen modelos en esta sociedad globalizada.
No esperen que aporte nada nuevo, en realidad escribo para una sola persona que ahora está lejos, ella seguramente entenderá aquello que yo no alcancé a expresar con entera claridad.
Pienso que todas esas etiquetas que nos rotulan y el modo de actuar que las mismas imponen, sofocan, silencian y en algunos casos eliminan al niño que llevamos dentro.
El niño en cuestión es el yo íntimo, secreto, personal, intransferible, que tenemos enclaustrado dentro de nosotros. El que cada tanto nos exige que lo liberemos.
Dos personas pueden cohabitar toda una vida, en perfecta armonía inclusive, pero los niños que cada uno lleva consigo es probable que no se conozcan jamás, si llegan a conocerse es muy posible que no alcancen a congeniar tampoco. Por ese motivo, encontrar a la persona cuyo niño interior coincida con el niño propio y armonice con él, resulta algo extraordinario, casi prodigioso.
En mi caso personal, pasé toda mi vida buscando el gemelo de mi niño interior. Los poetas hablan de almas gemelas, eso es muy difuso, yo creo en la existencia del niño porque vive dentro de mí.
En las contadas oportunidades que revelé esta búsqueda a personas de ambos sexos que captaban el concepto con claridad, obtuve como respuesta que el encuentro de dos personas que alentaran sus deseos coincidentes y paralelos era una utopía.
Lo creí. Resignado acepté para mi niño la aislada realidad que padecí, hasta que conocí a Ana Karen.
Cuando aquella noche en el hotel donde nos presentaron, le conté la historia de La Puy que a mí, de pequeño, me había fascinado tanto, advertí en sus ojos un brevísimo destello, era una chispa de entusiasmo de la niña que lleva adentro.
Lo extraño es que en el viaje no intercambiamos confidencias. Más raro aun resultó el episodio del Monte de Corcuera en la laguna, que Ana Karen no dudo en atribuir al Hualichum.
Reflexionando después, sobre aquellos sucesos llegamos a la conclusión que el Hualichum existe, pero en forma individual; mora en cada uno de nosotros, es el daimon de los griegos, un espíritu maligno inferior, un pequeño demonio interior que inspira y guía ciertas conductas nuestras.
Desde entonces lo visualizo mejor gracias a Ana Karen.
Lo que no hemos podido determinar todavía y no creo que lleguemos a saberlo jamás es si el Hualichum  o daimon personal, -si así se prefiere-, se nos incorpora en el instante mismo de la concepción o ingresa a nosotros más tarde, en el amanecer de nuestra existencia.
Admito que la entidad del Hualichum pueda ser cuestionada, acepto que mis argumentos sean rebatidos por personas mejor informadas. Pero entonces, ¿cómo explicar que dos perfectos desconocidos, que han vivido ya la mitad de la vida en pases diferentes, con experiencias distintas, puedan vibrar al unísono con sólo tocar una cuerda que puedan entenderse a la perfección con nada más mirarse a los ojos…?
Nuestro Hualichum es el de las azotainas que compone el anverso y el reverso de una misma medalla. Para decirlo de otra manera, llevamos impreso un mismo sello: Ana Karen exhibe la figura, yo muestro la contrafigura o viceversa. En la estética secreta de las azotaínas, ambos formamos un todo indivisible.
Porque de esa unión no es posible separar la víctima del verdugo, ni es tampoco dable, identificar al dominante del dominado. ¿Son las cosas como parecen? ¿Resulta todo tan sencillo como lo muestra a veces una imagen fotográfica? ¿El poder lo ejerce el verdugo o la víctima? ¿Tiene el verdugo derechos propios o los posee por delegación de la víctima? ¿Quién rige los tiempos?..
Y lo más importante: ¿Quién puede acertar las respuestas?
Hablo por mí: En algún instante de mi vida, antes de comenzar a concurrir a la escuela, a los cinco años quizá, comencé a interesarme por las azotaínas. Ya entonces pedía que me contaran cuentos que terminaran con palizas, si ese final no estaba previsto debían inventarlo para complacerme.
Y con cuanta emoción esperaba yo el momento que la lechera de la fábula regresara a la casa para que su madre le diera una buena azotaína por distraída, por descuidada, por haber roto el cántaro, o que el pastor mentiroso recibiera su merecido por haberse burlado de los otros pastores vecinos.
A partir de entonces comencé a llevar esa contradicción íntima, el placer de los azotes y los remordimientos por experimentarlo. Creí durante mucho tiempo que era un sujeto singular, diferente del resto de la humanidad sólo por alentar esta afición tan rara.
Ingresar al mundo de la lectura amplió mis horizontes. Los clásicos. La Cabaña del Tío Tom, Tom Sawyer y otros, abrieron nuevos rumbos a mi limitada imaginación infantil. Más tarde fueron imágenes del cine y la televisión.
No me quedé allí. Buscando el origen de mis inclinaciones me sumergí de lleno en obras de psicología y psicoanálisis. Frecuenté a Freud, a Havelock Ellis, a Steckel y otros que me permitieron descubrir que lo mío era una parafilia que me emparentaba con fetichistas, vouyeristas, cortadores de trenzas, y toda una colección de supuestos bichos raros a quienes se llamaban también desviados sexuales.
Esos estudios no me hicieron ningún bien, el bien me lo hizo una querida amiga Psicóloga, colega en la docencia, quien en una sóla conversación que tuvimos no le dio ninguna importancia al tema. Se limitó a decirme que ni ella ni nadie logrará arrancarme mis fantasías, que lo mejor que podía hacer era disfrutarlas sin remordimientos. ¡Bendita sea por siempre! Me liberé de todos los sentimientos de culpa, pero me aseguré también que no encontraría jamás la perla negra, que no soñaría con ella ni la buscaría.
¡Qué equivocada estabas, querida amiga! ¡La encontré! ¡La encontré! Tarde tal vez, ¡pero la encontré!
El avión que llevaba a Ana Karen se perdió de mi vista. No tenía más nada que hacer allí, contristado, desganado, agaché la cabeza, abrí la portezuela y entré en el auto

Besos, Amadeo

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¿Y  qué puedo agregar yo a esta declaración? Todo está demasiado claro como para que yo, soberbiamente, pueda agregar algo más.
Mi adorado Amadeo, compartimos un mismo Hualichum, nuestro demonio interior es el mismo. Somos la cara y la contracara de esta medalla que es la azotaína o nalgada. Como tan bien dices, es difícil encontrar ese otro niño interior que se complemente con el nuestro, que con sólo una palabra, o hasta sin hablar, sepa lo que el otro quiere, desea o piensa. Porque quizá los dos quieren, desean o piensan lo mismo.
Te dijeron que era casi imposible que apareciera esa perla negra en nuestra vida. ¿Aparecimos tarde? Para algunas cosas quizá sí, pero para vivir esta experiencia ¡definitivamente no! No es tarde mi adorado Amadeo. Estamos viviéndola, así que no es tarde.
Escucha Amadeo, escucha  qué nos dice Ricardo Arjona:

Precisamente ahora
irrumpes en mi vida,
con tu cuerpo exacto y ojos de asesina.
Tarde como siempre,
nos llega la fortuna.

Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
Maldita sea la hora
que encontré lo que soy,
tarde…
Tanto soñarte y extrañarte sin tenerte,
tanto inventarte,
tanto buscarte por las calles como un loco,
sin encontrarte.

Ganas de besarte,
de coincidir contigo.
De acercarme un poco,
y amarrarte en un abrazo,
de mirarte a los ojos
y decirte bienvenida.
Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
quizá en otras vidas,
quizá en otras muertes.
Qué ganas de rozarte,
qué ganas de tocarte,
de acercarme a ti y golpearte con un beso,
de fugarnos para siempre

Nada más que agregar. Sólo que hoy no es tarde. No permitamos que lo sea.
Amadeo nuestro Hualichum nos llama. ¿Vamos?

Más besos, Ana Karen

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