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La iniciación de Ana

Ana era una chica normal, de aspecto normal… Podría ser perfectamente tu compañera de trabajo, la cajera que desagradablemente te atiende los lunes por la mañana en tu oficina bancaria o la vecina del tercero a la que nunca has prestado atención.

Su altura y peso era el normal en una chica de su edad (27 años). Sus pechos estaban ligeramente caídos, ligeramente separados, incluso eran ligeramente pequeños. Es decir: Eran ligeramente normales.

Sus ojos eran negros y enormes; probablemente era de las pocas partes de su cuerpo que llamaban la atención. Digo de las pocas cosas que uno podía apreciar a simple vista, porque el verdadero encanto de Ana estaba en su cabecita….. Donde por desgracia pocas veces los hombres nos fijamos y, cuando lo hacemos, normalmente es desgraciadamente tarde.

Conocí a Ana en una cena organizada por unos amigos comunes; al parecer se había trasladado recientemente desde su Barcelona natal a Madrid en busca de una nueva vida que esperaba encontrar aquí.

José y Bea me invitaron a la cena como acompañante de Ana; la idea en principio no me disgustaba, ya que tampoco tenía nada mejor que hacer y la pareja en cuestión eran amigos míos desde la juventud; pensé que sería una forma diferente de pasar ese viernes en el que, por otra parte, nada interesante tenía previsto hacer.

Durante la cena, Ana se mostró como una chica extremadamente educada para su edad; era tímida y las pocas veces que abrió la boca fueron para llevarse algo de comer o para responder a las preguntas que los demás compañeros de mesa le hacíamos con la sana intención de hacerle pasar una grata velada.

Siempre me han gustado las mujeres femeninas y su comportamiento durante la cena me llamó la atención. La forma en la que cruzaba las piernas; su ropa, cuidada hasta en el último detalle… Informal pero con clase; la forma en que se alimentaba, su tono de voz, todo era envolvente; sin necesidad del don de la palabra consiguió tenerme pendiente de ella durante toda la velada.

Después de tomarnos unas copas y charlar durante un buen rato, decidimos dar punto y final a la velada. Me ofrecí amablemente a llevar a Ana a su casa y ésta aceptó al sentirse algo mareada por el Viña Albina de la cena con el que gentilmente José y Bea nos agasajaron.

Durante el trayecto en coche estuvimos charlando alegremente de cosas banales hasta que una llamada a mi móvil interrumpió la conversación.
Siempre llevo el móvil conectado al manos libres por lo que Ana, sin quererlo ella ni por supuesto yo, escuchó la conversación.

– Si, ¿Quién es?

– Hola, Señor… Soy su perra, Jewel.

– No es buen momento, Jewel…. Te llamo yo en unos minutos.

Nunca me he avergonzado de practicar el BDSM (Bondage, Disciplina, Sadismo y Masoquismo), pero reconozco que la situación me violentó bastante, por inesperada y por hacer partícipe de ella a una persona a la que apenas conocía.

Es una práctica que desgraciadamente por incomprendida hace que no sea algo que comente alegremente y ahora Ana, la amiga de mis mejores amigos, había escuchado una voz femenina que se dirigía a mí llamándome Señor y reconociéndose una perra.

Ana se quedó callada y mirando a la ventanilla en un intento baldío de evitar que nuestras miradas se cruzasen. Estaba ligeramente ruborizada y eso, unido a lo alocado de la situación, hizo que la misma me resultara graciosa.

– Perdóname Ana. Debí mirar de quien era la llamada, lamento si te has sentido incómoda.

– No… No pasa nada… De verdad… No pasa nada.

Ana no volvió a abrir la boca en los minutos que pasaron hasta llegar a su casa. Yo tampoco.

Nos despedimos con dos besos y no volví a saber nada de ella hasta dos semanas después.

Catorce días más tarde, Ana me llamó por teléfono; la sorpresa fue mayúscula, puesto que yo no le había dado mi móvil y pensé que después de aquella noche lo último que haría sería pedir mi móvil a José para llamarme.

– Si, ¿dígame?

– Hola Marcos, soy Ana… La amiga de José y Bea.

– Ah, qué sorpresa… Dime.

– Mira, es que me gustaría quedar contigo y hablar.

– ¿Hablar? Bueno…. Pues tú dirás.

– Prefiero hablarlo cara a cara, ¿te importa si voy a tu casa y charlamos?

Le di mi dirección a Ana y en media hora llegó; vestía una falda negra justo por encima de las rodillas y llevaba una camisa de cuadros, de esas en las que la manga termina justo por debajo del codo. Llevaba varios botones desabrochados, lo que dejaba ver el canalillo de los que, en ese momento, me parecieron unos pechos de lo más exuberantes.

Serví unas cervezas y, algo curioso, le pregunté a Ana por el motivo de la visita.

– Verás… Desde la noche en la que te conocí no he dejado de pensar en la conversación que mantuviste con la chica que te llamó por teléfono. Hace años que siento una terrible atracción por esa forma de sexo y me gustaría saber si tú… Si te gustaría ser mi Amo.

A eso le llamo yo ir directamente al grano- pensé.

La verdad es que Ana me sorprendió tremendamente; no me esperaba que aquella muchachita de aspecto normal, con cara angelical, modosita y a la que apenas conocía, se estuviese entregando a mí de aquella manera.

– Bueno… La verdad es que no sé que decir, Ana. ¿Sabes bien de lo que hablas? Es decir… ¿Conoces las prácticas sexuales del BDSM?- pregunté.

– Más ó menos… Esperaba que tú me enseñases todo lo concerniente al tema, la verdad.

– ¿Y por qué yo?- pregunté con cierta incredulidad.

– Porque sé que no me harás nada malo; desde siempre me ha atraído este tema, eres amigo desde hace muchos años de José y Bea y… Porque me gustas…. Mucho. Llevo tocándome todos los días desde que oí a esa chica llamarte Señor…- dijo ruborizándose.

Mientras Ana me hablaba… Noté como sus pezones se endurecían, como sus labios se mojaban alocadamente, y todo lo que en aquella chica días atrás me había parecido normal, empezó a parecerme precioso.

– De acuerdo, Ana. No voy a decirte que tú no me atraigas y que no me seduzca la idea de tratarte como a una perra. Pero en el BDSM hay unas normas y a ellas hay que atenerse.

Yo entiendo esto como un juego en el que tu adoptarás el rol de sumisa y yo el de AMO. Lo que más me atrae de este mundo es tener la responsabilidad de obtener el máximo placer para ambos…. Pero hay que imponer unos límites, y para ello debo saber qué es lo que realmente te excita de las prácticas del BDSM.

Te diré que yo me niego al dolor extremo, la sangre, coprofagia, Zoofilia y a todo aquello que te denigre como persona, Ana.

En mis sesiones hay dos palabras claves. Una es piedad… Con ella conseguirás que aminore la intensidad de la sesión. La otra es “Para Marcos”; en ese momento se detendrá por completo la sesión. Aunque bien es cierto que nunca se me ha dado tal caso, es importante que tengas presentes estas dos posibilidades.

– Me parece bien… – dijo Ana

Las palabras fluían sin cortapisas, sin dilación y con una química que llegó a hacerme estremecer.

– Necesito saber cuales son tus límites; te iré diciendo las prácticas más comunes en mis sesiones y tú me dirás el grado de excitación que te produce imaginarte tales cosas. Me las puntuarás del 1 al 10. ¿Entendido?

– Sí… Entendido.

– Waxing (Todo lo concerniente a la cera). Normalmente se utilizan ceras incoloras, ya que las de color suelen pegarse más a la piel y pueden provocar quemaduras; las de parafina son las mejores.

– Un 9… La verdad es que a veces he jugado yo misma con velas y la sensación ha sido placentera.

– Spanking (Azotes). Normalmente se utiliza la mano, una fusta, paletas o látigos. Es conveniente evitar zonas peligrosas como la espalda; el culo es la mejor parte del cuerpo para esta práctica, espaciando los golpes en intensidad y zonas.

– Si no son muy fuertes…. Un 8, me excita la idea.

– Bondage (Atar y vendar). “Es la técnica de capturar a la presa”. Se utilizan, pañuelos, cuerdas, esposas, etcétera.

– Un 10… Eso me encanta. Creo que todas las mujeres, al menos en alguna ocasión, hemos deseado tener esa sensación de indefensión.

– Humillación verbal (Insultos)

– Sí… Eso me gusta, sin duda.

– Humillación física: Utilizar collares de perra, obligar al sumisa/o a beber de un plato, pasearlo con una cadena, y todo lo imaginable que pueda ser humillante para él/ella.

– Bueno…. Tendría que probarlo… En principio no me disgusta la idea.

– Lluvia dorada (Orinar al sumiso/a). Suele usarse como bautismo del sumiso/a.

– No sé… La idea, en un principio, no me gusta; sólo como muestra de entrega haría algo así.

– Bien, Ana… Lo demás son cosas más comunes; como el exhibicionismo, tríos, cesiones, etcétera. Ahora que conozco tus límites… Te diré que me parecen correctos; si te parece bien, nos daremos una semana de plazo para que tú te reafirmes en tu entrega y yo vea si estoy dispuesto a iniciar tu Doma, ¿De acuerdo?

– Sí… me parece bien, Marcos.

Mi pija estaba dura, muy dura…. Sobre todo al saber que si quisiera, podría “usar” a Ana en ese mismo instante. Pero cada cosa a su tiempo….

Pasaron dos semanas y los dos lo teníamos claro; ella quería ser mi sumisa y yo me moría por poseer a la que durante esas dos semanas, tras charlas interminables vía teléfono o cara a cara, había conseguido cautivarme de tal manera que jewel, la que hasta ese momento era mi sumisa…. Había pasado a un segundo plano.

Su iniciación como perra empezaría esta misma noche. Como habíamos acordado, Ana llegó a mi casa pasados unos minutos de las diez de la noche de su primer viernes como sumisa.

Sin apenas maquillaje, su cara lucía más preciosa que nunca; se había vestido igual que la noche en la me planteó ser mi sumisa, pero esta vez unas botas de cuero alto estilizaban aún más una figura que ya de por sí era realmente hermosa.

Todo estaba hablado y bien hablado… Así que, preso de una excitación al límite de lo controlable, pasé a la acción sin mayor demora.

Ana ya sabía como tenía que dirigirse a mí; sabía que en mi presencia jamás cruzaría las piernas, que era libre de pedir su libertad cuando lo creyese oportuno, sabiendo que yo se la concedería. Pero mientras no fuese “libre”, obedecería cada una de mis órdenes ya que para ello había depositado en mí toda su confianza.

Hice que se despojase de la ropa lentamente. De toda menos de sus botas y de su tanga blanco e inmaculado.

Me coloqué delante de ella…. Y le di un bofetón seco, más sonoro que doloroso.

Ana ni se inmutó.

– Ahora soy yo el que manda, perra. – dije con firmeza.

Ese bofetón daba comienzo a la sesión. Puse el collar de perra a Ana y adoptó su posición de sumisa.

Cabeza gacha, piernas separadas y manos a la espalda.

Lentamente fui dando vueltas a su alrededor… Contemplando su belleza; sin detenerme en ningún sitio en concreto, puesto que ninguno era más bello que otro ante mis ojos.

Tirando de su pelo corto, negro y ondulado, coloqué una mordaza en su boca que mientras llevase puesta le impediría articular palabra. Ana temblaba…. No era de miedo, era de excitación, de curiosidad por saber cuál sería mi siguiente paso; temblaba de deseo y eso provocó en mí una seguridad total.

La senté en una silla de espalda alta, muy adecuada para la realización del Bondage con el que tenía pensado obsequiar a mi perra. Con unas tijeras corté la tanga de Ana, como estaba previsto… Su sexo estaba rasurado completamente; rasurado y húmedo, ligeramente hinchado por la excitación reinante y listo para mi disfrute.

Podía ver y notar con mis dedos cómo, al rozar su sexo, éste estaba completamente mojado y deseoso.

Até las manos de Ana a la espalda de la silla, sus tobillos a las patas de la silla y rodeé con una cuerda sus pechos. Ésta, ejercía sobre ellos una ligera presión que provocaba su endurecimiento y una creciente excitación.

Liberé su boca soltando su mordaza… Quería oír su voz, quería tener la tranquilidad de que todo marchaba bien.

– ¿Estás bien, puta?

– Sí, Señor… Dispuesta a darle el placer que se merece. – dijo tranquilizándome.

Pasé una cuerda por el coñito húmedo de Ana, anudándola a su espalda.
El roce de la cuerda con su sexo provocó los primeros suspiros de Ana.
Eran gemidos secos, violentos, temerosos. Eran gemidos en forma de regalo.

Mi excitación aumentaba por momentos; mi lengua recorrió lentamente el cuello de Ana, bajando por su cuerpo hasta llegar a morder levemente sus duros y excitados pezones rosados.

Me excitó sobremanera ver cómo cada centímetro abandonado por mi lengua se erizaba, dejando su piel de gallina.

La habitación estaba en penumbras, tan sólo iluminada por unas velas que ardían dejando ese olor inconfundible que tanto me atrae.

– Eres una perra, Ana…. Debería darte vergüenza ser como eres, mírate… Sentada en una silla, atada… Y chorreando como una puta en celo. – solté a bocajarro.

– Soy Su puta, Señor. Y no me avergüenza; es un placer servirle.

– Buena puta, Ana.

– ¿Sabes qué? Me encantan tus pezones… Pero seguro que pinzados lucen más… ¿No crees, zorra?

– Seguro que sí, Señor.

Puse dos pinzas BDSM en sus pezones… Ana no pudo evitar dar un pequeño quejido, pero mantuvo el tipo y siguió con su mirada baja, orgullosa de sí misma.

Pasé mis dedos por la rajita de Ana, comprobando como su sexo encharcaba ya la silla; sin duda la perra estaba gozando como nunca de la situación, y ese, su gozo, hacía que el mío creciese de forma paralela.

Introduje un pequeño vibrador en su sexo, provocando que Ana empezase ya a gemir descaradamente y sin ningún tapujo.

Entonces me distancié; quería contemplar su imagen…. Atada, pinzada…. y follada por un consolador, sabiendo que todo aquello lo disfrutaba, pero que sobre todo, lo hacía por darme placer a mí, a su Amo.

Manteniendo la distancia adecuada (unos 30 cm), dejé caer unas gotas de cera blanca sobre los pezones de Ana; eso provocó que ella se retorciese de dolor y placer… Una sabia mezcla que, bien utilizada, es cruelmente excitante.

Sin duda, Ana por aquel entonces estaba deseosa de catar la polla de su Amo, pero ese regalo había que ganárselo, y ella lo sabía perfectamente.

Liberé a la zorra de sus ataduras y tras hacerla gatear por toda la habitación, le di permiso para meterse mi pija en la boca.

Como una buena perra, Ana chupó mi pija sin necesidad de sujetarla con las manos; se la metía en la boca y, sin dejar de mirarme a los ojos, lamía con pasión y dedicación cada centímetro de mi pene. Su boca lo succionaba en un enjambre de besos, mordiscos y lametones que hicieron que mil escalofríos recorriesen mi piel, desde los dedos de mis pies hasta el último pelo de mi cabeza.

En ocasiones jugué con su boca; me encantaba sacar mi verga de ella y contemplar como Ana, con las manos cruzadas en su espalda, intentaba sin éxito volver a introducirse mi miembro en una boca, la suya, abierta y deseosa de ser tapada.

Cuando lo creí adecuado, llevé a Ana a la cama; la puse a cuatro patas y me dispuse a recorrer su cuerpo con mi lengua.

Antes de hacerlo, vendé sus ojos para que perdiese el sentido de la vista y acentuase otros sentidos que, en ese preciso instante, yo consideré más importantes.

Mi lengua recorrió todo su cuerpo; lamí sus pezones, su cuello, y me detuve especialmente en su culo. Mi lengua fue haciendo círculos alrededor de su ano, mientras mis dedos masturbaban frenéticamente y sin descanso su mojado sexo.

Ana se retorcía de placer y me pedía que le metiese la pija. Incluso llegó a suplicármelo:

– Deme su pija, Señor, cogéme como a una perra en celo… Es lo que soy, una puta deseosa de pija.

– Mi pija tienes que ganártela, putita. Ana… Nunca te han sodomizado, ¿verdad?

– No, Señor… Nunca.

-¿Quieres?

-Quiero, Señor.

Fusta en mano, acaricié el culo de Ana con la prolongación de mi brazo… La fusta recorría su culo provocando los gemidos de una Ana, consciente de que su culo recibiría mi pija antes que su coñito.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco….. Hasta diez fustazos recibió el trasero de Ana, que poco a poco fue enrojeciendo y haciéndola arder.

– ¿Quieres pija, puta? Pues la vas a tener…

Coloqué mi pija, con una tremenda erección, en el culo de Ana, previamente dilatado con mis dedos.

Lentamente fui metiendo mi pija en su culo, abriéndome paso sin descanso alguno…. Mi pene entraba y salía cada vez con más fuerza y deseo de esa vagina que me atrapaba sin dejarme huir. Ana tuvo su primer orgasmo con mi pija follando su recto… Mientras oía toda clase de insultos que tan sólo conseguían darle más placer; esa polla violando su culo, y los insultos recibidos, consiguieron hacerla sentir la mejor de las putas.

Agarré su pelo y la obligué a mirarme a los ojos mientras la enculaba.
Mi pija alternaba sus dos orificios, tan pronto follaba su culo como follaba su coño en un mar de idas y vueltas infernal.

Entonces, y cuando quedaba poco para que eyaculase, la obligué a ponerse de rodillas en el suelo.

Acerqué a sus manos un pintalabios y le dije:

– Ana…. Escribe en tu pecho con el pintalabios lo que eres.

– Sí, Señor…

Ana cogió el pintalabios rojo y, lentamente y apretando con fuerza, escribió la palabra puta en su pecho.

Agarré su cabeza y le metí la pija en la boca sin ningún miramiento…. Follé su boca mientras ella permanecía con sus manos a la espalda, mamando sin parar hasta que bebió todo mi placer. Eyaculé en su interior y ella pudo saborear toda mi pasión; la vorágine había comenzado, ya era imposible retroceder.

Desde esa noche, Ana fue mía y yo de ella. Somos nuestros. Para siempre.

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