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Un solo motivo…

Autor: Selene.

Para Xana

…Se había convertido en el centro de su universo, lo único que realmente llegaba a importarle y hacerla feliz. Cada momento a su lado era único y los recuerdos la acompañaban durante mucho tiempo después de que cada uno de ellos se marchara tras los días de placer compartido.

Cuando llegó a él, solo era una mujer caprichosa que había perdido el norte y a quien no era posible dominar y ahora se sentía única entre miles, distinta entre iguales y apreciada como un escaso bien que tenía el justo valor que él había sabido imprimirle con su extraña relación.

No podía explicarse a sí misma sus reacciones en los últimos meses y como desde que conoció a aquel hombre su vida estaba cambiando, se había transformado en un remolino que no podía controlar y sin embargo el movimiento la hacía sentirse plena y feliz.

Él descansaba sobre la cama, desnudo, tranquilo, mirando a través del balcón cómo las luces del atardecer se iban apagando mientras daban paso a una hermosa y cálida noche. El ruido amortiguado de los coches que transitaban la avenida más que molestar contribuía a adormecerle mientras repasaba mentalmente lo ocurrido unos momentos antes.

Al otro lado de la pared, el agua de la ducha llevaba corriendo unos minutos y la imaginaba desnuda enjabonando su cuerpo y dejando caer el agua tibia sobre sus nalgas mientras enjuagaba su pelo. El mismo pelo casi dorado que minutos antes él había apartado de su nuca para besarla en el cuello…

La nitidez de los recuerdos le hizo volver a sentir una erección y sonrió mientras se daba la vuelta para disfrutar de las escenas fugaces que se estaban fijando en su mente con el mero hecho de rememorarlas en ese instante.

Una vez más ella había comenzado a besar su boca y la sentía estremecerse entre sus brazos con cada una de sus caricias. Recorrió su cuerpo con los labios, bajando por el cuello hasta su pecho mientras la sentía gemir de placer, ahogando levemente los profundos suspiros que escapaban de sus labios entreabiertos. Los ojos cerrados, ausente en la inmensa entrega que comenzaba en ese mismo momento con una pasión no sentida por ninguno de ellos hacía mucho tiempo.

La recorrió por completo, sintiendo como ella se excitaba cada vez más y como sus gemidos se iban haciendo cada vez más intensos. Agarró su pelo con firmeza haciéndola echar hacia atrás la cabeza para dejarle libre el acceso a su cuello, mordiéndola, deslizando su lengua hasta su pecho, llenándola de besos mientras ella se dejaba amar en el silencio interrumpido por el sonido del placer para después ser ella quien le besara con toda la pasión que sabía imprimir a cada instante juntos.

Se recreó en cada movimiento de ambos al desnudarla despacio, con la sensación de estar desenvolviendo un regalo dentro del cual le esperaba una sorpresa, hasta poder mirarla tapada tan solo por aquel conjunto de encaje blanco bajo el cual solo quedaba su sexo, húmedo ya con total seguridad a juzgar por el placer que ella expresaba en sus movimientos y su mirada.

Arqueaba la espalda en una tensión infinita, mientras él, con sus dedos iba recorriendo todos sus rincones acompasado por el movimiento de sus caderas justo antes de tumbarse y recibirla a ella abierta sobre su cuerpo, penetrándola, haciéndola gritar de placer en cada uno de los movimientos acompasados con los que se deshacía en un momento único que él no hubiese querido que terminase nunca.

Una vez alcanzado el clímax, con la piel aún tibia, la respiración jadeante y los ojos con ese brillo intenso que le quedaba tras lo momentos más intensos, ella se acercó a su oído, murmurándole, provocándole, recordándole que era una chica traviesa con muchas cosas pendientes con él. Y sí que lo era, la más caprichosa y rebelde que había conocido, pero en ese momento solo quería acariciarla. Ella siguió insistiendo, haciendo sonar el timbre de su voz mucho más infantil e inocente… pero él no sentía deseos de seguir el juego, solo quería abrazarla y sentirla suya en ese instante.

Casi parecía vencida en su empeño cuando adoptó la actitud de niña desobediente que tanto le excitaba a él y que le hacían desear ponerla en sus rodillas y sintiendo como crecía en él un fuerte anhelo de azotarla la tomó con fuerza de las muñecas atrayéndola hacia él, provocando en ella una falsa resistencia mientras él la asía con más fuerza, sabiendo que solo era una forma de alargar el momento de dar comienzo a su juego.

Sobre sus rodillas la tenía voluntariamente indefensa, era su spankee, la mujer con la que compartía un sueño y empezó a azotarla sobre las braguitas, buscando los lugares menos cubiertos por ellas, bajando con sus azotes hasta el lugar que marcaba el final de las nalgas, donde ella más se movía al recibir los azotes expresando verdadero disgusto y así, la nalgueó durante largo rato antes de bajarlas finalmente y observar el contraste entre el blanco que él retiraba y el rojo de las nalgas.

Mientras subía la intensidad de los azotes, alternaba con caricias sobre la piel cada vez más caliente, buscando con sus dedos la humedad del sexo que él veía con absoluta libertad en esa postura, explorando con sus dedos y haciéndola debatirse nuevamente entre gemidos. Azotándola una y otra vez subiendo más y más la intensidad para sentirla tan suya que jamás hubiera imaginado sentir eso con una mujer en sus rodillas…

La azotó sin descanso hasta que la escuchó llorar… apenas un sollozo al principio, creciendo en intensidad según él seguía azotándola con la palma de su mano que caía rítmicamente sobre las nalgas desnudas provocándole aquella sensación de bienestar tan intensa tras lo cual la incorporó para sentarla en sus rodillas, las mismas que un momento antes habían servido para deleitarse con ella en esa ceremonia tan íntima que ambos compartían hacía tiempo. Le secó las lágrimas, besó sus ojos, sus mejillas y luego sintió que debía decirle algo que había rondado su mente unos minutos antes: “Cada vez me cuesta más azotarte sin motivos, estoy empezando a quererte demasiado”.

Ella recuperó su altivez innata, le miró a los ojos y le dijo algo que si bien él sabía que no era más que una estrategia para mantener su deseo por azotarla, se le clavó de alguna forma en el centro de su pecho al escucharla decir: “¿Quieres un motivo? voy a darte uno solo… si tu no lo haces, habrá otro que lo haga”. Suficiente estímulo para actuar como lo hizo de inmediato, depositándola sobre la cama, justo encima de los almohadones y azotándola con el cinturón hasta que ella suplicó que parase empezando a arrepentirse de las palabras que acababa de pronunciar. Y ahora, él reposaba cansado sobre la cama, después de haberla poseído con furia y ella se envolvía en una toalla frente a él, con las nalgas aún rojas en las que las bandas que había dejado el cinturón se distinguían nítidas aún y les harían recordar durante toda la noche que ambos eran lo que eran y eso, nunca podían olvidarlo.

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