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Un perfecto caballero (2ª Parte)

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta

(2ª parte)

Bien cómodo en pijama, robe de chambre y pantuflas, con el informe del investigador, la botella de Remy-Martin y una copa sobre la mesa del estudio; luego de encender la lámpara me concentré en la lectura.

Debo reconocer que el detective se esmeró en preparar la información, -aunque por veinticinco guineas podía yo pretender bastante más-, ordenó todo a la perfección hasta lo encabezó con un índice.
La primera parte contiene una síntesis de la encuesta donde relata en forma detallada los hechos principales a los que asistió, conforme a los apuntes que fue tomando en el lugar, después agregó los diversos testimonios, algunas notas, copias de mensajes y como apéndice una serie de fotografías.

Transcribo textualmente el informe preliminar para que quienes lean estas memorias formen su propio juicio acerca de la naturaleza humana. No sé cuál será la opinión que en definitiva les merezca, puedo decir en cambio que su lectura me resultó tan asombrosa que hasta finalizarla mi cigarro se consumió solo en el cenicero olvidándome también del coñac.
* * *

“Como todos los sábados después del mediodía el señor Reginald Mount-Garble, -que para tales ocasiones se hace llamar “señor Brown”- se marchó del domicilio en su Bentley que dejó en una cochera de Charing Cross de donde partió en otro vehículo cuyo chofer lo condujo a una villa rodeada de frondosos árboles en el sector residencial emplazado a medio camino entre Eton y Windsor.

La tal villa que lleva el sugestivo nombre de “El Sosiego” pertenece a una dama mayor que fue por muchos años la querida oficial del Primer Lord del Almirantazgo y más tarde de Sir William Dundee y a la muerte de éste de un diplomático Griego, para entonces ya era propietaria del lugar.
La dama en cuestión es conocida allí como Lady Arabella de Saint Alban, -aunque su verdadera identidad es Edith Murray, hija natural de una trotona irlandesa-. Retirada de la vida pública, desde hace años ejerce allí el infame oficio de proveedora de jóvenes a un selecto grupo de clientes adinerados entre los que se cuenta el señor Mount-Garble.

La casa ofrece especialidades variadas, pero su principal atractivo es la flagelación para ello dispone de una dotación permanente de media docena de muchachas que permanecen por temporada contratadas en carácter de “personal de servicio” y son renovadas periódicamente.
A fin de interiorizarse de todos los pormenores, aun los más insignificantes, el suscripto trabó relación con el jardinero, quien previa gratificación lo introdujo como ayudante para algunas tareas. De esa forma tuvo acceso al personal de servicio permanente de la mansión y más tarde pudo, con la complicidad de los mismos, llevar también al fotógrafo.

Como puede observarse en la vista tomada del exterior con la lente de aproximación, el edificio principal consta de tres plantas, subsuelo y ático. La segunda es la planta noble a la que se ingresa directamente desde el jardín por la escalinata de la entrada principal, allí es donde tienen lugar las fiestas y principales eventos, la planta baja es la de servicio en ella están la cocina, la despensa, las dependencias y el comedor del personal; el depósito y la caldera de la calefacción se encuentran en el subsuelo en el que hay también una pequeña bodega guarnecida por rejas, en la tercera planta está el departamento de la dueña de casa donde se encuentran las habitaciones para huéspedes y clientes especiales, el ático fue remodelado a fin de dotarlo de cuartos confortables para las pupilas.

Todos los interiores se hallan decorados con gran lujo, los ambientes cuentan con una enorme cantidad de cortinados y espejos que más que decorados sirven para disimular escondrijos, pasadizos y observatorios discretos, para observar sin ser visto todo lo que sucede aun en los ámbitos más íntimos como los cuartos de baño. Para expresarlo gráficamente la mansión, por la abundancia de agujeros que tiene se asemeja a un gigantesco queso de gruyère.

Las mencionadas características de la casa permitieron a quien esto escribe ver y escuchar al investigado en la visita a la que asistió, permaneciendo oculto adentro de un armario en la habitación contigua cuyo fondo es en realidad una ventana de cristal que del otro lado de la pared forma un gran espejo de grueso marco dorado.

Desde ese lugar le resultó posible ver y a través de falsas rejillas de calefacción escuchar todo lo que sucedía en el saloncito íntimo de la dueña de casa.

Allí aconteció que el señor Mount-Garble, después de ser anunciado como “Señor Brown” ingresó en el coqueto saloncito donde lo aguardaba Lady Arabella a quien ceremoniosamente besó la mano.

Una vez concluidos los saludos y frases de circunstancias, la dueña de casa dijo al visitante: -Reginald, lo he mandado llamar porque la conducta de sus sobrinas ha empeorado desde su última visita, no solamente se han mostrado disipadas descuidando las lecciones, sino que emplean modales francamente impropios, por no decir deplorables… He tratado de corregirlas mediante consejos y reprimendas; de acuerdo a las faltas les he impuesto algunas penitencias menores como privarlas de salidas, de postre, enviarlas a sus habitaciones… En fin he empleado con ellas todos los recursos a mi alcance menos los castigos corporales, pero todo ha sido inútil, por último les advertí que si persistían en comportarse mal me vería obligada a ponerlo en conocimiento a usted para que tomase las medidas que considere más convenientes…

El señor “Brown” -de espaldas a quien esto escribe e iba tomando notas taquigráficas de las palabras de la señora-, se limitaba a asentir con la cabeza, sin abrir la boca.

En tono más bajo y confidencial la mujer sibilinamente continuó: -¿Sabe usted, querido Reginald cómo han reaccionado cuando les hice esa advertencia?… ¡Sorpréndase! Marjorie, la mayor, la cabecilla, se encogió de hombros y dejó escapar un despectivo “pssst”; Ileana, en cambio lo tomó a risa, en tanto Pamela no sólo se limitó a repetir el gesto desdeñoso de su hermana mayor sino que burlonamente agregó: “¡Ohh! ¡Qué miedo! Cuando venga el tío, nos sermoneará y nos dará unas palmadas en las posaderas, como hace siempre. ¿Ustedes le tienen miedo a las nalgadas, chicas?” Exclamó soltando una carcajada a la que hicieron coro las otras dos… ¡Imagínese mi indignación! ¡Estuve a punto de abofetearlas! Sin embargo me contuve porque sé que tal medida hubiera resultado contraproducente. Me limité a prohibirles salir del cuarto hasta tanto llegara usted… Créame que lamento hacerlo venir de Londres para darle noticias tan desagradables, amigo mío…

-Por favor, querida Arabella, no sabe cuánto agradezco su preocupación y sus desvelos por esas criaturas, tanto como deploro los malos momentos que padece a causa de ellas… Respondió su interlocutor, que enseguida añadió: Ciertamente me veo en la obligación de tomar medidas más severas en lo sucesivo…
Créame Reginald que es necesario mostrarse inflexible; esas personitas han dejado de ser niñas a las que se puede corregir con palmadas, cuando éstas resultan ineficaces hay que aplicar medidas más drásticas; si me permite una sugerencia, en su lugar yo emplearía una buena vara… Precisamente dispongo de una vara de bambú a la que en ocasiones me veo obligada a recurrir para poner orden entre el personal de servicio, que como usted sabe son gente a la que hay que tratar en forma permanente con cierto rigor porque de lo contrario la casa se convierte en un desquicio, que comienza con los pequeños hurtos, las intrigas, el chismorreo y termina más tarde con que ellos son quienes toman las riendas y disponen lo que debe o no hacerse aquí…

Enseguida y a solicitud del señor “Brown” la dueña de casa hizo sonar la campanilla a cuyo llamado acudió una de las mucamas a la que ordenó hacer bajar a las niñas.

Minutos más tarde se presentaron allí, tres agraciadas jóvenes pulcramente vestidas y peinadas, la mayor de unos diecisiete o dieciocho años y la menor de no más de trece o catorce, que saludaron a los mayores con una corta reverencia inclinando la cabeza, luego una detrás de otras besaron la mano del “tío” y a una indicación de éste tomaron asiento con estudiado recato.

Luego de un denso silencio, el visitante comenzó a amonestar a las jóvenes que bajaron la cabeza al escuchar los reproches que les hacía el hombre cuyas palabras refrendaba con indisimulada complacencia la señora Arabella.
La escena duró bastante tiempo en cuyo transcurso las muchachas se removían inquietas en sus sitios previendo lo que no tardaría en suceder, de manera que llegado el momento en que el señor “Brown” les anunció su voluntad de castigarlas, de sus labios escapó al unísono un largo quejido que llenó de gozo a la dama cuyo rostro se iluminó con una expresiva sonrisa.

El “tío” convocó primero a la mayor, que haciendo melindres se tendió, como le indicara, boca abajo en sus rodillas. En tanto la señora Arabella también de pie acudió al lado de ambos para colaborar sofaldando a la joven y retirándole el calzón, con lo que vino a quedar con las ambarinas nalgas a la vista de los presentes y desde luego también a la mirada de quien esto escribe que puede dar fe de la rotundez y exhuberancia de ese bello trasero, -digresión que considera necesaria para mejor conocimiento del señor comitente-

La azotaina prolongada por espacio de varios minutos con ligeros intervalos, cumplió el cometido habida cuenta la rojez que adquirió la superficie de esos magníficos hemisferios y también debidamente sentida por la destinataria a juzgar por los constantes quejidos y contorsiones que provocaban tantos sonoros azotes propinados con decisión a mano abierta.

Una vez liberada la joven Marjorie quedó de pie con la cara vuelta hacia la pared y las congestionadas nalgas expuestas a la vista de los circunstantes.

Los mayores tomaron un breve respiro, lapso que puso más inquietas aun a las dos restantes.
Al cabo llegó el turno de la segunda, -ruega el escribiente que le sea permitido expresarlo de la siguiente manera: las tres son hermosas criaturas pero la mediana las aventaja en belleza y garbo, cuando quedó reducida a la miserable posición de víctima colgada como una res del regazo de su “tutor y tío” fue posible advertir que sus encantos posteriores superan a los otros en blancura, tersura y conformación-. No obstante lo manifestado sufrió idéntico tratamiento que el trasero de su hermana mayor, con vigorosas palmadas que estallaban en el opresivo silencio del salón como estampidos de pistola, de manera tal que quedó tan o más enrojecido y maltrecho que la anterior, ni que decir que culminada la azotaina pasó a ocupar un sitio al lado de la señorita Marjorie.

Esta vez el tiempo de descanso fue más dilatado en razón que el “señor Brown” se veía muy agitado, con sus sentidos quizás más alborotados que fatigados sus músculos, porque -cabe decirlo- el espectáculo así ofrecido resultó a los ojos de cualquier mortal muy excitante en términos carnales.
La menor llegado el momento brindó una escena de llanto, retorciendo las manos deshaciéndose en pedidos de perdón alcanzó a colocarse de rodillas frente a su inflexible “tío” sin dejar por ello de resistirse a ser colocada en la misma posición que sus hermanas, por lo que la señora Arabella hubo de prestar ayuda para reducirla y luego sujetarla con fuerza por los brazos a fin que pudiera ser desembarazada de las prendas interiores.

El culito, -permitida sea esta expresión un tanto vulgar-, pero cabe porque al fin de cuentas por la edad de la joven así como el tamaño y volumen del mismo merece ser mencionado de esa manera, puesto que no es más que traserito de una niña. Por tal circunstancia parece probable que hayan resultado las nalgas más perjudicadas de todas, aunque el “señor Brown” espació más las palmadas y en repetidas ocasiones buscó aliviar el ardor de la piel con delicadas caricias circulares…

La única ventaja de la joven Pamela sobre sus hermanas fue que se libró de permanecer expuesta con las nalgas al aire como ellas.

Concluida la última azotaina, a las tres se les ordenó remontar sus calzones y retirarse a su cuarto. Mandato que obedecieron con presteza y la misma rapidez con que remontaron sus prendas íntimas y se aliñaron los vestidos marchándose cabizbajas y abrumadas.

No bien las tres jóvenes abandonaron el salón, la dueña de casa se dispuso agasajar a su huésped con un reconfortante té cuyo servicio encomendó a la doncella que acudió al sonido de la campanilla.

En tanto, hasta que llegó la bandeja con la infusión, las masas y bocadillos salados, la conversación entre ambos transcurrió por carriles obvios relacionados siempre con la disciplina más conveniente a imponer a las jóvenes díscolas así como las ventajas de emplear más a menudo la caña de bambú o las flexibles varas de abedul.

La nota inesperada la puso la dueña de casa a la vista de la mucama con la bandeja del servicio de té sobre la mesilla.

-¡Inepta! ¡Atolondrada! -Increpó de viva voz a la joven- ¡Cómo nos presentas el té en la vajilla común cuando tengo ordenado que tratándose de invitados como el señor Brown, debe utilizarse siempre la porcelana doble corona de Bavaria! ¿Dónde tienes la cabeza? ¡Torpe!…

Aturdida la joven retrocedió, con tan mala fortuna que golpeó la mesita con su cuerpo, volcando íntegramente el contenido de la bandeja sobre la costosa alfombra de Boukhara.

Aquella fue la gota que rebasó la copa y desató un verdadero infierno para la infeliz servidora.
Tan real fue lo que ocurrió a continuación que podría decirse que se trató de un número fuera de programa pues, abreviando, la desdichada Nelly, -tal el nombre de la atolondrada sirvienta- purgó la falta con sus posaderas que recibieron más de dos docenas de recios varazos aplicados con la delgada caña de bambú que la señora extrajo de una gaveta.

La joven que no deseaba ser puesta de patitas en la calle como le prometiera en el primer momento la indignada patrona, se avino de inmediato a recibir como castigo una cincuentena de azotes en las nalgas desnudas.

Con una docilidad y sumisión sorprendentes, ella misma marchó al centro del salón; donde se recogió faldas y enagua, echó abajo los calzones para ofrecer, de rodillas, su macizo trasero de sonrosadas carnes.

Vara en mano la señora Arabella se colocó a la izquierda de Nelly que mantenía la frente apoyada en el piso y apretadas las mandíbulas. La patrona midió la distancia con el bambú, luego lo enarboló para abatirlo con toda fuerza sobre las temblorosas carnes de su víctima.

Al siniestro silbido de la caña lo sucedió una ruda contracción de todo el cuerpo al impactar de lleno el azote en la protuberante epidermis. Tan impetuoso resultó el espasmo provocado por el primer golpe que la cofia de la muchacha se desprendió de su cabeza para ir a parar a unos pasos de distancia.

Los azotes con los continuos estremecimientos que provocaban alborotaron los cabellos de la muchacha en tanto ambas mejillas, anteriores y posteriores enrojecían vivamente.

Al promediar el vapuleo, la dama cedió la vara al huésped invitándolo a que prosiguiera la faena, práctica que le serviría, -díjole-, para cuando deba emplearla con sus “sobrinas”.

El “señor Brown” no se hizo rogar, empuñó con evidente satisfacción el bambú haciéndolo vibrar en el aire antes de proseguir la azotaina.

La descripción de la misma resulta a todas luces inconducente puesto que prosiguió en líneas generales el mismo trazado de marcas comenzado por la anterior con la salvedad que ninguno de los dos hizo brotar la sangre aunque dejaron la piel salpicada de cardenales y hematomas, que seguramente tardaron varios días en desaparecer.
Lo único notable es que una vez concluida la paliza, el señor Brown entregó a la muchacha un billete cuya denominación no pudo observar el testigo pues lo puso en mano de Nelly cuidadosamente doblado.

A esta altura de los acontecimientos el suscripto se vio obligado a retirarse por el peligro de ser descubierto al abandonar la mansión, no obstante supo al día siguiente que más tarde las “sobrinas” del señor “Brown” recibieron también una nutrida sesión de varazos.
A la segunda visita del señor “Brown” el suscripto no pudo asistir para permitir la entrada del fotógrafo quien fue instalado en el armario de doble fondo, por esa razón algunas de las fotografías salieron fuera de foco y otras algo borrosas ya que le resultaba imposible trabajar con flash allí adentro y la iluminación del saloncito resultaba insuficiente para tomar imágenes de buena calidad, no obstante las agregadas en esta carpeta son las mejores.

* * *
Con el último párrafo transcripto concluye el informe preliminar que se completa con los testimonios del personal de servicio, de informantes privados así como algunas notas sustraídas y las fotografías.

El fisgón que contraté para esa tarea no pudo permanecer más tiempo en la casa, tuvo que abandonarla de prisa porque, como me explicó verbalmente, todos los atardeceres sueltan en el jardín perros feroces entrenados para atacar a curiosos y merodeadores y queda un vigilante nocturno a cargo de la seguridad pues las principales orgías se llevan a cabo durante la noche, cuando se activan también las alarmas internas para que el personal de servicio no merodee por los salones privados.
De todas maneras había allí material suficiente para hacerle caer la venda de los ojos a la incauta de mi hermana y obligarla a renunciar a su proyectos de boda.

Por lo tanto cerré la carpeta, me restregué las manos, encendí un nuevo cigarro y me dediqué a pensar en qué momento y cómo abordaría a Millicent mientras saboreaba una generosa dosis del inimitable “Remy Martin”.

(continuará)

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