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Un perfecto caballero (1ª Parte)

 

Autor: Amadeo Pellegrini Acosta

Dedicado a mi dilecto amigo Alan Martinet

Siempre pensé que un individuo perfecto, lo que se dice perfecto, no existe. No, no sólo no existe, sino que en si mismo es una aberración. El hombre perfecto, como el hombre invisible, es un producto de ficción, un engendro, un invento; -en fin- ¡Un asco!

El asunto en realidad no es de mi incumbencia ni me importaría; si existiera ese hombre perfecto, allá él, que se lo lleve el demonio, mi problema no es el hombre, es mi hermana Millicent.

Bueno, para comenzar por el principio, debo decir que Millie, -digo Millicent- es mi medio hermana porque nuestro padre cometió la solemne estupidez de volverse a casar unos años después de enviudar, lo que demostraría por el absurdo que el hombre perfecto no existe pero sí el perfecto estúpido.

Millicent tiene ahora 21 años, es una belleza que resultaría adorable si no fuera caprichosa, testaruda, malhumorada y respondona, creo que nadie con una pizca de sentido común la tomaría por esposa, pero como además de sus defectos ella es rica, porque la segunda estupidez de mi padre fue incluirla en el testamento adjudicándole la mitad exacta de su fortuna, lo único cuerdo que hizo fue designarme albacea y su tutor hasta que alcanzara la mayoría de edad o contrajera matrimonio, con mi consentimiento -desde luego-  De suerte que hasta el presente he podido gobernar su vida.

Aunque gobernar, lo que se dice gobernar tampoco es exacto, porque ella es ingobernable, así que me limité a internarla en los mejores colegios que conseguí hasta que cumplió los dieciocho años y ya no quisieron admitirla en ninguna parte.

El problema que se me presenta en este momento es que se ha propuesto casarse y como para eso es necesario tener pareja, se puso pues de novia con ese individuo al que no me atrevo a llamar imbécil porque según ella y aquellos que lo conocen se trata de un perfecto caballero.

Ese es mi problema.

No se le conocen vicios ni defectos, no bebe, no fuma, no juega,  pero además es todo un dandy, lo visten los mejores sastres de Saville Row, es miembro de los clubes más selectos de Londres, sus antecedentes familiares también son impecables, de las ramas de su árbol genealógico cuelgan como manzanas almirantes, generales, obispos, dignatarios, magistrados y profesores, para peor es tan rico como mi hermana y lo peor de todo: ella está perdidamente enamorada de él.

¿Cuál es el problema entonces? Pensarán ustedes a quienes a lo mejor no les interesa la clase de cuñado que les toque en suerte, pero a mi que tengo que rendir cuentas y entregarle después de la boda todos los bienes de mi medio hermana para que los administre no me hace ninguna gracia, no señores. El patrimonio familiar se desmembrará por su culpa y eso me quita el sueño.

La solución sería oponerme a la boda. Parece fácil, si no fuera por el empecinamiento de Millie y porque su pretendiente no tiene ningún punto débil conocido, oponerse resulta entonces imposible.

Dije bien, conocido porque yo, que no creo en los hombres perfectos, estoy seguro que ese sujeto tiene gruesos defectos que disimula y esconde muy bien, de manera que para desbaratar esa unión dispongo de dos vías posibles: una el asesinato, otra descubrir sus taras, defectos y vicios para desenmascararlo delante de esa atolondrada.

Descarto el asesinato porque yo también me considero un gentleman  y tal extremo es inapropiado para alguien de mi clase, lo pertinente sería retarlo a duelo, pero olvidé señalar que el individuo en cuestión practica box, es excelente tirador y además un formidable esgrimista, que sin duda llevaría las de ganar en cualquier terreno a costa de mi integridad física, desde luego. Me queda desenmascararlo. Tarea nada sencilla por cierto habida cuenta que el maldito sólo frecuenta los altos círculos aristocráticos y financieros de la City donde no cualquiera accede

Recursos no me faltan así que apelando a mi natural astucia contraté los servicios de un sabueso particular que por veinticinco guineas de oro se comprometió a seguirlo noche y día hasta dar con sus secretos y una vez descubiertos prepararme un informe completo y pormenorizado.

* * *

Satisfecho con la solución hallada, me dediqué a esperar los resultados que no dudaba resultarían satisfactorios, porque como lo he repetido hasta la saciedad el ser humano perfecto no existe. Convendrán conmigo que es naturalmente imposible que exista.

Entre tanto comencé a preparar el discurso de ocasión que recitaría a Millicent en el momento de poner en sus manos el informe confidencial sobre el farsante de su pretendiente. -Comprenderán que me resisto aun aquí mientras escribo estas memorias a llamarlo su novio, menos aun su prometido-  Aunque haya tenido la osadía de pedirme oficialmente la mano de Millie.

Claro que, como carecía de argumentos valederos para negarme de plano, arteramente le pedí que me concediera unos meses de tiempo para asegurarme de los sentimientos de mi querida hermana.  Mi proposición resultaba sensata así que él, como “caballero”, no pudo objetar nada, tuvo que aceptar nomás el aplazamiento de mi respuesta.

Como decía, abordar a mi hermanastra no es tarea fácil debido a su índole levantisca y contestataria, más propia de una fulana de los suburbios que de la dama que traté que hicieran de ella. Así pues, llevarle la contraria imposible, desenmascararlo como un farsante, peor. Lo mejor resultaría mostrarme como el hermano mayor preocupado, no por el destino de los bienes, sino por su propia felicidad conyugal impidiendo que resultara ultrajada por alguien indigno de ella; recién entonces pondría en sus manos el informe y aguardaría que Millicent sacara sus propias conclusiones y obrara en consecuencia.

* * *

El sabueso reapareció al fin, semanas más tarde, con una ancha sonrisa en su desagradable rostro, se quitó el sombrero al entrar, me saludó con una inclinación de cabeza pues en la otra mano portaba un gastado portafolios.

Como no hacía más que deshacerse en zalamerías, -pensando ciertamente en las veinticinco guineas-, le pedí que fuera al grano.

-Verá, Señor Wilson  -comenzó- sus pálpitos resultaron acertados, el personaje en cuestión, tiene sus -¡ejem!- debilidades, por así decirlo. Pero antes debo aclararle que no resultó fácil descubrirlo y bastante costoso llegar a la verdad pues tuve que sobornar a mucha gente… Sobornable claro, como criadas, cocineras, porteros, mayordomos, en fin gente de servicio que como usted bien sabe tienen ojos y oídos en todas partes y conocen más de sus amos y patrones que ellos mismos… Sí, por favor no se impaciente, lo resumiré en pocas palabras: el señor en cuestión acude regularmente a una casa de los alrededores de Londres a satisfacer sus extrañas aficiones disolutas…

Sí., Señor Wilson, disolutas, lujuriosas o pervertidas, como usted prefiera llamarlas…

Mientras ponía énfasis en esas palabras abrió su ajado portafolios y extrajo de él un voluminoso legajo que me tendió, mientras decía: -Aquí encontrará usted todo Señor Wilson, como lo pidió con pruebas, testimonios, documentos y fotografías. De paso le diré que estas últimas me salieron bastante caras pues hube de contratar a un fotógrafo profesional que me cobró veinte Libras por el trabajo y se negó a darme recibo… ¡Veinte Libras! Una estafa, Señor…

Tomé el fajo de papeles cuidadosamente encarpetados, lo deposité sobre la mesa luego de darle un ligero vistazo al contenido incluidas las fotografías de neto corte pornográficas, para librarme cuanto antes de la presencia de ese gusano fisgón le entregué las veinticinco guineas convenidas a las que añadí un billete de cinco Libras como gratificación adicional.

Guardé en mi estudio bajo llave el frondoso legajo a cuya lectura me abocaría inmediatamente después de la cena, luego mandé un recado al Club comunicando que me hallaba impedido de asistir por una situación no prevista a fin que se ocuparan de conseguirme un reemplazante para la mesa de póquer de los jueves,.

(continuará)

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