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Un paseo entre las nubes

Autora: Selene

Entró a la vieja librería buscando el libro sin tener aún muy claro si se trataba de lo que estaba buscando. Se lo había recomendado un buen amigo y estaba deseando leerlo, pero no estaba segura de ser capaz de comprarlo sin que los colores tiñeran un poco sus mejillas. La librería estaba atestada de gente, por  lo que un poco contrariada, pensó que lo mejor sería recorrer las estanterías buscando por sí misma alfabéticamente por el título o la autora, aunque finalmente, pasados más de veinte minutos en los que recorrió  los diversos estantes sin éxito decidió interrogar a una dependienta que amablemente se dirigió a un terminal e introdujo el nombre y autora que le acababa de mencionar.

“Entre sus manos” autor: Marthe Blau y unos segundos después, en la pantalla, un viejo programa en desuso, con aquellas letras en fósforo verde,  le dio a la joven el resultado de la búsqueda: Estante 3 balda 1; Tema: sadomasoquismo. Con el título en la pantalla, se volvió a mirarla  visiblemente desconcertada, con una voz que delataba su estado de confusión preguntándole si estaba segura de que ese era el título, a lo que respondió con total tranquilidad, mucha más de la que tenía en ese momento la chica de la librería, que por supuesto, que ese era el libro que buscaba.

Una vez con él en las manos, experimentando el placer de la adquisición de un objeto deseado, que además suponemos nos dará buenos momentos, terminó sus trámites antes de ir a tomar una última copa con un amigo que conoció la tarde antes y con quien le apetecía volver a charlar un rato antes de dirigirse a la terminal a coger el vuelo que la devolvería a su rutina diaria.

No iba vestida de un modo elegante o sensual, como le hubiese gustado mostrarse ante él, o ante cualquier otro hombre con quien hubiera querido pasar sus últimas horas en la ciudad,  sino cómoda e informal con unos jeans y un jersey grueso de cuello alto, sobre el que situó un foulard para intentar abrigarse de aquel intenso frío propio de la época del año.

Cuando le mostró su compra a su nuevo amigo, él sonrió y le preguntó si le gustaba aquel tema, entre spankos, hablar de todo eso resultaba fácil y cómodo. Le contestó que no, pero que aún no había encontrado nada más específico sobre sus gustos y aquello se acercaba bastante a las sensaciones que podía expresar sobre sus sentimientos acerca del spank.

Tras despedirse, se encaminó al aeropuerto donde se sentó a esperar la salida del vuelo. Mientras tanto, decidió comenzar a leer el libro que la había intrigado de aquella forma y que parecía moverse dentro de la bolsa para llamar su atención. Seguramente eran imaginaciones suyas, pero aquella tarde parecía que todo los que pasaban a su lado tomaban conciencia de la temática de la lectura a la que se había entregado.

La portada, no demasiado explícita de por sí, incluía sobre la foto una frase inequívoca sobre el tema que se trataba, una relación sadomasoquista que empuja a la protagonista a una relación destructiva de la que le costará salir.

Frente a ella, un hombre cercano a la cincuentena la miraba de reojo y apartaba la vista cada vez que alzaba la suya y le encontraba fijo sobre su cuerpo y sobre el libro, que había deducido él ya había tomado conciencia de que se trataba de algo cargado de erotismo.

Se hacía difícil seguir la lectura con la mirada de aquel hombre clavada de vez en cuando y las propias frases que le sumergían, gracias a su desbordada imaginación, a sentir casi en su propia piel aquellas situaciones tan extremas que se enumeraban en el libro. Claro que no era sumisa, su interés por los azotes se quedada en el  spank, pero encontraba en muchas de aquellas cosas grandes similitudes con las que ella misma sentía y vivía como spankee, los mismos miedos, angustias e inseguridades… los mismos azotes con un cinturón que se soltaba de pronto del pantalón de su propietario, la misma fusta que él le preguntaba si había utilizado alguna vez para algo que no fuese montar a caballo… demasiados lugares comunes… “quiero que me bese, pero él no lo hace” como frase repetitiva a lo largo del relato, en una relación extrema entre dos personas igualmente extremas.

En algún momento, mirando aquel hombre sentado frente a su asiento, imaginó si él conocería el libro, si podría intuir su contenido, el dolor físico y psicológico contenido entre sus páginas … si él podría imaginar que ella, al igual que la protagonista, había sido alguna vez castigada con aquellos mismos implementos, sin ser sumisa… sino spankee. Pensó si tal vez aquel hombre, en caso de tomar conciencia de ese hecho, sería capaz de dirigirse a su lado y entablar una conversación sobre el tema. Tal vez incluso, si él estaba interesado en lo mismo… podrían alguna vez… era un hombre atractivo, a pesar de ser mayor que ella, tenía unos ojos oscuros de mirada penetrante que…

Pero la última llamada para embarque la sacó de sus ensoñaciones bruscamente, cerró el libro, lo guardó en el bolso y se dispuso a subir al avión que estaba a punto de despegar. Una vez dentro, con la mente revuelta por la lectura y cierto calor en su vientre, se dispuso a observar a aquel hombre, que se había situado dos asientos por delante al otro lado del pasillo, por lo que una mirada oblicua le permitía seguir observándolo e imaginando situaciones acerca de él… acerca de ambos.

Para hacer más relajado el viaje, decidió proseguir la lectura y se metió en el libro de tal forma que en algún momento perdió la conciencia de ir volando a nosecuantos miles de pies sobre la tierra, según acababa de informar el sobrecargo. Tan solo era consciente de la excitación que estaba produciéndole tan explícita lectura donde la protagonista había desnudado su alma para transmitir al mundo su experiencia.

Se sentía húmeda, agitada e iba perdiendo por momentos la serenidad cuando se dio cuenta de que el sobrecargo había pasado ya dos veces por el pasillo, tropezando con su brazo  en una de las ocasiones y habiéndose disculpado cortésmente sin fijar la mirada en ella más de unos segundos.

Entre esa excitación, el vuelo se le hizo muy corto y agradable y apenas tenía conciencia de haberse desplazado cuando había llegado a su destino casi a la par que había concluido la agradable lectura. Para hacer lo más rápida y diligente la salida del aparato, depositó el libro en el bolsillo del asiento delantero que contenía revistas y algunos folletos informativos y se situó en el pasillo para recoger su equipaje de mano. Una vez alcanzado éste y tras la apertura de puertas se dirigió a la terminal, aún excitada pero tranquila por el final del relato que había esperado distinto.

Una vez abajo, miró a su alrededor por si volvía a ver a aquel hombre que la había intrigado con su mirada, pero no pudo localizarle y siguió caminando por la terminal dispuesta a pedir un taxi para llegar al hotel. Sin embargo, no había terminado de cruzar el largo pasillo que la separaba de la calle cuando escuchó que la llamaban desde atrás.

El amable sobrecargo que había tropezado con su brazo durante el vuelo la llamaba sin grandes gritos ni aspavientos, en las manos llevaba el libro que había dejado olvidado en el bolsillo del asiento…

En ese momento, roja de vergüenza y visiblemente sorprendida, se detuvo y esperó que aquel joven llegase hasta donde se encontraba. Una vez a su lado, tomó conciencia del atractivo del hombre, más joven y alto que ella y que le dedicaba una sonrisa limpia y sincera.

-Es suyo ¿verdad? Se lo ha dejado olvidado en el avión.

-Sí… pero no tiene importancia, ya lo terminé y bueno… yo … no…

-Parece un buen libro ¿Le gustan estas cosas?

-No… bueno, sí… un poco, pero no esto, es otra cosa, pero es parecida… no es exactamente …

-Entiendo… usted, no es sumisa ¿verdad?

La sorpresa dibujada en su cara la hacían estar cada vez más atribulada en sus respuestas y su cara más roja mientras apartaba la mirada de aquel hombre tan seguro que le preguntaba todo aquello tan directamente.

-No lo soy… pero me ha gustado el libro… soy… spankee, puede quedárselo y leerlo, yo ya lo terminé…

-Spankee… ah! Spankee… así que a usted le gusta que le den unos azotes.

Si hasta ese momento había estado sorprendida por la actitud del sobrecargo, que impecablemente uniformado la miraba cada vez más interesado en sus palabras, pensó que al decir aquello él se sentiría como si hubiera afirmado ser de Marte. Sin embargo, aquella última frase la dejó fuera de juego por completo y con ganas de salir corriendo de allí.

-Muy bien señorita, así que le gustan los azotes… ¿puede acompañarme un momento?

-Pero ¿por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué hice?

-Nada… tranquila, acompáñeme un momento, hablaremos más tranquilos en mi taquilla, le devolveré su libro y usted se marchará… si quiere.

Los escasos metros que separaban el  pasillo de la taquilla se le antojaron los más largos del mundo, más que una marathón … y tan cansada como si la hubiera recorrido realmente. Una vez dentro, el sobrecargo tomó la maleta de sus manos, la dejó en el suelo y permaneció frente a ella, mirándola fijamente e increpándola de nuevo.

-Así que le gustan los azotes, las relaciones difíciles… quizás un poco de sumisión también…

-No… yo…

-Muy bien, muy bien… y seguramente mientras ha leído el libro durante el vuelo, se habrá sentido excitada ¿no es cierto?

-No… bueno, sí… un poco sí… es que…

-¿Es que? … no señorita, es que nada… venga aquí que vamos a aclarar esto.

Y diciendo esto último, se sentó en un banco e hizo un gesto para que se acercara a él. Con su poca experiencia, ya sabía que aquel era el gesto que disparaba una escena spank y se dirigió a él, completamente descolocada, asombrada… pero feliz. Tumbarse en las rodillas de aquel hombre uniformado, más joven que ella, pero con la suficiente entereza y seguridad como para haber encontrado un motivo para reprenderla, haber tomado la decisión y haberla llevado a cabo… era demasiado para ser cierto…

Pero allí estaba, recibiendo las primeras nalgadas sobre sus jeans, que amortiguaban magníficamente bien los azotes y sintiendo un par de minutos después, como pausadamente, él la incorporaba, desabrochaba su pantalón, lo bajaba y volvía a colocarla en la posición inicial para seguir explicándole lo mal que estaba en una chica como ella ese comportamiento obsceno, esa exhibición impúdica de sus gustos y deseos, esa carita de niña rebelde que había tenido durante toda la lectura y que a él le habían perturbado durante el vuelo… y todo ello, acompañado de aquellos azotes que le supieron dulces, eróticos y sugestivos y la trasladaron a un estado de excitación mucho más fuerte que todo lo sentido hasta ese momento…

Azotes que alternados con aquellas caricias seguras y llenas de cariño que aquel desconocido le brindaba, la fueron elevando en su excitación hasta que él, consciente del estado en que se encontraba, dejó de azotarla y la ayudó a ponerse de pie justo antes de preguntarle:

-Y ahora, ¿seguimos adelante con esto? ¿o prefiere coger el libro y marcharse…?

Y empezó a besarla y a recorrer su cuerpo con sus manos, aliviando con sus caricias el dolor de sus nalgas justo al contrario que lo que acababa de leer en aquel libro que le había traído del cielo al hombre de sus sueños “pero él me besa… deseo que me bese y él… me besa” como preludio a lo que momentos después les llevó a culminar a ambos, en unos segundos que les hicieron sentirse otra vez entre las nubes.

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