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Spanking en estado puro

Autora: Ana K. Blanco

Dedicado a todos los que disfrutan

del Spanking a su manera…

Cassandra estaba nerviosa y no comprendía por qué.  Ella era spankee y encontrarse con un spanker por primera vez era algo que ya había hecho con anterioridad. Claro que no era lo usual verse con un médico de la fama de Miguel para jugar spanking, y además que la cita fuese en el consultorio de él.

Esta situación no estaba recubierta de grandes emociones, sino que era algo más bien común. Ambos habían coincidido en un grupo de spanking en internet y se habían puesto en comunicación por medio de mails y tras muchas horas de chatear confesándose mutuas fantasías vieron que ambos eran algo “perversos” en sus juegos, sin que profundizaran demasiado en el bdsm, solo lo suficiente como para darle un poquito  más de sabor, la pimienta y la sal necesaria para hacerlo más sabroso.

En sus charlas por chat habían encendido sus respectivas cámaras y se habían visto. El doctor Miguel Duarte era un hombre cincuentón, de pelo cano muy corto y de complexión más bien delgada: usaba lentes, los cuales no impedían ver unos bellos ojos oscuros de mirada pícara y penetrante, mientras que su rostro lucía una sempiterna sonrisa. Se confesó como un hombre alto y atlético, y aparentemente era así. La forma de su cabeza era perfecta, y con su sonrisa lograba iluminar la pantalla. La primera impresión de Cassandra al verlo fue “¡qué potro!”. A medida que charlaban, Miguel iba mostrando su inteligencia y  sagacidad para preguntar y contestar que despertaba la admiración de ella.

Luego de muchos meses de chatear, enviarse mail e incluso hablarse por celular, estaba todo combinado para el encuentro: sería ese miércoles a las nueve de la noche en el consultorio del Dr. Duarte, luego de su jornada de trabajo.

La primavera estaba cercana pero el invierno se negaba a desaparecer. Ese miércoles amaneció gris y plomizo. La amenaza de lluvia estaba clara y comenzaría a llover en cualquier momento. Así que Cassandra, inteligentemente, decidió pasar el día en su casa y no arriesgarse a salir a pesar de algunos compromisos que tenía pendientes. Ser su propia jefa le daba ciertos privilegios y ella que trabajaba tan duro diariamente, no perdería demasiado por tomarse un día de descanso. Aprovecharía a leer algo y dormir antes de prepararse para la cita. Un libro y algo de música fueron su compañía mientras que fuera llovía copiosamente.

Tres horas antes de la cita comenzó a prepararse: una larga y renovadora sesión de baño con hidromasaje, la ducha y un poco de crema por todo el cuerpo; la ropa interior la esperaba sobre la cama. Cuando terminó de colocarse el finísimo conjunto de bragas y sostén de seda, inmaculadamente blancos y con toques de finos bordados, se miró al espejo. La imagen que este le regresó la dejó muy conforme.

Cassandra era una mujer de más de 40 años, pero no los representaba: tenía el cabello muy negro, largo, lacio y brillante. Su tez era aceitunada y sus ojos verdes resaltaban en aquel rostro moreno. Era alta y con algún kilo de más justo en los lugares adecuados. Cuando caminaba por la calle, los ojos de los hombres se dirigían sin dudas a sus pechos, grandes, turgentes, y luego a sus ojos. Cuando pasaba la seguían con la mirada que se clavaba en las nalgas: firmes, duras, redondas, apetecibles…

Se colocó un vestido muy ajustado, de tela elastizada que resaltaba más aún su cuerpo casi perfecto. Las medias de color natural subieron hasta la parte superior de sus muslos y se prendieron en el portaligas blanco que hacía juego con la ropa interior. Unas sandalias de altísimo tacón hacían que sus piernas lucieran en todo su esplendor. Buscando el toque femenino final, tomó el perfume pero… haciendo gala de su discreción obvió tal elemento que podía dejar huellas en la ropa y piel del hombre con quien iba a estar y del cual ignoraba si estaba comprometido o no. Tomó su cartera, las llaves del auto y manejó hasta la zona céntrica de la ciudad donde Miguel tenía su consultorio.

Luego de estacionar, dio un pequeño rodeo hasta llegar a la entrada del antiguo y bello edificio. Pulsó el botón y una voz masculina le contestó algo que no comprendió. Sólo atinó a decir su nombre y empujando la pesada puerta de hierro entró al hall. Se dirigió con paso firme y seguro hacia el fondo donde encontró los ascensores. El estado de nervios y ansiedad le impedían fijarse en la delicadeza del trabajo que tenían esos pequeños cubículos, tan antiguos como el edificio mismo.

El ascensor se detuvo de golpe y la trajo a la realidad. Cuando encontró la puerta del consultorio tocó el timbre, pero nadie contestó. Miguel le había dicho a las nueve y faltaban todavía diez minutos. “Quizás esté aún con algún paciente” -pensó-,  así que aguardó en silencio mientras observaba todo sin ver nada de lo que había a su alrededor. Los minutos pasaban y ella se impacientaba cada vez más. Sentía nervios, expectación y para qué negarlo: también una enorme excitación.

De repente el ruido del ascensor la apartó de sus pensamientos. Al abrirse la puerta un caballero de pelo cortísimo, casi blanco, con lentes y una amplia y franca sonrisa le dirigió una mirada afectuosa. Reconoció enseguida al hombre con el que había chateado tantas veces. Miguel era realmente alto y muy bien parecido y sus cuidadas manos no disimulaban el adecuado tamaño para el spanking: eran grandes y largas.

Se acercó a ella que se mantuvo inmóvil, y como saludo inicial le dio un suave beso en los labios que Cassandra no pudo evitar. Reaccionó a medias cuando Miguel, muy gentilmente, flanqueó la puerta indicándole que pasara. El lugar se veía acogedor, antiguo, con muebles que hacían juego con la antigua y elegante edificación. Las plantas distribuidas en forma estratégica le daban vida y color al ambiente.

Había una serie de consultorios en el lugar; todos se veían distinguidos, desde las placas en bronce que anunciaban pomposamente el nombre del profesional, hasta la alfombra, mullida y de colores sobrios. Cassandra sabía que en ese edificio no cualquiera podía alquilar un espacio, así que sin duda, él era un profesional de prestigio y fama. Cuando llegaron al final del corredor, Miguel abrió la puerta y le cedió el paso…

Los ojos de ella se posaron inmediatamente en la camilla y el hermoso diván de piel. Su imaginación le hizo visualizar las mil y una posiciones diferentes en que le gustaría colocarse para ser azotada por aquel guapísimo spanker.

Miguel se paró a su lado. Cassandra era alta, y aún montada en aquellas sandalias con taco de casi diez centímetros, quedaba un poco más baja que él.

-Puedes dejar tus cosas encima de esa silla -le indicó. Obedeció y al darse vuelta se volvió a topar con él, que de inmediato rodeó su cintura mientras la besaba de una forma deliciosa.

La lengua de Miguel exploraba su boca, y ella no dudó en devolver aquel beso, aprisionando la lengua con los labios y rodeando el cuello del hombre con sus brazos. Sentía la presión de las manos de él mientras recorrían todo su cuerpo.

Los besos continuaban… mejor dicho “el” beso, porque era uno sólo, larguísimo y apasionado. Cuando una de las manos dejó de tener contacto con ella, pensó: “ahí llega el primer azote!”; y así fué. La enorme y fuerte mano del doctor cayó sobre la nalga izquierda, produciendo en la chica una deliciosa sensación de suave picor que la hizo excitarse aún más. Siguieron besándose mientras él combinaba el recorrido por todas las curvas del sinuoso cuerpo de Cassandra con los azotes cada vez más fuertes y frecuentes sobre las nalgas. Las manos del hombre se movían mezclando delicadeza, maestría, destreza… Sabía qué puntos tocar y cómo hacerlo.

Con movimientos precisos que delataban una larga experiencia como amante, subió sus manos por la espalda de aquella mujer que había logrado ponerlo excitadísimo y desabrochó su sostén. No hizo nada más; sólo quería “preparar” el terreno para lo que vendría después.

Y la continuación de aquella escena se convirtió en un sueño. Cassandra lo vivió como si estuviera metida en una nebulosa, sin ser totalmente consciente de lo que sucedía, pero disfrutándolo a fondo.

Miguel se desprendió de los brazos de la spankee y se dirigió al escritorio del que extrajo varios instrumentos: una varilla no muy larga pero rígida, un objeto de plástico rojo que contenía un extraño diseño similar a ochos entrelazados, y otras cosas que no captaron la total atención de ella, quien, presurosa, se dio vuelta y de entre sus pertenencias sacó un cepillo de madera dura de tamaño mediano y se lo ofreció al spanker sonriendo de forma cómplice y pícara. Esta actitud produjo una grata sorpresa en él.

Sin decir más, se acomodó en el espléndido diván y le pidió a la chica que se colocara sobre sus rodillas. Cassandra no entendía aquello… ¿no habría motivos para el castigo? ¿No habría rezongos, ni amenazas, ni rincón? No, definitivamente no lo comprendía y así se lo hizo saber.

-Querida, ven aquí, siéntate a mi lado por favor y permíteme explicarte qué es para mí y como siento el spanking. Comprendo la típica idea de un juego de spanking donde la spankee es castigada por cualquier razón. Pero… he comprendido que esos juegos no terminan de satisfacerme porque tanto el spanker como la spankee sabemos que no es verdad y… soy muy mal actor.

-Para jugar a las nalgadas debo de estar de excelente humor, porque para mí es una fiesta. En la realidad no azotaría a nadie estando enojado, y aunque traté al principio de actuar… soy muy malo fingiendo. Así que decidí que viviría el spanking a mi manera.-

-A mí me gustan las nalgas de la mujer: es la zona donde más recreo mi vista cuando alguna se me cruza y es el lugar con el que sueño y fantaseo eróticamente. No creo ni me intereso en el spanking disciplinario, pero sí en el erótico. Como admirador y adorador de las nalgas femeninas, quiero azotarlas hasta el límite donde el placer comienza a tornarse en puro dolor. Allí pararé. No me erotiza el ver nalgas con moretones o marcas extremas. Me gustan las nalgas rojas, brillantes, calientes… ¿Me voy explicando?, le dijo mientras ella lo miraba en silencio con los ojos extremadamente abiertos y sin salir de su asombro.

-Mi querida Cassandra-, continuó sin dejar de mirarla a los ojos: si yo voy a ser tu spanker esta noche, tú aceptarás hacerlo a mi modo. Pruébalo y luego me dices qué te pareció esta experiencia que para mí, es la esencia del spanking: la nalgada por la nalgada misma, por el puro gusto de darla y de recibirla. Sin roles, sin motivos ficticios, sin adornos…  La nalgada dada con amor, con afecto, con el máximo respeto y cariño que la mujer me inspira.-

-Ahora, mi niña, si así lo deseas, tiéndete sobre mis rodillas- terminó diciendo Miguel, expectante por la decisión que la chica tomaría.

Si antes estaba en una nebulosa, en ese instante no sabía dónde se encontraba ni tenía muy claro qué estaba sucediendo. Sólo su instinto la impulsó a obedecer a ese hombre que le había hablado con un tono dulce pero enérgico y que le había dado razones altamente valederas como para que se entregara totalmente a él.

Tendida sobre sus rodillas con la cadera encima de ellas, con lo cual dejaba su trasero totalmente expuesto a los deseos de Miguel, bajó la cabeza, apoyó la frente en sus manos y olvidándose de todo se abandonó completamente a aquel hombre, que una vez encontrada la posición adecuada, comenzó a acariciarla con suavidad y destreza. La mano izquierda se encargaba del cuello, la nuca, la espalda y se detenía en la cintura para volver a subir. Con la mano derecha surcaba la separación de las nalgas, apretaba los dos gloriosos globos que se estremecían con el contacto de los dedos que no paraban de moverse, iban y regresaban por la entrepierna y los muslos.

Una vez que se convenció que estaba totalmente distendida, le preguntó:

-¿Preparada?

Con una levísima inclinación de cabeza le dejó saber que sí. Las palmadas comenzaron a caer de forma precisa por toda la superficie de las nalgas. Primero en esta, luego en aquella, arriba, abajo, en el medio… no quedó un solo lugar sin recibir azotes. A los pocos segundos Cassandra comenzó a gemir, pero de placer por aquel picor que sentía en las nalgas y recorría todo su cuerpo. Cada nalgada era un paso más en el interior de aquella nebulosa que no le permitía pensar y sólo la obligaba a gozar de cada instante sin importar nada más.

No supo en qué momento le quitó la ropa, pero de pronto sintió que sus bragas bajaban y dejaban expuestas sus nalgas. Aquella mano tan grande como suave acariciaba su zona más caliente y el dedo mayor bajaba con más frecuencia de la necesaria a reconocer la humedad de la entrepierna, que era una catarata emanando los líquidos resultantes del placer que vivía en esos momentos.

La situación por la que estaba pasando le hacía perder la noción del tiempo, del lugar y de todo lo que no fueran sus sensaciones. Eso le había ocurrido solo un par de veces en su vida, cuando las emociones eran tan fuertes que no se sentía capaz de vivirlas de forma más intensa porque era imposible. Aquella nube la envolvía y la transportaba a la zona de máximo placer…

Sintió a lo lejos la voz de Miguel que le pedía ponerse de pie. Estaba totalmente desnuda con excepción de sus sandalias. Hizo un gesto de quitárselas, pero él le pidió que no lo hiciera. Al mirarlo vio que él también estaba totalmente desnudo y pudo observar un cuerpo casi atlético, perteneciente al hombre que la había estado azotando. Parecía un dios griego, con su virilidad en el punto máximo.

Sin mediar palabra, en varios momentos Cassandra probó aquel plastiquito con que Miguel la azotaba, dejando en su piel el dibujo que guardaba por unos instantes. Él miraba aquella obra de arte que se desvanecía mientras los quejidos de la mujer lo animaban a seguir decorando la piel blanca que aceptaba reproducir lo que él quisiera: rayas, círculos, ondas…

El spanking se intercaló con el sexo de una manera sutíl. Los cadenciosos movimientos de cadera, los gemidos apagados con besos apasionados, el chasquido del cinturón sobre la piel de Cassandra, las firmes manos, la potencia de los azotes, la dulzura de las caricias y los mimos de Miguel cuando alguna lágrima amenazaba con aparecer en los ojos de ella, todo se combinó de forma tal que era imposible para la chica recordar los hechos en forma cronológica.

Acostada en su cama y en la intimidad de su habitación, trataba una vez más de repasar lo sucedido. Y todo aparecía envuelto en aquella bruma que le impedía recordar con claridad los hechos. En cambio, tenía muy claras las sensaciones vividas porque hacía mucho tiempo que no había gozado tanto. Un cúmulo de sensaciones maravillosas, de sentimientos encontrados y de emociones que quería tener presentes era el balance altamente positivo que sacaba de este encuentro.

Trataba de explicarse cómo era que pudiera sentir aquel cúmulo de sensaciones que le regalaba el spanking sin que existieran amenazas, rincón, espera, rezongos… Como diría una querida amiga, aquello era “spanking puro y duro”. Y le había gustado, lo había gozado sin lugar a dudas.

El que Miguel hubiese mezclado ratos de spanking con ratos de sexo, había sido del total agrado de ella, porque en ningún momento él permitió que decayera ninguna de las dos cosas. Cassandra estaba expectante pensando cuál sería el siguiente paso que dar por él. Pero fuera el que fuera, sin duda, lo aceptaría.

Al final del encuentro, cuando se retiraba, le agradeció a Miguel la sesión y él le contestó:

-Querida… para mí también ha sido maravilloso. No es fácil encontrar una spankee tan bien dispuesta como tú, con actitudes dignas de ser tenidas en cuenta. Espero que pronto nos volvamos a encontrar porque hoy no hemos podido probar la camilla y todos los instrumentos que tengo a mi disposición por mi trabajo. Eso queda pendiente para la próxima vez, porque… habrá una próxima vez ¿verdad?

Los ojos verdes de Cassandra se iluminaron y él obtuvo una enorme sonrisa y un guiño por toda respuesta.

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