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Provocación

 

Autora: Ana K. Blanco

(Dedicada a gavi y Don Miguel)

“Provocación

en tus ojos veo clara provocación

cada vez que me miras hay provocación…”

(fragmento de la canción de Raphael)

Resulta difícil para una mujer ser supervisora, jefa, o con un alto puesto ejecutivo y tener bajo su mando un determinado grupo de personas.

Este era el caso de Gabriela, jefa de la sección con más personal de aquella fábrica. Su desempeño en la jefatura era correcto: justa, imparcial, firme, autoritaria sin abandonar la calidez humana. Ese era el perfil que le gustaba a Miguel.

Aquella mujer podía excitarlo nomás verla ir de un lado a otro impartiendo órdenes vestida con una simple túnica; en especial cuando salía del trabajo enfundada en pantalones elastizados que resaltaban sus maravillosas nalgas o con minifaldas impactantes, pues a sus opulentas formas todo le quedaba bien.

Frecuentemente, Miguel imaginaba que debajo de la túnica sólo llevaba mínima ropa interior y desde luego también marchaba sin nada debajo de aquel sencillo atuendo.

No obstante el gusto que sentía por ella y la excitación que le producía haciéndolo soñar despierto, distaba mucho de ser dama perfecta, por eso la apodaba “Doña Quejitas”, pues se quejaba continuamente. Ella siempre encontraba motivos para rezongar: bien porque le dolía aquí, o porque fulano había hecho u omitido tal cosa, porque esa temporada había más trabajo que nunca, o porque las nuevas planillas de control resultaban más complicadas, etc.

Gabriela era una mujer desafiante, a quien aunque no se le había subido el cargo a la cabeza, lo hacía sentir en cada oportunidad. A pesar de todo, el personal la apreciaba porque sabía perdonar errores pero resultaba demasiado estricta y muy apegada a la letra del reglamento.

A Miguel el trato cotidiano le hizo descubrir cuán caprichosa incorregible, malcriada y testaruda, podía llegar a ser cuando las cosas no salían como ella esperaba. En tales circunstancias perdía el control  y  el enojo la  despojaba de la necesaria ecuanimidad. Esas explosiones lo ponían mal, Miguel contenía sus reacciones porque se trataba de su superior jerárquico.

Hasta que un día, a la hora de descanso, Gabriela llegó y tomó asiento junto a Miguel. En realidad más que sentarse, lo que hizo fue desplomarse en la silla.

-¡Uffff… odio los miércoles! –bramó- Esta tarde tendré que llenar todas esas odiosas planillas … no veo forma de evitarlo y no quiero hacerlas.

-Pero  terminará haciéndolas ¿No es así Gabriela?

-¡Desde luego! ¡Yo soy una persona responsable!

-Entonces… ¿porqué se queja tanto?

-¡Yo no me estoy quejando!

-¿No? ¿Y qué nombre le da entonces a esto que hace todos los días?

-¿Le molesta que me exprese, Miguel?

-Para nada Gabriela. Además… usted es mi jefa y debo escucharla.

-No se trata de cargos. Mejor dígame qué le molesta. Sabe perfectamente que lo que tenga que decirme “no será usado en su contra” –dijo alzando una ceja en tono desafiante.

-Lo sé perfectamente Gabriela, usted es por sobre todo una persona justa. Sólo  dudo que le agraden mis opiniones.-Haga la prueba, hombre, o acaso teme que tome represalias…

-En realidad, no. Pero está bien, si se empeña en saberlo, se lo diré: Usted es una persona quejosa porque quiere las cosas salgan a SU gusto, siempre. –Recalcó el “su” para refirmar la actitud más chocante de la personalidad de su interlocutora

-Usted, a pesar de ser una excelente persona y una jefa competente,  se comporta muy a menudo como una mujer malcriada, caprichosa y testaruda.

Gabriela cruzó las piernas y adoptando un tono más desafiante, espetó:

-De acuerdo: es su opinión sobre mi persona y la respeto. Ahora bien, yo le pregunto: ¿Cree acaso que a esta altura de mi vida voy a cambiar mi modo de ser? Soy como soy y le repito, no voy a cambiar.

-Le agradezco que me dé la razón. Pero esa afirmación irracional “no voy a cambiar” es la típica respuesta de una niña insolente y caprichosa.

-Y si lo es ¿qué? –Gabriela ya se estaba saliendo de las casillas. Las razones y argumentos de aquel subordinado, un hombre tan guapo y viril, la intranquilizaban haciéndole perder el aplomo.

-Otra expresión propia de niña malcriada –dijo poniéndose de pie y sosteniendo su mirada, burlonamente agregó- Gabriela, lo único que usted necesita es dar con alguien que la trate como usted, con ese modo de ser de niña malcriada, está reclamando a gritos… Lo único que la puede hacer cambiar de opinión es la azotaina que seguramente nunca le dieron y que buena falta le hace.

Gabriela no podía creer lo que estaba oyendo. Procuró calmarse, pero le resultaba imposible. Sus ojos despedían chispas y el tono de revelaba el enojo que la consumía.

-¿Ah, sí? ¿Y se puede saber quién será ese “alguien”? Porque todavía no ha nacido el hombre que se atreva a azotarme.

-Se equivoca. Ese hombre nació, creció y en este momento lo tiene delante de sus ojos.

Impulsivamente abandonó todas las formalidades, exclamando:

-¿Vos me corregirás? Jajajajajaaaaaa… Vos… y cuántos más?  Sin advertirlo incurría en la provocación que Miguel esperaba para actuar:

-Sí Gabrielita, yo solito me basto y sobro … ¿sabés porqué? Porque no haré nada para obligarte, ya te darás cuenta que tengo razón y por eso vendrás el viernes al depósito, después que el personal se haya retirado. Pero te advierto: más vale que seas puntual o te irá peor de lo que te imaginás. No me gustaría agregar la impuntualidad a tu lista de defectos.

-¡Ya podés agarrar una silla y sentarte a esperarme! -fue la airada respuesta de la mujer.

-Precisamente una silla me hará falta para colocarte sobre mis rodillas una vez sentado  Te felicito porque estás entendiendo.

¡Ay, que fastidio! Odiaba a aquel hombre tan seguro de sí mismo, con esa seguridad, virilidad y esos aires dominantes!

Los días siguientes fueron una tortura para Gabriela. Cada vez que se cruzaban, él le susurraba al oido:

-Prepará tus nalgas nena testaruda…

-¡Acordate que te espero en el depósito!

-Las chicas malcriadas merecen unos buenos chirlos en sus colitas

-Hola Doña Caprichitos. ¿preparada para la lección de tu vida?

-Por favor… poné cara de enojada y dame más motivos para tu castigo, sí?

-Conseguite almohadones y cremita, eh? No te vas a poder sentar en todo el fin de semana…

Gabriela no entendía porqué, pero cada vez que oía algo de esto, mariposas le revoloteaban en el estómago. Lo odiaba pero al mismo tiempo sentía una terrible excitación y la cita del viernes no se le podía borrar de la cabeza. Dudaba entre ir o no, no sabía qué hacer. Por un lado, no deseaba dar el brazo a torcer y aceptar que lo que Miguel decía la verdad. Por  el otra parte, anhelaba fervientemente comprobar cómo se sentiría al ser azotada y dominada por un hombre así.

Llegó el día viernes pero las horas pasaban lentas. Evitó cruzarse con Miguel durante todo el día, aunque percibió su mirada penetrante cada vez que se aproximaba a su lugar de trabajo.

Llegó la hora. No quedaba nadie en la fábrica, Gabriela había demorado algunas tareas para tener motivos para dilatar la salida… Miguel decidió sentarse y esperar. Dios lo había bendecido con el don de la paciencia, pero aquella era una ocasión especial y cada pocos minutos miraba el reloj. ¿Qué decidiría Gabriela? ¿Vendría? Estaba casi seguro que sí, pero…

A las 17 horas en punto, Gabriela se plantó frente él. Estaba hermosa enfundada en aquella corta falda color amarillo que realzaba más el tostado de su piel. Blusa y sandalias blancas completaban su indumentaria.

-¡Caramba! La nena será malcriada y caprichosa, pero también es puntual. Eso no te quitará ni un solo azote, pero tampoco le agregará ninguno.

-¿Pero quién te creés que sos?

-Soy el hombre que te quitará la malcriadez.

-¿Ah sí? Bueno, dale! Vení a buscarme –le dijo con una actitud desafiante, mientras le hacía señas para que se acercara.-

¿Qué yo vaya a buscarte? Jajajajajaaaaa… ¡Por supuesto que no! vos vendrás aquí solita, por tu propia decisión, yo no te obligaré a nada que no quieras hacer.

-Ja! Lo sabía… sabía que eras puro blablabla.  Ni vos ni nadie se atreve a enfrentarme.

-Sabés perfectamente que no es eso Gabriela. Acá no se trata de enfrentamientos, sino de disciplina. Vos necesitás que te disciplinen y eso es lo que yo voy a hacer. Pero vos solita te pondrás sobre mis rodillas. Eso significará que entendés que tengo razón y que te hace falta una buena azotaína.

-¡Eso será en tus sueños!

-¡Basta, ya es la hora!  Llevamos 5 minutos de atraso y por cada minuto que me hagas perder te daré 5 azotes extras. Vos decidís. O te vas ahora mismo y todo seguirá igual, o… venís de inmediato a echarte sobre mis rodillas para dar comienzo a tu educación disciplinaria.

Dudó unos momentos. Estuvo a punto de huir, pero… sintió como una fuerza interior que la empujaba hacia Miguel, quien sonrió complacido mientras que acomodaba a su jefa sobre sus rodillas.

-Bien, querida Gabriela, has tomado la decisión correcta –le dijo mientras apoyaba su mano y acariciaba esas deliciosas nalgas que tantas veces había deseado- a partir de este momento comprenderás que no puedes andar por la vida queriendo cumplir tus caprichos y que todo el mundo haga tu voluntad.

La primera nalgada resonó en el depósito y Gabriela saltó por la sorpresa. Pero no tuvo tiempo a recuperarse, porque enseguida cayó la segunda, y la tercera y… sus nalgas comenzaron a arder. No era la intensidad de los golpes sino la frecuencia y ritmo de los mismos: una nalga y la otra, con una pausa de un segundo entre un azote y otro. Sin prisa pero sin pausa.  Los tímidos gemidos de dolor de Gabriela se comenzaban a sentir cuando Miguel le levantó la falda.

-¡Nooooooooo! Pero ¿qué hacés? ¿cómo te atrevés?

-A las niñas caprichosas hay que nalguearlas así –le dijo, mientras seguía repartiendo chirlos a diestra y siniestra- Y si se ponen testarudas y pretenden hacer su santa voluntad como están acostumbradas, entonces se les hace esto –y de un tirón bajó la bombacha inmaculadamente blanca y se topó con un hermosísimo par de nalgas. Eran blancas, casi níveas, “de raso y de jazmín” como dice el tango; nalgas suaves y redondas como dos globos, separadas por un canal que hizo imaginar a Miguel que lo llevaría a los más delicados placeres. Pero ahora debía concentrarse en esas montañas carnosas que estaban comenzando a colorearse.

Gabriela saltó sobre las rodillas y trató de detener la bajada de su última prenda, pero todo fue inútil: la bombacha fue a dar al suelo. Eso no lo esperaba. No imaginaba tal humillación, y trató de taparse con las manos.

-Esto es demasiado humillante Miguel. Pará por favor!

-Lo siento, pero es parte del castigo. Y te sugiero que no te tapes con las manos, porque me veré obligado a atártelas. No te voy a repetir.

Por supuesto que se las ató, y lo hizo con un cordel que tenía preparado en el respaldo de la silla. Y el castigo continuó por más de 20 minutos. Gabriela no podía discernir los sentimientos y sensaciones que la invadían. Era dolor, sí, pero mezclado con placer. Era humillación y sometimiento, pero con sensación de libertad. De lo único que no tenía dudas era de la excitación enorme que sentía, y esa humedad entre sus piernas que no podía evitar. Miguel detuvo el castigo y comenzó a acariciar las nalgas que, aunque rojas y ardientes, todavía resistirían más.

-Bien querida Gabriela… –ella hizo un intento de levantarse, pero él se lo impidió- No te muevas, esto recién comienza.

-¿Lo qué? Pero si ya no puedo más del dolor. ¡Dejame ir ya mismo! Te exijo que me sueltes.

-Vos no estás en pocisión de exigir nada, y no te vas a ir hasta que yo lo decida. Vos quisiste quedarte y eso me da derecho a castigarte hasta que yo crea que es suficiente. Vos, nena malcriada, no decides nada… te entregaste a mí, sos mi responsabilidad y yo te voy a cuidar mientras te enseño disciplina.

Gabriela sintió un sonido que llamó su atención. Él se estaba moviendo demasiado. Intrigada, se dio vuelta como pudo y vió que Miguel se estaba quitando el cinturón.

-Pero… ¿para qué te sacás el cinto? ¿qué vas a hacer?

-Voy a continuar con mi lección de disciplina. Te daré 20 cinturonazos. Y si llegás a protestar… te daré 5 más por cada vez que protestes.

-No podés hacer eso, no tenés derecho

-25

-Dejame ir, desgraciado!

-30

-No quiero que me pegues, animal. ¡Soltame carajo!

-35… y 10 más por la palabrota, o sea: 45 cinturonazos. ¿comenzamos o querés seguir agregando azotes?

Gabriela no contestó. El cinto comenzó a caer sobre su ya maltratado trasero, pero lo soportó estoicamente. A medida que los azotes iban cayendo… su soberbia y prepotencia también comenzaron a caer y las lágrimas rodaban por su rostro. Cuando iban en casi 40 azotes, Miguel comenzó a acariciar las nalgas de esta mujer que había tenido durante aquella tarde, varios actos de sumisión.

Sacó el pote de crema que había llevado y comenzó a frotar aquellas nalgas tan rojas y ardientes. Mientras desparramaba la crema, su dedo mayor aprovechaba para comprobar la humedad de otra zona. Cuando el dedo se acercaba, Gabriela tenía un notorio estremecimiento.

Miguel la miró con ternura y consideró que el castigo, por aquel día, había sido suficiente.

(Continuará)

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