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Nancy, una mujer inalcanzable

Autor: Fer (*)

Promediaba la mañana del viernes cuando Fernando Fústez, posiblemente el más eficiente, voluntarioso y lacónico de los empleados de Pompas Fúnebres El Ocaso Sociedad Anónima, traspuso la puerta de cristal y entró en la recepción del sector de los ejecutivos de la empresa, el coto de caza privado de Nancy, la secretaria.

Nancy…Si alguien le hubiera preguntado a Fernando Fústez cuál era su ideal de mujer, hubiera respondido sin vacilar: “Nancy”.

Nancy, con el enigma de su edad -y ese aire a la vez juvenil y señorial-, con sus trajes de corte, sus blusas blancas, y su gesto ceñudo. Nancy, la eficiencia personificada, la otra cara de la seriedad, con un carácter poco propicio para las familiaridades y nada permisivo para las insinuaciones y las bromas de oficina. Nancy y su misteriosa vida privada. Nadie podía decir que conocía su estado civil, si tenía pareja o si le gustaban las mujeres. Pero todos coincidían en que si en esa oficina había una mujer a la que todos deseaban pero con quien no convenía tener un encontronazo, era con Nancy.

Nancy, la secretaria perfecta para una empresa de estas características, que en ese momento redactaba un correo electrónico, conseguía una comunicación ur-gen-te para uno de los mandamases, y contestaba una llamada por el teléfono móvil, todo al mismo tiempo.

-Me dijo que quería hablar conmigo -dijo, dando por sentado que ella sabía que hablaba de su jefe. Era sabido que en la empresa nadie podía traspasar el virtual muro del escritorio de Nancy quien, como un soldado en su puesto de guardia, decidía quién podía pasar y quién no, lo que la hacía acreedora a la antipatía de casi todos, menos la de Fernando. A él nada de eso le importaba.

El podía mirar un poco más allá y ver a la Nancy de las manos esbeltas, con sus largas piernas exquisitamente torneadas como columnas griegas, su cabello rubio recogido con estudiado descuido, los senos generosos que sólo se adivinaban debajo de la seda cuando se inclinaba sobre el teclado del ordenador, o la forma en que se tensaba la falda en las caderas perfectas, como si hubieran sido moldeadas por un artista del Renacimiento. Algunas veces la había mirado furtivamente por detrás para apreciar una espalda perfecta finalizada en unas nalgas más marcadas de lo que su tipo físico podía indicar, redondas, generosas y muy probablemente duras…Él veía a una Nancy de singular elegancia, de una belleza casi mítica, dueña de una sensualidad felina delatada en el grosor apenas más pronunciado del labio inferior. Una Nancy que disimulaba hábilmente esas pecas que le salpicaban el escote y que olía a perfume francés.

Nancy…¿Cuántas noches se había dormido pensando en Nancy, fantaseando con esa deliciosa mujer totalmente inaccesible para él? Pensaba en tenerla sobre sus rodillas y hacerle entender quién estaba al mando… pero…estaba seguro que ella ni siquiera recordaba su nombre.

Pero esa soleada mañana de viernes, y para su sorpresa, Nancy dejó de aporrear el teclado, lo miró y le sonrió como nunca antes le había sonreído a nadie que él conociera.

-Adelante, Fernando -le contestó, mientras vaciaba el contenido de un sobrecito de edulcorante en la taza de café que tenía sobre su escritorio.
Lo había llamado por su nombre.

Cuando salió del despacho, tras media hora de reunión, ya sabía que ese fin de semana, tenía que llevarse trabajo extra a su casa. Un trabajo sobre la rentabilidad de los ataúdes de cartón prensado para incineraciones”que tiene que estar el lu-nes-sin-fal-ta, Fernando, sé que tú puedes hacerlo”, había dicho el mandamás. Cerró tras de sí la puerta del despacho y no pudo evitar mirar a Nancy que en ese momento estaba terminando de tomarse el café. Ella volvió a sonreírle.

¡Dos sonrisas en un mismo día!

Las mejillas le ardían, como si alguien se las hubiera encendido con un lanzallamas.
-Gracias… hasta luego… -dijo, mirándola de soslayo y enfilando hacia la salida.
Fernando no era precisamente el Rodolfo Valentino de la empresa, aunque tampoco era un timorato con las mujeres. De hecho, había salido con algunas compañeras -ese juego que se conoce como aventuras de oficina-, aunque no se había comprometido en ninguna relación, tal vez por tratarse de una empresa que trabajaba con la muerte, todo se compensaba con un Eros potente que circulaba por sus pasillos, salas de reunión y despacho. Fernando era un asiduo navegador de Internet en busca de mujeres aficionadas a recibir azotes eróticos… si bien, era muy difícil obtener citas por ese medio, debía conformarse con el sexo vainilla. Por lo general, y aunque no se consideraba un galán ni un seductor profesional, no tenía problemas en el trato con las chicas, pero con Nancy…

Con Nancy era distinto.

Cuando se la cruzaba en el ascensor, a la entrada o a la hora de salir, no podía evitar comportarse como un adolescente vergonzoso, que se ruboriza cuando se encuentra frente a frente con la chica de sus sueños. En todo el tiempo que trabajaba en la oficina, y desde la primera vez que la viera, no habían cruzado más que un par de palabras y algún que otro gesto a manera de saludo.

Casi llegaba a la doble puerta de cristal cuando escuchó la voz a sus espaldas:
-Fernando -otra vez su nombre en boca de ella.
-¿Eh? -se detuvo a mitad de camino y cuando se dio vuelta, allí estaba la sonrisa otra vez, envolviéndolo. ¿Lo estaba seduciendo?
-Me dijeron que te las apañas con los ordenadores -dijo ella.
-Emm… sí, algo… -contestó Fernando, con modestia y aturdido por las sensaciones.
-Yo… quería pedirte un favor -aventuró ella-. Bueno, en realidad quiero pedirte un favor.
-¿Un favor? -preguntó Fernando-. ¿A mí?
-Sí. Precisamente a ti -contestó ella con la sonrisa que se empecinaba en su boca, dejando al descubierto sus dientes parejos, con los dos centrales apenas separados, que le regalaba un aire juvenil y los ojos verdes rebosantes de chispitas doradas,
-Bueno, yo… e-este… -vaciló Fernando. Sentía que en el pecho, en vez de corazón, parecía tener un martillo neumático-. ¿Qué favor?
-Podría decirse que es un intercambio -dijo ella.
-¿Intercambio?
-Yo te invito a cenar y tu me revisas el ordenador, que no sé qué problema tiene -le contestó como si hubiera conocido de antemano que él no se iba a negar bajo ninguna circunstancia.

Eran apenas pasadas las ocho de la noche de ese día, cuando Fernando presionó el timbre del portero eléctrico del edificio. Las piernas se le habían hecho de goma. Una brisa fresca hacía ondular la copa de los árboles de la calle donde ella vivía. Le había dado la dirección de su casa esa misma mañana, en la oficina, explicándole que no podía usar ni el correo electrónico ni el buscador y él le prometió llevar los CD para reinstalar los programas, porque debía tratarse de eso, sin duda. En ese momento, cuando ella le entregó una tarjeta en la que garabateó su dirección, el corazón de Fernando empezó a latir demasiado rápido, ahora sentía que en cualquier momento se le iba a escapar del pecho.
Por supuesto, se había olvidado por completo del trabajo sobre las malditas cajas de cartón que tenía que estar el lu-nes-sin-fal-ta
-¿Fernando? -la voz de ella en el intercomunicador, anticipándose a su respuesta.
-Sí, soy yo… Fernando -contestó él.
-Adelante, entra -dijo la voz de ella y un segundo después, el zumbido de la puerta que se abría.

Cuando Nancy abrió la puerta y le franqueó la entrada, se puso en puntas de pie para saludarlo con un beso en la mejilla. Fernando sintió ganas de pellizcarse para comprobar que no estaba soñando, que era la realidad.
Ella estaba envuelta en una bata blanca de toalla, con el cabello todavía mojado y descalza. Como no podía ser de otra manera, tenía unos pies deliciosos. Llevaba las uñas pintadas de rojo y en el tobillo izquierdo una fina pulsera de oro.

Entró al ambiente sosegado, apenas iluminado por la luz difusa de una lámpara de mesa y de otras, estratégicamente ubicadas en el cielorraso. De algún lugar del interior le llegaban los acordes del Adaggio, de Albinoni.
-Discúlpame por el atuendo… pero llegué molida y necesitaba una ducha antes de preparar la cena.
“¿Discúlpame el atuendo? ¿Qué tiene de malo el atuendo?”, pensó Fernando, “¡Está fantástica!”
-No tendrías que haberte molestado -dijo, en cambio, sin moverse del lugar donde se había quedado como petrificado, junto a la puerta.
Nancy estiró las manos.
-¿Te vas a quedar ahí parado con la chaqueta puesta? -había algo de picardía en la pregunta-. Ven, hombre, ponte cómodo.
Lo ayudó a quitarse la americana y con total naturalidad y torpe femineidad le aflojó el nudo de la corbata.
-¿Vemos la máquina ahora? -ofreció Fernando, dejándose hacer.
-Después -contestó Nancy y, con aire divertido agregó-: Ahora, señor Fústez, si quiere acompañarme vamos a terminar de preparar una rica comida y a tomarnos una copa de buen vino. Dime que te gusta el vino, por favor.
-Sí… me gusta el tinto -Fernando, de pronto, se sintió excepcionalmente cómodo.
-Anda, ven y descorcha la botella -lo alentó ella, y en ese momento de alguna manera él supo con toda certeza que esa noche iba a terminar como no había imaginado ni en sus más alocadas fantasías.

Cuando advirtieron que ya era casi medianoche. Habían hablado de todo, menos de la oficina. De ellos, de sus vidas, de algunos fragmentos de sus historias personales. Para entonces, se conocían bastante más y la botella de vino estaba vacía.
-Ay, mira que hora es -exclamó ella-. El tiempo se nos ha pasado tan rápido…
-La computadora -dijo él.
-¿No es muy tarde para que te pongas a trabajar? -preguntó ella, dejando los platos en la pica de la cocina.
-Es un minuto -No pensaba irse de allí, y menos en ese momento-. ¿Adonde tienes el equipo?
En ese instante Nancy se volteó y quedó enfrentada a Fernando a menos de medio palmo. El escote de la bata blanca que olía a acondicionador de ropa, a sol y a mujer, se había abierto y él pudo ver el canalillo de los senos, salpicado de pecas.
-En el dormitorio -dijo Nancy, mirándolo a los ojos. Le tomó la mano. -Vamos -resolvió. La última imagen que recordaba Fernando es que el dormitorio estaba en un entresuelo, una suerte de planta superior, y era un reflejo de la personalidad de Nancy. Cuando subieron por la escalera caracol, ella lo precedió y él no pudo dejar de admirar sus pantorrillas, que remataban en la fina curva de los tobillos, la fina cadenita de oro en el izquierdo. Los rosados talones perfectos, que levantaba ligeramente cuando subía los escalones de madera en puntas de pie. Apreció – valorando – sus bien formado culo que se marcaba deliciosamente. También vio que la computadora estaba en un mueble empotrado en una biblioteca bien provista de libros que cubría toda una pared, junto a la ventana.
-Ahí está -señaló Nancy con un gesto, invitándolo a sentarse en el cómodo sillón de trabajo.
-Es un minuto -dijo Fernando, por decir algo, porque en realidad quería que el tiempo no pasara.
-¿Un poco más de vino? -ofreció ella.
-Sólo si tú me acompañas -aceptó él.

Entonces se puso al trabajo con el ordenador, cargó nuevamente los programas y, contra todo pronóstico, todo funcionó a la perfección.

Le comentó:

– Tienes un poco desordenadas las carpetas de Mis Documentos ¿te ayudo a organizarlas?

Ella contestó afirmativamente, mientras no dejaba de mirarlo algo inquieta.

Al llegar a una carpeta cuyo título era “A. SPK” a Fernando el corazón le dio un vuelco… le preguntó:

-¿Puedo entrar a esta carpeta?

Ella le contestó con un gesto pícaro:

-Mejor que no porque sabrías casi todos mis secretos

Él le dio al doble clic y la sorpresa fue mayúscula al encontrarse con un archivo con cientos de fotos y de clips de spanking…

Ella había bajado la mirada

Y, él con una rapidez de reflejos extraordinaria, le dijo:

– No te preocupes yo también soy aficionado a este tipo de fantasías de azotes

-¿Qué prefieres ser spankee o ser spanker? Porque yo soy spanker…

Ella contestó con gran alivio y naturalidad:

– He jugado en los dos papeles, tengo fantasías de los dos tipos y se puede decir que soy switch

Después, la magia convirtió la fantasía en realidad.

Fernando le dijo:

– ¡Me has provocado mucho y toda tu altanería merece un estricto castigo!

Nancy con una vocecilla apenas audible le susurró:

– No he hecho nada malo, no merezco que me trates así, ¡soy una dama!

Él la tomó fuertemente por la muñeca, la tumbó en un segundo sobre sus piernas y le dijo

– Ahora vas a pagar todo lo que me has hecho sufrir con tu chulería de mujer inalcanzable

Le levantó el albornoz, para su sorpresa llevaba unas bonitas braguitas de encaje estilo culotte, y comenzó a azotarla por encima de su ropa interior. Ella comenzó a protestar, ya con una voz que indicaba que se estaba recuperado y volvía a ser un reflejo de la mujer-diosa que Fernando conocía tan bien. Esto enardeció a Fernando que redobló la fuerza de sus azotes y le bajó las braguitas hasta la mitad de sus muslos.

Ahora ella protestó más enérgicamente diciendo:

-No me hagas eso que es muy humillante, por favor, Fernando…

Él estuvo a punto de caer en la trampa, pero sus reflejos de viejo spanker le hicieron aumentar la intensidad y la cadencia de sus azotes que caían en una y otra nalga y ya comenzaban a enrojecer ese trasero de ensueño.

Durante un largo rato, pese a las protestas de Nancy, la azotaina sobre las rodillas de Fernando siguió su curso, incluso con monotonía, cuanto más excitado estaba Fernando, más sistemáticamente procedía con el castigo.

Finalmente decidió darle una tregua a Nancy, le acarició las nalgas y poco rato después ella ya se estaba riendo. Fernando pensó que ahora vendría la segunda parte.

Entonces la hizo poner de pie, le quitó el albornoz y las braguitas y la tumbó boca abajo sobre la cama, apoyando sus caderas encima de un gran cojín. Rápidamente se sacó la camisa, ya que estaba acalorado y gran parte de su ropa y, aprovechó, para deslizar su cinturón fuera de las presillas.

Sin solución de continuidad, comenzó con el cinturón, con el cual no era tan diestro como con la fusta, pero, lamentablemente no iba preparado, por lo cual se tuvo que conformar con el cinturón.

Iba castigando con energía las nalgas expuestas de Nancy, alternativamente, pese a que algún cinturonzazo caía sobre el último tramo de los muslos de la mujer.

Ahora Nancy se quejaba, pero también jadeaba de forma entrecortada, y se movía inquieta. De cuando en cuando intentaba protegerse con sus manos, pero Fernando se las retiraba inmediatamente y sus trallazos se tornaban más estrictos.

Mientras seguía la “cueriza”, como le llamaban a este tipo de castigo sus amigas de Internet mexicanas, Fernando atisbó con el rabillo del ojo sobre el tocador de Nancy un gigantesco y tradicional cepillo de pelo. Le dijo:

-Esto no se ha acabado, tengo que tener la certeza que te llega el mensaje que te estoy enviando… solo te dejo un minuto de descanso…

Tomó el cepillo, cambiándolo por el cinturón y recordó el manejo de este instrumento casero pero agradecido.

Ella no se había percatado del cambio y fue sorprendida por el primer golpe de cepillo al cual siguieron al menos un ciento… fue una larga sesión de azotes…

Fernando percibió como su sexo, rasurado sobre los labios, .estaba húmedo desde el inicio del correctivo con el cinturón, pero al llegar al cepillo ya desbordaba y la humedad, ya no era un simple rocío sino un minúsculo manantial de carne rosada y palpitante. También Fernando tenía una erección pétrea…

Fernando decidió entrar en la fase de consuelo y mimos, muy bien aceptados por Nancy que cambió su actitud inicial de spankee rebelde por un comportamiento, primero de mayor sumisión y luego muy mimosa. Finalmente se mostró como toda una mujer anhelante de locuras sexuales.

La hizo ponerse en pie y observó el cuerpo rotundo de una bella mujer madura. Los senos más que generosos, con los pezones erectos y las areolas pequeñas y rosadas, y la forma en que se le erizó la piel cuando la rozó con los dedos.

Las manos de Fernando no podían dejar de tocar esa piel que se le antojó de seda; de sopesar los senos, acunándolos para rozar con sus labios los pezones. En algún lugar de su memoria recordaba que mientras la besaba -la adoraba, para ser justos-, le decía cosas y que Nancy le sonreía y entrelazaba sus dedos en el pelo y también le decía algo que lo excitaba.

Hasta que fue el turno de ella, que también le susurraba al oído que lo había deseado tanto, aunque ahora le doliera un poco, mientras le bajaba el cierre del pantalón, dejando que él la explorara y la reconociera.

Y en el momento siguiente ambos estaban en la cama, los cuerpos entremezclados, besándose en la boca, jugando con sus lenguas, mirándose a los ojos, disfrutando el haber llegado a lo que ambos buscaban: el final del camino.

Fernando se excitaba acariciando su culo, aún muy caliente por los azotes recibidos.

Fernando gozaba por sí mismo y por tener a Nancy así de excitada, retorciéndose de gusto, pidiéndole que no dejara de acariciarla y que no dejara de tocarla, que siguiera acariciando y besándole los senos, que la reconociera.

Nancy…Tal como se la había imaginado, como la había vislumbrado bajo la apariencia de seria eficiencia. Una mujer entregada y demandante al mismo tiempo, que en cierto momento le prohibió moverse y fue deslizando su lengua por el torso y el vientre, hasta llegar a su sexo, donde se dedicó de pleno a darle placer. Activa, vehemente, posesiva y experta, lo llevó hasta la explosión final y bebió de ése manantial el néctar ligeramente dulzón que brotaba del cuerpo de Fernando.

Después se abrió a él, y pidió reciprocidad, ofreció su propio pozo de delicias para que él saciara la misma sed que la había cautivado. Y cuando él se hubo y la hubo saciado, lo apremió para que se deslizara adentro y lo aceptó, lo capturó y ambos se permitieron llegar a las más altas cumbres del placer, y se entregaron al vértigo del orgasmo y después, sudorosos y agitados, se abrazaron pero por un breve instante, porque sin darse cuenta casi, habían comenzado de nuevo. Y otra vez. Y otra… El domingo, cuando el sol como un disco de fuego se escondía entre los edificios de la gran ciudad, ya habían pasado dos días con sus noches encerrados, dedicados por completo y exclusivamente al amor.

Habían cocinado juntos. Se habían sumergido juntos en la gran bañera para tomar dejarse relajar entre aceites y sales, para volver una y otra vez a explorar nuevas formas de placer, el regocijante ejercicio del amor. En ningún momento se vistieron. Disfrutaron del andar desnudos por el piso, con esa naturalidad que da la intimidad conseguida a pura pasión descubierta y desatada.

Hubo otra deliciosa sesión de azotes y sexo, más sexo, sexo del bueno… Para ambos todo esto era como un sueño lejano hecho realidad. Hablaron entre azotes y sexo, entre sexo y azotes, hablaron y hablaron. Cómo había surgido en ellos el gusto por los azotes, los compañeros de juego que habían tenido. Nancy le confesó que durante muchos años había azotado a una sobrina segunda que estuvo viviendo en su casa mientras estudió la carrera de Derecho. Y por supuesto hablaron de la gran dificultad que representa conseguir compañeros para estos juegos. Ambos se confesaron mutuamente que solo esperaban buen sexo vainilla, pero que la suerte les había permitido a ambos mostrarse tal cual eran.

Jugaron a muchos juegos prohibidos, especialmente cuando ella abrió su armario y de un neceser tipo Samsonite con combinación extrajo todo tipo de juguetes sexuales. Nancy le confesó a Fernando que los plugs eran sus predilectos, en posición OTK,  Fernando no tardó en irle insertando de forma gradual los tres plugs que componían el juego, cuando el de más grueso calibre estuvo insertado, la azotó con una zapatilla y cuando su culo volvió a estar rojo como un tomate, la colocó a cuatro patas y extrajo el plug y gracias a la dilatación lograda la sodomizó de un solo golpe, ella no tardó ni un minuto y medio de movimiento sincronizado, en tener un orgasmo explosivo y profundo. Unos minutos después, Fernando también llegó a un orgasmo termonuclear dentro del canal más estrecho de Nancy. Verdaderamente ella rindió honor a su confesión de ser una mujer “muy anal”.

Sólo una inquietud vino a perturbar ese fin de semana idílico.

Fue cuando tomaban un último bocado en la cama -casi no se habían podido despegar de ese terreno sagrado del amor que era el somier-, mientras miraban una película de spanking bajada de la red.

-¡Uh! -exclamó de pronto Fernando, chasqueándose la frente.
-¿Qué? ¿Qué ocurre, querido? -preguntó Nancy, tomada por sorpresa.
-El trabajo… el maldito trabajo sobre la rentabilidad del nuevo producto.
-¿De qué trabajo me estás hablando?
-El que me encargó tu jefe, el de los ataúdes de cartón,cuando tuve la reunión con él… el viernes.
-¿Qué pasa con el trabajo? -se interesó ella, dejando la copa de vino en la mesa de luz.
-Que no lo hice -dijo él.
Nancy retiró la bandeja que estaba entre ellos.
-¿Qué? ¿No te das cuenta que mañana no sé qué voy a decirle? -insistió él.
Pero la mano de Nancy se había apoderado de su hombría, que rápidamente volvió a despertar.

Nancy no le contestó. En sus ojos brillaban esas chispitas doradas de picardía que él había descubierto en sus ojos, se mordió ligeramente el labio inferior y asomó su hermosa lengua entre los dientes.

Un instante después de montarse a horcajadas y hacer que él se deslizara en su carne, con sus generosos senos salpicados de pecas rozándole las mejillas, y cuando ya volvía a entregarse a la mujer, escuchó que ella decía:
-Déjalo por mi cuenta, yo lo soluciono. Olvídate de ese trabajo y dedícate a éste…

Cuando, exhaustos, por fin se durmieron el uno en los brazos del otro, empezaba a clarear un nuevo día.

 

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