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Memorias de un spankee VI

Autor: Cars

Hoy desde mi soledad, mientras me dirijo a un piso vacío, tan vacío como mi existencia, me doy cuenta que aquella noche cambió todo. Desde mi percepción de la vida que tenía en ese instante, hasta los sentimientos que siempre había tenido en lo más profundo de mí. Aquella noche los fantasmas que siempre había tenido en lo más profundo de mi ser se disponían a salir, a invadirme y a intentar derribar lo que era y en lo que creía. En aquellos momentos en los que estaba en la cocina, ajeno a lo que ocurría, a mi alrededor todo se estaba orquestando para que nada volviera a ser como antes. Y creo que a lo que llegado, los acontecimientos que me han llevado a esta devastadora soledad comenzaron a fraguarse en los mismos minutos en los que yo estaba preparando aquella cena.

Una cena que por otro lado fue del total agrado de mi Ama y de su tía. Ambas mujeres me felicitaron y yo -no me avergüenza reconocerlo- me sentí orgulloso de esos halagos, aunque en realidad de lo que me sentía sumamente dichoso era de haber echo feliz a mi ama. -Termina de recoger esto y ven para el salón.- me dijo mientras se levantaba junto a su tía. En pocos minutos estaba de rodillas junto al sofá en el que se sentaba mi ama. Tímidamente recosté mi cabeza sobre su regazo, y sentí el tibio tacto de su mano acariciando mi cabeza. Esos eran los instantes en los que yo me sentía más unido a ella. No necesitábamos las palabras, los gestos eran nuestro mayor vehículo para mostrar nuestros sentimientos. -Andy, trae el cinturón que esta en el cuarto.-  Aquella orden me sacó de mis pensamientos, la mire con cierta incredulidad.

-¡Vamos! -Me gritó al tiempo que me daba una pequeña bofetada- ¿No me has oído?

-Sí, mi AMA, -alcance a decir al tiempo que me levantaba y me dirigía al cuarto.

-¡Si quieres que esto salga bien, debes usar un poco más de mano dura!

-Vamos tía, no me calientes la cabeza.

-¿Pero que te pasa? Te aseguro que no te reconozco. De verdad crees que ese muchacho es lo que buscas.

-Sí, estoy segura. El me ama y hará lo que yo le diga, -yo iba a entrar en el salón, pero me detuve, necesitaba seguir escuchando lo que aquellas mujeres decían- Además, yo también le quiero. A su ritmo y a su manera se está entregando a mi, y no voy a rechazarlo ni a forzar su aprendizaje.

-¡Veremos que dicen las demás!

-Las demás no tienen nada que decir. Cuando él esté listo lo presentaré y  no me defraudará.

-¿Y si lo hace? -Ana alzo la voz.- ¿Y si no pasa la prueba?

-Tía te quiero mucho, has sido casi una madre para mí, pero te voy a decir una cosa, -Mi ama se puso de pie y se colocó delante de ella- Nunca me hagas escoger entre él y el grupo. Ni tú ni nadie, porque perderéis.

-Nadie te obliga a escoger, pero te recuerdo que no es un club del que te puedas dar de baja. Eres lo que eres y quien eres. Y no puedes renunciar a eso ni por él ni por nadie. Así que te recomiendo que estés totalmente segura cuando le presentes porque no te puedes permitir que fracase.

Aquella conversación me estaba llenando de gran inquietud, y dado el cariz que estaba tomando opte por entrar en el salón. Apuré el paso y me puse a su lado.

-¡Tome mi ama! -Le extendí el cinturón.

Ella me miró a los ojos, nunca antes la había visto con aquella mirada: era fría, distante y perdida en un mar de pensamientos cargados de dolor a los que no sabía como acceder. El rostro por primera vez parecía el de otra persona, apretaba los dientes intentando contener una ira que amenazaba con arrasar todo a su paso.

-Dáselo a ella.- Me indicó, al tiempo que me cogía de la muñeca y tiraba de mí hasta llegar a la mesa del salón.

-¿Adonde fuiste a por el cinto? ¿A Roma?- Me dijo durante el corto trayecto hasta la mesa. Intente excusarme, pero ella me lo impidió con un cortante -¡Cállate!

Después se sentó en la mesa y me coloco entre sus piernas. Yo estaba desnudo a excepción del delantal que solo me cubría la parte delantera. Mi ama una vez me tuvo colocado se encargo de sacármelo, dejándome totalmente desnudo.

-Creo que cuarenta azotes serán suficiente castigo por haber faltado a su palabra. ¿No crees? -Dijo Ana mientras se acercaba a nosotros y doblaba el cinto en tres vueltas.-

-¡Que sean veinte tía! Y solo dos vueltas al cinto por favor.

La tensión entre ambas mujeres iba en aumento. Yo estaba en medio de una contienda que no entendía, pero que me llenaba de gran nerviosismo.

-¿Si quieres lo dejamos para otro momento en el que estés de mejor humor?- Aquella pregunta iba cargada de una gran dosis de rabia.

-¡A mi humor no le pasa nada! -Le replicó mi AMA.- Es tu castigo, y siguieres esperar a otro día pues que así sea, pero seguirán siendo veinte y con solo dos vueltas de cinturón.

El primer azote me sobrevino por sorpresa. Mi ama pegó mi cuerpo al suyo en un abrazo que me obligaba a inclinarme hacia ella, por lo que mi trasero quedaba expuesto al cinto que caía sin piedad sobre mi piel ya enrojecida por el castigo anterior. Sentí un beso en mi cuello, era solo apenas una caricia, pero se repitió tras cada azote. Mis manos descansaban sobre los muslos de ella, sentía el calor de su piel, el tacto de sus manos en mi espalda y el tibio roce de sus labios en mi cuello. Aquel contraste de sensaciones provocó en mí una terrible excitación. Me sentía vulnerable, pero al mismo tiempo protegido por los brazos de mi ama. Los azotes se sucedían con un ritmo casi constante. Fue cuando estaban llegando a su fin cuando noté algo frío en mi hombro, pequeñas gotas de agua caían también constantes. Ese echo me llenó de turbación. Aquellas lágrimas que derramaba mi ama eran algo que no llegaba a entender. Lloraba por el castigo o por haberse enfrentado a su tía. Seguramente si los acontecimientos de aquella noche no se hubieran desarrollado de la forma en que lo hicieron se lo hubiera preguntado. Pero casi con el último azote, el timbre de la puerta nos distrajo a todos de cualquier pregunta.

-¡Yo abriré! -La voz de Ana sonó con gran determinación, y no dejo lugar a discusión. Con rapidez se dirigió a la puerta.- ¡Pasad! Os habéis adelantado

Yo no salía de mi asombro. En pocos segundos dos mujeres entraron seguida de Ana que cerró la puerta. Yo consciente de mi desnudez solo alcance a ponerme detrás de mi ama, quién se había levantado de la mesa para recibirlas.

-¡No os esperaba hoy! -La voz de mi ama parecía cargada de gran tristeza.- Pero sed bienvenida.

-¡Vanesa querida! -Comenzó a decir una de ellas.- Espero que no te moleste, le dije a tú tía que aprovechando que ella venía te haríamos una pequeña visita. Y así conoceríamos a tu nuevo amigo.

-¡Carol! Tú nunca molestas. -Ambas mujeres se dieron un beso al tiempo que se separaba de mí.

-¿Es él?

-Sí

-¡No parece tan….! ¡No sé, no te pega nada! -Le susurró con el volumen de voz justo para que yo le oyera.

En esos momentos, me sentí muy incómodo. Las recién llegadas me miraron y observaron como si se tratase de un animal. Pero lo que más me descolocó fue la impasividad de mi ama ante tal acto. Carol era la que llevaba la voz cantante, su actitud era arrogante y un tanto despectiva. No era una mujer muy alta, el pelo muy corto y rubio le daba un aire aniñado aunque una mirada exhaustiva al rostro descubría el paso de los casi cuarenta años que tenía. Vestía un traje gris y unos zapatos negros, sin medias. La otra mujer era más alta y delgada, su nombre no consigo recordarlo, pese a que la volvería a ver en un futuro no muy lejano a aquella noche. Tenía el pelo negro que caía sobre sus hombros. Llevaba unos vaqueros y un jersey de cuello. Lo que me llamo más la atención de ella fue sus ojos. Eran azules, un azul claro como el del cielo. Casi diría que hería al mirar fijamente a ellos. Tras unos minutos más de saludos las cuatro mujeres se sentaron en el salón. Yo permanecí de pie, observándolas en silencio.

-¡Vanesa! -Le dijo Carol señalándome.- ¡Ese perrito que tienes como compañero! ¿Podría traernos un café?

-¡Andy, trae café! -Yo permanecí de pie, inmóvil la rabia que sentía apenas podía controlarla.

-¡Querida tienes que llevarlo al médico! Has recogido a un perrito sordo. -Todas las mujeres salvo Vanesa estallaron en una sonora carcajada. Yo miré a mi AMA, y entendí perfectamente que con su mirada me pedía que obedeciera. No era una orden, sino más bien una sutil insistencia, pero yo tenía demasiada ira como para atender a ese reclamo.

-¡Escúchame señora! -Le grité mientras que me dirigía hacía ella.- No le consiento que me hable así. No sé en que mundo vive pero si vuelve a dirigirse a mí de esa forma la sacaré de esta casa a patadas.

El silencio cayó pesadamente sobre todos como una lápida de mármol. Ana abrió los ojos hasta el punto de querer salir de sus cuencas. Carol se levantó de golpe del sofá como si le hubieran pinchado con un alfiler. Por un momento mi desnudez -que me había tenido cohibido durante un tiempo- desapareció de mí mente.

-¿Cómo te atreves? -Me gritó Carol.- ¡No me dirijas la palabra y trae el café de una puta vez!

-Si quieres café -le rebatí- tienes dos opciones, te vas al bar y te lo tomas allí o vas a la cocina y te lo preparas tú misma. Porque si esperas que yo te lo traiga….

Carol tuvo la intención de avanzar hacia mí, pero Vanesa se interpuso entre ambos en ese instante.

-¡Siéntate, yo lo arreglaré!- Le dijo a Carol. Después se giró hacia mí. Nuestras miradas se clavaron. Y nuevamente el silencio campo a sus anchas. Mi ama espero hasta que Carol se hubo sentado para dirigirme la palabra.

-¡Sé lo que piensas, sé lo que sientes! -Intenté hablar pero ella puso un dedo en mis labios y me lo impidió.- Este encuentro no tenía que haberse producido hasta que hubiéramos hablado. Hay cosas que no te he dicho, -guardó silenció, parecía estar buscando las palabras adecuadas- y que te debería a ver contado, pero ahora solo puedo pedirte que vayas y traigas café. Después hablaremos de todo, pero éste no es el momento, ni la situación. No te imaginas lo que me duele esto. Pero… ¡Andy, trae café!

-¿Y si no lo traigo?

-¿De veras me vas a obligar a contestarte?

Un mar de lágrimas estaba luchando por derramarse de aquellos ojos que me miraban con desesperación. Yo me encontraba envuelto en una extraña nube. En esos momentos no era más que un zombi, cuya voluntad estaba agonizando. Con un tremendo dolor, me encamine a la cocina y comencé obedecer la orden más amarga que jamás antes había recibido de mi ama.

-¡Ninguna de ustedes debería hablar con él hasta la presentación oficial! -Le dijo mi ama nada más salir yo del salón a las mujeres que la acompañaban.-

-No es inusual ni inapropiado visitas antes de la ceremonia. -Protestó Carol.- Tú misma has hecho este tipo de visitas. Ahora no te puedes oponer.

-Me opongo a las formas. Me opongo a que se haya producido a mis espaldas y sin aviso. ¡A eso me opongo! Y te aseguro que me encargaré de que esto se sepa en la asamblea.

Cuando entré con él café, todas se callaron, con el pulso tembloroso por  la humillación que me suponía la situación, comencé a servirlo.

-¡Te cuidado perrito! -Me dijo Carol.- ¡No tires el café!

-¡Una palabra más, solo una! -Mi mirada se endureció.- Te juró que si vuelves a dirigirme la palabra una vez más, saldrás a tanta…

-¡Andy! -Me gritó Vanesa.-

-¡Qué! Te respeto y te quiero, -Me encaré a ella, mientras que las palabras salían de mi boca casi a empujones.- He traído el puto café, pero si vuelve a insultarme, la sacaré de aquí a patadas. Cueste lo que me cueste.

-Vete a la cocina, y no salgas hasta que yo te llame.

-No pienso aguantar….

-¡A la cocina! -Me grito mi ama.

Yo nuevamente volví a obedecer. Aunque me moría por dentro permanecí en la cocina maldiciendo mi actitud. Unas veces por la sumisión que estaba mostrando, y otras por haberme enfrentado a mi AMA. Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando sonó la alarma de mi reloj. Eran las doce de la noche. Me acerque al cuarto y me puse un chándal, después regresé al salón. Cogí el arma del cajón y me acerqué a mi AMA. Ella hizo el ademán de recriminarme no solo haber salido de la cocina sino haberme vestido sin su permiso, -tengo que hacer la ronda de vigilancia- le susurre aplacando cualquier protesta. Ella asintió y yo me encaminé a la azotea del edificio. La noche estaba tranquila. Tras echar un vistazo al barrio me tome unos minutos para disfrutar de la soledad que sentía. Miré los coches aparcados en fila. Al ver un Land Rover plateado me di cuenta que siempre quise tener uno, pero que nunca me había decidido a comprarlo. Esa noche tomé la determinación de hacerlo. Apenas sin darme cuenta habían pasado treinta minutos. Bajé a la vivienda, y cruce el salón para depositar el arma en el cajón. Vanesa se levantó en ese instante, la vi de reojo, estaba delante de la ventana. Fue como los flashes de una foto. Escenas que me asaltaron a la mente. La miré, el tiempo pareció ralentizarse. Todos mis músculos se tensaron y mi mano de forma instintiva amartilló el arma al tiempo que corrí hacía ella.

-Al suelo- Grité en el mismo instante en el que mi hombro empujaba a Vanesa. Mi mirada se dirigió hacia el Land Rover que había llamado mi atención, ahora me maldecía por no haberme dado cuenta antes, ¡la ventana de atrás no tenía cristal! De ese lugar salio -en el mismo segundo en el que mi cuerpo tocó a Vanesa- el fogonazo precedido del estallido agudo del disparo que resonó en la noche como un cañón, rasgando el silencio que la envolvía. Oí el cuerpo de mi ama chocar contra el suelo, y mientras el mío caía tras ella, mi dedo presionó cuatro veces el gatillo de mi arma. Cuando toque el suelo, me giré para cubrirla. Permanecí unos segundos inmóvil, recorrí la estancia con la vista, Ana y las otras dos mujeres estaban sollozando en el suelo. Miré a Vanesa.

-¿Estas herida?- Le susurré.

Ante su negativa, revisé mi arma y rodé hasta la puerta. La abrí y saltè a los setos de la entrada, unas sirenas se comenzaron a oír entre las calles. Con rapidez, corrí entre los coches aparcados, hasta llegar al vehículo desde el que se realizó el único disparo. Dentro un cuerpo permanecía inmóvil sobre un fusil con mira telescópica aun caliente. Le apunté, le grité que levantara las manos, pero no se movió. Con sumo cuidado y sin dejar de apuntarle, le busqué el pulso. ¡Estaba muerto! Tres de los cuatro disparos que efectué estaban en su pecho.

Un extraño frío me invadió. Nunca antes había disparado contra una persona. Y aquel cuerpo inerte me producía una extraña sensación. Era un asesino, y si yo, no le hubiera matado, seguramente él sí lo hubiera hecho, pero al margen de eso, era un ser humano al que yo le había arrebatado la vida, y eso era algo para lo que no encontraba la forma de afrontarlo. Un extraño sentimiento aprisionó mi pecho. Mis ojos se clavaron en aquel hombre que había intentado arrebatarme la vida, y sin embargo no era capaz de sentir otra cosa que no fuera pesar por haber sido yo el que se la arrebatara a él. En pocos minutos la calle se llenó de coches y de policías. Después, vinieron las declaraciones y la espera hasta que a las cinco de la madrugada, el juez ordenó el levantamiento del cuerpo.

Tras unos pocos minutos más, Vanesa y yo nos quedamos solos. Casi sin decir una palabra nos acostamos, nos besamos y nos acariciamos hasta que el amanecer nos sorprendió abrazados. Por un momento volvía a sentir paz y serenidad. Allí con mi cabeza en su pecho sintiendo el rítmico golpeteo de su corazón encontré la calma que había perdido esa noche.

Los días se sucedieron, y dieron paso a las semanas, y aquel incidente fue perdiendo protagonismo en nuestras vidas privadas, no así en mi trabajo, ya que aquello le daba otro enfoque al asunto, y además abría unas vías de investigación nuevas. Antes de poderme dar cuenta, nos encontrábamos en vísperas de la boda. Mi ama se había encargado de todos los detalles con su tía, a la que yo no había vuelto a ver desde aquella noche. La ceremonia se celebraría el domingo, y el viernes yo aun no había ido a recoger el traje con el que me iba casar. Lamentaba muchas cosas en ese momento, pero lo que más me preocupaba es no haber podido encontrar a los que intentaban acabar con la vida de mi AMA.  Estaba inmerso en esas divagaciones, cuando un claxon me sobresaltó. Miré a mi espalda y pude ver a Vanesa en su coche con una amplia sonrisa.

-Sube te llevo

-Voy a buscar el traje, aun está en el sastre.

-¡Qué subas! -Me repitió.- El traje ya está en el maletero.

Con gran asombro subí al vehículo, asegurándome que nos seguía el coche de escolta. Ella me beso y emprendió la marcha por las calles hasta salir de la ciudad. Intenté preguntarle por el destino, pero ella permaneció en el más absoluto silencio. Tras casi una hora de camino por carreteras secundarias, llegamos ante un pequeño hotel de montaña que se encontraba en medio de un pinar.

-¡Tenemos que hablar de algunas cosas antes de la boda! -Me dijo al fin mirándome fijamente.- Lo he estado aplazando pero debes saberlo antes de dar el sí el domingo.-

-¡Mi Ama! -Alegué.- No necesito explicaciones, no hay nada que me haga cambiar de idea.

-No son explicaciones Andy. -Su voz se endureció.- Son cosas que debes conocer de mi circulo de amistades. Compromisos que he adquirido y que tú debes estar dispuesto a asumir. Así que no me repliques. Saca el equipaje del maletero y ve para la recepción.

-¡Si mi AMA!

Los trámites me llevaron unos minutos. Después, me encaminé al ascensor, entré en la suite y acomodé el equipaje. Tras un echar un vistazo a la habitación comprobé que todo estaba en orden. Mi ama llego justo cuando estaba terminando de preparar el baño.

-Ven al baño conmigo. Hoy me frotarás la espalda.- Me susurró al oído y entró en él dejándome atrás una sonrisa y su sugestivo guiño.

El agua estaba tibia, y nuestros cuerpos se estremecieron al entrar en aquel jacuzzi. Mi ama me rodeó con sus brazos, mientras que yo me recostaba en su pecho. Sentir sus senos firmes y el bombeo de su corazón que retumbaba en mi espalda me produjo una cierta excitación, y una paz aún mayor. Cerré los ojos. Me concentré en sentirla junto a mí. Su tacto, su aliento y el roce de sus cálidos labios al besar mi cuello. Con suavidad pasó su mano por mi pecho, por mi costado. Aun me estremezco al imaginar el roce de sus manos en mi piel.

-¡Hoy quiero que hagas algo! -Intenté girarme para mirarla, pero ella suavemente me guió con sus manos en mi cara para que mirara adelante.- Tienes que redactar un documento, en el que expreses tus límites.

-¿Límites?

-¡Sí! Quiero que delimites tu entrega hacia mí. -guardó silencio, como esperando un comentario.- Expresa hasta donde quieres llegar, los castigos que soportarás y los que no quieres. Define lo más concisamente que puedas hasta donde quieres llegar, que es lo que nunca aceptarás. Escoge también algunas palabras de seguridad, para hacer notar que deseas poner fin a una situación.

-¡Mi ama me conoce mejor que yo mismo en esa materia! ¿Por que necesito escribirlo?

-Primero por que te lo ordeno, -a esta aseveración le siguió una pequeña bofetada, y un beso en el cuello.- Y en segundo lugar porque una vez que nos casemos nos relacionáremos con alguna personas, y ellas necesitan conocer esos protocolos para no excederse en el trato contigo.

-¡No sé si lo entiendo!

-Mira, yo pertenezco a un grupo o sociedad -llámalo como quieras- de AMAS, hablamos e intercambiamos experiencias y anécdotas. Y en ocasiones, en algunas reuniones también permitimos que nuestros sumisos reciban algún que otro castigo de otra AMA. -La miré con asombro.- ¡No te preocupes! No suele ocurrir, pero cuando esa situación se da, necesitamos conocer las limitaciones de las personas que participan. Normalmente siempre puedes negarte a asistir.

-¿Normalmente?

-Sí, sólo en una ocasión debes ir aunque no lo desees. En los primeros doce meses después de nuestra boda, asistirás a una especie de ceremonia de presentación. Allí el resto de AMAS te conocerán, y jugarán contigo. En el futuro antes de que llegue el momento te explicaré con más detalles esa ceremonia.

-¿Y si no quiero ir?

-Entonces no podremos casarnos. -Su voz era determinante.- Nuestra relación finalizará en ese momento.

-¡No me parece justo!

Ella se movió hasta quedarse delante de mí. Por un instante permaneció en silencio como buscando las palabras. Yo le sostuve la mirada. Me sentía extraño, recordé a las mujeres que nos visitaron y la forma en que me trataron. Rechazaba de plano aquel trato, y ofrecerme voluntariamente para ponerme en sus manos me resultaba repugnante. Por un momento pensé que mi AMA nunca iba a romper aquel silencio.

-¡Andy! -Dijo al fin.- Entiendo tus reservas, pero te recuerdo que te avisé. Mucho antes de llegar a éste punto, te dije que para mí esto no era un juego, sino una filosofía de vida. Nunca te obligué a aceptar nada, si sigues  a mi lado es porque lo deseas, y si así lo decides puedes salir de mi vida de la misma forma. -Me miró con una extraña mezcla de firmeza y ternura. Sus manos cogieron las mías.- Quiero que entiendas algo, y que no tomes mis palabras como una coacción. Pero consideraré tu negativa como una tremenda jugarreta. Me has hecho creer que tu determinación de servirme era cierta, y me he enamorado de ti en parte por tu entrega. Nunca hubiera permitido que mis sentimientos llegaran hasta éste punto de haber imaginado que ahora ibas a dar la espalda a mis deseos.

-¡No es eso mi AMA! Es que lo que me pides es nuevo para mí, y no me apetece ser tratado por un puñado de mujeres como un animal. Contigo es distinto, en ti confío y sé que nunca me dañarás. Que te importo y que nos dirigimos hacia un lugar juntos. Pero ahora me hablas de otras mujeres, a las que apenas conozco, y a las que sí conozco, desearía no haberlo hecho.

-¡He dicho que te entendía! -Me interrumpió.- Pero eso no cambia nada. Lo que te pido es que confíes en mí. Y que me creas, cuando te digo que ni yo ni nadie te dañaran.

-Tengo que pensarlo -Musité.

-Como quieras -Se volvió a recostar donde estaba antes.- Vete. Quiero terminar el baño sola. Sal y piensa todo lo que quieras.

Salí del agua y me sequé, mientras sentía la indiferencia de la mujer a la que amaba y nuevamente sentía que la había defraudado.

-Cuando salga del baño, tienes que tener una respuesta. Redacta lo que te he pedido en los términos que deseo o recoge tus cosas y márchate. No hace falta que te despidas.-Aquellas palabras me helaron la sangre. Permanecí en pie, con la mano en el pomo de la puerta y la cabeza baja. Sentí una extraña sensación de soledad. Me giré para decirle algo, pero su indiferencia era tan notable que no me atreví. Lentamente salí de la habitación. Me senté en la cama. Miles de ideas me asaltaban sin orden. Tras unos minutos comencé a sacar la ropa de los cajones donde los había colocado sólo unos minutos antes. Cuando la maleta estuvo llena, la cerré y me quede nuevamente en silencio. Mirándome las manos. No sé en que momento mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentía deseos de vestirme y alejarme de aquella habitación.

*************

Veinte minutos después, la puerta del baño se abrió. Vanesa entró en la habitación. La sintió vacía. Miró el armario. Los cajones estaban abiertos, y faltaba alguna ropa. Caminó lentamente, pisando con miedo la moqueta. Sus ojos escudriñaron cada rincón. Una oleada de frío la hizo estremecer. Se llevó la mano a los labios, e hizo lo imposible para que un mar de lágrimas que pugnaban por salir, no inundaran sus ojos. El pelo aun mojado empapaba su espalda, y sus pies dejaban una huella humedad por la estancia. Miró hacia la puerta, estaba entreabierta. Una maleta permanecía inerte, a la espera de que la recogieran. Unos folios blancos llenaban la mesa, en la que habían sido colocados.

Por un momento se sintió desmayar. Se apoyo en uno de los postes de la cama que sostenían un techo de raso. Entonces apretó los dientes y se dijo así misma que era mejor así. Después se volvió y se dirigió a la puerta. Miro la maleta. La rodeo y abrió más la puerta. Cuando la cerró tras colocar el cartel de “no molestar” se sintió vacía. Por primera vez, toda la seguridad que siempre le había rodeado, se desvanecía bajo sus pies quebrándose igual que haría el vidrio. E igual que él, los trazos rasgaban su interior provocándole un dolor desconocido hasta entonces. Su cuerpo se fue deslizando hasta el suelo, mientras que un intenso llanto se abría paso. En esos momentos se maldijo. Se maldijo por haberse vuelto vulnerable, por haberse puesto en esa posición. Y lo que era peor. Por haber entregado su corazón para que lo rompieran en cientos de trozos. La soledad que ahora la envolvía, amenazaba con arrojarla a la locura. Por primera vez, sus deseos no se verían cumplidos. El se había ido,  y aunque lo deseaba con todo el corazón no volvería. Ella se había encargado de ponerlo en una situación en la que una vez tomada la decisión no cabía la posibilidad del retorno. Ya que si eso ocurriera implicaría que uno de los dos habría renunciado a su postura.

Ella no lo podía hacer, no lo deseaba hacer. Y esa determinación la condenaba a esa soledad que la abrazaba con su gélido manto. Reclino la cabeza sobre sus brazos. -¡No llore, mi AMA! -Oyó en medio de su llanto. Vanesa levantó la vista. Le miró. Era él, ¡no se había ido! Estaba allí con el torso desnudo y la toalla en la cintura, sentado en una silla con un papel en las manos. Con cierta lentitud, aparto las lágrimas que empañaban la visión.

Me iba a ir, -comenzó a hablar aquel hombre que la contemplaba en su dolor.- te aseguró que me iba a marchar. Pero fui incapaz de vestirme. Mi mente me empujaba, me gritaba desde lo más profundo de mí ser. -Guardó silencio mientras que sentía como un torrente de lágrimas corrían por su mejilla.- Pero no tenía donde ir. Tú eres todo para mí, te he dado hasta la más mínima porción de mi alma y de mi corazón. Y el solo pensamiento de alejarme de ti, de no volver a mirarme en tus ojos. Me sumía en la más despiadada de las torturas. Renunciar a tus caricias, a tus besos y a todo el universo de sensaciones que has abierto ante mí, me destrozaba. He llegado hasta aquí, y ya solamente puedo seguir adelante. Todo lo que había a mi espalda ha ido desapareciendo, y ahora sòlo existes tú. Mi vida, mi amor, todo lo que siento y lo que amo eres tú. Soy tuyo desde el mismo instante en el que me miraste en aquel bar. Yo soy tuyo y tú eres mi AMA. Y ya no podría vivir sin ti.

Mientras que hablaba, ella se había ido acercando a él. Cuando levantó la vista se encontró con la de ella. Una leve sonrisa afloró a sus labios. Vanesa cogió el papel de sus manos. Lo leyó. Después se acercó más aun poniéndose entre sus piernas, él la rodeo con sus brazos, y recostó su cabeza en su vientre. Ella dejó caer el papel que se meció suavemente hasta quedar inmóvil a sus pies. Después lo abrazó con ternura. Lo pegó a ella mientras que ambos sintieron como una oleada de serenidad les liberaba del peso que la idea de la separación les había echo sentir. Durante aquellos minutos todo a su alrededor despareció. Nada existía fuera de aquel abrazo que le unía y les hacía sentir en paz.

******************

Aquella tarde hicimos el amor hasta caer exhaustos. A medida que iba redactando aquel documento, iba entregando lo poco que quedaba de mí. Mi voluntad, mis esperanzas, hasta mis miedos más profundos se los estaba entregando a aquella mujer que me hacia estremecer y cuyo cuerpo notaba vibrar entre mis brazos.

Perdí la noción del tiempo. El sueño nos alcanzó y nos dormimos abrazados, en el ocaso de un día en el que nos habíamos acercado tanto el uno al otro, que supe – o al menos eso creí yo en aquel momento- nadie nos iba a separar jamás. La vida se encargaría de enseñarme que nunca podemos dar algo por logrado. Ya que lo que vemos como el triunfo de un día, es el comienzo del fracaso de otro. Un fracaso que en mi caso tiene un sabor agridulce. Nunca me he podido sacar de la cabeza en estos seis meses que fui yo, con mi firma en aquel documento el causante de esta soledad que me acosa.

Sea como fuere, ya no vale a la pena revolcarse en el pasado, lo único que me queda son los recuerdos. Los momentos mágicos y sumamente excitantes que viví junto a ella. No solo en el ámbito sexual, ya que estar con ella en los acontecimientos cotidianos y vulgares podía ser una experiencia cargada de emociones. Vanesa es el tipo de persona que lo ilumina todo con su presencia. Sus reflexiones, sus opiniones, todo en ella era excelente, y yo me sentía vivo estando a su lado, contemplándola.

Si me esfuerzo, aun puedo sentir el aroma que desprendían las coníferas y los pinos que rodeaban aquel hotel. Se filtraba por cada rendija, por cada rincón, y lo bañaba todo con un frescor relajante. Frescor como el que me despertó en aquella tarde. Bueno no podría definir si ya había oscurecido o no, ya que cuando me desperté toda la habitación estaba a oscuras, a excepción de una pequeña lámpara que había en la cómoda. Lo primero que noté fue la frialdad que tenía en el pecho. Cuando puede enfocar la visión, la ví encima de mí, con un cubito de hielo en la mano, y esa mirada felina que me indicaba que tenía algo especial pensado. Alce la cabeza para besarla, ella apenas permitió que mis labios rozaran los suyos, esquivó mi boca, y dejó un mordisco relativamente fuerte en mi cuello. Después se levantó, y me indicó con el dedo que le siguiera.

Comencé a gatear por la cama hasta llegar al final del colchón. La escasa luz que había en la habitación estaba a su espalda, por lo que un aura luminosa parecía rodearla. Llevaba unos pantalones muy cortos negros, a juego con un sujetador sin tiras del mismo color. Parecía de cuero. No llevaba medias, y los zapatos negros que calzaba le realzaban las hermosas piernas. Se había maquillado, y llevaba un collar ajustado al cuello. Me sonrió, dió una palmada en su muslo, y yo salté de la cama hasta llegar junto a ella. Allí a sus pies comencé a besar aquellas piernas, subí hasta los muslos y bajé hasta sus pies. Besé con esmero cada milímetro de piel, una piel cálida y tersa cuyo perfume aun me parece poder percibir. De vez en cuando sentía su mano acariciarme la cabeza y juguetear con mi pelo. Tras unos minutos en los que el tiempo pareció detenerse, ella se dirigió hasta la cama. Tras sentarse yo continué besando y lamiendo sus piernas. Los zapatos olían a nuevo, con ese peculiar aroma del cuero que no ha sido estrenado. Los bese y lamí. Después la descalce y bese sus dedos y cada palmo de su piel. No puedo llegar a precisar cuanto tiempo transcurrió. Mi AMA agarro mi pelo y tiro de él hasta que me incorporé quedándome de rodillas ante ella.

La veía hermosa, radiante. Nos besamos apasionadamente. Después me indicó que fuera a la cómoda y cogiera una fusta que había comprado. Yo estaba muy excitado, y mi voluntad era totalmente suya, por lo que no me inmuté ante aquella orden. Tan rápido como pude regresé con la fusta en mi boca. Hice ademán de entregársela, pero ella rehusó tal gesto. Observé que se había vuelto a poner los zapatos, mientras me acomodaba cruzado en su regazo. -Andy, procura que no se te caiga la fusta de la boca hasta que yo la desee coger.- Me indicó mientras me colocaba a su gusto. Los azotes comenzaron a caer sin previo aviso. Eran fuertes y eran alternados con momentos de leves caricias. Pese a que me azotaba solo con la mano, el dolor después de la primera andanada de palmadas ya era insoportable, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para que no se me cayera la fusta de la boca. Tras aquel leve descanso los azotes volvieron a caer, una y otra vez.

Esta azotaina era muy distinta a otras que había recibido. Era más severa, aunque carente de rabia o enfado. No era un castigo, -o al menos yo lo sentía así.- más bien era una prueba de mi sometimiento y sobre todo de su dominio. Mi ama se esmeraba en que sintiera cada azote. En ocasiones golpeaba la misma zona diez o quince veces antes de pasar a otra. Tras largos minutos de castigo, su mano acarició mis nalgas, proporcionándome un leve descanso. Entonces caí en la cuenta. Había estado tan preocupado por la fusta, que había pasado por alto la enorme excitación que tenía, y para ser sincero, me sentía feliz de estar allí, junto a aquella mujer, sometiéndome dócilmente a sus caprichos. No me avergüenza decirlo, ni temo que por eso me tachen de enfermo o de trastornado, aunque soy consciente que mis palabras pueden sonar a delirio. ¡Nunca halle tanta felicidad como cuando estaba entregándome a sus deseos! El dolor que en ocasiones -muchas, debo reconocer- sentía, se mezclaba con el infinito placer que ese dolor provocaba. Pero sin duda lo que más satisfacción y lo que mejor me hacía sentir, es que si ella, si mi AMA no sintiera un profundo amor hacia mí, nunca me hubiera dado la posibilidad de estar junto a ella y de experimentar lo que estaba sintiendo. Me amaba, lo sentía y eso hacía que yo la amara más aún, y que deseara que mi entrega fuera mayor.

Tras ese leve descanso, permitió que me levantara. Se dirigió a un cajón y extrajo varios fulares, con lentitud, ató cada uno de ellos a mis muñecas y tobillos respectivamente. Lo hacía con movimientos precisos, rozando mi piel y besando de vez en cuando aquellas partes de mi cuerpo que deseaba. Después ató cada fular a los postes de la cama que sostenían el techo de la cama. Cuando estuve bien sujeto, cogió la fusta de mi boca, y me beso apasionadamente. Cerré los ojos. Sentí el calido tacto de sus labios, el roce de su cabello y desee tener las manos libres para acariciarla y abrazarla. Pero sin duda, mi ama tenía otros planes. Se colocó detrás de mí, y comenzó a usar la fusta. Los azotes tenían como objetivo mis ya ardientes nalgas. Eran golpes precisos. Así recorrió mis glúteos y mis muslos. Las lágrimas ya hacía tiempo que inundaban mis ojos. En más de una ocasión estuve tentado a gritar nuestra palabra de seguridad para que aquel dolor cesara. Pero en esos momentos, como si pudiera leer mi mente, mi AMA se detenía y acariciaba la zona castigada. En un par de ocasiones, mientras me besaba en el cuello, me preguntó si deseaba parar. Pero yo, no sé porqué extraño deseo, anhelaba conocer mis limites, y llevarlos más allá. Confiaba plenamente en ella, sabía que su amor por mí le impediría dañarme. Por lo que solamente deseaba que ella me llevará de la mano hasta donde yo podía llegar, pero que solo ella era capaz de llevarme.

Tras uno de esos descansos, mi AMA salió de la habitación. Los minutos se sucedían con lentitud. Cuando sus pasos volvieron a llenar la habitación, traía algo en las manos. Yo pese a verla, no era capaz de entender lo que iba a suceder. Por eso cuando sentí el calor de aquellas primeras gotas de cera caer en mi trasero, pensé que me estaba atravesando la piel. Lance un gritó, que ella se apresuró a ahogar con su mano. -¡Shisss! Relájate mi vida. Y no temas.- Aquellas palabras susurradas en mi oído fue como un bálsamo, como el cabo que sujeta firmemente un barco al puerto en tiempo de tormenta. Aquella extraña sensación se repitió. Poco a poco mis nalgas y parte de mi espalda quedaron casi cubiertas por la cera. Debo reconocer que aquella sensación que era absolutamente desconocida para mí era de lo más contradictorias. Y poco a poco el dolor se fue tornando en placer, el calor que inflamaba mi piel ya enrojecida, encendía también otra llama de excitación y placer.

Mi ama me dejó descansar unos minutos. Yo podía sentir la fina capa de cera fría en mi piel. Sentía como se cuarteaba con mis movimientos. En ese tiempo sentí las manos de ella acariciar mi cuerpo. La dureza de esa manos al castigarme se volvía mariposas cuando decidía acariciar mi piel. Sentí su calor y su aliento, sentí sus besos, y ella buscó con sus mansos la muestra de mi gozo. Mi sexo sintió también sus caricias. Tras varios minutos, ella se volvió a alejar de mí. Sentí el frío en mi piel. Ella volvió a coger la fusta, y con certeros azotes fue haciendo saltar la cera de mi piel. Después de aquellos nuevos azotes, mi ama me soltó. Una vez me ví libre de mis ataduras, no puede reprimirme, la abracé y la bese con desesperación. Como bebería agua de un riachuelo alguien que está al borde de la muerte, yo bebí de sus labios un agua que me revitalizaba. Y nuevamente nos volvimos a amar. Nuestros cuerpos pugnaban por unirse, por no dejar el más mínimo espacio entre nosotros. No acariciamos y nos amamos hasta que el sueño nos cubrió nuevamente. Y así, nos sorprendió el amanecer, abrazados y unidos de una forma que jamás antes había experimentado.

El sábado lo dedicamos a pasear y a charlar y a repasar el documento que había redactado. Mi AMA introdujo algunas cosas en las que yo había pensado. Durante todo el día, Vanesa se esmero en hidratar mi piel, extendiendo crema por toda la zona castigada.

Al final del día ella recogió sus cosas, y se dirigió al coche. Yo me quedé en el hotel, ya que siguiendo la tradición no debía ver a la novia la noche antes al enlace. Debo confesar que no me hacía gracia que estuviera sola en casa, pero ella insistió. Los escoltas montarían guardia fuera y dentro de la casa, por lo que al final accedí.

Las horas pasaron muy pesadamente, ya que apenas podía dormir. Una y otra vez repasaba el contenido de aquel singular contrato que había firmado el día antes. En lo más profundo de mí ser me reprochaba haberlo firmado, haber sido débil. Pero no tenía fuerzas para oponerme, el miedo a perderla definitivamente me hizo cobarde. E irónicamente esa cobardía ha sido la causante de que al final ella se hubiera alejado de mí. Claudiqué de mis deseos en pos de los suyos para no perderla, y fue esa y no otra la causa fundamental de mi soledad. Grotescamente gracioso, y tremendamente dolorosa es aceptar esa realidad. Pero ya no tengo ni ganas ni fuerzas para resistirme a ella. Ya que solo me queda el recuerdo, no puedo camuflarlo, ni enmascararlo para que no duela, ya que su ausencia es mucho más dolorosa que cualquier recuerdo.

Eso es a todo lo que se ha reducido mi existencia, a recuerdos. Recuerdos como los de aquella mañana soleada. Cuando la ví entrar en la iglesia. Yo esperaba en el altar, junto ella comenzó a caminar por un pasillo adornado con una alfombra roja y cientos de flores a ambos lados. La música ahogó el suave murmullo de los asistentes, y ella recorrió los metros que nos separaban del brazo de su padre. Llevaba un vestido blanco roto, con pedrería dibujando el discreto escote, y en las mangas. No llegaba al suelo, por lo que se podía ver los delicados zapatos blancos y sus pies enfundados en medias del mismo color. Un ramillete de rosas blancas con una roja en el medio terminaban de convertirla en la novia más hermosa que yo hubiera visto. Llevaba también unos guantes de encajes, y una pequeña diadema con piedras que brillaban con la luz, provocando en ellas delicados destellos de color. Nos sonreímos. Cuando estuvo junto a mí, nuestras manos se unieron, para no soltarse prácticamente en toda la ceremonia, que se realizó con toda normalidad.

Tras el ¡sí! Y las formalidades, nos dispusimos a salir del templo. Ya éramos  marido y mujer. La felicidad era inmensa. Fuera todos esperaban para echarnos el arroz tradicional. Cuando llegamos al umbral de la puerta, una docena de compañeros vestidos con el uniforme de gala de la policía nos hicieron un túnel con sables. Ella se emocionó, y me apretó la mano mientras que pasábamos bajo ellos.

Al llegar al final, esperamos a que llegara el coche. Algunos invitados comenzaron a sacarnos fotos.

-¡Que boda más bonita! -Alabó la esposa de mi comisario.

-¡Si! Me recuerda mucho a la de la hija de aquel general. -Le respondió su esposo.- ¿Cómo se llamaba?

-¡No lo sé cariño! -Suspiró la señora.- ¡Hace más de un año y medio!

-¡No se referirán al General Blanes! -Le dije, en medio de un gran asombro.

-Ese mismo muchacho. -Me respondió el comisario.

-¡Vanesa! -Le susurre, tirando de su brazo.- ¿Cuántas hijas tiene el General de tu gabinete?

-¿El General Blanes? ¡Una! Y es hija única. -Su respuesta iba cargada de gran sorpresa.- ¿A qué viene eso?

-¡Nada! No le des importancia.

Afortunadamente el coche llegó, y yo aproveche para cambiar el tema, aunque durante toda la cena no paré de pensar en lo que había oído. La fiesta se alargó hasta las cuatro de la madrugada. En ese tiempo, prácticamente no me separé de ella, salvo lo indispensable. Yo aproveche un momento en el que mi AMA, se ausentó de la fiesta para cambiarse de calzado y ponerse algo más cómodo, para reunirme con parte de mi equipo. La charla fue corta, pero en el acto dos de ellos salieron de la fiesta. Yo regresé con los invitados. A las tres y media conseguimos  escabullirnos y subir a la suite que habíamos reservado en el hotel en el que celebramos el banquete. En el ascensor nos besamos como dos adolescentes. Nuestras manos se buscaron y se perdieron en nuestros cuerpos. Cuando las puertas se abrieron, salimos casi corriendo de aquel habitáculo. Abrí apresuradamente la puerta de la habitación, y haciendo gala de las costumbres más tradicionales, la tome en brazos ante su sorpresa, y cruce el umbral mientras nos besábamos. En el acto, las luces se encendieron. Yo la dejé en le suelo, mientras que hicimos mil y un comentario sobre la boda y la fiesta. Nos besamos nuevamente. Nos abrazamos. Durante ese  abrazó yo me fije en el espejo del armario, que llegaba hasta el suelo. En él ví reflejado el calzado que llevaba.

-¡Mi AMA! -Le susurré.- ¡Lleva zapatillas nuevas!

-¡Sí! -Se sentó en la cama mientras levantaba el traje para que las viera.- Me ha costado mucho encontrarlas.

No sé porque fuerza invisible era movido en aquellos instantes, pero me arrodille junto a ella para verlas más de cerca. Eran blancas, parecía de raso, con unas costuras que le daban un aspecto acorchado. Tenía unas pequeñas perlas adornando el borde del empeine. Mi AMA levantó el pie derecho, yo lo sujete. Tenía un pequeño taco, pero la suela era fina.

-Son muy cómodas.- Comentó en medio de una sonrisa.

-¡Son hermosas, y te sientan muy bien! -Yo la miré, por primera vez sentí deseos de que me azotará con ellas.- ¡Mi AMA….!

-¿Estas seguro? -Me preguntó anticipándose a mis pensamientos.

Yo asentí, ella extendió su mano y yo la descalcé. Después se la entregué. Ella se alisó el traje y me cogió de la mano. Dócilmente me tumbé en su regazo. Cuando me ví  reflejado en el espejo, un agradable y excitante hormigueo recorrió mi vientre hasta la entrepierna. Mi AMA me indicó que le diera mi mano derecha. Ella me la sujeto a la espalda. Sentía su mano cogiendo la mía. Nuestros dedos se entrelazaron. El primer azote fue suave, y al hacerlo sobre mis pantalones, casi no lo sentí. Tras ese vino otro, y otro. Comenzaron siendo apenas caricias, para ir creciendo en fuerza e intensidad. El dolor fue en aumento, y el calor se extendió definitivamente a mí sexo. Ella se detuvo. Acarició mis nalgas, las masajeo y las apretó. -Andy, ¿te das cuenta que ésta es la primera zurra recibes como mi esposo?- Me dijo mientras que acariciaba mi trasero. Yo asentí y le miré de reojo dedicándole una amplia sonrisa.

Los azotes se reanudaron. Esta vez la fuerza era mayor. Me dolía de verdad. Estaba apunto de que unas lágrimas de dolor y placer bañaran mis ojos, cuando me ví reflejado en el espejo. Aquella imagen me lleno de excitación. Estaba vestido con el uniforme de gala, tendido en las rodillas de mi esposa aun con el traje de novia puesto, recibiendo una paliza como un colegial. Y ese dolor lejos de molestarme, me provocaba un infinito placer. Me sentía amado por la mujer a la que amaba, y nada en este mundo podía hacerme desear estar en otro sitio ni en otra situación. Estaba exactamente donde quería estar. Y aquellos azotes que seguían cayendo sobre mi trasero eran sencillamente… ¡Bueno, eso mejor imagínenselo ustedes!

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