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Memorias de un spankee II

Autor: Cars

¡MI AMA!….. Aquella palabra era totalmente desconocida para mí, y a pesar de entender, no alcanzaba a comprender lo que para mi vida significaba. Aquella primera noche, el dolor y la excitación se mezclaron en mi alma, y formaron un complejo entramado de cadenas y que ataban más y más a ella. Las horas de la noche transcurrían, y yo no podía dormir. Estaba allí, junto a una mujer hermosa, de la que desconocía hasta el nombre. La contemple en su sueño, un brazo me rodeaba la cintura y sentía el calor de su cuerpo junto al mío. Era un ser extraño, sensual y misterioso. Y a medida que la iba observando fui dándome cuenta que sabía lo que necesitaba saber de ella. Descubrí que desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron y le pertenecía, y como me acababa de decir, ella era MI AMA, y todo lo demás sobraba.

Ahora, estas calles desiertas, me muestran la soledad que su partida ha dejado en mi corazón. Y no se porqué mis pasos no me llevan al refugio de mi hogar. Aunque pensándolo bien, tal vez sea porque ella era ese hogar, con su ausencia me ha arrebatado eso también. Estas calles son lo único que me queda de ella, cada rincón en el que estuvimos juntos, reaviva su recuerdo, y me reconforta. He llegado hasta la primera tienda en la que estuvimos juntos, y en la que mi entrega se hizo patente, como un contrato que te vincula indefinidamente a la otra persona.

Llevábamos dos días sin salir de casa, por lo que me sorprendió la determinación que mostró al decirme que íbamos de compras. Me vestí lo más aprisa que pude, y al salir el sol me golpeo con virulencia la cara. La miré de reojo, estaba bellísima. Vestía una falda blanca por encima de las rodilla, una blusa de sisa con unas letras doradas que no recuerdo que decían. Completaba su atuendo unos zapatos negros de tacón. Pero sin duda, lo que más recuerdo es el aroma de su piel cuando me acerque para darle un beso en la mejilla. Respiré hondo hundiendo mi cara en su cuello y dejando que su pelo me envolviera. Ella sonrió, y dejó un suave beso en mis labios.

-¡Me has hecho esperar! -Susurró mientras que comenzaba a caminar- ¿Has cogido el dinero que dejé en la mesa?  -Asentí- No quiero llevar el bolso hoy.

Yo camine a su lado, en varias ocasiones intente cogerla de la mano, pero ella siempre rehusaba tal acto. La cuarta o quinta vez que lo intenté, ella se paró, se puso delante de mí obligándome a parar.

-¿Qué haces? -Me preguntó secamente.- Llevas toda la mañana intentando coger mi mano.

-¡No sé! -Estaba confundió, y temeroso de decir algo inapropiado. – Me gustaría caminar teniendo tu mano entre la mía.

-¿Te gustaría? -Repitió ella con cierto enfado.- ¡Cuándo te he hecho creer que tus gustos son relevantes para mí!

-Yo pensé… -las palabras no alcanzaban a salir por mi garganta. Ella levantó la mano para abofetearme. Durante unos instantes me pareció sentir la bofetada, pero ante mi sorpresa, bajó la mano.

-¡Esto es un error! -se giró y volvió sobre sus pasos.- ¡Ve a tu casa, y olvida estos dos días!

Durante unos instantes, el mundo bajo mis pies pareció desaparecer, y yo me sentía caer en un vacío oscuro y frío, del que no podía salir. Todo a mi alrededor pareció ralentizarse, la gente y los edificios todo parecía girar enloquecidamente. La miré mientras se alejaba, y una oleada de frío me envolvió amenazando con petrificarme. En ese instante de mi interior salió una extraña oleada de calor, todo mi ser ardía desesperadamente. Sin entender qué había echo mal, corrí tras ella. Sólo sabía que no podía perderla. Que fuera como fuera debía recomponer lo que hubiera roto. Sin duda, al no golpearme me había herido mil veces más que el peor castigo físico que me hubiera podido infringir.

-¡Espera por favor! -Le supliqué poniéndome delante.

-Tengo prisa. -Su voz iba cargada de desdén.

-¡No sé qué he podido decir que te ha ofendido, pero te pido perdón! ¡Necesito tiempo para saber cómo comportarme! -Ella me miraba pero su rostro seguía serio, distante.

-¡Mira! -Comenzó a decir- Yo no tengo las ganas de perder el tiempo con medias tintas. Y no creo que tú quieras tomarte las cosas tan en serio como yo. -Hizo ademán de seguir andando, pero yo no me moví..

-¡Hace tan solo dos días que nos conocemos! -Comencé  a decir.- Y todo lo que he experimentado junto a ti ha sido contradictorio. Me asusta pero a la vez me atrae y hace que sólo desee someterme. -Tomé aire, durante unos instante algo en sus ojos cambió, un leve brillo me hizo saber que había un pequeño rayo de esperanza.- Antes me preguntas porque insistía en cogerte de la mano, y yo dije que “me gustaría” porque me daba miedo decir lo que realmente sentía.

-¡Miedo! ¿Miedo a qué? -Me dijo.-

-Miedo a decir que necesito cogerte de la mano, miedo a reconocer que pese a no saber ni tu nombre, necesito el tacto de tu piel, el calor de tu cuerpo, porque sin él, un frio extraño y gélido arrasa mi interior. -El silencio se instalo cómodamente entre nosotros, y amenazaba con ser eterno.

-¡Eso es lo más  hermoso que me han dicho nunca! ¿Pero porque he de creerte? -Tras decir esas palabras, se movió a la derecha y reanudó su marcha.

-¡Porque eres mi AMA! -Le dije casi susurrando.- Y ya no podría vivir sin ti.

Ella se detuvo, lentamente se giró. Yo permanecía de pie, mirándola. Una extraña sensación recorrió mis mejillas. No sé exactamente cuándo comencé a llorar, pero lo cierto es que cuando ella se acercó a mí, mis ojos estaban nublados por aquellas lágrimas tan saladas como el mar. Su mano rozó levemente mi piel, secándola. Una leve pero reparadora sonrisa fue para mí como una bocanada de aire fresco.

-¡De veras soy tu AMA! -Me preguntó. Yo asentí.- Andy, hace unas horas que nos conocemos, solo dos días, y no es mucho para saber que tu entrega es sincera. Si lo que me has dicho hoy es cierto, un día podrás dar rienda a tus deseos, y pactaremos unas reglas, unos limites y avanzaremos. Pero hasta que me puedas demostrar con hechos tus palabras, no tendrás ese derecho.

-¡Pero soy sincero, y mi entrega es total! -Protesté.

-Eso espero, y pronto me lo podrás demostrar.

Ella volvió a acariciarme la mejilla, y comenzamos  a caminar entre la gente. Tras unos minutos, llegamos a una tienda. Entramos y en el acto una dependienta se acercó a nosotros. El local estaba lujosamente decorado. Bolsos y zapatos llenaban las finas estanterías de cristal.

-¡En que podemos servirles! -Pregunto amablemente la empleada. Mi AMA me susurró al oído lo que debía decir.-

-¡Estamos interesados en ver algunos cintos de mujer! -Repetí.

-Por supuesto señor. ¡Síganme! -Comenzamos un recorrido por la tienda, hasta llegar a unas perchas de la que colgaban unas docenas de cinturones.- ¡Aquí los tiene! Si necesitan algo estaré encantada de ayudarles. -Ella volvió a susurrarme.

-¡No! -Repetí en voz alta.- Ya nos apañamos solos, gracias.

La dependienta se alejó unos pasos, mientras que yo comenzaba a coger uno por uno aquellos cintos, y se los enseñaba a mi AMA. Ella negaba con la cabeza, o asentía según fuera de su agrado o no. Tras unos minutos, cogía uno con una hebilla formada por dos aros, era de cuero, bastante ancho, y su color era marrón. Me llamo la atención por lo pesado que era. Se lo mostré, ella asintió y lo cogió en sus manos, después se lo puso en la cintura y se miró a un espejo. La miré de reojo, y la vi probárselo. Volví a mirar al frente, ya que no quería incomodarla. Sentí sus pasos acercarse, y de una forma súbita, sentí impactar el cuero en mi trasero. El sonido fue seco, amortiguado por la tela de mi pantalón. Pero el escozor no tardo en aparecer. La miré con asombro, y con cierto miedo.

-¿Algún problema?

-¡No mi AMA! -Ella me sonrió, y depositó un beso en mi cuello.-

Un nuevo azote, cayó en mi trasero. Esta vez el dolor fue agudo. Miré a mí alrededor, y pude ver la mirada de sorpresa de la empleada, que nuevamente había oído el golpe. Un tercer azote me sobrevino ante la mirada de la muchacha que corrió hacia nosotros.

-¿Qué hacen? -Comenzó a decir al borde de un ataque de nervios.- ¡No pueden…

-Mi AMA ha creído necesario probar el cinturón antes de comprarlo. -Le interrumpí mientras me acercaba a ella y buscaba con la mirada la aprobación de mi AMA.-

-¡Pero no es el lugar! -Protestó ella.

-¡Mire, ahora no hay clientes, y a mi AMA le gusta probar las cosas antes de comprarlas. -Con un rápido movimiento saque un billete de cincuenta euros de la cartera y lo deje en las manos de ella.- ¡Confiamos en su discreción y su comprensión!

Cuando la dependienta vio el billete en sus manos, dejó escapar una sonrisa y me hizo un guiño. Después se retiró un poco. Yo regrese junto a mi AMA, una sonrisa de aprobación, y una seña para que me diera la espalda fue su respuesta. Tras unos segundos volvió a descargar otro azote sobre mi trasero. Con tranquilidad fue azotándome, sin escatimar fuerzas. Tras una treintena de azotes se acercó a mí, y me acarició la zona castigada. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, y paradójicamente  pese al intenso dolor que sentía mi trasero, mi corazón rebosaba felicidad.

Mi AMA se puso delante de mí, y dejó un tierno beso en mis labios,

-Estoy orgullosa de ti- me susurro al oído.

Mi excitación era patente, como lo era la atención que nos prestaba la dependienta, ya que durante todo el castigo no había apartado ni un minuto la mirada de nosotros. Mi AMA se acercó a ella. Durante unos minutos estuvieron hablando. La muchacha mostraba un extraño nerviosismo. Los colores le subieron al rostro, me miró fugazmente por encima del hombro de mi AMA. Ambas mujeres eran de una estatura similar. La chica lucía una cabellera rubia bastante corta, peinada hacia atrás, una piel blanca en la que resaltaba el rojo de sus labios y el azul de su mirada. Tras unos minutos ambas mujeres se acercaron a mí. Yo desconocía por completo lo que pretendía mi AMA. Acercó un taburete y puso el pie en él. Después me atrajo hacia ella, me rodeó con sus manos el cuello, y pego sus labios al lóbulo de mi oreja.

Miré de reojo a la dependienta que se había colocado de tras de mí. Con asombro puede ver que se descalzaba el pie derecho, y cogía la chinela del suelo.

-¡Ella no! -Supliqué.

-¿No confías en mí? -Me susurró ella al oído. Yo asentí. Ella me beso tiernamente en el cuello.- ¡No te preocupes, entrégate a mi voluntad!

En ese instante procuré relajarme, mi AMA me inclino un poco más sobre su pierna. Y tras hacerle una seña a la chica, esta comenzó a golpearme en el trasero con la chilena. Una y otra vez me azotaba con fuerza. Unas serie de golpes en una nalga, después en la otra. La azotaina parecía que no iba a tener fin. Yo me deshacía en un llanto en los brazos de mi ama, a medida que comprobaba con estupor, que la erección lejos de desaparecer había aumentado. El sentir el tacto y el calor de mi AMA junto a los azotes que me propinaba aquella desconocida provocaban en mí una extraña y excitante sensación.

La paliza llego a su momento álgido, los azotes se sucedía. Y el dolor amenazaba con volverme loco. Ella le hizo una seña, y la muchacha ceso el castigo. Me incorporé, miré a mi verduga, en medio de un mar de lágrimas, y puede ver reflejado en su rostro una enorme satisfacción. Le sonreí, ella me hizo un guiño, y se calzó la chinela. Después me volví hacía mi AMA. Su rostro también brillaba de felicidad.

-¡Estoy muy orgullosa de ti! -Me dijo, antes de darme un beso apasionado en los labios.

-¿Les envuelvo el cinturón? -Interrumpió la dependienta. –

-¡Si por favor! -Si contestó mi AMA

Nos encaminamos a la caja, yo me frotaba el trasero que me dolía horrores. Entonces reparé en que la puerta estaba cerrada con pestillo, miré a la dependienta.

-La cerré cuando me dio el dinero, pensé que así estarían más tranquilos.

-¡Gracias! -Le dijo al tiempo que cogía la vuelta.

Yo cogí el paquete y salimos a la calle. La gente se movía de un lado para otro ajenos a la extraña experiencia que había tenido lugar a escasos metros de ellos. Volví a mirarla, llevaba una sonrisa radiante. Tras unos metros de sentí como su mano agarraba la mía. Fue como entrar de golpe en el paraíso. Sentir su tacto, su calor y su amor a través de aquel contacto era el mayor de los regalos. Por un momento el dolor de mi trasero desapareció, -por un momento muy corto eso sí- y solo sentía una enorme tranquilidad.

Durante toda la tarde paseamos por estas calles hoy desiertas cogidos de la mano, y soñando con nuevas sensaciones.

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