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Los secretos de Charito (parte final)

Autor: Amadeo Pellegrini

Al regreso del viaje de bodas la pareja se instaló en la casona familiar. Se los veía muy felices. Y si bien yo mantenía contacto con ellos, poco a poco fui tomando distancia, pues si bien la desdicha ajena acerca a las personas de buena voluntad, la felicidad, egoísta por definición, aleja , en cambio, a los demás de su alrededor.

Eso me ocurría a mi que no soportaba sentirme un extraño en medio de tanta dicha.

Pasaron varios años. Ellos no tenían hijos, pero estaban más unidos que nunca y una y otro seguían mostrándose muy felices.

Nos encontrábamos en fechas emblemáticas como las de Navidad y Año Nuevo. Para los respectivos cumpleaños intercambiábamos saludos y buenos deseos.

De pronto los golpeó la desgracia. Un enorme cerdo se les cruzó en el camino; sorprendido Andrés torció el volante, pero no alcanzó a esquivar al animal, en consecuencia el vehículo dio tres tumbos antes de quedar recostado en la banquina del lado del chofer, que llevó la peor parte: falleció en el acto.

Charito, inconsciente, fue trasladada al sanatorio y tuve que viajar de urgencia.

Cumplí mi deber, me hice cargo de las exequias del desdichado Andrés, contraté el servicio, envié dos enormes coronas una a nombre de la esposa y otra mía personal, tomé también la decisión de encargar una misa de corpore insepulto, antes de proceder a la inhumación.

Creí hacer lo correcto, a pesar que mi primo político era reconocido francmasón, pero a la hora de la muerte la iglesia no repara en esas minucias especialmente si la limosna se abona por anticipado.

Me dediqué después a mi prima que continuaba inconsciente,  pero cuyos  signos vitales resultaban alentadores, tanto que los médicos resolvieron  trasladarla de la sala de terapia intensiva a una habitación privada.

Hasta que ella se repusiera, como familiar más cercano y socio además, -pues continuaba en la sociedad- me correspondía hacerme cargo de sus asuntos de modo que una vez que quedó instalada en la habitación del sanatorio confiada a los cuidados de enfermeras especialmente contratadas por mi para que no se apartaran de su cabecera, me dirigí a la casona de los Deroud, cuyas paredes guardaban tantos secretos.

Siento el deber de decirlo. A pesar del tiempo transcurrido, aun corroía mi espíritu el misterio de aquella relación tan sui generis de mi prima con Valdivia. Los mismos interrogantes que se habían planteado los curiosos en su momento continuaban desvelándome.

¿En qué momento se conocieron? ¿Cómo se enamoraron? ¿De qué manera lograron ocultar su amor a los ojos del mundo? Preguntas que nunca me había atrevido a formularles, pero cuyas respuestas confiaba encontrar allí adentro.

Animado por ese pensamiento ingresé en la casa. Margarita, la mujer que oficiaba de ama de llaves, cocinera, mucama y asistente de Charito desde sus épocas de soltera había dispuesto para mi uno de los cuartos de huéspedes.

Sin que se lo pidiera, ella misma me entregó las llaves de la casa, de manera que no bien se hubo retirado, inicié mi investigación.

La primera comprobación fue que mis llaves no abrían todas las puertas, quedaba un sector de la casa, concretamente un par de habitaciones, herméticamente cerradas. Allí estaba sin duda aquello que me interesaba.

Recordé entonces que la policía me había entregado los efectos personales del muerto en una bolsa de polietileno. En ese momento, ocupado como estaba entre el sanatorio y la funeraria, no verifiqué el contenido, me limité a guardarla tal como la había recibido.

Fui por ella y allí estaban el reloj, el anillo de bodas, la billetera, otros objetos menudos como monedas sueltas, un alicate para las uñas, la licencia de conductor y lo que más me interesaba: el llavero.

Sólo debía acertar con las llaves que me abrieran las puertas de los misterios de la pareja.

La tormenta amenazante desde las primeras horas de la jornada descargó de pronto todo su furor sobre la ciudad, relámpagos y truenos se sucedían de manera continuada y poco después una tupida cortina de agua lo envolvió todo.

Entré a la primera habitación. Hasta que hallé el interruptor de la luz, los relámpagos me brindaron una visión fantasmagórica del cuarto de juegos de mi prima. Conservaba allí las muñecas, juguetes, libros y demás objetos que habían formado parte de su niñez y que yo aun tenía presentes.

Cuando encendí la luz eléctrica pude observar en detalle la estancia de paredes de color rosa claro decoradas con motivos infantiles , ventanas blancas con visillos y cortinas de color crema.

Más allá del aspecto inofensivo que ofrecía a primera vista, el conjunto irradiaba algo morboso; cruel y sensual al mismo tiempo, como algunos lienzos victorianos cuyas sombras y medios tonos sugieren un cúmulo de extrañas voluptuosidades.

Flotaba en el ambiente un aroma de santuario idólatra, cual si el lugar estuviera preparado para oficiar esotéricos rituales.

La inspección del guardarropas reforzó esa impresión pues lo hallé atiborrado de prendas infantiles, falditas plisadas, vestidos de organdí, blusitas primorosamente bordadas, tapados, gorritos, guantes, manguitos de piel, disfraces y un sinfín de accesorios, todo a la medida actual de mi prima.

Me trasladé a la habitación contigua, cuyas paredes grises y los oscuros muebles Chippendale, un escritorio, sillas y sillones de alto respaldo tapizados en cuero, ofrecían un severo contraste  con la anterior,

Había allí un muro cubierto  de libros, fotografías, estatuillas y otros adornos menudos, los otros dos tenían cuadros y  el último además de reproducciones, una panoplia con fustas de distintos tipos y tamaños.

En el marco de mayor tamaño, -una aguada-, podía verse un hombre vestido a la usanza campesina calzado de almadreñas y tocado con un gorro de lana terminado en forma de media, azotando con una correa el trasero desnudo de una jovencita retenida por la cintura, mientras otra niña de la misma edad, con las manos unidas y los dedos entrelazados, los contempla angustiada. No llevaba firma, sólo la siguiente leyenda: “A cada uno lo suyo”.

El otro de igual tamaño encuadraba una lámina, reproducción de una estampa grabada en acero. El motivo de la escena, -presumiblemente del siglo XVIII-, el castigo de una doncella atravesada de bruces sobre el regazo de una dama que agita un manojo de varas sobre las expuestas nalgas, en tanto sujeta falda y enaguas por encima de la cintura. En el ángulo inferior derecho, en letras pequeñas, se lee:  “A. Molinier – H.Stahl SC”  y al pie, en el medio impreso en dorado, el título: “Pour l’amener à la Raison”.

Había enmarcadas además otras láminas más pequeñas, entre ellas un grabado de Goya titulado: “Y si ha quebrado el cántaro…” también algunas fotografías, casi todas desnudos de mi prima.

Me concentré en el escritorio cuyos cajones estaban cerrados con llave. Las encontré sin mayores dificultades adentro de una de las ánforas decoradas con motivos griegos.

Todo lo que buscaba estaba allí: varios fajos de cartas, una multitud de fotografías y varias agendas de cuero que resultaron ser los diarios de mi prima. Todo aquello me insumió varios días de lectura matizados con visitas al sanatorio.

Las cartas y los diarios íntimos contenían material para redactar varias novelas eróticas o un denso catálogo de voluptuosidades al por mayor.

Se habían conocido en la biblioteca, que Valdivia frecuentaba a diario. Ninguno había reparado que Charito cumplía allí por las tardes las funciones de bibliotecaria, en tanto la presencia del “Lechuzón”,  mezclado con los escasos lectores pasaba inadvertida para todo el mundo.

En aquel un ámbito propicio, poco frecuentado, recoleto, donde reina el silencio o se habla poco y en voz muy baja, florecieron sus amores.

Primero se sucedieron los cruces de miradas, después los comentarios de ciertos libros, como “La Cabaña del Tío Tom”  las biografías de algunos santos emblemáticos y las enjundiosas historias de la Inquisición en América de José Toribio Medina, los condujeron a descubrir la recíproca afición por los azotes.

Concientes ambos de las enormes diferencias sociales que los separaban resolvieron mantener sus relaciones al margen de las miradas ajenas.

Comenzaron por intercambiarse cartas diariamente mediante el hábil sistema de meterlas dentro de los libros, de modo que cada vez que Valdivia se acercaba al escritorio a devolver o retirar alguna obra, en el interior iba y venía la correspondencia de uno y de otra.

Jamás me hubiera imaginado la audacia de los amantes, en especial de mi prima, ni los ingeniosos ardides que empleaban para recogerse en secreto a disfrutar ardientes horas de pasión, pues según se desprendía de la lectura de los diarios íntimos  los sentimientos de ambos desembocaron velozmente en irrefrenable pasión.

Por lo general al oscurecer Valdivia pasaba por la biblioteca para colarse subrepticiamente en la parte de atrás del “Chevrolet”  que Don Raúl le había comprado a su hija. Esperaba allí echado en el piso a que Charito dejara sus tareas.

Ella guardaba el automóvil en la cochera con el pasajero escondido que permanecía allí hasta que regresaba por él.

Charito cumplía antes el rol de hija devota: daba de cenar a su padre, lo acompañaba hasta el momento de ir al dormitorio, allí le llevaba el té y permanecía a su lado hasta asegurarse que tomara la pastilla de “Bromural“  que lo sumía en un sueño continuado y profundo.

Recién después, en ropa de cama, -sin nada debajo-, según sus propios dichos, iba en busca del amado para entregarse a los  placeres de Eros en los que las azotainas resultaban indispensables.

Las intimidades del matrimonio se hallaban aun más prolijamente registradas y descritas. Por medio de ellas logré saber que a Charito la fascinaba desempeñar el papel de “nena” para el que disponía del surtido ajuar que había hallado en el guardarropas del cuarto de juegos; en tanto a su cónyuge  le encantaban los roles de maestro severo, tutor irascible, papá estricto que le permitían curvarla sobre sus rodillas para enrojecerle las posaderas…

Los pronósticos del Neurólogo que hice venir de Buenos Aires, se cumplieron acabadamente: al cabo de unas semanas del accidente Charito recuperó el conocimiento. Yo estaba a su lado cuando abrió los ojos.

Tardó en reconocerme, cuando me ubicó una dolorida sonrisa iluminó su rostro, apreté entonces su mano que sostenía entre las mías y murmuré:

-Todavía me tienes a mi…

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