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La primera vez de Julia

 

Autor: Spanker Látigo

Sábado de esa semana 3.05 a.m.:

Era de noche, el viento soplaba con intensidad, las calles lucían frías y casi desiertas. Pasaban de las tres de la mañana cuando Julia entraba al garaje a su edificio en auto. A través del ventanal que permitía divisar toda la planta baja, se veía al portero pesadamente dormido sobre su silla.

Desde su auto, con su llave, Julia abrió la puerta levadiza del  garaje. Al traspasarla observó por su espejo retrovisor como la puerta se cerraba atrás de ella. Todo era quietud y penumbra.

Estacionó lentamente su auto entre una columna y otro auto. Con paso inseguro empezó a recorrer los varios metros que la separaban de las puertas del ascensor. El silencio era absoluto, sus pasos retumbaban sin interferencia contra las paredes de hormigón.

Algo nerviosa por la soledad del garaje Julia apretaba y apretaba en forma insistente el botón del elevador. Mientras esperaba recorría con su vista los autos estacionados en fila y las columnas grises que se repetían cada tres autos, todo tenuemente iluminado por focos de luz muy separados entre sí. Solo percibía quietud, silencio y su respiración un tanto agitada. El ascensor no llegaba y como rompiendo a su ansiedad tomó en forma repentina su celular y marcó una de sus memorias. Una distante voz femenina contestó:

-Julia, bebé, ¿qué pasó ?-Ivonne ¿llegaste a tu casa?-No, todavía no. Estoy llegando.

-Estoy nerviosa. ¿Estás seguro que todo va a estar bien ?

-Julia, quedate tranquila, que todo está bien. Una locura la tiene cualquiera. Además Roberto no llega hasta mañana del interior… Imposible que se entere. Bueno corazón, estoy llegando a casa. Mañana hablamos. Te llamo. Besote.

-Hola, hola… (ya había cortado).

El ascensor abrió sus puertas iluminando escasamente más allá de su marco. Julia entró, y apretó el  8 del panel digital. Durante el trayecto Julia se miraba en el espejo de ascensor y nerviosamente se acomodaba el pelo y su ropa.

Al llegar abrió su cartera y revolviendo encontró las llaves. El pulso le temblaba un poco, pero no lo suficiente como para demorar de forma perceptible la apertura de la puerta de su apartamento.

Cerró la puerta y suspiró. “Estoy en casa”. No prendió ninguna luz. La oscuridad la relajaba. Conociendo de memoria la ubicación de todos los muebles dejó su cartera y tapado sobre una silla del comedor.

Caminó hasta la heladera y la abrió para tomar una botella plástica de agua mineral. La luz de la heladera arrojaba una suave penumbra que se diluía rápidamente por la blancura de la cocina.

La respiración de Julia se cortó. Sus latidos se aceleraron en un instante al doble. La voz no le salía de la garganta. Un contorno masculino se recortaba nítidamente en la cocina. El fuerte sobresalto era por lo inesperado, no por el desconocimiento. En una exhalación Julia pudo pronunciar su nombre: “¡Roberto!”

*     *     *    *

Parada descalza en medio del dormitorio estaba Julia. Además de sus prendas más íntimas pudo mantener puesto su bucito de lana de manga muy larga que solo le llegaba a la cintura.

El amplio dormitorio de Julia y Roberto estaba en sombras, salvo por un spot de intensidad  regulable que proyectaba un foco relativamente tenue, frente al espejo de la habitación. Bajo este haz de luz amarillento, Julia permanecía tímidamente de pie, con las rodillas casi tocándose, y el dedo gordo de un pie acariciando nerviosamente al otro.

-Por favor Roberto ¿Por qué me estás haciendo esto?

No hubo respuesta, solo silencio… Apenas se veía la silueta de Roberto, sentado en un sofá con las piernas cruzadas.

-Roberto, por favor… estoy asustada. ¿Por qué me tenés aquí parada? Yo te puedo contar todo.

Roberto se paró y empezó a recorrer la habitación hasta detenerse atrás de ella. Julia sintió en su piel cuando Roberto enganchó sus dedos en el elástico de sus bragas. Quedó paralizada. En un movimiento firme se las bajó hasta las rodillas. Julia se estremeció, quedando sorprendida e íntimamente expuesta.

-Empezá a decirme que fue lo que pasó esta noche Julia.

-No sé por donde empezar.

-Empezá por el principio.

Julia suspiró, mientras hacía un esfuerzo por contener el llanto. Después de una larga pausa y viendo que no le quedaban muchas alternativas empezó a hablar…

Miércoles de esa semana, 11 a.m.

Julia estaba en el juzgado sentada revisando unos expedientes. Otra mujer de muy similar edad se le aproximó con una sonrisa que parecía no caberle en el rostro.

-¡Julia! ¿sos vos? (emocionada)

-¡Ivonne! Julia se paró y las dos mujeres se confundieron en un largo y afectuoso abrazo, para después intercambiarse prolongados besos en sus respectivas mejillas.

-Julia, estás igual que siempre. Cuántos años.

-Vos también Ivonne. ¡Tenés el pelo corto ahora! Te queda bárbaro.

-Te recibiste por lo que veo (Julia sonrió)

-Por lo que veo vos también. (Ivonne sonrojada le devolvió la sonrisa)

-Julia, no puede ser que haya pasado tanto tiempo y no nos hayamos seguido viendo. Tenemos que recuperar el tiempo perdido ¡ya!  Vamos a tomar un café ¿Podés?

-¡Siiiii, vamos! En 5 minutos termino acá y vamos.

*     *     *    *

Desde el ventanal del Café Brasilero se veía pasar a  la gente muy abrigada por la calle Ituzaingó. El mozo se acercaba a la mesa de Julia e Ivonne con dos tazas humeantes de café con leche y dos porciones de torta.

Con espontánea sinceridad y fluidez las dos viejas amigas empezaron a ponerse al día con sus respectivas vidas.

-¡Cuántos años Julia! Desde facultad que no nos vemos. Todavía tengo fotos de aquellos años. ¿Te acordás cuando militábamos en la federación de estudiantes..? ¿Te acordás Julia cuando nos fuimos de camping a Santa Teresa con toda la barra? ¿Que pasó con Roberto?

-(Julia sonrió) Vivimos juntos desde hace años.

-¡No te puedo creer ! Qué maravilla 10 años después y siguen juntos. Me alegro mucho. (El rostro de Julia adquirió cierto tono de preocupación.)

-No te alegres tanto, desde hace casi un año que no andamos muy bien. Los dos trabajamos mucho. Estamos distantes, con problemas de comunicación. Él tiene que ir muy seguido al interior y vuelve siempre tarde y cansado… Parece que siempre su atención está en otras cosas menos en mí.

-¡Bebé! tranquila, estás cosas pasan. Son rachas. Estamos en una edad de mucha entrega a nuestras profesiones.

-Sí, lo sé, pero me gustaría que estuviera un poco más arriba mío, que me cuidara un poco más. Que me dedicara más tiempo.

-Julia, hay momentos en que hay que revelarse contra la rutina, hay  que hacer algo distinto, algo que sorprenda y que encienda nuevamente la llama de la pasión.

-(Con ironía Julia pregunta) ¿Tenés alguna idea? Porque te juro que nada me viene funcionado con Roberto. Ivonne se rió muy expresivamente, y en forma solidaria le tomó la mano a Julia sobre la mesa.

-Algo se me va a ocurrir (y le sonrió con mucha ternura a Julia)

-Bueno Ivonne, basta de hablar de mí. Hablame de vos.

-Tantas cosas. Estoy trabajando mucho yo también. ¿Sabés por lo que me dio? En mi tiempo libre, estoy en un taller de teatro aprendiendo arte dramático y psicodrama. No sabés el efecto que eso está teniendo en mí. Aprendí a verme, a verbalizar mis emociones, a manejar mucho mejor mi entorno afectivo.

-Ivonne, no puede ser que haya pasado tanto tiempo sin que nos hayamos visto. Dame tu celular.

-… y vos el tuyo. Ambas mujeres sacaron sus celulares y mutuamente se incluyeron en las memorias de los mismos.  Entre las dos se volvió a producir esa conexión íntima y mágica de antaño. Otra hora más de conversación fluyó casi sin que ambas se dieran cuenta.

*     *     *    *

Sábado de esa semana, 3:45 am

Julia permanecía bajo la tenue iluminación del spot. Sin levantar el tono pero con firmeza Roberto cuestionó:

-¿Qué más  pasó?

-Nada, me llamó el jueves y hoy fuimos junta a cenar.-

Julia… tu memoria necesita un poco de ayuda… y  pienso dársela.

-Roberto fuimos a tomar un vinito con unas tapas y ¡eso fue todo!

Desde la penumbra Roberto se paró otra vez atrás de Julia, y le susurró en el oído: “Hubo más.” La tomó del brazo, y empezó a arrastrarla hasta la cama. Julia con sus bragas a la altura de las rodillas,  ensayaba una inútil resistencia, hundiendo sus talones en la moquete del dormitorio. No demoró mucho en terminar sobre las rodillas de Roberto. “ ¡No, no, no, no, Roberto! ¡Por favor!”.

Roberto sosteniéndola de la cintura la puso en posición para recibir. Julia, incrédula de lo que está sucediendo yacía boca abajo sometida ante él. Ensayaba algunos leves pataleos nerviosos, que no hacían más que anunciar el inevitable destino. La pesada mano de Roberto cayó en el cenit de la cola de Julia, dejando una estela de ardor. Las posaderas de Julia se sacudieron, y un envolvente y seductor sonido de piel contra piel pareció envolverlos a ambos. Su mente tardó unos instantes en reaccionar para después emitir un muy sentido: “¡Aaaayyy Roberto!”. No demoraron en llegar más. Las nalgas de Julia empezaron a estar bajo un asedio permanente de fuertes palmadas.

-¡Ay, uy, ay, mmmmfff, Roberto basta! aaay, Roberto por favor ¡aaay!  Uy…

Roberto no paraba de nalguear a Julia y ella no paraba de suplicar. En forma rítmica y sostenida por cerca de 15 minutos el ritual continuó.

-Roberto…. aaayyy…  Roberto ¡por favor ! uuuy…. Mi cola ya es un fuego. Uuuy.

-¿Que fue lo que pasó Julia?

-Roberto, uuuuyyy. Por favor Roberto. ¡Por favor! me arde mucho…. I

mpotente y sin poder resistirse Julia sentía como el calor que se estaba produciendo en su cola se disipaba hasta el último de sus poros. Sus caderas hacían un leve movimiento pendular que lejos de evitar las nalgadas, en algunos casos las hacía más fuertes. -Aaay, por favor, por favor pará. Voy a contarte todo no sigas, por favor.-Escucho. Con su cola mostrando un amplio abanico de matices de rojo, Julia permanecía tendida boca abajo sobre las piernas de Roberto. Necesitaba una pausa. No quería demorar mucho por temor a que las palmadas empezaran de nuevo…

*     *     *    *

Jueves de esa semana, 4:45 p.m.

Julia estaba en el estudio, sentada en su PC terminando de redactar un oficio. En ese momento suena su celular. Ve por el captor que es Ivonne.

-¡Ivonne! Que alegría saber que no tuvieron que pasar otros 10 años. (risas)

-¡Hola Julia! Escuchame, desde que nos encontramos ayer no pude dejar de pensar en reunirnos otra vez. Qué te parece si este viernes de noche salimos juntas. Julia tuvo algún instante de duda, para luego decir:

-Roberto está en el interior, así que claro que acepto.-¡Esa es mi Julia!-A  las 10 de la noche, nos encontramos. Hay para un restaurante que se llama “Rueda”, está en Mignones y Joaquín Nuñes. ¿Lo conocés?

-Si lo conozco ¡me encanta!

-Bien, no encontramos allí. Tengo muchas ganas de que vengas. Beso, hasta mañana.

-Beso para vos también Ivonne. Ambas cortaron. Le resultaba tan extraño encontrarse otra vez después de tantos años con su compañera de estudio tan querida. En su alma se alojaba la inexplicable sensación de estar por emprender un viaje hacia lo desconocido, lo cual por un lado la hacía temer, pero por otro no podía dejar de ir a su encuentro.

*     *     *    *

Viernes de esa semana 10:05 p.m.

Era una fría y ventosa noche de viernes. Gracias a que un auto salía dejando el lugar libre Julia pudo aprovechar para estacionar muy cerca de la puerta del Restaurante al que se dirigían. El lugar presentaba el perfecto equilibrio entre decoración, iluminación y buen gusto. Lo primero que Julia divisó fue la barra, donde solo había un par de hombres de traje tomando un trago y conversando.

Desde un apartado, una inconfundible mano quería llamar su atención. A Julia se le iluminó la cara con una sonrisa.

-¡Hola Ivonne!

-¡Julia!  Qué suerte que llegaste.

Ivonne se paró y ambas se abrazaron y besaron afectuosamente. Julia se sacó su tapado, y lo acomodó al lado del de Ivonne. Con elocuente naturalidad ambas mujeres se sentaron frente a frente.

La alquimia instantánea que se produjo le provocó a Julia un cierto arrepentimiento por haber dejado pasar tanto tiempo. A pesar de que tenía otras amigas muy cercanas, con Ivonne sentía que existía una conexión muy espontánea y desprejuiciada. Ninguna acaparaba del todo la conversación: Las sonrisas, los gestos de asombro y las risas se intercalaban con los vasos de buen vino y los variados bocaditos servidos en bandeja de fino aspecto.

El tiempo pasaba más allá de la percepción de ambas mujeres. La bebida obraba como perfecto catalizador para que la conversación se pusiera cada vez más íntima.

-¿Por qué te divorciaste Ivonne? Digo… de veras, ¿qué fue lo que falló?

Ivonne bebió lo que le quedaba de vino en la copa. Tomó la botella y volvió a llenar ambos copas.

-Omar es un muy buen tipo. Buen padre, buena persona. Julia, yo siempre fui muy independiente, económicamente hablando, afectivamente hablando, y de todas las formas posibles de imaginar. Esto nunca fue un problema para él

-Pero ¿y entonces?

-En algún punto tuve la necesidad incontrolable de que me pusiera algunos límites, sin sacarme libertad, pero que me marcara la cancha.

-¿Marcarte la cancha? (Ivonne se sonrojó)

-¡Sí! es difícil de explicar lo que necesitaba…

-Sé que hace mucho que no nos vemos, pero Ivonne… por algo estamos hoy aquí recuperando el tiempo perdido. La rutina y el trabajo nos llevó a alejarnos, pero siempre fuimos íntimas. Eso no lo olvido. Yo estoy sintiendo la misma confianza que tenía con vos en aquellos años. Somos mujeres y amigas… Me parece que el vino me está haciendo efecto… cuando tomo cambio de introvertida a extrovertida.

Ambas mujeres rieron. Julia siguió hablando.

-… Lo que vos me contás es parecido a lo que yo te conté el miércoles en el café… quizás nos podamos ayudar mutuamente.

Como tomando coraje para hacer una confesión íntima Ivonne suspiró profundamente.

-Te voy a contar algo que nunca le conté a nadie…

Ivonne tomó la mano de Julia y apretándola le dijo:

-…y te pido lo mantengas en reserva. Yo siento que puedo confiar en vos.

En respuesta Julia le devolvió una mirada cargada de ternura y entendimiento.

-Podés confiar en mí Ivonne.

-Cuando tenía 16 años, yo iba a clases particulares de Matemáticas con un muchacho que era mayor que yo. Vivía en el barrio, tenía 20 años. Era un estudiante de Ingeniería que le iba muy bien en su carrera. Mi madre conocía a sus padres, y como favor especial para ella me empezó a preparar para dar matemáticas. Fue la única vez que me llevé una materia a febrero. Yo iba a su casa, y en su dormitorio me daba clases a mí sola. Como sus dos padres trabajaban estábamos solos por lo general.  Para mí fue verlo y gustarme, todo uno. Era buen mozo, educado, cálido y paciente. Sabía hacerme fácil lo difícil, y con él entendí las matemáticas. Se llamaba Alfonso, yo lo llamaba “Profe”. No faltaba a una clase. Siempre hacía todos los deberes… siempre, pero no lograba llamarle la atención como mujer… Era muy exigente. Cerca la fecha del examen me mandó muchos deberes para el fin de semana. Me acuerdo que protesté, y le dije:

-¡Profe, es mucho!…  ¿y que pasa si no hago los deberes?

-Entonces te vas a portar como una niña traviesa, y te voy a tener que castigar. Cuando me dijo “castigar” algo muy fuerte despertó dentro de mí… algo que parecía estar clamando por ser descubierto.

-¿Castigar…? (pausa) ¿Cómo me castigarías Profe?

-Más vale que no averigües, y hagas todos los ejercicios que te mandé. El permanecía en silencio revisando lo me estaba mandando. Lo tomé del brazo, y mirándolo a los ojos le dije:

-¡Profe, quiero saber que me harías!-No lo vas a averiguar por que tú vas a hacer todos los deberes que te mandé para el fin de semana.

-… y ¿si no los hago?

Entre la atracción que sentía por él combinado por la enorme curiosidad que me provocaba su amenaza no podía creer lo que estaba haciendo, pero una fuerza interior no me permitía detenerme. Yo tenía que saber qué era lo que me iba a hacer.

-Créeme, tú no vas a querer que cumpla mi palabra. Haz tus deberes.

Sorprendida por los laberintos que me estaba conduciendo mi curiosidad no dudé en contestarle.

-Como tú no me dices cómo me vas a castigar, yo no te voy a decir si voy a hacer los deberes. Nos vemos el lunes.

Le dí un beso me di media vuelta y me fui. Me pasé el fin de semana entero haciendo los ejercicios, pero no pude resistir la tentación…  Dejé los deberes en casa, y el lunes me aparecí sin los deberes como si no los hubiera hecho…. A propósito fui con una falda muy cortita. Me di cuenta que él lo notó enseguida…

-Ivonne ¡no puede creer que te dejaras estar de esta manera! El viernes es tu exámen. ¿Qué pasó?

-No pude hacerlos Profe.

-Ivonne ¡ese examen los vas a salvar!  Los ejercicios los vas a hacer ahora, aunque te lleve toda la tarde y la noche terminarlos.

-Pero…

-Nada de “peros”. ¡A trabajar!

-¡No!

-¿Cómo que “No”?

-¡No quiero!

Como si alguien hubiera detenido mágicamente el tiempo, él permaneció mirándome, y yo mirando hacia el piso. Fue el silencio más largo de mi vida. “Dejá tus cuadernos arriba del escritorio.” dijo Alfonso con tono severo… Yo los dejé. El me tomó del brazo y me llevó hasta el borde de su cama. Se sentó cómodamente sin soltarme del brazo. Luego me puso sobre sus rodillas boca abajo. Era tanto el respeto que sentía por Alfonso que casi no ofrecí resistencia… Los latidos de mi corazón retumbaban en mi garganta. Dejó pasar un rato que para mí fue eterno. Después me levantó la falda, y bajó mis bragas hasta dejarme la cola  totalmente descubierta.

Con la boca abierta, rostro mezcla de asombro y curiosidad, Julia escuchaba. Un inexplicable cosquilleo recorría su cuerpo. No sabía qué acotar. Sólo quería que Ivonne siguiera con su relato…

-¿Qué pasó luego?

-Mi curiosidad se vió largamente satisfecha. Nada parecía detener la determinación de Alfonso. Nunca pensé que su mano fuera tan dura, y su brazo tuviera tanto balanceo. La lluvia de palmadas fue interminable. Al principio pataleaba un poco, luego lentamente me fui derritiendo sobre sus piernas. Al final casi lloro. Mis padres jamás me habían hecho algo así. Recibí la nalgueada de mi vida.

-¡Qué locura Ivonne! ¿Le contaste a tu Madre?

-¿Contarle a mi Madre? (pausa) Ni loca.

-¿Todo terminó allí? ¿Qué pasó después? Una expresión de nostalgia se instaló en el rostro de Ivonne.

-Me puso en penitencia.

-¿Cómo?

-Me mandó al rincón con la falda levantada y las bragas tal como la había dejado él.

-¿..y vos fuiste?

-Sí. Me quedé hasta que el me sacó de la penitencia. Luego le pedí para ir al baño. (pausa) Me miraba las nalgas en el espejo. Me habían quedado como un tomate. Me las toqué y eso me produjo una sensación imposible de describir.

-¿Te fuiste?

-Si me fui ¡já! No Julia, me quedé. Hice todos los ejercicios. Todos los que me había mandado otra vez, y más. Al día siguiente fui otra vez e hice más ejercicios matemáticos. Él me los ponía cada vez más difíciles, y yo los resolvía. Salvé el examen con 91 sobre 100. Estaba tan feliz que a la primera persona que fui a ver a la salida del examen fue a Alfonso. Él se puso muy contento y me regaló un chocolate.

-Ivonne, pero ¿no fue traumático para vos esa experiencia?

Ivonne miró a Julia con lágrimas en los ojos.

-Fue una de las experiencias más maravillosas de mi vida. Sin prácticamente hablar, Alfonso me ayudó a descubrir que yo era una spankee. Nunca hicimos el amor, no porque yo no lo deseara, pero meses después se fue becado a Bélgica y nunca más lo vi. Para mí ese día fue más importante que el día que perdí mi virginidad.

-¿Spankee? ¿Así llaman a las mujeres que les gusta que las nalgueen?

-Es más que eso. Pero a grandes rasgos, sí.

-Toda esto surgió cuando te pregunté por tu divorcio. ¿Como se conecta esto? (profundo suspiro de Ivonne)

-Después que se fue Alfonso, yo me negué a mí misma que era una spankee. ¿Uruguaya reprimida yo? (ambas mujeres rieron a coro). Me llevó algunos años y psicoterapia aceptarlo. Entendí que era quien soy, y que negármelo era ir en contra de mi propia naturaleza. Todo esto me ayudó a vencer dos cosas, mi miedo y mis prejuicios. Un buen día encaré a Omar y le dije que necesitaba que me pusiera límites, y si no los respetaba que me nalgueara duro y parejo. No me contestó enseguida… Un buen día me invitó a tomar un café, y me explicó que me respetaba pero que eso no era para él.

Ivonne extendió su mano, tomó su cartera y extrajo un pañuelito con bordados. Se lo llevó a los ojos.

-Linda…. ¿qué te pasa? Hablemos de otra cosa si querés.

-No Julia. No sabés la necesidad de contar todo esto que tengo. ¿Te aburro?

-¿Vos estás loca? Ni el Código Da Vinci me atrapó de esta manera. Por favor, seguí hablando.

-Después dar muchísimas vueltas sobre ese y otros asuntos que tampoco funcionaban, decidimos separarnos… Yo le expliqué que no era violencia doméstica. Que iba a ser muy bueno para nuestra pareja. Que nos iba a hacer mucho bien a nuestras autoestimas. Pero no lo entendió…

-Ivonne, no sabés cuánto lo siento.

Julia extendió sus brazos y puso sus manos sobre la cara de su amiga. Ivonne tomó las manos de Julia y las sostuvo.

-Seguime contando Ivonne.

-Omar pasó. No fue fácil, pero pasó. Nunca dejé de pensar en Alfonso, pero sé que sigue por Europa, y está instalado allá.

Ivonne suspiró con un profundo alivio.

-No sabés la necesidad que tenía de decir todo esto. Ninguna amiga mía es tan buen escucha como vos. (Julia sonrió, y le apretó ambas manos)

-Cómo pudimos dejar pasar tanto tiempo, tenemos que recuperarlo urgente. (pausa) Ivonne es viernes, y la noche es joven, vamos para la Ciudad Vieja para cambiar de aire. -Ivonne sonríe ampliamente.-¡Sí, claro que sí!
Ambas mujeres terminaron tranquilamente su entremés. Pagaron la cuenta, y luego en sus respectivos autos iniciaron la marcha hacia la Ciudad Vieja.

Sábado de esa semana, 4:05 am

Roberto puso a Julia de pie, para luego mediante su mano conducirla gentilmente hasta la pared. Julia frotaba con suavidad sus nalgas ardidas. Roberto la terminó de desvestir dejándola completamente desnuda, con sólo sus pulseras y collar puesto. Contrastando con la fría noche de invierno la temperatura del dormitorio era agradable.

Julia sintió como los dedos de Roberto recorrían su espina dorsal, esto le provocó un profundo suspiro. Desde atrás Roberto acercó sus labios a la oreja de Julia.

-¿Qué más pasó esta noche Julia?

-¡Nada Roberto! Fuimos a la Ciudad Vieja, tomamos un par de tragos más, picamos algo, bailamos un poco, y me vine para casa.

El tono de voz de Julia sonaba como la de una niña que estaba ocultando una travesura.

-Manejaste después de haber tomado dos tragos… ¿más todo lo anterior?

-Bueno… Sí… pero manejé con cuidado….

-¿Qué bailaste?

-Rock y Rítmica, música divertida. Por favor Roberto….

Roberto sacó del bolsillo de su camisa una hoja A4 doblada en cuatro. Lentamente la  desdobló y la contempló con expresión neutra. Con mirada severa se dirigió a Julia.

-No se puede negar que la calidad de las impresiones es cada vez mejor. ¿No opinás lo mismo?

Julia voltea su cabeza tratando de mirar de reojo el papel impreso.

-¿Querés verla?

Roberto le acerca la hoja a Julia, quien la toma pero no logra distinguir bien su contenido.

-Acercarte a la luz.

Julia empieza a caminar hacia el foco de luz, haciendo que éste bañe por completo la hoja impresa. Sus ojos incrédulos la recorrían de punta a punta. Su boca en gesto de asombro se abría cada vez más, su garganta se secó, y no pudo emitir palabra. Roberto sirvió medio vaso de agua mineral y se lo ofreció a Julia, quien lo bebió con expresión de alivio y ojos cerrados.  En la impresión se podía ver a dos mujeres danzando sobre dos mesas distintas rodeadas de gente bailando. La única prenda que ambas mujeres lucían era sus diminutas bragas. Una de ellas era inconfundiblemente Julia.

-Roberto, lo puedo explicar… fue un momento de locura… ¿Cómo te llegó esto?

-A la luz de la evidencia Julia, las preguntas las hago yo.

-Roberto ¡por favor!

Roberto caminó hasta la cama y puso dos almohadas apiladas en el centro de la misma. Una sensación de extrañeza recorrió el cuerpo de Jullia.

-¿Qué vas a hacerme Roberto?

-Acostate boca abajo sobre la cama.

-Papito… por favor… no lo voy a hacer más.

-Ahora Julia.

Julia abrazó a Roberto y empezó a llorar, y él la contuvo en silencio. Después de un rato la tomó del brazo y la acompaño hasta el borde la cama. Ella se arrodilló sobre el borde la cama para luego con sus brazos hacia delante ponerse en posición. Las almohadas dejaban sus posaderas en posición saliente. Extendió sus brazos y hundió sus dedos en el acolchado que cubría la cama. Roberto desabrochó su cinturón y se lo sacó, Lo dobló en dos. Parado al costado izquierdo de Julia la observaba con detenimiento.

-¡Papito, por favor! ¿Qué me vas a hacer?

Una extrañísima sensación mezcla de temor, ansiedad, excitación y arrepentimiento recorría el cuerpo de Julia. Un cosquilleo nervioso y casi tangible unía su paladar con su ingle.

-Ahora si Julia, ¡toda la verdad…!

Sábado de esa semana, 2:15 am

Ambas mujeres entraron a un  resto-pub bailable llamado “Luna Menguante” sobre la calle Bacacay. Era un lugar pensando para los de treinta y pico en adelante. Eligieron una mesa, ordenaron bebida y se sentaron.

-Aquí me parece que hay más onda para divertirnos.

-Julia mirá en aquella mesa hay unas amigas, son dos boludas pero muy divertidas. Vení vamos a saludarlas. Ambas mujeres se levantaron y se dirigieron a la otra mesa, donde había otras dos mujeres.

Después del ritual de las presentaciones, Julia no recordaba cuál era María José y cuál Magela.  Gracias a las bebidas que seguían corriendo generosamente las cuatro mujeres rápidamente entraron en confianza. Después de un rato salieron todas a bailar. Con la música Fito Paez, Peter Gabriel, Jaime Roos, Carly Simon y el Negro Rada, el ritmo y la temperatura de la cruda noche de invierno iba en aumento. El punto de inflexión llegó cuando a través de los parlantes empezó a escucharse “You can keep your hat on” de Joe Cocker (la canción que inmortalizó Kim Basinger con su escena de desnudo en Nueve Semanas y media). La pista de baile se alborotó. Una de las chicas, Magela, se acercó a Julia y le dijo al oído “Gordita, estoy seguro que no te vas a animar a seguirme”. Se alejó bailando, y con la ayuda de un par de galanes se subió a una mesa y siguió bailando pero de forma muy provocativa. A medida que la canción discurría empezó a desabrocharse la blusa. Ivonne y Julia miraban con asombro. “¡Está Loca!” dijeron a coro. María José, que presentaba ya ciertas señales de intoxicación no paraba de reírse.

-Ivonne, esta hija de puta me llamó “gordita”.

-No le prestes atención. Te dije que son unas boludas.

La blusa de Magela ya estaba totalmente desabrochada, con movimientos sexies que acompañaban el ritmo la sacó con lentitud. Hombre y mujeres no paraban de aplaudir. También se podía divisar algunas damas muy molestas con sus acompañantes masculinos. Magela miró a Julia a los ojos y vocalizó en forma inconfundible “Gordita”. Algo había hecho clic dentro Julia, los impulsos tomaron el control en su mente desplazando a la razón. “Gordita, pero me defiendo hija de puta” pensó Julia.

Con la ayuda de una silla Julia se subió a otra mesa, y empezó a bailar… La multitud enloqueció. Julia abrió su blusa, y después de agitarla con delicada suavidad, la tiró. El duelo estaba instalado…

-¡Julia estás loca!!  Por favor ¡bajá!  (Pero los gritos de Ivonne eran inútiles)

Magela se desabrochó la falda y con movimientos de contoneo se la sacó por los pies, quedando con mirada desafiante hacia Julia. Esta no dudó, siguió bailando, y rápidamente también voló su falda.  Ivonne corría de un lado a otro recogiendo prendas. Ambas mujeres ya estaban en ropa interior, la situación no podía ser más caliente. Magela se desabrochó el brasier, y mirando de reojo lo dejó escurrir por sus brazos.

-¡Julia, basta! (gritaba Ivonne)

Julia la miró derecho a los ojos, también se desabrochó su brasier, se lo sacó y tiró hacia un costado. La única prenda que cubrían a las respectivas damas eran sus diminutas bragas. Magela empezó a jugar con el elástico de la suya empezando a hacer amagues de sacárselo. Julia sintiendo que sus bragas eran su último reducto también empezó a jugar con el elástico, pero no quería avanzar más, pero ¿perdería el duelo? Repentinamente Ivonne subió a la mesa con un tapado y cubrió a Julia, ambas bajaron con ayuda de la mesa. María José le gritaba a Magela para que bajara también, quien con algunos tropiezos obedeció.

A coro los concurrentes empezaron a gritar “¡Empate! ¡Empate!”.

*     *     *    *

En el enorme baño de mármol negro del lugar, con la ayuda de Ivonne, Julia se terminaba de vestir. Los estados de ánimos fluctuaban desde la culpa hasta las risotadas. Tanto la bebida como la excitación habían dejado sus huellas en los rostros de ambas mujeres. Julia primero se refrescó con toques de agua fría en la cara, para después quedarse mirando en el enorme espejo de pared a pared.

-Dios mío Ivonne ¿qué hice?. Me enloquecí.

-Quedate tranquila. ¿Viste a alguien conocido?

-No que me diera cuenta. Fue un momento de locura, que quizás debas tomarlo como un momento de liberación.

-No sé qué me pasa esta noche Ivonne, quizás sea la bebida, pero me siento distinta. No he podido dejar de pensar en lo que me contaste que te hizo Alfonso cuando tenías 16.

Ivonne quedó sorprendida, no sabiendo qué contestar. Se tomó un momento:

-¿Que te provoca?

-(pausa) …es raro. Curiosidad, ansiedad…

-Dejalo salir.-¿Que lo deje salir? ¿Cómo?

-No lo reprimas. Sé vos misma.

Mientras se hace algunos retoques, Julia queda sumida en la reflexión, mirándose al espejo.

*     *     *    *

Julia e Ivonne van caminando hacia sus autos en silencio, luego ambas se abrazan.

-Qué lindo fue volverte a ver.-Lo mismo digo Ivonne. ¿Vamos a vernos la semana que viene?

-¡Por supuesto! Tenemos mucho de lo cual seguir hablando.

-Me divertí mucho contigo esta noche, sentí que volvimos a aquellos años en que salíamos juntas con el resto del grupo.

-Te estoy llamando el lunes Julia.

-Claro que sí. Cuidate.

Ambas mujeres se volvieron a abrazar y besar.

Sábado de esa semana, 4:35 am

Julia ya había confesado. Por un lado se sentía aliviada, por otro sentía que con Roberto parado a su lado con cinto en mano, y ella desnuda en posición sobre la cama, el veredicto iba a ser culpable.

-Julia, jamás fui un obstáculo para salieras con tus amigas, ni lo pienso ser, pero vos corriste un riesgo y yo te pesqué, no te vas a librar de un buen castigo por lo que hiciste.

-Pero por favor Roberto, ¡por favor! Fue un momento de locura. Te prometo que me voy a portar bien.

-15 azotes,  y los vas a contar uno por uno.

-¿15? ¡Por favor mi amor! Mi cola ya recibió sufrió bastante.

-20-No, no, mi amor, 15 está bien.

-20 ¿o vas a querer 25?-

No, no, no, no 20 está bien.

Julia respiró profundo, cerró los ojos y apretó fuertemente el acolchado con sus puños… Slash!!! El primer cintazo cayó a pleno sobre sus nalgas, sacudiéndolas fuertemente y dejando una franja de ardor de lado a lado… “Aaaaaaayyyy Papito, aaaayyy”. Al rato otro azote aterrizó, pero esta vez más cerca de la unión con sus piernas… Con intensidad y pasión Julia pronunció: “Uuuuuy Roberto… te prometo, te prometo que me voy a portar bien, te lo prometo!!!”

-No empezaste a contar.

-Dos, dos, Roberto van dos.

Ceremoniosamente fueron cayendo los azotes uno a uno, quedando la cola de Julia con un centro muy rojo, y franjas coloradas que salían en todas las direcciones. Estoicamente Julia los contó todos. Muy caballerosamente Roberto la puso de pie y la condujo al rincón, donde ella esperó un buen rato. Luego sintió que él empezó a frotarle crema por las nalgas. La sensación le resultaba de enorme alivio y placer. En medio de una marea suspiros inclinó su cabeza hacia atrás y le dijo: “Gracias Señor”.

Fue la primera vez que lo vio sonreír esa noche.

A Julia le resultaba casi imposible compilar todas las sensaciones y emociones que había vivido. Roberto la tomó del brazo y la llevó de vuelta a la cama donde se acostaron juntos. Hasta que los sorprendió el amanecer; las penumbras fueron cómplices de sus silencios, y los silencios de sus pasiones.

Lunes siguiente 9:15 am

Julia llegó a su trabajo, mostrándose relajada, muy sonriente y con un paso más cadencioso que de costumbre. En su camino se cruzó Lorenzo Santos, uno de los abogados veteranos de la firma.

-Hola Julia. Qué bien se te ve hoy.-Muchas Gracias Lorenzo… tuve un fin de semana… entretenido. ¿Cómo fue el tuyo?

-¡Bien gracias! Tranquilo, en casa disfrutando de mis nietos que me vinieron a visitar. Parece que tenés un admirador secreto.

-¿Admirador secreto? ¿A que te referís?

-Cuando veas tu escritorio te vas a dar cuenta.

Julia puso cara de duda y siguió avanzando Al llegar a su escritorio la sorprendió un ramo de rosas rojas en una copa con un pequeño adherido a su costado. Notó como todos sus compañeros la miraban de reojo. Con su mayor naturalidad ella se sentó. El apoyar sus posaderas en su sillón le hizo recordar que la próxima lo hiciera con más cariño. Tomó las flores y las olió. Despegó el sobre de la copa y lo abrió. Extrajo un tarjeta blanca que lucía la siguiente frase: “La próxima vez que quieras bailar desnuda, hacelo para mi. Roberto”. Con cierto histrionismo se dirigió al resto de sus compañeros: “Lo siento chicos, muy privado”. Todos rieron a coro. El evento dio lugar a muchos chistes de oficina que hicieron de ese lunes, un lunes distinto para Julia.

En plena faena de oficina suena su celular y por el captor ve que es Ivonne, con disimulo se levanta y dirige a la sala de reuniones que estaba vacía.

-¡Ivonne! No te imaginás todo lo que me pasó. Ahora estoy con ramo de rosas arriba del escritorio, pero no sabés las que pasé.

-¡Contame!-Roberto me estaba esperando en casa cuando llegué…  Tenía una foto mía bailando sobre las mesas de Luna Menguante. ¡No lo podía creer! Yo te dije que fue una locura, debió haber algún conocido de él allí. Alguien me sacó una foto con un celular y se la mandó.

-Pero ¿qué te pasó?

-Imaginate…

-¡Nooo! Te puso sobre sus rodillas y te…

-¡Si Ivonne! Me nalgueó. Me dejó la cola rojo fuego. Pero ¿quién pudo haber estado allí? (largo silencio)

-Fui yo Julia.

-¿Cómo? ¿Cómo que fuiste vos?

-Fui yo la que le mandé la foto desde mi celular. Primero busqué el número de Roberto en el tuyo, y luego se lo mandé.

-Pero ¿vos estás loca? ¿Por qué me hiciste eso? No lo puedo creer. ¿Vos sabés cómo me quedó la cola? Porque sabés que después de las nalgadas vino el cinto. ¿En que estabas pensando? No lo puedo creer.

-Pensalo bien Julia y decime, ¿quién es la que ahora tiene la atención de su marido? (silencio)

-¿Quién es la que tiene el ramo de rosas rojas sobre su escritorio? (silencio)

-¿Quién es la que debe haber pasado un sábado y domingo de reencuentro? (silencio)

-Pero…  yo… yo… no sé si mandarte al diablo o agradecerte…

-Julia, mientras lo pensás, agendate para el jueves de tarde “Ir a tomar el té a lo de Ivonne”.

 

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