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La historia de mi humilde cinturón

 

Autor: Gerardo (yerar51)

Era una vez, un cinturón humilde, de la calle, de esos que se venden de las manos toscas de los comerciantes ambulantes.

Me miró, me pidió que me lo llevara, que tenía frío, que necesitaba calor de un cuerpo… Todo eso me enterneció, me lo llevé y me lo cargué al cinto casi de inmediato.

Nos hicimos muy amigos. Él sabía cuando yo por excitación salía de su posición, y se alegraba por mí. Conocía a las damas que por sus delicadas manos desactivaban la seguridad y desplazaban por las pretinas hasta que ya no cumplía su misión de sujetador.

Pero un día en que estábamos los dos solos, lo vi muy triste y supe de inmediato que estaba enfermo. Lo observé como un doctor observa a su paciente y de pronto encontré su enfermedad: él se estaba desarmando en su interior. Tomé de inmediato la decisión de operarlo y hacerle un transplante de nervio. Me dí a la tarea de encontrar un órgano adecuado y sin mucho que buscar encontré ese preciado órgano: un trozo de lona industrial de color verde sedoso, pero lo más importante, con una tela interior entre sus dos caras, lo que daba la ventaja de que jamás se rompería. Y así fue. Después de largas horas de operación quedó como nuevo, brillante. Conservó su color negro por fuera, ganó un color verde y sedoso por su interior, pero… lo más importante: ganó resistencia, peso y mucha flexibilidad manual. Mi amigo estaba feliz, feliz.

Pasó un tiempo y gozamos juntos: él mirando y sintiendo manos suaves desabrochándolo, y yo disfrutando de las pieles sedosas y hermosas que frecuentaba.

Pero mi cinturón nuevamente estaba triste, y lo volví a notar. Un día le pregunté qué le pasaba, si no estaba contento con su nueva estructura, y me dijo que sí. Lo que lo tenía triste era que él quería también tocar esas suaves pieles que yo tocaba, que quería disfrutar igual que yo, pues… “Ya está”, le dije, “es hora de que lo hagas”. Y así fue.

Citamos una piel suave, yo la besé con mucha ternura, le excité lentamente, abracé su cuerpo, le calenté sus glúteos con mis manitas, probé sus pechos con mis labios, la puse sobre mis rodillas, sentí su peso en mis piernas, azoté con más ganas sus glúteos hasta dejarlo de color rosas y calientitos.

De pronto le ordeno que se coloque de a cuatro patas como un perrito, que levante su colita, y sin más aviso y sin que se diera cuenta, mi amigo el cinturón probó esos glúteos con placer. Y se dejó caer de nuevo. Y otra vez.

Ella saltaba en cada visita de mi amigo. Fueron diez veces que sin parar mi amigo cinturón cortaba el aire y se estrellaba con mucha alegría contra ese hermoso cuerpo. Nos detenemos y ambos miramos esas marcas maravillosas dejadas, media lunas hermosas, recuerdos para ella que le durarán a lo menos una semana. Es una obra y me cambio de lado y las visitamos diez veces más esa noche, para que mi cinturón amigo no quedar con ganas. Y mi niña lloraba, pedía perdón, contaba, saltaba, sus piernas se batían… pero nada. Esa noche no tenía yo corazón para dejar a mi amigo cinturón con ganas a más.

Hoy lo recuerdo con pena. Hoy, lo echo de menos. Adiós amigo, ojalá estés en buenas manos… hoy.

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