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La carta olvidada II: La mentira

Autora: Ana K. Blanco

La mentira

Rocío adoraba los fines de semana. Aprovechaba para levantarse tarde, arreglar su apartamento, andar por la casa como se le viniera en gana y disfrutar de las cosas que le gustaban: música, TV, y sobre todo navegar por internet y leer.

Era sábado, comenzaba a oscurecer y la gente pululaba por la Avenida. Recién acabada de bañar, Rocío se vistió sencillamente, como para gozar una noche de soledad en su departamento. Se puso unas bragas blancas cavadas que cubrían casi por completo sus firmes nalgas. Decidió no colocarse sostén y acomodó sus pechos turgentes dentro de un vestido color manteca, sin mangas, con una amplia falda con caída irregular como lo indicaba la moda y unas sandalias al tono. El pelo recién peinado, suelto, lacio y largo, reflejaba los colores dorados y rojizos con los que el sol se despedía hasta el día siguiente.

Se acercó al equipo de música y un CD de el grupo “Il Divo” comenzó a sonar. No era fanática de la música clásica, pero este grupo le gustaba muchísimo. Tomó el libro, se dejó caer en el sillón y se dispuso a leer “Las Memorias de Dolly Morton”

El sonido del timbre la sobresaltó. No era el portero eléctrico, era alguien que estaba en la puerta de su casa. Era extraño porque el portero no permitía entrar a ningún desconocido, hasta que anunciaba la visita por el teléfono interno y esperaba la aprobación. Debía ser, seguramente, algún vecino. Abrió la puerta y quedó paralizada…

Un hombre guapísimo estaba parado delante de ella. En un segundo que lo observó, notó que tendría unos 35 años, quizás algo más; alto, con una musculatura hecha a costa de trabajo, no de gimnasio. De cabello negro y una piel… más que tostada parecía curtida por el sol. Dos ojazos verdes como esmeraldas resaltaban en esa cara angulosa, marcadamente masculina

Él la miró fijamente y con una fría sonrisa que dejaba ver su blanca dentadura, le dijo:

-Buenas noches. Mi nombre es Fabián Alzamendi -dijo con una voz potente y firme mientras le estiraba una mano que a ella le pareció enorme.

-¿Fa… Fabián? Pero… yo… -quedó de piedra. No era posible que “él” estuviera allí.

-¿Nos conocemos? Porque sinceramente… no recuerdo haberlo visto antes.

-No, nos conocemos ni nos vimos con anterioridad. Yo conozco su nombre solamente.

-¿Mi nombre? ¿Y de dónde conoce mi nombre?

-Bueno… -debía pensar algo rápido- la chica que vivía aquí, Leticia, dejó unos objetos que terminó tirando luego de preguntarle a Luis algunas cosas, y… y… él fue quién me dijo su nombre y que usted la visitaba con cierta frecuencia.

-Ajá… de eso mismo quería hablarle. ¿Me permite pasar?

-Sí, claro. Es que… -dijo ella totalmente descolocada- es que… sinceramente, no imaginaba verlo por aquí.

-Le pido disculpas si le estoy causando alguna molestia, pero necesito hacerle unas preguntas.

-¿A mí? ¿qué preguntas?

-Vea señorita Anchorena… Leticia y yo tuvimos una relación que ella decidió interrumpir de forma inesperada. Hablé con Luis, el portero, y él me dijo que Leticia había dejado aquí algunas cosas y me preguntaba si usted me permitiría verlas.

-Oh ¡cómo lo lamento! Es verdad que ella dejó aquí algunas cosas que revisé antes de tirarlas. Eran revistas viejas, periódicos, documentos vencidos y sin valor… No había nada más, y todo lo que había lo tiré porque necesitaba el espacio y evidentemente que ella lo dejó para que el ocupara este departamento lo tirara por ella. Pero aparte de lo que le describí… no había nada más.

-¿Nada más? ¿No había ninguna carta, nota o algo a mi nombre? Quizás ella me escribió algo y luego no lo envió, o intentó decirme algo y no se animó… no sé. Sé que ella se va a casar y no seré yo quién lo impida, pero necesito saber… saber si me engañó siempre o si alguna vez realmente me amó. Es algo que no me deja en paz y necesito averiguarlo. Evidentemente que Leticia no quiere verme nunca más, por eso se fue sin dejar ningún dato de su nuevo paradero…

Rocío no sabía qué hacer. Sintió como que le debía a Leticia cierto silencio por haberse inmiscuido en su intimidad. Ya le había dicho que no había nada a Fabián, y no podía desdecirse ahora.

-Pues… lo siento mucho Fabián, pero no puedo ayudarlo -y se paró, como obligándolo a retirarse.

Cuando Rocío se puso de pie, vio encima de la mesa del teléfono los papeles que había escrito Leticia.  No sabía cómo disimular y se puso pálida de golpe, sintiendo un sudor frío en todo su cuerpo. No pudo apartar sus ojos de los papeles.

-¿Qué le sucede Rocío? ¿Se siente mal?

-Sí, un poco mareada. Así que disculpe si le pido que se retire. No quiero ser desagradable, pero quisiera recostarme un rato.

-¿Pero qué le pasa? ¿Qué es lo que mira con tanta insistencia?

-¡Nada! -casi le gritó.

Fabián miró hacia el mismo lugar que ella miraba y vio unos papeles. Se acercó velozmente, antes de que ella pudiera reaccionar y retenerlo. Con las páginas en sus manos miró a Rocío con ojos centellantes.

-¡Me mintió! Usted me mintió descaradamente. Ella sí dejó algo y usted me lo estaba negando. ¿Por qué?

Estaba perdida, ya no podía seguirle mintiendo, así que se sentó y le confesó la verdad: que había encontrado esos papeles y la carta cerrada en un sobre con su nombre y dirección. Le dijo que había leído primero los papeles sueltos y que luego, la curiosidad era tanta que no resistió la tentación de abrir el sobre cerrado y leer. La carta era algo maravilloso y le había mostrado sensaciones y emociones totalmente desconocidas para ella.

-¿Y por qué se negaba a dármela?

Lo miró fijamente a los ojos y le dijo con seguridad y total convicción:

-Me pareció que si ella no se lo había mandado, algún motivo tendría, quizás no quería que usted lo leyera, quizás olvidó el sobre cerrado y luego cambió de opinión y decidió no enviarlo… no sé.

Fabián se desplomó en el sofá y leyó con avidez la carta primero y las hojas sueltas después.

-Bien… está claro que ya no quiere saber nada de mí. Donde quiera que esté, ojalá que logre ser feliz… se lo merece -Levantó su mirada y quedó con la vista perdida en el horizonte, ensimismado en sus propios pensamientos, con la cara triste y acariciando las hojas de papel. Rocío lo dejó allí solo, seguramente necesitaba poner sus ideas en orden. Así que se dirigió a la cocina y se puso a preparar café. Cuando el café comenzó a despedir ese particular y delicioso aroma… Fabián apareció en la cocina. Rocío le sonrió y lo invitó a tomar asiento.

-Pase Fabián. Pensé que un café le vendría bien -le dijo mientras que le servía una taza del humeante y aromático líquido negro.

-¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué me permitió pasar sin conocerme?

-Es que… en cierto modo sí lo conozco. Leí lo que Leticia escribió sobre usted y también Luis dijo cosas agradables sobre su persona. Además, tiene una mirada limpia y da la mano de una forma franca y segura. No creo que sea mala persona.

Él la miró y solamente sonrió mientras se deleitaba observando la grácil figura de aquella mujer yendo y viniendo por la cocina, envuelta en aquel sencillo vestido que al quedar a trasluz, dibujaba una silueta con todas las curvas imaginables.

-Espero que no se haya molestado conmigo por haber leído las cartas. Además -lo dijo en tono desafiante- usted no tiene derecho a molestarse. Ni siquiera Leticia se podría enojar conmigo porque ella dejó todo eso tirado, así que hubiese ido a parar a la basura. Yo no cometí ningún delito ni hice nada malo.

-¿Está tratando de justificarse, Rocío? Pues permítame decirle algo: no estoy enojado con usted por haber abierto la carta y haberla leído. Pero… sí estoy sumamente furioso por su mentira. Todo eso que escribió Leticia en su momento me permite gran tranquilidad de espíritu. No me enoja su intromisión, pero sí me enfurece que me mintiera de una forma tan fría y descarada.

A medida que decía esto, los ojos de Fabián parecían despedir centellas. Se lo veía realmente enojado. Sería mejor que le dijera que se fuera y terminar esto de una buena vez.

(Continúa)

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