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Historia: lavar los platos

Autor: Rex Mauro

Ella sabía que debía lavar los platos, pero no tenía ganas de nada, simplemente era más fácil tenderse en la cama a ver televisión, hora tras hora, sin ninguna presión y sin ninguna emoción, en el más absoluto aburrimiento. Al fin, llegó su marido, la saludó con un beso, fue a dejar sus cosas y se sentó en la mesa, diciendo, “sírveme comida”. Ella, un poco temerosa, le contestó: “no hice comida” y al decirlo, con sólo mirar la expresión de su marido, pudo sentir mariposas en su estómago y en medio de sus piernas, una sensación sólo comparable a sentir un brusco e inesperado descenso en un bache en un avión, o una brusca desaceleración en una montaña rusa. Entonces él, con furia, se puso de pié, fue a dónde ella estaba, y acercándose casi al punto de estrellar su cuerpo con el de ella, le gritó en forma insultante, arrojando algo de saliva a su cara: “¡qué diablos significa esto!, ¡trabajo todo el día y tu no eres capaz de hacer una simple cosa!”. Ella al escuchar esto sintió que sus piernas temblaban, sus rodillas se flexionaban un poco involuntariamente, su sangre se helaba, su corazón latía a mil por hora haciéndola sentirse algo mareada, al tiempo que algo ocurría en su bajo vientre, algo que no podía evitar, por cuanto sentía que tendría que pagar su falta con dolor y humillación, una humillación que no respetaría su condición de mujer… era muy claro que iba a ser vejada, golpeada, desnudada, insultada, obligada a pedir disculpas y finalmente violada por su propio marido.

En el intertanto, su marido fue a la cocina, y con gran sorpresa encontró una enorme pila de platos, amontonados en completo desorden, llenos de grasa y aceite. “Esto ya basta!” gritó, la tomó de un brazo, la empujó a la cocina, tomó una cuchara de palo, le bajó el pantalón de buzo que ella llevaba, y comenzó a golpearla rabiosamente en sus nalgas. Ella suplicó que parara, comenzó a sentir mucho miedo, a desesperarse, trató inútilmente de detenerlo, pero él era muchísimo más fuerte. El dolor no cesaba… al final las lágrimas brotaron, entonces el castigo paró, y ella quedó de rodillas en el piso de la cocina con la cara llena de lágrimas, sus piernas y nalgas desnudas, y su buzo y sus calzones ridículamente a la altura de las rodillas. Entonces él la arrastró de un brazo al living, mientras ella ridículamente trataba de caminar sin poderlo hacer porque el buzo a la altura de sus tobillos se lo impedía. Debió resignarse a ser arrastrada por el piso, sintiendo una gran impotencia de no poder pararse y caminar, lo cual era en extremo humillante. Fue arrojada sobre una alfombra llena de finos cojines, a los pies de un sofá, boca abajo, dejando expuestas sus bellas y castigadas nalgas. Mientras sollozaba y respiraba dificultosamente sobre los almohadones, y mientras acariciaba con una mano su castigado trasero, moviéndose boca abajo sobre los almohadones, comenzó a sentir un gran alivio de que hubiese terminado el castigo, alivio reforzado por el roce de las suaves telas de los almohadones sobre su piel, sus suaves muslos, su entre piernas. Estaba así boca abajo, sollozando, moviéndose lentamente, para calmar el dolor, cuando vió que arriba su marido se estaba sacando el cinturón, con la cara llena de satisfacción sádica, y le decía “ahora vas a ver quien manda y qué te pasará si me desobedeces” .

Era demasiado, nuevamente sintió ese latir de su corazón que la dejaba mareada, ese congelársele la sangre, aunque ahora comenzó a desearlo, a desear que él la tocara, la castigara, la golpeara, la manoseara, la penetrara. Sus entrañas comenzaron a mojarse copiosamente en complicidad, esperando el castigo, para sufrir cada segundo de él, para experimentarlo, para gozarlo, para entregarse por completo a lo que fuese que él quisiese hacerle.

Él comenzó a azotarla con el cinturón, mientras ella respondía moviendo sus piernas, y meciendo sus caderas, contrayendo su pelvis sobre los almohadones, como si deseara que los almohadones la penetraran luego de cada golpe, en un movimiento que comenzaba a ser demasiado sensual para su castigador. Sensual eran también sus gemidos, como los de una mujer excitada que está en proceso de alcanzar un orgasmo. Golpe tras golpe, minuto tras minuto, dolor sobre más dolor, continuó el castigo. Súbitamente, la tomó de un brazo levantándola. Ella casi desfallecía, estaba como en trance, adolorida, humillada, avergonzada, desnuda, excitada… muy mojada. La dejó sobre el lavaplatos, y le ordenó “¡ahora floja de porquería, lava esos platos!”. Ella, que no reaccionaba, cometió el error de no reaccionar lo suficientemente rápido. Error imperdonable, pues él tomó una finísima ramita de árbol, verde y muy flexible, y aplicó unos certeros golpes sobre sus nalgas. Eso la hizo despertar, al tiempo que casi la hace alcanzar un orgasmo. Comenzó a lavar los platos mientras apenas podía soportar el deseo de ser penetrada, de ser amada… en ese preciso minuto. Estaba muy angustiada, pero sabía que había un sólo camino… hacer la voluntad de él, porque no importaba lo que ella pensara o tratara de hacer, al final él haría su voluntad, y a ella le correspondía solamente obedecerlo, seguirlo, satisfacerlo, complacerlo, entregarse a él por completo. Minuto tras minuto, la angustia de desear ser penetrada continuó, mientras él manoseaba sus nalgas esparciendo crema para aliviarla, a lo que luego continuaba con nuevos y dolorosos varillazos. Finalmente, cuando los platos ya estaban todos limpies, bajó su cierre, extrajo su pene y preguntó, mientras colocaba el glande sobre las nalgas de ella: “Quién es el que manda aquí”, a lo que ella respondió “Usted”. Él la penetró analmente y ambos acabaron en un orgasmo mientras ella era empujada una y otra vez contra el lavaplatos.

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