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Hechizo de amor en la noche de San Xuan

Autora: Ana K. Blanco

INTRODUCCIÓN

De Xanas, Cuélebres, Trasgus y más…

Vivir en Asturias es una delicia para los seres que la habitan. Se trata de un “paraíso natural” como dicen las propagandas. Si vive frente al mar Cantábrico, se disfruta de sus playas, acantilados y esos paisajes marineros que conjugan en perfecta armonía la montaña y el mar. Y en las montañas interiores, el mismo cielo tiene envidia de los habitantes de este paraíso y las nubes bajan hasta las laderas de las montañas para acomodarse allí todo el tiempo que pueden antes de desaparecer.

Los bosques asturianos tienen un encanto especial y los seres mitológicos que en ellos habitan se esconden en las fuentes, las cuevas y caminan entre las brumas para que quienes los descubran no puedan tener total certeza de haberlos visto.

Esta es una historia tan real y palpable como una xana. Mi madre me la contaba de pequeña cuando hacía alguna travesura. En mi mente infantil y en mi memoria quedaron grabadas esas imágenes que ahora revivo y comparto con ustedes con algún agregado de mi parte.

Antes de comenzar con la historia, permítanme contarles quién es quién en la mitología astur.

Las Ayalgas o Atalayas: Aunque en las descripciones de los primeros estudiosos se utiliza el nombre para los tesoros, (ayalga = alhaja) mientras a las jóvenes doncellas que los custodian son conocidas como atalayas o ayalgas, semejantes a las xanas por su juventud, aunque no tan bellas. Parece que se diferencian de éstas en que las atalayas son mujeres y están siempre encantadas, mientras que las xanas no son humanas y rara vez estan encantadas. Debido a su penosa situación, presentan habitualmente una expresión de gran tristeza, cantando bellas pero melancólicas canciones, mientras el Cuélebre permanece atento a sus movimientos, excepto el día de San Juan, cuando entra en un sopor irresistible, momento en el cual es posible desencantarlas.

La xana es el nombre que reciben  las hadas en Asturias. Representan una entidad etérea de cuerpo juncal, cabellos rubios y ojos claros. Vive en las fuentes y se aparece a los caminantes reflejada en las aguas cuando estos acuden para apagar su sed. Son unas criaturas constructoras a las que se les atribuye la edificación de muchos dólmenes, que según la creencia popular no son más que los vestigios de los grandiosos palacios que erigieron.

El Trasgu: Este es el personaje equivalente al trasgo, que se conoce en el resto de España. Es una especie de duende travieso y juguetón, cojitranco y de corta estatura que por las noches se cuela en las casas para hacer las tareas pendientes y colocar las cosas en su sitio o, si está malhumorado,  romper objetos o cambiarlos de sitio con objeto de crear confusión… Viste un gorro colorado, y  un traje del mismo color. Tiene cuernos, rabo y un agujero en la mano por el cual se le escapa el grano que el aldeano le ofrece para hacerle  rabiar. Además de colarse en las casas, también lo hace en las cuadras del ganado al que molesta despertando a los dueños de los animales  por el revuelo y los ruidos.

El Cuélebre es un animal fantástico con cuerpo de serpiente y alas de murciélago,  lleno de escamas y tiene una larga cola. Se asemeja a un dragón o una serpiente alada. Emite silbidos muy molestos siendo muy temido por los hombres que viven en las proximidades de su guarida, los cuales, para darle caza, han de atravesarle  la garganta que es su único punto vulnerable, pues esas escamas que protegen su piel son excesivamente duras y resistentes. Vive en los bosques y cuevas y en la orilla de los ríos: su labor es guardar a las xanas y proteger los tesoros. Se alimenta de personas o ganado y cuando llega el fin de su vida terrenal se va a morir al mar, en cuyas profundidades custodia tesoros durante toda la eternidad.

HECHIZO DE AMOR EN LA NOCHE DE SAN XUAN

A mis padres, que me inculcaron

el amor por Asturias y sus tradiciones.

A Xana y a  todo el pueblo astur.

Claudio había conocido a Xulián en la fiesta de unos amigos comunes, y siendo un hombre que siempre se había sentido atraído por la mitología de los diferentes pueblos, escuchó con mucha atención a aquel asturiano que narraba historias fantásticas sobre hadas, duendes, brujas y demás personajes que pululaban por los bosques de Asturias. Luego de aquellas narraciones fantásticas, Claudio y Xulián se quedaron hablando durante horas. Al  retirarse,  dijo Xulián:

“Ven y pasea por los bosques de Asturias durante la noche de San Xuan. Quien sabe; quizás te hechice una Xana o una Atalaya y no puedas abandonar nuestra tierra…”

Esas palabras quedaron resonando en la cabeza de Claudio.  Estaban en plena primavera a finales de Abril, así que faltaban casi dos meses para esa mágica noche.

La segunda semana de Mayo, ya en tierras asturianas, comenzó a viajar y a “estudiar” todo lo referente a su mitología. Él sabía que estos personajes no existían, pero algo le decía que debía seguir investigando y aprendiendo lo  más que pudiera.

Así se enteró más profundamente de que las xanas eran seres encantados, parecidos a las hadas y de una belleza sin igual. Se diferenciaban de las Atalayas en que estas eran seres humanos, mujeres encantadas; casi siempre hermosísimas princesas. Ambas estaban custodiadas por el Cuélebre. Muchos más seres mitológicos fue conociendo Claudio: el Nuberu, el Busgosu, el Diaño Burlón, la Güestia, el Trasgu, las Bruxas…

En todo eso iba pensando aquella mañana mientras subía la montaña por el estrecho camino trazado por los caminantes y los carros. No hacía calor, pero aquella caminata le había dado sed y le habían indicado que un poco más adelante encontraría una “fonte” (fuente) donde podría beber. La divisó a lo lejos y a ella se acercó. Cuando tenía sus labios posados en el agua, abrió los ojos y vió el reflejo de una joven de ojos verdes, cuyo rostro de gran belleza enmarcaba su larguísimo cabello rubio. Se sobresaltó y miró por encima de su hombro, pero nadie estaba allí. Esperó unos segundos, volvió a mirar en el agua, y allí estaba la hermosa ninfa, mirándole con cierta picardía y desfachatez.

Claudio quedó inmóvil por la emoción y la sorpresa; ante sus ojos fue desapareciendo lentamente la imagen de la joven. Casi corriendo, llegó al pueblo de Villabolle donde estaba hospedado, y le contó a Jesús, su anfitrión, lo sucedido.

“Tranquilo hombre, tranquilo. Sólo has visto a Soñada, la xana que vigila el tesoro de la fonte de Francos. No te hará daño, pero puede usar sus encantos para enamorarte y eso sí es peligroso. Cuídate, no la mires si vas a beber agua allí, y sigue tu camino”.

Claro que decirle que no fuera era como una clara invitación a que siguiera haciéndolo. Se fue a su sencilla habitación a dormir con el rostro de Soñada en su mente. Fue quitándose la ropa y doblándola ordenadamente, así como el resto de sus pertenencias.  A medida que las sacaba de los bolsillos iban a parar al cajón que oficiaba de mesita de noche… Se acostó en el camastro y luego de innumerables vueltas, se durmió. Entre sueños le pareció oír ruidos extraños, pero no lograron despertarlo. Al día siguiente, cuando ya asomaba el sol, se desperezó mientras el canto del gallo seguía anunciando el nuevo día.

Se sentó en la cama y, al mirar de reojo el cajón,… ¡se sobresaltó! Todos sus objetos estaban fuera de lugar y le faltaba el reloj. No entendía nada: los habitantes de aquella casa eran personas honorables y de confianza.  Negábase a pensar que alguno de ellos hubiera  entrado a su habitación para hacer aquel desastre estando él ni sin estar. ¿Qué habría ocurrido?

Pasó a la cocina para desayunar. En una pequeña mesa frente a la lumbre, estaba Jesús sentado en un banco saboreando una humeante taza de café. El pan de Grandas estaba siendo cortado por su esposa María, con una maestría que solo la costumbre de repetirla varias veces al día podía dar.

-“Buenos días”, saludó Claudio.

-“Buenos días: adelante. Tome asiento. ¿Le sirvo un café?”, preguntó solícita la dueña de casa.

-“Sí, por favor. Muchas gracias”.

-“¿Qué le sucede Claudio? Parece que haya pasado algo… ¿está bien?”, le dijo Jesús con gesto preocupado.

-“Bueno… la verdad es que…”, no se animaba a contar lo sucedido y, bajando la mirada, calló.

-“Vamos, cuente, quizás le podamos ayudar”.

-“Verá usted… no sé qué pasó, pero… esta mañana encontré mis pertenencias fuera de lugar, y me faltó el reloj. Soy una persona ordenada: sé cómo coloco mis cosas cuando me acuesto y estaba todo revuelto”.

-“Ese fue el Trasgu”, dijo María sin titubear. “En mi cocina también encontré desorden y de noche hubo estropicio de ollas y sartenes. Pero ya lo arreglaré yo”

-“Pero… pensé que el Trasgu no existía, que era una leyenda, un mito”, dijo Claudio sin salir de su asombro.

-“Pues sí; existe querido amigo. Si no ¿cómo podría explicar lo que pasó?,” le decía Jesús mientras revolvía el café- “Su reloj aparecerá donde menos lo imagine”.

El desayuno transcurrió escuchando la explicación de María; le contaba que para que el Trasgu no molestara más, se le daban tres tareas, imposibles de cumplir para que él  que es tan orgulloso, al no poder hacer lo que se le mandaba, se marcha frustrado y deja de molestar. Las tareas encomendadas eran: llenar con agua de mar una cesta de mimbre, convertir en blanco una piel o “peleyu” negro de carnero, y por último llevar media copa de licor en su mano izquierda o bien recoger con esa mano el cereal que estaba desparramado en el suelo. El Trasgu tiene un agujero en la mano izquierda, así que, cuando intenta agarrar líquidos o cosas pequeñas, estas se le escapan por él.

Claudio no podía creer que esto le pasara a él y estuviera conviviendo con seres mitológicos. Sumido en esos pensamientos, dirigió sus pasos hacia la orilla del bosque. La naturaleza fue generosa con el suelo asturiano y le regaló una inmensa variedad de árboles. Es común encontrar abedules, avellanos, tejos, castaños, sauces, nogales, robles, encinas… y mirando su suelo se ven hierbas medicinales y también mágicas, como la ruda, la valeriana o la verbena, por solo nombrar tres de ellas.

Una densa nube estaba cubriendo el bosque, lo que no permitía distinguir claramente qué había unos metros más adelante, así que cuando vió moverse algo entre los árboles, pensó que sería un corzo. Se paró, agudizó la vista y distinguió una figura humana. Era… ¡una mujer! Vestía ropajes antiguos; un vestido de terciopelo azul que le llegaba a los tobillos, con las mangas largas y ajustadas. Su cabello dorado caía más abajo de su cintura y cantaba algo que no terminaba de comprender, pero que sonaba doloroso. Le gritó que se detuviera y ella lo hizo, mientras que se daba vuelta y le miraba de frente: tenía un rostro bellísimo, dulce y triste, muy triste. Parecía que estuviera a punto de llorar. Cuando estaba a pocos metros de ella, la chica comenzó a correr y desapareció entre la bruma y los árboles…

Una vez más debió recurrir a Jesús que le explicó con una paciencia infinita:

-“Sí; es Nadia, una princesa mora encantada que vaga por el bosque. Dicen que guarda los tesoros de Ricardín, escondidos en una cueva cerca de Escanlares. Como todas las Atalayas, está esperando que un hombre rompa su hechizo y pueda volver a ser un ser humano normal. Pero año tras año llega la fiesta de San Xuan y nadie logra desencantarla…”

Tras aquella declaración, Claudio iba día a día al bosque con la esperanza de volver a ver a aquella hermosa princesa. Pero esta no aparecía, así que, luego de varias horas de espera, se retiraba cabizbajo de camino al pueblo.

Mientras que Claudio consumía sus días entre la fonte y el bosque, varios ojos se fijaban en él. Por un lado Soñada, la xana traviesa que se había encaprichado con aquel hombre andaba siempre junto a Nadia. Juntas le perseguían sin ser vistas y  hacían alguna travesura que ponía una sonrisa en la boca de Nadia, siempre triste y melancólica.

Soñada era una xana como otras tantas; bella, sonriente, joven… pero se diferenciaba del resto por ser  traviesa. El Cuélebre que la cuidaba, debía estar siempre atento a esta ninfa que le sacaba escamas de todos los colores tratando de mantenerla a raya. Soñada había encontrado una compañera de juegos y travesuras en Nadia , siempre  tratando de animarla, aunque le resultaba muy difícil. Así que cuando vio a Claudio y estando tan cerca la esperada fiesta de la noche de San Xuan, trató de idear un plan para que él pudiera desencantarla, pero antes… se divertiría con él, aunque fuera un poquito.

La idea de entrar en la casa y revolver cada cosa haciendo pensar a todo el mundo que había sido el Trasgu, fue brillante. El asombro de aquel joven forastero al encontrar el reloj en la fonte, el ver su cara desencajada por la sorpresa, supo que sólo por eso había valido la pena tal travesura. La mejor parte era que nadie sospechaba de ella y todos culpaban al Trasgu.

Faltaban pocos días para la fiesta de San Xuan y la primavera ya se sentía cercana. Las flores y el bosque comenzaban a reverdecer mostrándose esplendorosos. Las ninfas de los bosques se dedicaban a cortar flores y fabricarse coronas para adornar sus cabezas, o prendían flores en sus largos y dorados cabellos…

Claudio había logrado  ver de nuevo a ambas ninfas otras veces, pero jamás pudo entablar contacto directo con ellas. Siempre se escabullían o desaparecían en el bosque sin dejar rastro. Desde la primera vez que vio a Nadia en el bosque entre la bruma, el triste rostro de aquella mujer había logrado enamorarlo y no podía quitarla de su mente. Sabía que era algo imposible, pero quería creer que él la podría salvar quitándole aquel hechizo. No sabía ni qué ni cómo tenía que hacer para lograrlo, pero lo averiguaría.

Lo que también tenía extrañado a este hombre, es que continuaban desapareciendo objetos de la casa donde él estaba, además de los ruidos nocturnos y el desorden que se producía un día sí y otro también.

Él siguió investigando día a día, preguntando, consultando libros y a las gentes de los pueblos. Así, reuniendo información de varios lados pudo saber que para librar del hechizo a Nadia necesitaría la ayuda de una bruxa (bruja) que practicara la magia teurgia (blanca). Las bruxas que practicaba la magia goecia (negra) hacían hechicerías y ritos satánicos, utilizando para estos fines los libros grimorios, como por ejemplo el libro de San Cipriano que era el más usado y al que todos llamaban “Ciprianillo”. Contaba la tradición popular que el 30 de abril, incluso en ese año, les bruxes preparaban un ungüento que al frotárselos  en las ingles les permitía volar en sus escobas. Por supuesto que siempre se encontraba algún vecino que había visto alguna y hasta estaba dispuesto a dar su descripción.

En el pueblo de Francos vivía una bruxa llamada Celeste. Quizás ella le podría ayudar, porque  dijeron que era una bruxa “buena”. Así que tomó las pertenencias con las que solía salir a dar sus vueltas y se encaminó al pueblo. Una vez allí encontró vecinos amables que le indicaron la ubicación exacta de la casa. No tuvo mayores problemas en reconocerla. Les bruxes como Celeste eran ampliamente respetadas en los pueblos y aún lo siguen siendo.

Al llegar, golpeó con sus manos la puerta de la casa y notó que las tenía húmedas. No quería admitirlo, pero estaba sumamente nervioso. La puerta se abrió con un ligero quejido de goznes y apareció una mujer de mediana edad, muy bonita, con el cabello negro  recogido en un moño y vestida como cualquier otra mujer del pueblo. Claudio quedó descolocado. Aquella señora no era lo que él esperaba encontrar…

-“Buenos días señor” le dijo con una amplia sonrisa.

-“Bu… buenos días”contestó quitándose el sombrero y sin dejar de mirarla.

-“¿Puedo hacer algo por usted?” No recibió contestación, a lo que agregó “Sí, estoy segura que puedo. Pase adelante…”

La mujer le franqueó la entrada y él no dudó en traspasar el umbral de la casa. Consistía en una habitación sencilla donde se encontraba la lumbre sobre la que colgaba una olla. Diversos olores impregnaron su nariz. Eran casi todos aromas conocidos de plantas, flores, árboles y hierbas. Allí había piedras para espantar culebras, para quitar el mal de ojo, plantas para los amores y curar diferentes enfermedades; flores para perfumar y líquidos desconocidos por él. Frascos, recipientes y  un mortero completaban aquel “laboratorio”. Si la mujer no era lo que él imaginaba que sería una “bruxa”, el interior de la casa era similar a la idea que él tenía de cómo podía ser el lugar donde ellas fabrican sus pociones, brebajes y demás.

“Tome asiento. No hace falta que me diga su nombre, es usted muy popular en toda la comarca por haber atraído a varios seres mágicos de los que habitan por aquí. Hay gente muy anciana que jamás se topó con un Trasgu o una Xana, pero usted… Trasgus, Xanas y hasta una Atalaya que ha logrado enamorarlo, ¿verdad? Pero quiero oírlo de sus labios. Cuénteme…”

Claudio la miraba sin articular palabra. Su asombro era demasiado grande… pero se sobrepuso y como pudo le pidió que le ayudara a desencantar a Nadia.

-“Celeste, usted es una bruxa que practica la magia teurgia. Ayúdeme por favor. La noche de San Xuan se acerca y no tenemos mucho tiempo. Sé que es la única noche en el año en que el Cuélebre queda adormilado y las ninfas pueden escapar. Pero para ello hay que desencantarlas y la única que puede hacerlo es usted.”

-“No querido amigo, se equivoca. La única persona que puede desencantar a Nadia es usted mismo. Yo lo único que puedo hacer es prepararle y decirle qué hacer. El resto no depende más que de usted.”

-“Perfecto. Dígame qué hacer…”

-“No se apresure. Esto no es fácil y el más pequeño error que se cometa puede hundir aún más a Nadia. Hay que ir con mucho cuidado y precaución. Son muchos los ingredientes que se necesitan para preparar el hechizo que rompa el encantamiento. Les bruxes como yo no tenemos libros por dónde guiarnos, lo que conocemos es por tradición oral, así que tendré que buscar en mi memoria. Ahora vete… déjame pensar y recordar.  Te avisaré cuando tenga todo preparado para ti…”

Claudio dejó la casa de Celeste y retomó el camino a casa sumido en sus pensamientos. Él no lo sabía, pero Soñada, la traviesa xana de la Fonte, había descubierto al guapo y joven americano y seguía cada uno de sus pasos de cerca. Escondida entre la bruma nocturna descubrió la casa donde se hospedaba y planeó en su mente una trampa para hechizar a este hombre. Ella era muy joven y no tenía mucha experiencia en estas cosas, pero lo que primero decidió hacer fue llamar su atención. No era intención de ella enamorarlo ni encantarlo, sólo quería fastidiar y hacer travesuras para pasar el tiempo.

En la casa de Celeste los calderos burbujeaban y ella escribía sin cesar cada elemento que recordaba para preparar los hechizos y brebajes para aquel hombre enamorado de una Atalaya. Muchos eran los ingredientes necesarios. Así que anotó:

Las siete plantas sagradas de la noche de San Juan:

Salvia: por sus virtudes curativas, era la planta de la longevidad

Aquilea o Milenrama: curativa, cicatrizante. Usada por las brujas asturianas para potenciar sus poderes.

Crisantemo de los Prados: Simboliza el Sol, la perfección, la inmortalidad.

Hiedra terrestre: Medicinal. También se usa triturada para invocar a algunos espíritus de la naturaleza. Sus bayas son venenosas.

Rusco: da unas bayas comestibles muy nutritivas y sirve para infusiones.

Artemisa: Medicinal. Con sus tallos se trenzaban figuras antropomorfas y se colgaban en las puertas de las casas como protección mágica. Claudio la usaría para fabricar flechas y lanzarlas a los cuatro puntos cardinales, a modo de conjuro contra los malos espíritus.

Hipérico o hierba de San Xuan: se la vincula con el Sol y debe recogerse la noche de San Xuan. Posee grandes poderes mágicos y curativos. Curan las depresiones y  ahuyentan los malos espíritus.

También le pidió los siguientes ingredientes:

Ruda: era la planta mágica por excelencia, y se debía recoger la misma noche de San Xuan. Esta planta cumpliría la función de quitar los maleficios de otras brujas, ahuyentaría al Cuélebre que custodiaba a Nadia y se encargaría de mezclarla con agua para que el amor de estos jóvenes durara para siempre. También era afrodisíaca, así les aseguraba un ardiente encuentro.

Valeriana: no podía faltar. Siempre se utilizaba en los hechizos de amor.

Verbena: esta planta se utilizaba contra las culebras y nunca estaba de más.

Beleño: imprescindible en la elaboración de cualquier poción mágica. Si se quema, el humo que produce provoca sueño y alucinaciones.

Belladona: la planta mágica más conocida.

Mandrágora: Tiene múltiples usos pero es muy misteriosa porque tiene figura humana y gime cuando la arrancan del suelo.

Avellano: este árbol se usa contra los maleficios y sus ramas ahuyentan al Cuélebre y a las culebras.

Fresno, Higuera, Roble, Encina y Laurel: utilizaría ramas de estos árboles para que no hubiera ni rayos ni tormentas esa noche de San Xuan.

Sauce: prepararía ungüentos con este árbol para aplicar en cualquier lastimadura.

Tilo: debía recordar plantar un tilo el día de la boda, para asegurar el matrimonio de la pareja.

La recolección de plantas, raíces y hojas se tenía que realizar conjurando a los cuatro puntos cardinales, además de contemplar unos ritos, en los que la pureza del cuerpo y la repetición de ensalmos eran esenciales. Celeste lo sabía y lo respetaba porque comprendía que el más pequeño error sería irreparable.

Debía recordar pedirle también piedras mágicas como la piedra de San Pedro, que debía traer de la comarca de Boal. Esta piedra, llamada también “chiastolita”, era usada contra demonios y brujerías.

Asegurándose de que la lista estaba completa mandó llamar a Claudio, que fue inmediatamente a su encuentro.

-“Aquí tienes la lista completa de todos los elementos necesarios y los conjuros y ensalmos que deberás pronunciar. Sólo queda una semana para la noche de San Xuan, así que apresúrate a conseguirlos siguiendo las instrucciones tal cual te las dicté. Es necesario que comprendas que si cometes el más pequeño error, todo será en vano. Pero eso no es lo peor, sino que quedarás invalidado para repetir el rompimiento del hechizo.”

-“Entiendo” dijo con solemnidad. Y tomando el papel que Celeste le extendía, partió sin saber muy bien  adónde dirigirse.

Necesitaba un lugar tranquilo donde nadie lo molestara y decidió ir a la Fonte. Allí se sentó y comenzó a leer. Había cosas que le parecían imposibles de conseguir, y otras que tendría que tener presente porque debía recogerlas la noche misma de San Xuan.

Mientras tanto, muy cercano a él pero sin ser vistas, Soñada y Nadia le miraban y susurraban. Sus risas apagadas eran inaudibles para el joven, muy concentrado ahora en sus planes de recolección de elementos comunes que en pocos días se convertirían en mágicos.

-“Nadia, míralo: es guapísimo. ¿Le amas mucho?”

-“Sí, mucho.”

-“Lo que no entiendo es por qué no le encantas de una vez y lo retienes aquí mientras viva.”

Nadia la miró a los ojos tratando de explicarle con ellos. La tristeza volvió a su rostro y a su voz.

-“Si lo encanto nunca sabré si me ama realmente. Si va a ser él quien me arranque de este hechizo que me tiene presa, quiero que lo haga porque me ama, no por un hechizo que le impedirá pensar por sí mismo y sólo le hará actuar por impulso. Esta vez es diferente a  las otras veces; en esta ocasión quiero que me ame por mi misma, y si triunfa donde tantos otros fracasaron…”

No se animó a seguir hablando.

-“Si triunfa ¿qué? Continúa, no me dejes así.”

-“Olvídalo” dijo mientras se iba cabizbaja y melancólica como siempre.

Soñada salió detrás de ella, jugando y saltando aquí y allá mientras le contaba a su amiga las nuevas travesuras que tenía planeadas para esa noche. Nadia la escuchaba pacientemente mientras caminaban hacia la cueva de Ricardín, donde cuidaban los tesoros allí escondidos.

-“Esta noche iré a la casa de Balbina y moveré sus cuencos con mucho ruido. En la casa de Lorenzo, o mejor dicho, en su hórreo, han puesto ayer la cosecha, así que esparciré un poco de grano y dejaré huellas de pies pequeños: así, todos seguirán creyendo que es el Trasgu… jajajajajaaaaa!!! Claro que no es lo único que pienso hacer. También iré a…”

Nadia la interrumpió diciendo:

-“Eso no está bien y lo sabes. Además, el Trasgu tiene un humor terrible. Cuando sepa que lo están culpando a él por cosas que tú haces… ¡no sé qué te hará!”

-“No me hará nada porque nunca se enterará.”

Las amigas siguieron caminando y hablando, mientras Claudio planeaba mentalmente qué rutas hacer y cómo conseguir todo a tiempo para aquella mágica noche que tenía tan cerca. Pensó en Nadia y su corazón comenzó a latir fuertemente. ¿Estaría hechizado? Pues si lo estaba no le importaba porque sentía un profundo amor por aquella atalaya que le había impresionado desde que la oyó cantar entre la bruma. Y aquel rostro tan triste, sus ojos y su mirada…  ¡debía rescatarla! Así que se puso en pie y comenzó a caminar mirando hacia la tierra y los árboles, buscando las hierbas y hojas exigidas por Celeste para los conjuros.  Se dirigía a la comarca de Boal a buscar la piedra de San Pedro, que era básica en la noche de San Xuan, para protegerse de lo que  pudiera sucederle.

Ajeno a todo, Claudio se encaminó por los bosques junto al río Navia, pasando por varios pueblos en su periplo a Boal. Como se hallaba en el Concejo de Grandas de Salime, debía cruzar los de Pesoz e Illiano para llegar al de Boal.

Luego de un largo viaje, al llegar al Concejo, fue hasta Los Mazos y allí se presentó en la casa de Joselo, un joven de unos 25 años, quién, pese a   la diferencia de edad, era muy buen amigo de Jesús. Cuando le contó su historia y el motivo que lo había llevado hasta allí, Joselo le dijo:

-“Cuenta conmigo para buscar la piedra, y veremos si yo puedo conseguir una también.”

-“Pero… ¿para qué la quieres tú? ” preguntó intrigado Claudio.

-“Es que… tú veras: no sé si estoy encantado o enamorado, pero no dejo de pensar en Soñada. Vi a esa xana un día en la Fonte, y no pude quitármela de la cabeza nunca más. Descansa en mi casa esta noche y mañana saldremos juntos en busca de la chiastolita.”

Al día siguiente emprendieron el regreso a Grandas de Salime. Demoraban mucho en el camino, ya que iban despacio buscando el preciado tesoro que significaba esa piedra. Llegando casi al límite con Illianos, pudieron encontrar una pequeña chiastolita. Joselo la introdujo cuidadosamente en una bolsa de terciopelo y se la colgó del cuello a Claudio.

-“Consérvala tú” le dijo, “yo sé dónde puedo conseguir otra.”

En el camino, Joselo le fue dando varias sugerencias que él había aprendido por tradición oral de su familia y de los ancianos de su pueblo.

“Si conoces las plantas, querido amigo, tendrás en tus manos toda la magia del reino vegetal y los espíritus que contienen   . Por ejemplo: el árbol es el representante más perfecto del reino vegetal por lo que su magia es la más poderosa. Fíjate -le decía mientras señalaba un Texu (Tejo)- las raíces del árbol representan el mundo terrenal, mientras que la copa representa el mundo celestial; ambas partes están unidas por el tronco que es el vínculo entre ambos mundos. Esto es un Texu, el árbol sagrado de la mitología asturiana y representa el vínculo del pueblo asturiano con la tierra. Es el símbolo de la espiritualidad.”

-“¿Y cómo se llama aquel árbol? Lo reconozco pero no recuerdo su nombre.”

-“Por supuesto que lo conoces: es un Roble. En Asturias lo conocemos como “Carbayu” y varios apellidos han salido de él: Carballo, Carbajal, Carbajales, Carballido… y recordemos también el famoso “Carbayón”, símbolo de la ciudad de Oviedo. Dicen que frente a este árbol ocurrían fenómenos como el de una mujer misteriosa vestida de negro que luego de agarrarse al árbol y convulsionarse, desaparecía sin más. La naturaleza ha sido extremadamente generosa con el suelo asturiano. ¿Quieres que te vaya señalando los diferentes árboles y contándote algo de ellos?” le preguntó amablemente Joselo a su amigo forastero.

-“Eso sería una maravilla porque además de lo que aprenderé a tu lado nos ayudará a que este viaje se nos haga más corto y entretenido. Comienza por favor, te escucho…”

Con una amplia sonrisa comenzó el lugareño a señalar y describir algunas de las características más sobresalientes de los árboles que se daban por aquellos parajes del territorio occidental de Asturias.

-“Hasta ahora hemos visto sólo dos de ellos: el Tejo o Texu, y el Roble o carbayu. También -continuó diciendo Joselo- hay Fresnos o Fresnus pero a los pobrecitos hay muchos que no los quieren porque tienen fama de ser morada de demonios. Otro es la Encina o Ancina; en los claros de los encinares las brujas asturianas hacían sus aquelarres a la luz de la luna llena.”

-“¿Qué son los aquelarres?” preguntó con interés Claudio.

-“Los aquelarres son las reuniones nocturnas de brujos y brujas donde el demonio hace su aparición en forma de macho cabrío. Muchas veces, la mayoría, dicen que estos aquelarres terminaban en una gran orgía.”

-“¡Vaya! qué cosas tan interesantes me cuentas -le contestó Claudio- Supongo que me habrás nombrado solo algunas especies ¿verdad?”

-“Sí, solo algunas, es que… ¿sabes? Hay muchos árboles mágicos en estas tierras. Por ejemplo el Avellano o Ablanu que se relaciona no sólo con la sabiduría, sino que es la madera utilizada por los magos, brujos y hechiceros para revolver las marmitas y obtener pócimas, además de usarlas  para confeccionar las varitas mágicas.  También hay árboles como el Nogal o Nozal que es peligroso porque aquel que duerma a su sombra enfermará. Además, al contrario del Fresno y el Laurel, éste atrae los rayos.  Y ¿qué sería de Asturias sin el Manzano o Manzanu? Se le considera un árbol sagrado y representa la inmortalidad.

He dejado para el final el árbol más importante de todos, al menos, el que creo que es más importante para ti: el Abedul o Bidul; digo que es importante no porque represente el equinoccio de primavera, ni porque la gente piense que si se escala su tronco se llega a la iluminación espiritual, y tampoco porque sus ramas sirvan para expulsar los malos espíritus y castigar a los que tienen mal comportamiento. Lo digo, querido amigo, porque las ramas pueden servirte para desencantar Atalayes como Nadia. Y a propósito de ella… ¿sabes su historia?”

-“De ella sólo sé que es una princesa mora que fue encantada hace mucho tiempo, nadie sabe cuánto, y que cuida un enorme ayalgue o tesoro que procede de las fraguas de los moros.”

-“No, no es así. Nadia sí es una princesa, pero no es mora. Y te aclaro que estos moros de los que estamos hablando no son los de áfrica del norte, sino que son hombres que tuvieron que abandonar sus viviendas inesperadamente y trasladarse bajo tierra sin poder llevar con ellos ni sus pertenencias ni sus mujeres, a las que protegieron con un halo mágico hasta su vuelta. Pero nunca regresaron, y las moras llevan siglos esperando que alguien las desencante. Pero tu Nadia no es mora, sino que es una princesa que se enamoró de un campesino pobre. Su padre la encerró en una cueva, la de Ricardín, con los bienes que le corresponderían de herencia y dote, mientras los hechiceros, con sus conjuros convirtieron la soga que la mantenía atada en un Cuélebre. Mientras que Nadia lloraba desconsoladamente por la suerte que le había cabido, su padre le dijo la forma de desencantarla: “un joven forastero deberá llegar cargado de reliquias la noche de San Xuan, y  matar al cuélebre de una lanzada en la garganta.”  Me temo, querido amigo, que ese joven forastero eres tú.”

-“¿Ma… matar… yo al… Cuélebre? -dijo Claudio con la voz entrecortada. Trató de visualizarse con varias lanzas ante un enorme Cuélebre verde. Se estremeció y un aire frío congeló su espalda- No sé si podré…”

-“Claro que podrás, o mejor dicho: podremos. Hay muchas formas de matar a los Cuélebres: dándole a comer una piedra al rojo, o una boroña (pan) lleno de alfileres y objetos puntiagudos y cortantes, para que cuando lo trague le causen la muerte, o como lo harás tú, clavándole una lanza en la garganta que es el único lugar que no está cubierto por escamas. La otra ventaja es que en la noche de San Xuan entra en un profundo sopor, se rinde a la fatiga y es cuando debemos aprovechar para matarlo y poder  llevarnos a Nadia y a Soñada.”

-“¿Imagina Soñada que la desencantarás?”

-“Claro que no. Bueno, supongo que no… Creo que ella me encantó a mí porque no puedo dejar de pensar en ella. Es una Xana muy traviesa, y hermosa como toda Xana, pero… es también muy especial. A veces le gusta hacer bromas y hacerse pasar por el Trasgu: se mete en las casas, hace ruidos, tira las cosas, esconde objetos…”

-“¿De verdad? Pues quizás haya sido ella y no el Trasgu el que anduvo por las casas del pueblo, y la que escondió mi reloj que luego encontré en la fonte.”

Joselo comenzó a reír sin parar.

-“¡Seguro que fue ella! Jajajajajaaaaaa… Esas travesuras tienen firma: Soñada. ¡Qué chiquilla más traviesa! me gustará mucho poder educarla y enseñarla a comportarse.”

-“No creo que vaya a ser una tarea fácil amigo.”

-“No, no lo será. Pero estoy seguro que aprenderá. Se ve muy inteligente además de su belleza física”

Los dos amigos continuaron su camino hablando de varios temas, sobre todo haciendo planes para la mágica noche de San Xuan donde sus amores los estarían esperando para ser desencantas.

Cuando estaban cerca de Grandas de Salime, pasaron por los bosques de los pueblos de Serán, Sanzo y Santa María marcando cuidadosamente los lugares específicos donde deberían recoger las hierbas señalando  los sitios con varas clavadas, y en otros dejaron marcas que solo tenían sentido para ellos. Ahora sólo deberían esperar el 24 de junio.

LA MADRUGADA DEL DÍA DE SAN XUAN

Ya estaba allí el día en que el astro rey alcanza el punto más alto de su carrera: era el solsticio de verano, el día de más luz y la noche más corta.

Claudio y Joselo se levantaron muy temprano y vieron que había orbayada (rocío matutino), así que  salieron presurosos para disfrutar de “la flor del agua”, o sea, el rocío que estaba sobre las plantas y flores. Luego, siguiendo la tradición, se tirarían sobre la hierba para “bañarse y protegerse” de los males que  pudieran  ocurrirles.

A lo largo del día prepararon sus morrales con los elementos que creyeron necesarios, y se dirigieron a la casa de Celeste cuando el sol aún estaba alto. Allí la bruxa les proporcionó pócimas, polvos, líquidos con las respectivas instrucciones y varias recomendaciones. Luego les deseo suerte y los vio partir montados en briosos corceles. Esta vez necesitarían moverse rápido, así que cabalgando llegaron hasta  donde habían dejado señaladas las plantas que se tornarían mágicas y los ayudarían a cumplir su cometido.

Cuando llegaron al lugar, dejaron pastar a sus animales y comenzaron a preparar los elementos con los que realizar los rituales y conjuros para aquella noche.

Claudio, muy ceremonioso, comenzó a tirar las flechas hacia los cuatro puntos cardinales repitiendo las palabras que había aprendido de memoria. Estas flechas, así como varias lanzas, estaban fabricadas con Artemisa, una de las siete plantas mágicas que les había dicho Celeste, y que servían para alejar a los malos espíritus.

Una vez cumplido este ritual, se sentaron mirando el occidente y esperando la desaparición del sol tras el horizonte.

LA NUECHE DE SAN XUAN

Es la noche del año mágica por excelencia: noche de prodigios, de espíritus, donde las fuerzas sobrenaturales de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua, se juntan al filo de las doce campanadas y comienza el reino de los presagios, hechicerías, encantos y conjuros.

En los pueblos se encienden las hogueras y los muchachos saltan sobre ellas por diversas razones: ahuyentar los malos espíritus y las enfermedades, o simplemente para llamar la atención de la moza de sus desvelos. De ese mismo fuego de las hogueras, la gente enciende manojos de hierbas que acercan a sus herramientas de labranza para alejar así las plagas de las cosechas.

Les xanes aprovechan a salir de sus maravillosas casas en los manantiales y por única vez en el año se presentan a los ojos de los hombres que las ven jugar a los bolos, hilar sus hechizos, lavar y tender ropa o peinarse con sus peines de oro puro.

Les bruxes juntan las hierbas mágicas en los bosques que luego utilizarán en sus pócimas. Y los hombres como Claudio y Joselo buscan las hierbas mágicas para desencantar a sus amores, mientras que otros quieren conseguir un trébol de cuatro fueyes (hojas) para encontrar ayalgues (alhajas o tesoros) ocultos en los bosques.

Es el día en que el Cuélebre cae en un irresistible sopor y aquellos elegidos pueden derrotarlo y desencantar xanes y atalayes que estuvieron encantadas por siglos, y conseguir los fabulosos tesoros que ellas vigilan.

En el pueblo

Mientras que Manuel, un frero ermitaño que tenía a su cargo la capilla de San Antonio en Villabolle y contaba las más bellas historias y los espantos más grandes para delicia de la gente que concurría a oírlo, los demás trabajaban para disfrutar de aquella noche llena de magia y misterio.

Fogueras u hogueras hechas con leña de fresno -que no echa ni humo ni chispas y es silenciosa- aparecían en diferentes puntos. Ese año echaron también peornos y otras plantas simbolizando que quemaban las impurezas del año solar que terminaba y comenzar limpios el nuevo año.

Cristeta, la mujer más vieja del lugar comenzó a animar a los jóvenes músicos para que comenzaran a tocar las gaitas y los tambores, mientras una bella joven de ojos verdes cantaba populares versos en asturiano, propios de la noche de San Xuan:

“Amor es fuego,

quien non se atreva

a saltar la foguera,

que non me quiera”

“La flor de xabugu, madre,

ya la tengo recoyía,

del sereno de San Xuan,

que sirve de melecina”

“A los mozos forasteros,

favores y más favores,

que están lejos de sus casas,

y vienen ver sus amores”

Acompañando la música y las canciones, otra joven se animó a tocar la pandereta y Cristeta comenzó a bailar, seguida casi inmediatamente por los jóvenes que preferían esta actividad a tener que saltar la foguera, que estaba alcanzando su máximo poderío y donde otros galanes más arrojados intentaban de esa forma deslumbrar a las mozas de sus preferencias.

Cuando dieron las doce campanadas que todos esperaban agolpados a lo largo del camino, las mujeres salieron corriendo hacia la fonte del pueblo, a ver quién llegaba primera a recoger el agua para cumplir el ritual de todos los años: una vez que obtenía el agua, se dirigirían a la casa, y puesta en un vaso le vertirían dentro un huevo fresco; dejándolo al sereno en la ventana toda la noche, en la mañana se podría ver una figura que le daría alguna pista sobre su futuro: el campanario de una iglesia, un barco, una casa…

Con todo el alboroto nadie notó a dos jóvenes que pasaban por allí montados en caballos y con sus alforjas cargadas. Eran Claudio y Joselo que entre las sombras se deslizaron hasta un bellísimo helecho. Esperaron y contaron las campanadas del reloj de la iglesia: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis…

-“¡Ahora!” gritaron al unísono.

Ante sus ojos apareció una bellísima flor mágica. Esta flor fue recogida por Joselo y en ese mismo instante desapareció. Claudio no podía creerlo, aunque sabía que esa flor le concedía invisibilidad a quién la tomara en sus manos. Sintió la voz de Joselo que le decía:

-“¿Has visto querido amigo? Yo no tengo la piedra de San Pedro, pero conocía esto y al estar invisible estaré protegido también. Debemos darnos prisa, porque este hechizo se rompe con el primer rayo de sol…”

De la misma forma silenciosa y disimulada con que habían entrado al pueblo, salió Claudio sin que nadie lo notara, seguido por su amigo, ahora invisible. Se encaminaron al bosque en dirección a la cueva de Ricardín donde rescatarían a Nadia, e inmediatamente pasarían por la fonte para rescatar a Soñada.

La gente del pueblo quedab a la espera de la chocolatada, una bonita tradición que se hacía de la siguiente forma: se pedía por las casas el chocolate; todos colaboraban y en el momento de saborearlo cada uno iba con su chocolatera, se servían y lo tomaban haciendo un gran círculo en lo que iba quedando de la hoguera. Cuando el ambiente estaba fresco y encima caía el orbayu (rocío) de San Xuan, una taza de chocolate caliente y la tibieza de las brasas era agradecida por los concurrentes a la fiesta.

En el bosque

Mientras en el pueblo la mayoría de la gente cantaba, bailaba, recogían la flor del agua, hacían hogueras y saltaban sobre ellas, algunos hombres se introducían en el bosque para ver las xanas, si es que las podían encontrar.

La noche de San Xuan, aprovechando la somnolencia del Cuélebre, las xanas aprovechan a sacar sus objetos de oro y disfrutarlos, jugando con los bolos, peinándose, hilando en las ruecas sus ovillos de oro y divirtiéndose como ningún otro día del año. Todo eso a la vista de los hombres que quedan embelesados ante tanta belleza, brillo, alegría y  luminosidad que emiten las xanas.

Este día, Soñada, debía bajar a la fonte a bendecir las aguas y las plantas que se recogían para guardar durante el resto del año. Y así lo hizo… Más bella que nunca, con un resplandor especial en sus cabellos recién peinados, en sus ropas inmaculadamente blancas y en su corona de flores recién cortadas, bajó hasta la fonte y diciendo esas palabras secretas que ella conocía tan bien, cumplió con su deber de bendecir el agua de su fonte y toda la flora del bosque.

Cumplida esta misión, se sentó a esperar a Joselo que quizás lograra rescatarla para llevarla a su lado. Tantos mozos lo habían intentado a través de los siglos, pero ninguno lo había logrado. ¿Sería quizás Joselo el indicado, el elegido? El Cuélebre que cuidaba de ella y de Nadia comenzaba a dar signos de cansancio y somnolencia.

Ella tenía poderes como para hechizar, y más esa noche. Estaba sentada frente a una campánula, la planta donde las xanas tejían sus embrujos. Si ella… quizás… podría… sólo tenía que…

Mil ideas se le vinieron a la mente y enseguida comenzó a tejer mientras decía palabras extrañas y movía manos y labios con gran velocidad.

En ese mismo momento, en la cueva de Ricardín…

El Cuélebre yacía sobre un costado de la cueva, somnoliento y con los ojos semicerrados. Los jóvenes dejaron sus caballos alejados del lugar. Traían un plan que no sabían si les daría resultado: mientras Joselo lo distraía, Claudio sacaría a Nadia y la introduciría en el bosque.

Apretando fuertemente la piedra de San Pedro, Claudio rezó: “querido  santo ; ayúdame para liberar a mi amada”. En ese momento Joselo comenzó a hacer ruido moviendo ramas hasta que logró que el Cuélebre se incorporara mirando hacia el lugar desde donde provenían los ruidos. Al verlo, Joselo corrió hacia el extremo opuesto aprovechando su invisibilidad. Al moverse del lugar, el Cuélebre dejó libre la entrada de la cueva, momento que aprovechó Claudio para introducirse en ella y salir casi inmediatamente de la mano de su amada Nadia.

Momentos de gran tensión tuvieron que vivir mientras que el Cuélebre caminaba lentamente desde un extremo al otro del claro. Ellos se escondieron hasta que, cansado de buscar algo inexistente, el enorme animal se tumbó nuevamente en la entrada de la cueva y cayó dormido por el enorme esfuerzo que le había significado aquel movimiento.

-“¡Por aquí, por aquí! Debemos darnos prisa” oyeron decir a una voz proveniente del bosque y que enseguida reconocieron como la de su amigo Joselo.

“Esperen, tengo algo que nos servirá -dijo Claudio- Celeste me dió esta crema. Es una pócima mágica, la misma con que untan sus piernas la noche del 30 de abril, cuando salen a volar por los aires en sus escobas. Me dijo que si la untábamos en nuestros pies y zapatos, nos ayudaría a correr con mayor velocidad, aunque no estaba segura de que diera resultado. Probemos” dijo con seguridad y energía en su voz.

Miró a Nadia a los ojos y se inclinó ante ella. La bella princesa levantó la falda de su vestido dejando ver sus pies, enfundados en unos hermosos y finos zapatos de seda bordada. Con toda delicadeza, Claudio comenzó a untarle aquella crema grasienta por sus pies y luego por los zapatos que parecieron arruinarse por completo debido a lo delicado del tejido. Luego extendió el pote y dijo:

-“Joselo, creo que deberás aplicarte la crema tú mismo.”

-“Sí, claro… ya veo que no tienes voluntad para hacerlo” contestó su amigo en tono de broma.

Los tres rieron al unísono mientras que la crema parecía que volaba en el aire y se detenía casi a la altura de la tierra. En unos segundos unas manchas grasientas caminaban por el aire de aquí para allá…

-“Bueno, ahora yo” dijo Claudio mientras hacía lo mismo que su amigo. Al concluir, comenzaron a caminar y sintieron como que no pesaran nada, como que sus cuerpos flotaban en el aire y a grandes zancadas por el bosque llegaron a la fonte en pocos minutos.

No quedaba mucho tiempo; en cualquier momento aparecería el lucero del alba y los primeros rayos del sol, y con ellos desaparecería la magia y el encanto de esa noche. Si eso sucedía antes de rescatar a Soñada y hacer toda la ceremonia de desencantamiento… de nada habría servido todo el esfuerzo de los jóvenes enamorados.

Vieron a Soñada a un costado de la fonte y las manchas grasientas se dirigieron hacia ella:

-“¡Soñada! -gritó. La xana se sobresaltó.- He venido a romper tu encantamiento y llevarte conmigo.”

En ese momento un terrible silbido surcó los aires. Todos miraron hacia arriba: era el Cuélebre, que al notar la falta de Nadia salió en su búsqueda temiendo que la xana a su cuidado también hubiese huído. Al ver allí a aquel hombre guardando tras sí a la princesa, y al otro lado la xana, su furia aumentó.

Estos hombres pudieron observar al Cuélebre con toda su ira. Medía varios metros y era como una serpiente gigante: arrojaba fuego por la boca mientras lanzaba unos terribles silbidos. Las enormes alas de murciélago, desplegadas en su totalidad, empujaban el aire como si se tratan de vientos huracanados y movían las copas de los árboles con inusitada furia. Las garras de sus patas se abrían y cerraban de acuerdo a la potencia de sus silbidos.  Sus escamas, duras y fuertes, protegían la totalidad de su cuerpo, pero al arrojar fuego y silbar, dejaba libre su único punto débil: la garganta.

-“Nunca lo había visto tan enfurecido”dijo Nadia.

-“Tampoco nunca se había visto tan amenazado y con la presencia de la muerte tan cerca” le contestó Claudio, mientras con total tranquilidad y firmeza, sacó una de aquellas flechas confeccionadas con plantas de Artemisa, y diciendo un conjuro esparció sobre ella un polvo mágico. La flecha adquirió brillo y luminosidad mientras la colocaba en el arco.

Surcando los aires la flecha se clavó en la garganta de la bestia alada, pero no le hizo demasiado daño, aunque logró ponerlo más irascible aún.

El Cuélebre se preparó para el ataque y voló en picado, con las alas desplegadas, en dirección al grupo de humanos, cuando un dolor desgarrador le quemó la garganta. Una lanza emponzoñada con pócimas preparadas por Celeste se incrustó en la garganta del animal mitológico que, herido de muerte por el arma hechizada, emprendió vuelo al cielo mientras giraba sobre sí mismo. Lo vieron irse volando en dirección al mar, mientras que  los silbidos que emitía eran ensordecedores y desgarrantes. Los lastimeros quejidos de este guardián varias veces centenario, se sintieron por unos momentos. Luego la tierra tembló levemente y todo el bosque quedó en calma. El Cuélebre había ido a parar al fondo del mar, donde seguramente cuidaría de otros tesoros.

El hechizo de Nadia estaba roto: un gallardo joven había clavado una lanza en la garganta del Cuélebre y le había dado muerte. La doncella comenzó a transformarse perdiendo el resplandor que la rodeaba, pero el verdadero desencantamiento sucedió cuando, después de cientos de años, sonrió por primera vez. Aquella sonrisa  dio brillo y luminosidad a su cara, y la hizo aún más hermosa. Por fin se sentía viva, radiante y sobre todo: ¡libre! Miró a Claudio, se acercó a su lado y le dio un beso en la mejilla. Era la forma de agradecerle todo lo que había hecho hasta ese momento.

-“Debemos darnos prisa, el lucero del alba ya está aquí” dijo una voz que Soñada enseguida reconoció.

-“¿Eres tú mi amor? ¿Joselo? ¿dónde estás? No logro verte…”

-“Estoy a tu lado Soñada. La flor mágica del helecho me permitió ser invisible para poder rescatarte. Ven… en el morral guardo las pócimas, brebajes y hechizos que te convertirán en un ser humano. Dime mi bella xana… ¿deseas seguir con esto y convertirte en humana?”

Soñada miró hacia el lugar desde donde provenía la voz y le dijo:

-“Tú me amas Joselo, dime qué quieres que sea y eso seré.”

-“Yo quiero que tú seas… lo que quieras ser.”

-“Entonces seré humana para estar a tu lado mientras vivamos. Pero antes te haré una confesión: esta noche, después de bendecir las aguas, me senté frente a una campánula a tejer hechizos y pensé en ti. Estuve a punto de hechizarte para que me amaras y me rescataras pero… no lo hice. Mi hechizo fue para que si eras tú el indicado, pudieras liberarme, pero no para que me amaras. Quise dejarte en libertad de elegir… y lo hiciste. Ahora soy tuya para siempre: yo, mi casa y mis tesoros. Adelante, ¡rompe el hechizo!”

Joselo comenzó con un ritual sencillo; arrojó sobre Soñada algunas hierbas, dijo conjuros y pasó a su alrededor varias varas de diferentes árboles que había juntado formando un ramo. A medida que el desencantamiento iba llegando a su fin, la xana perdía brillo y luminosidad, pero no belleza.

-“Y ahora, el paso final” -dijo Joselo. Se acercó a ella que permaneció inmóvil y tomando su rostro le dió tres besos en cada carrillo. La soltó y retrocediendo dos pasos la miró y… la vio más hermosa que nunca. Entonces fue ella la que avanzó y arrojándose en sus brazos le dio un largo y apasionado beso de amor.

El primer rayo de sol se abrió paso entre la arboleda e iluminó a Joselo, que comenzó a hacerse visible lentamente ante los ojos de su amda y de sus amigos.

Claudio y Nadia, por otro lado, también habían cumplido con el rompimiento del hechizo y la bella princesa volvió a su estado humano después de varios siglos de vivir prisionera en la cueva de Ricardín. Hasta allí llevó a Claudio y le entregó sus tesoros.

Soñada hizo lo propio con Joselo, que finalmente pudo entrar a la casa de una xana y ver sus tesoros: calderos, ruecas, tijeras, herramientas, y hasta un juego de bolos… todo de oro. El joven no podía creer tanta felicidad: estar junto a la mujer más bella que fuese vista jamás y compartir la fortuna que ella había guardado durante siglos.

Las dos parejas, felices y enamoradas, se encaminaron hacia el pueblo junto con los primeros rayos del sol. Era un día claro y primaveral. Las flores estaban en todo su esplendor y el pasto lucía verde y brillante. Los cuatro jóvenes caminaban de la mano cuando de repente… un hombrecillo se apareció ante ellos cortándoles el paso.

No había dudas: era el Trasgo: con rabo, pequeños cuernos, algo cojo, vestido totalmente de colorado y con un agujero en su mano izquierda. Se le veía  sumamente enojado y parándose en puntas de pie señaló con su dedo índice a Soñada.

-“¡Contigo quería hablar! Era a ti a quien he estado buscando, bibronzuela. Has hecho estragos en las casas de los aldeanos con ruidos, regando cosas, esparciendo granos, molestando el ganado, escondiendo pertenencias… todas travesuras para inculparme y que ellos pensaran que había sido yo ¿verdad? Pero en el bosque todo se sabe y llegó a mis oídos la noticia que habías sido tú, pequeña bribona. Ahora ya no eres una xana, te has convertido en humana y tendrás tu casa. Pero quiero que sepas que no te dejaré en paz durante el resto de tu vida. Te haré la vida insoportable a ti y a tu familia. Y además…”

-“Disculpa que te interrumpa” le dijo Joselo en un tono sumamente respetuoso pero firme. “Sé que no soy nadie para dirigirte la palabra, pero quisiera hablar contigo por favor.”

-“Por supuesto que no eres nadie, apenas un insignificante ser humano, pero dado el respetuoso trato que me has dado te escucharé.”

-“Quisiera que fuera en privado, por favor” le susurró el joven pegado a su gorro colorado.

Titubeó unos segundos, pero casi inmediatamente con paso decidido se alejaron de los tres jóvenes que no comprendían cuál era el plan de Joselo.

En un pequeño claro se pararon ambos personajes. El gallardo caballero se puso en cuclillas para quedar a la misma altura que el hombrecillo de colorado; hablaba con susurros y ademanes pausados, mientras que el Trasgu se movía sin cesar, daba pequeños saltos y todos sus ademanes eran de enojo y fastidio. Le oían gritar, pero no lograban comprender qué decía.

Al seguir escuchando lo que le decía Joselo, de pronto pareció calmarse y una pícara sonrisa se le dibujó en el rostro. Miró a Soñada de reojo, volvió a mirar a Joselo y después de estrechar sus manos volvieron a reunirse con los demás.

El duendecillo de colorado tenía una enorme sonrisa en su rostro y miraba a Soñada de una forma que ella no podía comprender. Y parándose en puntas de pie, con sus manos tras la espalda, espetó:

-“Bien, he hablado con el enamorado de esta encantadora doncella y llegamos a un acuerdo. Adelante, díselo tú mientras yo voy a recoger lo necesario”.

Joselo se acercó a Soñada, mientras que Claudio y Nadia, unos pasos detrás de ellos, miraban la escena expectantes y sin comprender lo que pasaba.

-“Amada mía, mi bella Soñada… -le dijo dulcemente Joselo-. Cuando el Trasgu nos amenazó con hacernos la vida imposible en nuestra nueva casa, me asusté porque sé que es de palabra y lo haría. Ni tú ni yo podríamos vivir así. Además… él tiene razón: te excediste en tus bromas con los aldeanos y lo peor fue que no asumiste la responsabilidad de lo que hiciste, sino que se lo quisiste adosar a otro, específicamente a el Trasgu. Comprendo su indignación y su deseo de que seas corregida. Así que para que se vaya conforme y nos deje en paz, le propuse un pacto.”

-“¿Qué tipo de pacto? -preguntó extrañada la joven- Porque… después de todo, mi amor, no fue para tanto. Solo unas pequeñas travesuras… lo hice para divertirme un rato, nada más. No estarás tú enfadado conmigo también ¿verdad?”

-“¿Enfadado yo? ¿contigo? No mi amor, yo no me podría enfadar contigo jamás. Pero sí quiero que aprendas a comportarte como es debido. Tú sabías y sabes que lo que hiciste no está bien, aunque lo hayas hecho bromeando. El Trasgu desea que tú seas castigada, lo que me parece muy justo, así que yo le propuse que me permitiera ayudarlo a corregirte.”

-“¿Corregirme a mí? pero… ”

-“Nada mi cielo, nada. Tú déjame hacer a mí -dijo mientras la tomaba del brazo y se sentaba sobre un tronco caído- verás que todo queda aclarado; el Trasgu se irá feliz y tú y yo comenzaremos una nueva vida.”

Mientras decía esto colocaba a Soñada a su derecha y ella lo miraba extrañada pero seguía sus palabras y comentarios con mucha atención. De repente le dio un suave tirón, ella trastrabilló y cayó sobre las rodillas del que había sido su salvador hacía poco rato. Con un rápido movimiento pasó el brazo por encima y la tomó de la cintura. Los azotes comenzaron a caer sobre sus nalgas mientras resonaban por todo el bosque.

El Trasgu sonreía satisfecho al ver patalear a Soñada, y acercándose a la pareja le extendió a Joselo un conjunto de ramas de abedul atadas con una cinta colorada que había extraído de entre sus ropas. La joven rubia captó inmediatamente el fin que tendrían aquellas ramas y comenzó a gritar:

-“Suéltame, no puedes hacer esto… conozco hechizos secretos y te encantaré. ¡Te convertiré en sapo o algo peor! Sueltameeeeeeee!”

Joselo paró de nalguearla, se acodó en su espalda y le dijo:

“Te recuerdo que no eres más una xana: por lo tanto, de nada te servirán tus supuestos hechizos. En cambio eres una mujer, y estas nalgadas te ayudarán a comportarte como es debido y te recordarán qué es lo que no debes hacer.”

Sin más, levantó su falda y comenzó el castigo con las ramas de abedul. Claudio y Nadia que observaban atentamente la escena sentían un poco de pena por Soñada, en cambio el Trasgu, satisfecho y sonriente, dio media vuelta y se perdió entre los árboles y arbustos. La traviesa ninfa había pagado su osadía.

Al terminar, Joselo ayudó a Soñada a ponerse en pie, mientras esta refregaba sus nalgas y hacía mohines. La abrazó dulcemente, la besó, y sin decir palabra marcharon los cuatro al pueblo.

Los años pasaron y los personajes mitológicos del bosque astur se renovaron. Una y otra vez jóvenes gallardos enamorados trataron de quitar hechizos a xanas y atalayas, pero ninguno tuvo el éxito que aquella noche de San Xuan lograron Joselo y Claudio al liberar dos jóvenes prisioneras de diferentes encantamientos. Los cuatro obtuvieron aquella vez el más grande hechizo: el Hechizo de Amor en la Noche de San Xuan.

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