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Fantasías recurrentes (I): Priorato

Autora: Selene

Mi relato de “Priorato” es un homenaje desde el mundo spanko al mundo bdsm de “Historia de O” y para que quede evidencia de ello, menciono la existencia del libro en un momento determinado,, pero también pretende significar que el  spank también necesita su propia “ceremonia de iniciación”, no tan elaborada como la del relato, sino íntima entre spanker y spankee, pero también necesaria.Espero que os guste.

Un coche oscuro, con los cristales ahumados subidos hasta arriba se detuvo justo en la puerta de un extraño Monasterio situado en el corazón de las montañas, en un lugar donde nadie que no lo conociera hubiera podido encontrarlo. Casi oculto entre la maleza, solo una pequeña torre sobresalía del resto del edificio que recubierto de piedra en su exterior, se camuflaba completamente pasando desapercibido.

Bajó del coche con el corazón acelerado, las muchas horas de camino mirando a través de las ventanillas no había contribuido a calmar su ánimo, sino a exacerbarlo aún más. La acompañaban dos “hermanas mayores”, que ya asistían al Monasterio desde hacía algunos años y la custodiaban de forma protocolaria, pues en ningún momento a ella se le pasó por la cabeza la idea de escapar. Ya había escapado demasiadas veces de sí misma y ahora necesitaba encontrarse a través del aislamiento y la soledad a la que iba a verse sometida durante los días previos a su ceremonia de iniciación.

Nada más pisar el estrecho camino que la separaba de la puerta de entrada dos cosas llamaron poderosamente su atención. La primera era el silencio absoluto que reinaba en aquel lugar, roto tan solo por el rumor lejano de un río donde se presentía caer una cascada. La otra, era la sustitución de la habitual simbología cristiana que se hubiera podido esperar en aquel lugar por un extraño símbolo que ya había visto antes colgado por una fina cadena del cuello de las jóvenes que la acompañaban.

Una pequeña cruz de plata cuyas puntas o extremos recordaban los de una fusta se veía cruzada por una S dorada, dispuesta al revés, se hallaba situada sobre los dinteles de todas las puertas que iba atravesando en su recorrido por el Monasterio y ondeaba en el centro de una bandera blanca que colgaba en el pequeño balcón que sobresalía de la torre.

El lugar era cálido en su interior, pero ella temblaba levemente, excitados como estaban todos sus sentidos ante el espectáculo que iba contemplando a su paso. Armaduras medievales que portaban en sus guanteletes finas fustas plateadas, martinett y una larga serie de instrumentos de azote, convivían estáticas con el ir y venir silencioso de las “hermanas” que caminaban descalzas sobre la superficie alfombrada, cubiertas por completo por una túnica gris plata que dejaba adivinar sus pechos y nalgas desnudos bajo el tejido, pues se posaba sobre las formas femeninas con gran suavidad.

Al traspasar la tercera puerta, la hicieron girar a la derecha, donde la esperaban dos “hermanas” más, cubiertas por la capucha de la túnica y que fueron las encargadas de desnudarla, bañarla y perfumarla antes de cubrirla a ella también con una de aquellas túnicas, aunque de color blanco. Llamaba tanto la atención el silencio reinante, que en ningún momento se le ocurrió romperlo con sus propias palabras, aunque nadie le había dado instrucciones para ello, su instinto le decía que debía permanecer callada.

Una vez cubierta, fue conducida a través de los largos pasillos a una celda monástica en la que una sencilla cama, una mesa y su silla y dos libros dispuestos sobre esta eran el único mobiliario. Una nota sobre los libros la invitaba a entregarse a la lectura como única compañía que iba a disfrutar hasta que llegara el momento de su ceremonia. Uno de ellos era un clásico de la literatura erótica “Historia de O”, que ella ya había leído y releído varias veces, por lo que lo apartó y comenzó a leer el otro “Priorato”.

Ella conocía ya las reglas y funcionamiento del Priorato, había sido puesta al día por una de las “hermanas”, la que la visitó en su casa para contarle aquella increíble historia cuando después de luchar contra los instintos y las fantasías que la había perseguido toda su vida, se decidió a poner un tímido anuncio en un periódico local, diciendo “Chica rebelde busca hombre que le enseñe buenos modales” y su número de teléfono. Había escrito más de cincuenta frases para tratar de ilustrar su búsqueda y finalmente fue esa la que insertó en la sección de Contactos.

Dos días después recibió la llamada de una chica joven, de voz suave y sensual que en un tono intrigante le dijo que sabía donde estaba lo que ella buscaba. Quedaron en un lugar céntrico, en una cafetería donde tenían buenas vistas sobre el Tajo y a su encuentro llegó una jovencísima chica, de pelo largo y negro que la miró buscando reconocerla a partir del único dato del que disponían ambas, una flor blanca depositada sobre la mesa.

Lo que oyó a partir de ese momento la dejó helada al principio y excitada después. Un mundo secreto, donde se rendía culto a los azotes, donde las chicas eran iniciadas en una ceremonia tras la que se les imponía “El Signo”, para ser reconocida fuera del Monasterio, donde después de conocer a una serie de hombres interesados que practicaban el misterioso culto podría ser elegida por uno de ellos y tomada como “pupila” y ella podría ratificar la elección si el hombre era de su agrado o seguir disponible si no lo era, donde nada se imponía, sino que se consensuaba y las parejas de “master y pupila” se entregaban por días y noches al placer de los azotes.

No tardó mucho en convencerla para adentrarse en ese mundo desconocido, lleno de misterios y placeres secretos y allí mismo concertaron su recogida dos meses después, tiempo suficiente para que se preparase mentalmente o renunciara a conocer ese mundo paralelo que acababa de abrirse ante sus ojos. En esos meses, recibió en correo sin identificar toda la documentación que debía conocer para adentrarse… y llegado el momento, aquel coche oscuro la recogió en la plaza, tal como habían acordado.

Ahora estaba allí, dedicada dos días a la meditación y a la lectura, nerviosa por la inminencia de la llegada del momento de su ceremonia.

La mañana de “su día” comenzó con un sol deslumbrante entrando por la pequeña ventana de su celda y de nuevo, una cohorte de “hermanas” vino a recogerla y la acompañaron al lugar de culto. Allí, nerviosa y agitada fue situada entre suaves cánticos a la luz de las velas frente a un altar mucho más bajo que los que se situaban en las iglesias. Todas las hermanas llevaban la túnica gris mientras ella llevaba una blanca.

Un hombre, cubierto también por una de aquellas túnicas salió tras las columnas y con la cabeza aún tapada y la voz seca se situó frente a ella y le preguntó:

-¿Vienes porque deseas iniciarte sin haber sido obligada a ello?

-Sí, vengo por mi voluntad.

-¿Conoces la regla y te comprometes a cumplirla desde que se te imponga El Signo hasta el final de tus días?

-Sí, la conozco y la acepto.

-Entonces, Selene… desnúdate y posa tu cuerpo en el altar.

Y así, es como recibió su nombre justo antes de dejar caer al suelo la túnica inmaculada y tenderse temblando sobre el pequeño altar donde cuatro hermanas la sujetaron con firmeza para ayudarla a resistir la larga sesión de azotes a la que iba a ser sometida como rito iniciático.

Entonces, el “Gran Maestre” descubrió su cabeza y entre los cantos de las hermanas, sintió por fin lo que había sido su sueño durante tantos años, lo que había trastornado su corazón y su cuerpo durante toda su juventud y ahora, se disponía a disfrutarlo serena. Lo primero que sintió fue una rígida mano que fue azotándola con firmeza mientras sentía arder sus nalgas y el calor se extendía al resto de su cuerpo. Cada cierto tiempo, que ella no alcanzaba a calcular, el “Gran Maestre “se detenía y tomaba un instrumento de castigo para ella.

Probó en sus carnes la fusta, el martinet y otra serie de cosas que le eran mostradas antes de ser empleadas sobre su cuerpo. La ceremonia, lenta en su ejecución se prolongó durante más de dos horas, en las que tan solo alcanzó a emitir pequeños quejidos casi imperceptibles. Aguantó lo más quieta que pudo aquella ceremonia que cumplía en una sola sesión todos sus sueños. El leve descanso de los intervalos la ayudaba a recuperarse entre un instrumento y el siguiente y así, disfrutó su ceremonia entre una gran excitación sexual completamente entregada a ella.

Concluida la sesión el “Gran Maestre” le comunicó que pasaría el día en los lugares comunes, completamente desnuda, para que ella y el resto de hermanas pudieran ver constantemente las nalgas enrojecidas por los azotes recibidos y al día siguiente, tendría su túnica gris y “El Signo”.

Un signo que cada vez que se miraba en un espejo, tras una sesión de azotes, para ver el color de sus nalgas se reflejaba en él dejando ver con claridad una vez reflejado, la S que ahora no se veía invertida y de la que, solo las iniciadas conocían el significado. Después, cuando ella comenzó a presentir que sería abandonada en su estado de excitación, el “Gran Maestre” le vendó los ojos y le ordenó ponerse de pie y apoyar las manos en el altar y así, sabiéndose expuesta totalmente a las miradas de todas las chicas, tras permanecer inmóvil unos minutos, sintió la recia mano que la había azotado acariciar su sexo humedecido y escuchó la pregunta que sabía que le iban a formular antes de proceder a lo que ella más esperaba:

-¿Quieres y deseas ser completamente poseída por el Priorato?

– Sí… quiero.

Y así, Selene, sintió como la llevaban a un maravilloso orgasmo culminando entre fuertes gemidos la ceremonia que la hizo merecedora de llevar el resto de su vida “El Signo del Priorato”.

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