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El don (tercera parte)

 

Por: Amadeo Pellegrini

Desperté, luego de una noche poblada de tortuosos sueños, con un único pensamiento: comenzar de inmediato la búsqueda que me había propuesto la víspera. El problema que tenía por delante era por dónde principiar…

Lo resolví mientras desayunaba: empezaría por el anticuario de San Telmo, allí podrían decirme cómo había llegado hasta ellos aquella fusta y, con el optimismo que infunde una mañana bañada de sol, hasta llegué a imaginar que el resto resultaría más sencillo todavía.

¿Cómo no se me había ocurrido eso el día anterior?

Con el espíritu remozado bajé sin pérdida de tiempo y abordé el taxi que me dejó en la esquina de Humberto Primo y Defensa. Allí, al mirar el reloj, experimenté la primera contrariedad, el negocio abría a las diez de la mañana y eran recién las ocho cuarenta y cinco.

No había reparado en el horario, de modo que disponía de una larga hora de espera.

En ese momento las calles estaban desiertas, los encargados de la limpieza eran los únicos que ocupaban las veredas y recién comenzaban a abrir los cafés. Me ubiqué enfrente, estaba vacío; al mozo que se aproximó a desgano le ordené un cortado con dos medialunas.

En esa mesa me sumí en un mar de conjeturas: ¿Obtendría la información que buscaba? Podían negarse de plano o responderme de manera ambigua, como, por ejemplo, decir que la fusta había venido en un lote de muebles y objetos provenientes de una estancia de la Provincia de Buenos Aires o algo así.

Ciertamente advertiría de inmediato la mentira, pero de qué me valdría saberlo, se obstinarían en su versión y yo debería retirarme como había venido.

¿Cómo debía enfrentar la situación? ¿Cómo justificar mi interés por ese dato clave para mi? ¿Debía explicarles la verdad de entrada o romper primero el hielo fingiendo interés por algún objeto? ¿Explicarles la verdad… cuál verdad, que mi percepción extrasensorial me había llevado hasta allí? No, de ninguna manera, a menos que quisiera ser tomado por loco. No todo el mundo sabe en qué consiste la percepción extrasensorial y muchos de los que la conocen no creen en ella, de modo que no era el camino a seguir.

El tiempo transcurría con una lentitud exasperante. Entraron dos parroquianos; debían ser habitués del lugar, pues luego de saludar en voz alta, se acodaron en el mostrador mientras el que estaba situado detrás de la máquina de café le arrancaba a ésta largos silbidos de vapor.

Después los tres se enredaron en una, por momentos apasionada, discusión sobre los hombres que Pekerman debía desechar y los que tenía que incorporar a la selección. No lograban ponerse de acuerdo…

Yo tampoco lograba acordar con mis pensamientos. No bien se me ocurría una idea acerca de la versión con que debía comenzar, inmediatamente la descartaba de plano, en tanto las agujas del reloj proseguían su marcha…

Había elegido una mesa contigua al ventanal guillotina, desde donde podía ver la entrada del almacén de antigüedades.

Por fin se alzó la cortina metálica. Esperé unos diez minutos antes de cruzar la calle. Cuando abandoné el café los del mostrador todavía seguían haciendo y deshaciendo la selección nacional.

Concluí por admitir que la mejor manera de entrar allí con el pie derecho resultaría hacerlo como comprador, pretextando buscar una pieza interesante, entretanto enderezar la conversación hacia el tema que me llevaba allí.

Deplorando por anticipado el daño que inferiría a mi tarjeta de crédito, traspuse el umbral. Me atendió una mujer más o menos de mi edad de cabellos artificialmente rubios y unos ojillos vivaces detrás de los anteojos de carey.

Después de responder mi saludo, me preguntó qué deseaba. Me atuve al libreto que tenía preparado, con la mejor sonrisa repuse:

-En realidad, todavía no lo sé, señora, porque hay aquí tantas cosas bonitas, interesantes, originales que me gustaría mirar un poco antes de decidirme.

Ella aprobó mi respuesta con la cabeza desplegando la más comercial de sus sonrisas y, en tono amable, añadió:

-Puedo orientarlo si me dice más o menos qué le interesa…

Resolví jugar la carta y sin más comenté que el día anterior me había atendido un señor muy amable de bigote al que le había comprado una fusta…

-¡Ah! Néstor. –Exclamó dirigiéndome una mirada cargada de sospecha. Intuí su pensamiento: “Mi presencia allí se debía más que a las antigüedades expuestas a la venta a un interés particular por el tal Néstor”. Entonces para confundirla dije con suavidad y en tono confidencial:

-No es por lo que piensa, señora. Ayer escuché al señor Néstor  recomendarle a un cliente una armería, como yo tengo varias armas largas deseaba hacerle algunas preguntas, en especial sobre una antigua escopeta quizás él me podría indicar dónde pueden conseguirse algunas piezas que necesito…

La mujer se sonrojó al ver descubiertos sus sucios pensamientos. No le di tregua, de mejor modo le dije:

-No importa, pasaré otro día o lo llamaré por teléfono. En realidad ayer estaba algo apurado y me olvidé que se acerca un aniversario así que veré qué puedo regalar. Si no le molesta, primero voy a mirar un poco.

-¡Oh! Sí, sí claro, mire nomás sin apuro. Me invitó, recomponiendo la sonrisa comercial. -Es una lástima, agregó, porque Néstor vendrá por la tarde, hoy tiene que hacer Bancos.

La atención al público en los Bancos va de las 10,30  a las 14,30 horas, de manera que la persona que me interesaba entrevistar no volvería antes de las 16. Iba haciendo estos cálculos mientras recorría con la mirada los exhibidores que contenían relojes, alhajas antiguas y artesanías con vistosas piedras, de allí pasé al siguiente repleto de adornos y figuras  de porcelana, luego a la vitrina de las armas de puño, después examiné las que estaban en un armero. Saqué un Winchester 44 bastante maltrecho, para examinarlo con aire apreciativo.

En ese lapso habían ingresado algunos clientes. Miré el reloj llevaba más de una hora allí. Me acerqué a la vendedora esperando que terminara de atender a una pareja de turistas brasileños. Después señalándole un alhajero antiguo de porcelana con bordes de plata primorosamente cincelados, le pregunté el precio.

– Es una belleza. Dijo mientras lo sacaba del exhibidor para colocarlo delante de mi, sobre el cristal del mueble, abierto para que apreciara el interior forrado en seda roja.

-Bien, ¿cuánto? Insistí.

Me dijo la cifra. Sobrepasaba un poco el monto que estaba dispuesto a gastar. Tomé la pieza en mis manos y volví a examinarla como buscándole algún defecto… Mientras tanto me concentré en sus pensamientos: Estaba dispuesta a rebajar el precio, sólo tenía que esperar un poco más hasta que cediera.

-Claro que si paga de contado podría hacerle un diez por ciento de descuento. –Dijo. Como me mantenía indeciso, agregó: -Si es con tarjeta de crédito podría darle tres cuotas sin interés…

-Bueno. Respondí sonriendo. También puede darme tres cuotas y hacerme el diez por ciento ¿no?…

-Está bien. Exclamó sin vacilar. -¿Lo preparo para regalo?

-Sí, se lo ruego. Repuse tendiéndole la tarjeta de crédito. –Pero tengo que pedirle un favor…

-Usted, dirá.

-Se me está haciendo tarde, tengo una audiencia en Tribunales y mi abogado está esperándome. Mentí -¿Sería usted tan amable de guardarlo hasta que pase por él o mande a retirarlo?

-No hay inconveniente.

-Si mando a alguien vendrá a buscarlo con una tarjeta personal con la orden firmada por mi.

-De acuerdo. Descuide, si cuando usted o la otra persona vengan, no estoy lo dejaré encargado a Néstor. Explicó mientras yo firmaba el cupón.

Coloqué el duplicado junto con la factura y la tarjeta de crédito y guardé todo en la billetera. La saludé y me marché.

Crucé la Plaza de Mayo y continué hasta Leandro Alem, hasta encontrar un  restaurante donde almorzar.

Mientras esperaba ser atendido y más tarde, mientras comía con poco apetito, tracé un balance de lo conseguido para concluir que, en concreto, sólo tenía un alhajero antiguo al que no sabía qué destino dar; del motivo que me había insumido toda la mañana poco y nada había obtenido, apenas el nombre del vendedor que me atendiera el día anterior.

Tenía la sensación que desde que comprara la fusta hasta ese momento, habían transcurrido siglos, cuando en realidad no se habían cumplido aun las veinticuatro horas.

Me conformó el pensamiento que recién comenzaba una investigación de corte policial recordando las palabras de un oficial inspector amigo, quien sostenía que para culminar con éxito una pesquisa eran indispensables tres cosas: buen olfato, una enorme paciencia y mucha suerte, sobre todo mucha suerte, recalcaba siempre esto último.

Nada que ver con lo que ocurre en las novelas policiales donde un detalle minúsculo, como un botón o un cabello posibilitan, mediante procesos deductivos que se van confirmando o desechando, formar el encadenamiento lógico de hechos y circunstancias que permitan llegar al culpable.

Yo ignoraba si disponía de buen olfato y menos todavía si me acompañaba o no la suerte, sólo sabía que la búsqueda en la que estaba empeñado iba a poner a prueba mi paciencia.

Volví a consultar el reloj por enésima vez. No debía apresurarme a volver al anticuario, debía dar tiempo para que el tal Néstor regresara, lo que, de acuerdo a mis cálculos, no sucedería antes de las 16, de modo que contaba con un lapso de casi tres horas en blanco que debía ocupar de alguna manera.

El primer impulso fue ir hasta Corrientes tomar el subterráneo y regresar a casa. Pero allá no tenía nada qué hacer, de modo que continué hasta Lavalle y decidí meterme en algún cine.

Entré a una sala casi vacía cuando la película había comenzado. Era un film estadounidense con una intriga amorosa bastante previsible, pero me fastidiaba leer el subtitulado. Así que presté más atención a mi alrededor que a lo que sucedía en la pantalla.

Una butaca, tres filas delante de mi, estaba ocupada por una mujer sola, su figura se recortaba contra la pantalla cada vez que el brillo de ésta se acentuaba. Fantaseé con que podía tratarse de la persona que buscaba.

Una idea absurda, desde luego, pero como no hacía mucho había leído una obra de Paul Auster cuyo argumento giraba precisamente en torno al azar, la consideraba como una remotísima posibilidad.

Aunque no había despertado mis percepciones, me pregunté si únicamente la casualidad me había traído hasta ese cinematógrafo. Esa idea me divertía y me retuvo hasta el final.

Cuando encendieron las luces descubrí que la mujer que había concitado mi interés durante la proyección no tenía ningún parecido con la imagen que guardaba en mi mente.

Regresé a San Telmo en taxi. Néstor estaba allí. Seguramente la mujer le había hablado de mi porque se adelantó a saludarme como a un viejo cliente. El camino estaba allanado.

Recordaba haberme vendido la fusta y cuando le pregunté por el origen no tuve que esforzarme en darle mayores explicaciones.

-Sí, lo recuerdo y también me acuerdo cómo llegó acá. El propietario anterior no está registrado, porque solamente se anota la procedencia de las cosas de precio como alhajas, antigüedades de valor y obras de arte, por seguridad, sabe. Pero a la fusta la recuerdo porque vino con otras cosas que trajo, hace unos días un viejo proveedor que tenemos. Es encargado de un edificio enorme en Caballito y cuando junta varias cosas que pueden interesarnos las deja acá para la venta.

-¡Qué curioso! –Exclamé sorprendido. El portero de un edificio. Quisiera saber más cosas sobre esa fusta, porque está muy bien hecha quizás podría dar con el artesano que la confeccionó, seguro que es un talabartero que domina un oficio que está desapareciendo, me gustaría encargarle la reparación de algunas piezas de cuero.

-Tiene razón. –Convino- Está tan bien hecha que en un momento pensamos en hacerle agregar una empuñadura más vistosa para darle mayor valor, pero hoy por hoy las fustas, aun las más económicas tienen muy poca salida… -Agregó en tono de broma: -Es que ahora la gente prefiere el auto al caballo… Para festejarle la ocurrencia esbocé una sonrisa asintiendo con la cabeza; él agregó: -¿Para qué otra cosa si no  sirven las fustas?…

-Para azotar bellas nalgas y practicar otro tipo de equitación, mi buen amigo. Estuve a punto de decirle, pero me contuve.

Conseguí luego, sin dificultad, que me revelara los datos del encargado del edificio,  aconsejándome además que me presentara a él invocando su nombre.

Satisfecho, abandoné el almacén de antigüedades llevando conmigo el alhajero y una nueva búsqueda por delante.

(Continuará)

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