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El don (segunda parte)

Por: Amadeo Pellegrini

La ansiedad me poseía. Padecía un desasosiego inexplicable y poco frecuente en mi, que -no sin esfuerzo- he logrado controlar bastante bien las emociones. Sin embargo en esa oportunidad el contenido del paquete que llevaba conmigo me urgía a volver cuanto antes.

En otras circunstancias, para regresar a casa, hubiera optado por el ómnibus o el subterráneo, en la ocasión la prisa me impulsó a ocupar el primer taxi libre que se cruzó en mi camino.

No bien dejé el paquete sobre el escritorio,  tomé los acostumbrados recaudos, que pueden parecer nimiedades, sin embargo son los que convienen para alcanzar el punto óptimo de concentración mental.

Ante todo relajamiento corporal, para lo cual, lo más apropiado es tomar una ducha tibia,  después vestir ropas livianas y holgadas.

Luego del baño me ocupé de cerrar las ventanas, bajar las persianas y  correr las cortinas para amortiguar los ruidos exteriores y filtrar el paso de la luz, encendí también el equipo de audio que inundó la habitación con el suave arrullo de los clásicos.

Cumplidos todos esos pasos rituales previos, me arrellané en el sillón y procedí a desatar el envoltorio…

Cerré los ojos, extendí las manos y palpé la fusta… Un cúmulo de sensaciones se agolpó en mi cerebro…

Debo explicar qué es lo que ordinariamente sucede cuando entramos en contacto con un transmisor, se trate de una persona o  de un objeto inanimado. En cualquiera de los dos casos la mente se abre como la pantalla de un televisor y las imágenes se suceden sin orden ni concierto.

Ocasionalmente, se adhieren a las imágenes voces, sonidos, olores o sabores porque, si bien la percepción en sí misma tiene lugar fuera de los sentidos o por sobre ellos, estos contribuyen a racionalizarlas después, porque se recibe una especie de puzzle, algo así como un rompecabezas de figuras que luego hay que ordenar y recomponer valiéndose de los sentidos.

La primera y más contundente de las representaciones que percibí al instante de entrar en contacto con la pulida superficie de cuero fue el rostro de una mujer bellísima que expresaba un profundo sufrimiento, a ésta le siguieron una multitud de flashes mentales, que me sumieron en profundo estado de estupor.

No pecaré de reiterativo, diré solamente que, por primera vez en mucho tiempo, me costó sobreponerme al pasmo que el experimento me causó. Tampoco aburriré con el relato acerca del método con que fui recomponiendo las sensaciones hasta completar el cuadro emitido por la fusta. Para conocimiento de los lectores a continuación transcribiré los primeros apuntes que fui tomando:

Imagen recurrente: Mujer joven, no más de veintinueve o treinta años de edad, cabellos negros, tez blanca, ojos celestes, posiblemente miope, usa anteojos, rostro ovalado, boca regular.

Señas particulares visibles ninguna. Expresión de sufrimiento moral, no físico.

Lugar: Habitación de paredes color crema, dos retratos  enmarcados, dormitorio, cama y mesas de noche estilo provenzal, cobertor azul claro. Ventana y postigos abiertos, cortinas al tono.  Sugiere espera. Sensación: desconsuelo

Imágenes difusas: Mismo lugar, cuerpo femenino desnudo tendido en la cama decúbito ventral, sábanas en desorden, rostro invisible oculto en la almohada ropa de vestir sobre una silla. Ventana cerrada, cortinas corridas. Una silueta masculina fuera del campo visual. Sensación:  abandono, amenaza, entrega…

Imágenes disgregadas: Colillas de cigarrillos en el cenicero de cristal sobre la mesa de noche. Un libro abierto y encima un par de anteojos. Ropa interior femenina en el suelo junto al calzado. Sin presencia humana. Sensación: angustia, perturbación.

La copia precedente es apenas un resumen incompleto, sólo para mostrar la manera como se presentan las percepciones extrasensoriales.

Desde luego, las sensaciones anotadas corresponden a las experimentadas a medida que las distintas imágenes desfilan por el cerebro, también cabe señalar que la memoria las guarda y pueden evocarse después a voluntad, pero no así las sensaciones y emociones que son irrepetibles, porque se experimentan por única vez.

Las vibraciones que emanaban de la fusta, a medida que recorría lentamente su superficie con la yema de mis dedos, me iban revelando el gran  sufrimiento padecido por esa enigmática mujer.

Un sufrimiento de naturaleza moral por la pérdida de un bien muy valioso, vinculado a un extinguido dolor corporal, porque las vibraciones delataban también que su cuerpo había recibido azotes con ese mismo instrumento.

Su figura tendida de bruces en la cama deshecha, desnuda así como la presentida silueta masculina en la habitación no dejaban  margen posible de error. El esfuerzo por desentrañar aquellas incógnitas me dejó exhausto. Caí en un estado de agotamiento tal que perdí la conciencia por espacio de varias horas.

Junto con el conocimiento, recobré la lucidez; tuve entonces la certeza que no había sido la casualidad la que había puesto en mis manos aquella fusta, sino que ella había atraído mis pasos hasta el anticuario de San Telmo donde se hallaba expuesta.

De inmediato vinieron a mi mente algunas ideas relativas a las funciones del dolor. Una de las principales es que constituye una señal de advertencia sobre la presencia, inmediata o potencial, del mal. De acuerdo a ella, el dolor se transforma en un medio de comunicación.

Comunicación que puede ser de carácter sensible, sea visual, auditiva o táctil, pero también de naturaleza suprasensible, es decir intuitiva.

Cuando el dolor adquiere una intensidad mayor se transforma de simple comunicador en activo demandante de auxilio.

Estaba claro. ¡Un pedido de socorro me llegaba por conducto de la fusta!

Desde algún ignoto lugar, una mujer, de extraordinaria belleza, reclamaba mi ayuda.

Por cierto, ella no sabía de mi existencia, como tampoco había grabado su pedido de manera consciente. Pero la fusta que tenía en mis manos equivalía al mensaje en la botella que el náufrago en un último y desesperado gesto arroja al mar con la ilusión que alguien la encuentre y acuda a rescatarlo.

Podía renunciar a esa empresa, porque en una ciudad como Buenos Aires, que unida al conurbano, forma un conglomerado humano de once millones de personas, dar con una mujer de la que sólo se conoce el rostro. resulta una tarea para anormales.

El sentido común me decía que dejara las cosas como estaban. Después de todo. ¿Quién podría reprocharme que colgara la fusta como adorno en una de las paredes y me olvidara de todo lo demás? Últimamente ya era mía, la había adquirido legítimamente, no tenía por lo tanto ninguna obligación de ocuparme de nada más.

Con esfuerzo abandoné mi sillón favorito, para cambiar de ropa y bajar a cenar. Aunque, más que apetito sentía la necesidad de abandonar esa atmósfera opresiva que yo mismo había provocado.

En la calle, decidí ir a un restaurant más alejado para obligarme a caminar. Andar por las calles un poco al azar es la actividad que me permite ventilarme y tomarle el pulso a la ciudad.

Para mi las caminatas constituyen una sana costumbre que, además de oxigenarme los pulmones me ayudan a descomprimir la mente al inducirme a mirar y pensar cosas distintas.

Sin embargo esa noche sólo me sirvió para henchirme los pulmones porque la dueña de la fusta mantuvo permanentemente ocupado mi cerebro, a punto tal que ni siquiera la comida, que eligió por mi el mesero, consiguió alejar de mi su imagen.

Cada vez que la puerta se abría para dar paso a nuevos comensales, levantaba yo la vista impulsado por el pensamiento mágico de verla entrar y acercarse hasta mi.

Al regreso, en uno de los kioscos de Corrientes que cierran pasada la medianoche compré una revista, con la intención de leer algo antes de apagar la luz.

Ni siquiera la abrí, tampoco apagué la luz, me quedé tendido en la cama mirando el cielorraso, hasta que dejé de sentirme confundido e indeciso al pensar que pocas veces en mi vida había sido desdichado, pero  si no daba con aquella mujer, estaba seguro que lo sería por el resto de mi vida… Esa convicción me hizo sentir afligido e impotente.

Las posibilidades de dar con ella eran prácticamente nulas, lo sabía muy bien, no obstante emprender una tarea aun de resultados inciertos sirve para alimentar las esperanzas y éstas para amortiguar la aflicción, por ese motivo, la aflicción se transforma en estos casos en fuerte estímulo.

De modo que tomé la decisión de encontrarla. Recién entonces apagué la luz.

(Continuará)

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