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El don (final)

Por: Amadeo Pellegrini

Ponerme en contacto con Gabriela, podía resultar la parte más difícil de todas, porque no imaginaba la manera de hacerlo. ¿Presentarme en su casa de Adrogué?… ¿Llamarla por teléfono?…

Con la esperanza de encontrar la manera de relacionarme, elegí las sonatas de Bach, encendí la computadora y abrí la carpeta titulada: Informes Complementarios.

Allí figuraban los estudios cursados, los cursos realizados, los títulos obtenidos, sus antecedentes docentes. La primera lectura de esa aglomeración de datos, no me sugirió nada. Le destiné entonces una segunda lectura esta vez con papel y bolígrafo al lado, mientras el equipo de audio desgranaba torrentes de acordes de órgano.

Fui tomando nota de los pormenores que me parecían más relevantes, entre ellos anoté que se había Licenciado en Letras Modernas en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y fui añadiendo el nombre de los distintos institutos de enseñanza por los que había pasado como alumna o profesora.

En un primer momento pensé en localizar a alguna  antigua compañera de colegio o de facultad o a una colega en la docencia que me sirviera de nexo para llegar a Gabriela.

De pronto junto con los últimos compases del viejo Juan Sebastián se me encendió la chispa. En la parte correspondiente a Trabajos Publicados encontré que tenía publicados unos poemas junto a otros noveles autores en una Antología editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires.

¡Eso era lo que necesitaba! Anoté febrilmente los datos del libro y la fecha de edición. Ahí tenía el pretexto que andaba buscando: conseguiría esa obra y le mandaría un correo electrónico con comentarios elogiosos obligándola que me respondiera al menos por cortesía.

A la mañana siguiente, fui yo el primer cliente que entró en la librería que EUDEBA tiene en avenida Rivadavia frente a la Plaza de los Dos Congresos . La vendedora me informó que creía que ese libro estaba agotado porque no lo encontraba en el catálogo, no obstante consultó en la computadora por si existían ejemplares en el depósito. La búsqueda resultó negativa.

Me resigné, tratándose de Gabriela nada podía resultarme fácil ni sencillo. Me sentí perseguido por una maldición, el Destino la había puesto en mi camino y desde ese mismo momento parecía divertirse complicándome las cosas…

Pensaba encaminarme al extremo de la plaza donde nace la avenida de Mayo, pero una vez en la vereda la cúpula de bronce del Congreso de la Nación me recordó su biblioteca, una de las más completas del país.

Crucé la plaza y la avenida Entre Ríos seguí hasta Alsina y con paso resuelto entré en el viejo edificio donde había estado en otras oportunidades.

Cumplí todos los requisitos formales yo mismo busqué en el fichero por títulos hasta dar con la tarjeta correspondiente, anoté las referencias,  fui al mostrador llené la boleta de pedido y esperé.

El libro finalmente llegó a mis manos, con él me instalé en la sala de lectura.  Rebusqué ansioso hasta dar con sus poemas. Estaban precedidos por una breve nota Biobliográfica de la autora.

Me sumergí en la lectura de su poesía. Resultaba realmente grata, doblemente grata por el armonioso estilo y bien trabajados versos  y porque encerraban un profundo significado que sólo los iniciados en los misterios de los azotes podemos entender en su sentido más cabal.

Lo que a los ojos de cualquier lector puede resultar una metáfora, acertada, exagerada o irrelevante, para los que sabemos algo más, constituían una revelación, una confesión, un reconocimiento de sus más recónditos secretos.

No necesitaría mentirle sobre el valor que tenía su obra. Me había subyugado por completo, más aun me admiraba su predilección por los sonetos, tal vez lo más difícil para cualquier poeta, técnicamente hablando, porque tiene tantas reglas precisas que resulta difícil componer los  catorce versos  que lo forman.

Marqué con recortes de papel la página del inicio y la del final de la parte que le correspondía después me encaminé a la ventanilla del servicio de fotocopiado, llené el formulario y entregué el libro.

Las copias se hacen por turno de a un libro por lector y por vez. De manera que esperé pacientemente hasta que me llamaron por el número de formulario, pagué el servicio y me retiré con el libro y un manojo de papeles.

Salí de allí satisfecho, consulté el reloj. Era pasado el mediodía. Enfilé por Combate de los Pozos pensando en que era hora de almorzar, pero antes me detuve en una de las librerías de esa calle e hice anillar las hojas que llevaba.

Con el cuadernillo bajo el brazo, entré en “Quórum” uno de mis restaurantes preferidos. Juzgué que la ocasión bien merecía el premio de una buena comida…

Esa misma noche después de haber releído varias veces las poesías más sugerentes, redacté unos cuantos borradores de carta, hasta que, cruzando los dedos despaché el mail.

Para mi sorpresa la respuesta apareció en la pantalla casi de inmediato.  Agradecía mis conceptos manifestándose al mismo tiempo sorprendida por la acertada interpretación que había hecho de algunos de sus versos, -los más transparentes- , desde luego.

Mi corazón latía alborozado, mis sienes también… Leí, releí, volví a leer su mail con esa indescriptible sensación de triunfo que corona la satisfacción de un deseo largamente acariciado.

Lo más auspicioso era que con mi “anzuelo” había logrado no sólo engancharla sino conseguir que se mostrara interesada en que siguiera escribiéndole.

El paso estaba dado en ambas direcciones, en adelante, el éxito definitivo dependía de la habilidad con que manejara esa herramienta informática a la que tan poco afecto profesaba.

De ese modo comenzó un nutrido intercambio de correspondencia electrónica. Al principio fueron un par de mails diarios que se intensificaron a medida que sincerábamos nuestros pensamientos.

Mi propósito era inducirla para que deseara conocerme personalmente; para ello debía conseguir que me admirara de alguna manera. Yo me había adelantado al declarar mi sincera admiración por su poesía, en tanto ella ¿Qué podía admirar en mí?

Si en algún momento se traslucía mi ansiedad por conocerla podía derivar todo en un fracaso. La fina tela de araña que pacientemente construía con palabras y con la que poco a poco iba envolviéndola era de mi parte un recurso tramposo, porque ella apenas me conocía, en tanto yo disponía de abundante información sobre su persona y aun sobre su pasado, información que se ampliaba a cada respuesta suya.

Aquello resultaba para mí usar naipes marcados. Un error de mi parte o una ligera sospecha haría que la sutil tela de araña en la que me encontraba empeñado en tejer se desgarrara del todo…

¡Pero triunfé! Triunfé el día que en la pantalla, en uno de sus mails escribió: “¡Me gustaría tanto conocerte!”

No podía pedir más. Sin embargo debía mantener una actitud prudente. Si tanto deseaba conocerme podría invitarme a su casa de Adrogué, alguna razón poderosa existiría para que no lo hiciera. Después lo supe se trataba de sus padres ya mayores a quienes no les había hablado aun de mi porque no sabía cómo hacerlo.

Eran ambos personas mayores apegadas a ciertas costumbres, entre ellas las de las presentaciones formales, no entendían que la gente pudiera conocerse e intimar a través de una computadora. Desconfiaban de ese artilugio y temían las consecuencias…

Tomé la iniciativa le sugerí que podíamos encontrarnos en el centro de Buenos Aires, en alguna confiteria. Como paso previo al encuentro habíamos intercambiado ya fotografías.

Con las imágenes actué con  honestidad, no usé fotografías antiguas, ni recurrí al Corel o al Photoshop para mejorarlas. Elegí algunas de mi último viaje más que nada por los lugares emblemáticos que le servían de fondo, porque siempre pensé que la Torre Eiffel detrás da más brillo a la persona que aparece en primer plano.

Por último convinimos en encontrarnos en la “Richmond” de Florida.

Me adelanté a la hora de la cita. Deposité sobre una de las sillas la fusta cuidadosamente  envuelta en papel para regalo y coloqué encima un ramito que había comprado a una de las floristas de la calle, después la empujé para que quedara oculta debajo de la mesa.

Gabriela fue puntual. Me puse de pie y me adelanté. Nos saludamos con un beso en la mejilla como viejos conocidos. Ordenamos el pedido y quedamos mirándonos a los ojos.

Cuando nos trajeron el té saqué de la silla el ramito y se lo tendí. Las palabras estaban de más en ese momento. Todo lo decían nuestras miradas, respondiendo a las órdenes de mi percepción extendí mis  manos y las suyas vinieron a mi encuentro.

Huelgan las palabras. De todas maneras y aunque quisiera no las encontraría para describir lo que representó para ambos esa cita y aquel primer contacto epidérmico.

Todo avanzó de prisa. Tan de prisa que en un momento dado le revelé la manera cómo había llegado hasta ella. Entonces saqué el paquete que contenía la fusta lo coloqué sobre la mesa mientras le decía:

-Aquí hay algo que antes de pertenecerme fue tuyo.

-¡Por Dios! ¿Qué es? -preguntó asombrada, presintiendo tal vez de qué se trataba.

Rompí entonces parte del envoltorio y mostrándole lo que guardaba en su interior, dije:

-¡Esto!

Lo miró, se sonrojó llevándose la mano a la boca. Cuando recuperó el habla exclamó:

-¿Cómo la encontraste?…

-No, –repuse-,  no la encontré, ella me encontró a mi y gracias a ella yo te encontré…

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