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El don (cuarta parte)

Le brotó una nueva carcajada antes de responderme, esta vez con seriedad.

-Ni falta hace que le dieras esos datos, a ellos sólo les llevará unos minutos conseguirlos, tienen todos los padrones electorales del país en CD los colocan en la computadora tipian el nombre en el buscador y en instantes aparece la información en pantalla, además cuentan con conexiones en el Registro Nacional de las Personas y una búsqueda que a cualquiera le llevaría varios días los contactos que ellos tienen ahí adentro se los pasan en media hora. ¿Entendés? Después todo es rutina, una vez que conocen el domicilio, chequean la información con la seccional o comisaría de policía del lugar, porque muchos policías hacen trabajitos extras para ellos, rascan algún dato de allí y hoy con la moda de los curriculums vitae el historial de su vida se los proporciona la misma persona investigada; el resto para ellos es pan comido una recorrida profesional, cinco o seis testimonios de vecinos chismosos, unas fotitos tomadas de sopetón con una camarita digital y ya tienen reunido todo el material para tu informe. Si hay que agregar el perfil patrimonial, financiero, crediticio o de otro tipo van a las bases de datos respectivas. En el mundo que vivimos el único secreto que perdura es que ya no existen secretos para nadie que posea el know how para descubrirlos. Remachó.

Quedé perplejo, yo que me creía todo un detective porque en una esforzada búsqueda de tres días había conseguido reunir tres datos, la síntesis que hizo Arturo me apabulló.

Con más tranquilidad y un tanto aliviado me despedí de mi amigo, percibiendo al mismo tiempo una incómoda sensación de vértigo ante lo profundo y oscuro que resulta el vasto océano de mi ignorancia… Mientras almorzaba reflexioné en cuánta razón tenía Arturo. Si unos pendejos de la secundaria llamados Hawkers o piratas informáticos, jugando con sus PC habían conseguido penetrar en las supercomputadoras del Pentágono en los Estados Unidos y funcionarios fiscales de Francia sentados cómodamente a unos kilómetros de la frontera, escudriñaban las cuentas cifradas de los Bancos de sus vecinos suizos, mientras los satélites revolotean continuamente el planeta fotografiándolo palmo a palmo y enviando imágenes que permiten distinguir una pelotita de golf en una cancha de fútbol ¿Qué secreto entonces puede permanecer resguardado por mucho tiempo?…

Antes de completar la tierra su séptima rotación desde el momento que encargué la pesquisa sobre Gabriela Estévez tenía en mis manos un sobre encerrado en una cobertura de plástico termosellado, sin membrete ni datos del remitente. Con mano temblorosa valiéndome de un cuchillo rompí la cubierta, corté el papel y extraje el CD que venía acompañado por un papelito con el siguiente texto: Por cualquier reclamo o consulta sírvase referenciar Expediente: RB050141. Me precipité a la computadora, inserté el disquito dorado en la ranura correspondiente, abrí el programa y en la pantalla aparecieron tres carpetas cuyos títulos eran: Datos Personales –Informes Complementarios -Fotografías Actuales.

Abrí la primera carpeta y leí: ESTÉVEZ, Gabriela Haydée nacida en La Plata el 10 de agosto de1971 Documento Nacional de Identidad Nº… continuaban todos los demás datos filiatorios y en el renglón del estado civil figuraba Divorciada de…

Devoré más que leí toda la información contenida en la pantalla. Comprobé que su domicilio actual era calle Erézcano Nº… de Adrogué, Partido de Almirante Brown, Provincia de Buenos Aires. La última línea consignaba la dirección de correo electrónico. Salté la segunda carpeta pues ya tendría ocasión de leerla detenidamente más adelante y abrí la de las fotografías. Contenía ocho fotografías a color tomadas en distintas oportunidades y seguramente con cámara digital con la fecha de cada toma sobreimpresa en la misma. ¡Era Ella! El mismo rostro que once días atrás había aparecido en la pantalla de mi mente y que desde entonces permanecía impreso en mi memoria.

No tengo idea cuánto tiempo pasé subyugado frente a la computadora pasándolas una a una, repasándolas, volviéndolas a pasar, acercándolas y alejándolas…

Me faltaba dar el paso decisivo: contactar con Gabriela.

Ponerme en contacto con Gabriela, podía resultar la parte más difícil de todas, porque no imaginaba la manera de hacerlo. ¿Presentarme en su casa de Adrogué?… ¿Llamarla por teléfono?…

Con la esperanza de encontrar la manera de relacionarme, elegí las sonatas de Bach, encendí la computadora y abrí la carpeta titulada: Informes Complementarios. Allí figuraban los estudios cursados, los cursos realizados, los títulos obtenidos, sus antecedentes docentes. La primera lectura de esa aglomeración de datos, no me sugirió nada. Le destiné entonces una segunda lectura esta vez con papel y bolígrafo al lado, mientras el equipo de audio desgranaba torrentes de acordes de órgano.

Fui tomando nota de los pormenores que me parecían más relevantes, entre ellos anoté que se había Licenciado en Letras Modernas en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires y fui añadiendo el nombre de los distintos institutos de enseñanza por los que había pasado como alumna o profesora.

En un primer momento pensé en localizar a alguna antigua compañera de colegio o de facultad o a una colega en la docencia que me sirviera de nexo para llegar a Gabriela.

De pronto junto con los últimos compases del viejo Juan Sebastián se me encendió la chispa. En la parte correspondiente a Trabajos Publicados encontré que tenía publicados unos poemas junto a otros noveles autores en una Antología editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires.

¡Eso era lo que necesitaba! Anoté febrilmente los datos del libro y la fecha de edición. Ahí tenía el pretexto que andaba buscando: conseguiría esa obra y le mandaría un correo electrónico con comentarios elogiosos obligándola que me respondiera al menos por cortesía.

A la mañana siguiente, fui yo el primer cliente que entró en la librería que EUDEBA tiene en avenida Rivadavia frente a la Plaza de los Dos Congresos . La vendedora me informó que creía que ese libro estaba agotado porque no lo encontraba en el catálogo, no obstante consultó en la computadora por si existían ejemplares en el depósito. La búsqueda resultó negativa.

Me resigné, tratándose de Gabriela nada podía resultarme fácil ni sencillo. Me sentí perseguido por una maldición, el Destino la había puesto en mi camino y desde ese mismo momento parecía divertirse complicándome las cosas…

Pensaba encaminarme al extremo de la plaza donde nace la avenida de Mayo, pero una vez en la vereda la cúpula de bronce del Congreso de la Nación me recordó su biblioteca, una de las más completas del país.

Crucé la plaza y la avenida Entre Ríos seguí hasta Alsina y con paso resuelto entré en el viejo edificio donde había estado en otras oportunidades.

Cumplí todos los requisitos formales yo mismo busqué en el fichero por títulos hasta dar con la tarjeta correspondiente, anoté las referencias, fui al mostrador llené la boleta de pedido y esperé.

El libro finalmente llegó a mis manos, con él me instalé en la sala de lectura. Rebusqué ansioso hasta dar con sus poemas. Estaban precedidos por una breve nota Biobliográfica de la autora. Me sumergí en la lectura de su poesía. Resultaba realmente grata, doblemente grata por el armonioso estilo y bien trabajados versos y porque encerraban un profundo significado que sólo los iniciados en los misterios de los azotes podemos entender en su sentido más cabal. Lo que a los ojos de cualquier lector puede resultar una metáfora, acertada, exagerada o irrelevante, para los que sabemos algo más, constituían una revelación, una confesión, un reconocimiento de sus más recónditos secretos.

No necesitaría mentirle sobre el valor que tenía su obra. Me había subyugado por completo, más aun me admiraba su predilección por los sonetos, tal vez lo más difícil para cualquier poeta, técnicamente hablando, porque tiene tantas reglas precisas que resulta difícil componer los catorce versos que lo forman.

Marqué con recortes de papel la página del inicio y la del final de la parte que le correspondía después me encaminé a la ventanilla del servicio de fotocopiado, llené el formulario y entregué el libro. Las copias se hacen por turno de a un libro por lector y por vez. De manera que esperé pacientemente hasta que me llamaron por el número de formulario, pagué el servicio y me retiré con el libro y un manojo de papeles.

Salí de allí satisfecho, consulté el reloj. Era pasado el mediodía. Enfilé por Combate de los Pozos pensando en que era hora de almorzar, pero antes me detuve en una de las librerías de esa calle e hice anillar las hojas que llevaba.

Con el cuadernillo bajo el brazo, entré en “Quórum” uno de mis restaurantes preferidos. Juzgué que la ocasión bien merecía el premio de una buena comida… Esa misma noche después de haber releído varias veces las poesías más sugerentes, redacté unos cuantos borradores de carta, hasta que, cruzando los dedos despaché el mail.

Para mi sorpresa la respuesta apareció en la pantalla casi de inmediato. Agradecía mis conceptos manifestándose al mismo tiempo sorprendida por la acertada interpretación que había hecho de algunos de sus versos, -los más transparentes- , desde luego.

Mi corazón latía alborozado, mis sienes también… Leí, releí, volví a leer su mail con esa indescriptible sensación de triunfo que corona la satisfacción de un deseo largamente acariciado.

Lo más auspicioso era que con mi “anzuelo” había logrado no sólo engancharla sino conseguir que se mostrara interesada en que siguiera escribiéndole.

El paso estaba dado en ambas direcciones, en adelante, el éxito definitivo dependía de la habilidad con que manejara esa herramienta informática a la que tan poco afecto profesaba.

De ese modo comenzó un nutrido intercambio de correspondencia electrónica. Al principio fueron un par de mails diarios que se intensificaron a medida que sincerábamos nuestros pensamientos.

Mi propósito era inducirla para que deseara conocerme personalmente; para ello debía conseguir que me admirara de alguna manera. Yo me había adelantado al declarar mi sincera admiración por su poesía, en tanto ella ¿Qué podía admirar en mí?

Si en algún momento se traslucía mi ansiedad por conocerla podía derivar todo en un fracaso. La fina tela de araña que pacientemente construía con palabras y con la que poco a poco iba envolviéndola era de mi parte un recurso tramposo, porque ella apenas me conocía, en tanto yo disponía de abundante información sobre su persona y aun sobre su pasado, información que se ampliaba a cada respuesta suya.

Aquello resultaba para mí usar naipes marcados. Un error de mi parte o una ligera sospecha haría que la sutil tela de araña en la que me encontraba empeñado en tejer se desgarrara del todo…

¡Pero triunfé! Triunfé el día que en la pantalla, en uno de sus mails escribió: “¡Me gustaría tanto conocerte!”

No podía pedir más. Sin embargo debía mantener una actitud prudente. Si tanto deseaba conocerme podría invitarme a su casa de Adrogué, alguna razón poderosa existiría para que no lo hiciera. Después lo supe se trataba de sus padres ya mayores a quienes no les había hablado aun de mi porque no sabía cómo hacerlo.

Eran ambos personas mayores apegadas a ciertas costumbres, entre ellas las de las presentaciones formales, no entendían que la gente pudiera conocerse e intimar a través de una computadora. Desconfiaban de ese artilugio y temían las consecuencias…

Tomé la iniciativa le sugerí que podíamos encontrarnos en el centro de Buenos Aires, en alguna confiteria. Como paso previo al encuentro habíamos intercambiado ya fotografías.

Con las imágenes actué con honestidad, no usé fotografías antiguas, ni recurrí al Corel o al Photoshop para mejorarlas. Elegí algunas de mi último viaje más que nada por los lugares emblemáticos que le servían de fondo, porque siempre pensé que la Torre Eiffel detrás da más brillo a la persona que aparece en primer plano.

Por último convinimos en encontrarnos en la “Richmond” de Florida.

Me adelanté a la hora de la cita. Deposité sobre una de las sillas la fusta cuidadosamente envuelta en papel para regalo y coloqué encima un ramito que había comprado a una de las floristas de la calle, después la empujé para que quedara oculta debajo de la mesa.

Gabriela fue puntual. Me puse de pie y me adelanté. Nos saludamos con un beso en la mejilla como viejos conocidos. Ordenamos el pedido y quedamos mirándonos a los ojos.

Cuando nos trajeron el té saqué de la silla el ramito y se lo tendí. Las palabras estaban de más en ese momento. Todo lo decían nuestras miradas, respondiendo a las órdenes de mi percepción extendí mis manos y las suyas vinieron a mi encuentro.

Huelgan las palabras. De todas maneras y aunque quisiera no las encontraría para describir lo que representó para ambos esa cita y aquel primer contacto epidérmico.

Todo avanzó de prisa. Tan de prisa que en un momento dado le revelé la manera cómo había llegado hasta ella. Entonces saqué el paquete que contenía la fusta lo coloqué sobre la mesa mientras le decía:

-Aquí hay algo que antes de pertenecerme fue tuyo.

-¡Por Dios! ¿Qué es? -preguntó asombrada, presintiendo tal vez de qué se trataba.

Rompí entonces parte del envoltorio y mostrándole lo que guardaba en su interior, dije:

-¡Esto!

Lo miró, se sonrojó llevándose la mano a la boca. Cuando recuperó el habla exclamó:

-¿Cómo la encontraste?…

-No, –repuse-, no la encontré, ella me encontró a mí y gracias a ella yo te encontré…

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