Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Disciplina Doméstica

Autora: Mayte Riemens

Mi esposo era un hombre estricto y chapado a la antigua. Desde que éramos novios me corregía algunas de mis faltas y me decía que tenía suerte de que aún no estuviéramos casados. Yo reía y le preguntaba que qué me haría si ya fuera mi esposo. Ya lo sabrás, me decía. Cuando me pidió matrimonio, me dijo que, antes de aceptar, yo debía leer un documento que él había preparado, pues no quería que hubiera malos entendidos ni tuviera algo de qué arrepentirme, una vez que estuviéramos casados. Me dio el documento en un sobre cerrado y me dijo que lo leyera cuando estuviera a solas, al día siguiente ya le diría yo si aceptaba casarme con él.

A solas en mi habitación de la casa de mis padres, leí las cuatro páginas que mi novio me había entregado. En ellas me explicaba que me amaba intensamente, pero que creía que ningún matrimonio podía sobrevivir, aún cuando hubiera amor, si las peleas y las discusiones rompían la armonía de la convivencia diaria. Me decía que yo era una chica encantadora, pero también caprichosa y, a veces, algo irresponsable y poco juiciosa. Me amaba así, pero por mi propio bien, debía modificar algunas de esas conductas y procurar erradicarlas de mi carácter. La carta continuaba diciendo que él estaba dispuesto a modificar aquellos defectos que a mí me molestaran, que yo era libre de hacérselos notar y que si él no procuraba modificarlos, que yo estaría en todo el derecho para reprochárselo, sin que él se molestara por ello. Así, también yo debía someterme a la corrección de mis errores y defectos, pero para mí, él proponía un sistema diferente a las palabras. Entonces exponía con todo detalle el método que emplearía:

Cuando cometas alguna falta, te lo haré notar con seriedad y firmeza, pero con respeto y sin gritos ni frases hirientes. Tú podrás alegar lo que convenga a tu favor, pero si no existiera una justificación razonable, tendré que castigarte y así te lo haré saber.

Cuando tú escuches de mis labios la frase “Tendré que castigarte” Te irás a la habitación, te descubrirás completamente el trasero y te colocarás sobre la cama, con un par de almohadones bajo el vientre. Entonces yo iré hasta ahí y te aplicaré el correctivo que corresponda, de acuerdo con la falta que hayas cometido.

La severidad podrá ser desde moderada hasta muy alta, dependiendo de tu falta.

El castigo consistirá en azotes en las nalgas que, dependiendo de tu falta, podré aplicarlas con la palma de mi mano, con un cepillo o paleta de madera o con mi cinturón.

El número de azotes será de un mínimo de veinte y un máximo de 100, dependiendo, otra vez, de la falta que hayas cometido.

Cuando el castigo haya sido aplicado, pasarás un rato reflexionando sobre tu comportamiento. De pie, sentada o de rodillas ante un rincón, con el trasero desnudo, exhibiendo con vergüenza el resultado de tu mal comportamiento. El tiempo de reflexión podrá variar, pero nunca será menor a diez minutos.

Al finalizar el castigo, prometo no volver a mencionar el problema ni te guardaré ningún rencor, pero tú también deberás prometer lo mismo.

Para evitar malos entendidos y resentimientos, es importante detallar cuáles son los comportamientos que serán motivo de castigo, así como su  gravedad y el correspondiente grado de severidad del castigo

Faltas leves que serán castigadas con moderada severidad:

Faltar a tus obligaciones domésticas

Ser díscola, grosera o poco amable conmigo

Callar algún disgusto que yo te haya provocado

No atender tus propias necesidades

Faltas graves que serán castigadas con severidad media

Mentirme

Llegar a casa después de las once de la noche

Salir de casa sin avisarme

Hacer berrinches, gritar o enfurecerte, en lugar de hablar con respeto y procurando resolver los problemas

Hacer gastos tontos o no cuidar el dinero de la familia

Desobedecerme, a menos  que exista una razón totalmente justificable

Faltas muy graves que recibirán el castigo más severo

Coquetear con otros hombres

Resistirte al castigo

Faltarme o faltarte al respeto

Hablar de este método con cualquier persona

Guardar resentimientos o rencores por un castigo recibido

Persistir en una conducta por la cual ya hayas sido castigada

Es importante que sepas que, si durante el castigo, tu comportamiento no es el adecuado, podrías recibir hasta 20 azotes extra, incluso sobre el máximo de 100. También el castigo en el rincón podría hacerse más severo, no por tiempo, pero sí por agregarle algunas variantes para hacerlo más incómodo o vergonzoso para ti.

Nunca te daré más de dos zurras en un mismo día, pero si durante el día merecieras un castigo más, se pospondrá hasta el día siguiente.

Cuando hayas cometido alguna falta y yo no lo sepa, tú misma podrás solicitar el castigo, incluso, en caso de que yo no quiera aplicarlo, tú podrás exigirlo. Nunca te dejaré sin un castigo que tú o yo creamos que mereces.

Los castigos siempre serán aplicados en las nalgas desnudas, así evitaré sobrepasarme o ser demasiado flojo al castigarte, pues podré monitorear el estado de tu piel y evitar un daño extremo o el que el castigo no sea efectivo. El método se basa en el amor y en la confianza, quiero que sepas que jamás abusaría de ti ni te causaría un daño grave o irreversible.

Quiero que quede bien claro, que esto no implica que quiera someterte a mi voluntad ni que nuestra relación deba cambiar en ningún aspecto. Tú eres libre para seguir haciendo lo que siempre has hecho, para comportarte como hasta ahora lo haces, pues mi método es para evitar conflictos conyugales, peleas y discusiones que podrían dar al traste con nuestro matrimonio y, de ninguna manera, para dominarte, atemorizarte  o convertirte en un títere de mi voluntad.

Cuando terminé de leer, estaba sorprendida, confundida y… muy excitada. Jamás habría podido atreverme a confesarle a Lázaro que me excitaba la idea de ser nalgueada por él. Ahora su carta llegaba como caída del cielo, me llenaba de emoción y me hacía prometerme una vida conyugal deliciosa y llena de los placeres más extraños y sensuales. Pero también, me impedía confesarle mi secreta fantasía. Si yo le decía que me excitaba ser castigada, su método perdería toda efectividad, al menos a sus ojos, y quizá lo desechara. Lo pensé toda la noche, leyendo y releyendo su carta, excitándome con la lectura, con la imaginación de lo que mi vida de casada me traería. Por la mañana había tomado decisiones: por supuesto, aceptaría casarme con él y aceptaría que su método de “armonía conyugal” fuera aplicado, pero nunca le confesaría mis fantasías, recibiría los castigos como quien no los desea, como quien los sufre y se arrepiente de sus actos. Quizá eso tuviera una miel especial y aderezara aún más las delicias que se me prometían.

Tres meses después, nos casamos. Un par de meses después de que volvimos de la luna de miel, decidí que era momento de experimentar. Una mañana, Lázaro me fue a buscar a la cocina y me reprochó con aire serio y grave alguna tontería doméstica. Yo reaccioné como verdadera feminista y lo mandé a paseo con sus exigencias. Le dije que si quería las camisas bien planchadas, que se ocupara él mismo o me consiguiera más ayuda doméstica… en fin, todo un berrinche armado con profesionalismo impecable.

– Habíamos hecho un trato, María. Y lo aceptaste con todo lo que implicaba. Ahora estás desobedeciendo me estás faltando al respeto y eso es ya una falta grave. ¿Sabes cuál es el castigo para eso? – Sentí un delicioso escalofrío y una punzada en la vagina. Me estaba excitando muchísimo el regañito. Hice un puchero y comencé a llorar.

– ¡No, Lázaro! ¡No me castigues! ¡Por favor! – le rogué paladeando con deleite cada palabra

Ahora estás resistiéndote al castigo, María. Ya conseguiste dos castigos muy severos. Tendrás uno hoy y otro mañana.  Vamos. No sigas con esto – hablaba con amabilidad, pero se mostraba inflexible – Ahora se me hace tarde, pero cuando volvamos del trabajo, por la tarde, tendrás tu primer castigo por las graves faltas que has cometido. – Sollocé y me cubrí la cara. Realmente me sentía avergonzada, pues para él no era un juego y yo estaba haciéndolo por puro placer.

–          Cuando llegues de trabajar, te colocarás boca abajo sobre la cama, con las nalgas desnudas y tres almohadas bajo el vientre. Sobre la mesa de noche quiero que esté mi cinturón y la pala de madera de la cocina. Me esperarás así a que yo llegue. ¿Has comprendido?

–          Sí, mi amor – respondí llorando ocultando la cara entre las manos para que no me delatara una sonrisa de placer. Me hizo una caricia y se fue.

Durante todo el día disfruté del miedo y la excitación por lo que me esperaba, mi entrepierna se mantuvo húmeda todo el tiempo y, en el trabajo, no podía concentrarme pensando en el castigo que iba a recibir, finalmente, probaría, no sólo las nalgadas que tanto deseaba, sino también el cinturón y la paleta de madera. No imaginaba cómo me iba a doler eso, quizá fuera demasiado doloroso y no lo disfrutara, pero igual lo iba a sentir, pues Lázaro me iba a castigar, quisiera yo o no. Esa sensación de estar en sus manos y no poder evitar el castigo me excitaba todavía más. Tenía miedo y era delicioso sentirlo. Me escapé del trabajo un poco más temprano y llegué a casa emocionada, dejé mis cosas y me fui directo a la cocina a elegir la pala, por precaución no tomé la más grande y gruesa que tenía, sino una livianita, después fui al armario de Lázaro y elegí un cinturón, puse ambas cosas sobre la mesa de noche, coloqué tres almohadas en la cama y entonces, paladeando cada segundo, me levanté la falda y me bajé las bragas casi hasta las rodillas, después me coloqué en la posición de castigo. Estar ahí tumbada, con las nalgas levantadas y al aire me excitaba mucho, la espera se hacía larga, pero eso me excitaba todavía más. Esperé poco más de media hora, cuando lo oí entrar, la emoción me hizo liberar un sollozo y decidí que era lindo que me encontrara llorando pero dispuesta al castigo, así que dejé correr toda mi tensión con lágrimas. No me dijo nada. Se sentó en la cama y me acarició un poco las nalgas provocándome más sollozos.

–          ¡Lo siento, mi amor! ¡No me castigues demasiado duro, por favor! – le supliqué, deseando exactamente lo contrario. Comenzó a nalguearme con mucha fuerza, esas nalgadas eran duras, me ardían horriblemente, más porque mis nalgas estaban frías después de tanto tiempo de estar desnudas, pero resultaban mucho más deliciosas y excitantes de lo que yo había imaginado. Después de muchas nalgadas, por fin se detuvo y me acarició las nalgas enrojecidas y calientes, después atoró el vuelo de mi falda en la pretina.

–          Ahora ponte de pie frente al rincón, con las manos en la cabeza – me ordenó con amabilidad. Obedecí bañada en lágrimas y con la entrepierna muy húmeda. La vergüenza de aquellos diez minutos castigada me excitó todavía más. Me sentía absurda ahí parada, de pronto me pareció todo una comedia, como si los dos estuviéramos actuando para alguna cámara escondida. Pero era muy real, las nalgas me dolían y estaba siendo castigada. Sabía que la tunda no había terminado y además sentía a Lázaro tendido en la cama, mirando mis nalgas enrojecidas.

–          Espero que estés avergonzada, María – me dijo con severidad. – No es propio de una señora casada, toda una profesional, tener que pasar diez minutos castigada frente a un rincón, con las nalgas calientes en total exhibición, y las manos en la cabeza, como una niña malcriada.

–          Estoy muy avergonzada, mi amor – murmuré entre sollozos. Cuando pasaron los diez minutos, Lázaro me llamó.

–          Vuelve a colocarte para continuar con el castigo – me dijo. Yo obedecí totalmente enloquecida de pasión por aquel hombre severo e inflexible. Levanté lo más que pude mis nalgas y esperé.

–          Esto va a doler un poco más – me advirtió

–          Sí, mi amor. – le dije procurando que no notara lo excitada que estaba. Los azotes comenzaron. Lázaro había doblado el cinturón a la mitad y lo aplicaba con fuerza atravesando de lado a lado mis nalgas. Aullé desde el primer azote, apreté el cubrecama con toda mi fuerza para soportar el siguiente, sollocé adolorida y excitada como nunca y en medio de aquel paroxismo de placer y dolor, traté de contar los azotes. En el número veinte, sentí que no podía más y atravesé mi mano para impedir que continuara.

–          Quita la mano, María. No me gustaría golpearla. – me dijo. Obedecí temblando, el castigo se reinició pero a los pocos azotes volví a cubrirme

–          ¡Por favor! ¡Me duele mucho! ¡Perdóname! ¡Ya aprendí la lección! –supliqué. Por toda respuesta, sentí que Lázaro tomaba mi mano y me la sostenía a un lado de mi cuerpo, continuó el castigo y yo procuré no volver a mover las manos, pero me era casi imposible, pataleaba, me agitaba y me retorcía de dolor. Cuando se detuvo, sentía que las nalgas me ardían y las imaginaba del color del granate. Sollocé con fuerza y me froté un poco.

–          No te toques, aún sigues castigada. – me dijo con severidad – Ve otra vez al rincón. Arrodíllate de cara a la pared, las manos en la cabeza. – Obedecí bañada en lágrimas, gimiendo como niñita y deseando como nunca que aquel hombre me hiciera suya. Me coloqué en el rincón a cumplir otros diez minutos de castigo. Me preocupaba que la humedad de mi sexo escurriera por mis piernas y me delatara, así que apreté las piernas, lo cual debe haber resultado en la tensión de mis nalgas, que mi marido observaba mientras me hablaba otra vez de lo vergonzoso de mi posición y, sobre todo, de lo absurdo de mi conducta. Oí que salía de la habitación, pero no tardó en volver, se acercó a mí, me tomó ambas manos y me las hizo poner en mi espalda, yo lloré como niña arrepentida.

–          ¡Ya perdóname, Lázaro! ¡No me pegues más, por favor! – le rogué. No me respondió, se ocupó en atar mis muñecas, una con otra con el cinturón de seda de mi bata de noche. El nudo era suave, no me hacía daño, pero me sería imposible volver a cubrirme las nalgas durante el castigo. Un rato más de rodillas y me llamó de nuevo. Me levanté con dificultad, pues mis manos maniatadas no ayudaban a mi equilibrio. Me tomó del brazo y me llevó a la cama, pero en lugar de hacerme tender como antes, se sentó y me puso boca abajo sobre sus rodillas, como una niña pequeña que va a ser castigada por su padre. Me sostuvo firmemente rodeando mi cadera con su brazo y entonces comenzó a azotarme con la pala de madera. ¡Eso sí que dolía! Aquello era un verdadero castigo, incluso para mí, los golpes caían de lleno sobre mis ya lastimadas nalgas y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlos. Lloré, grité, supliqué, pero Lázaro se aplicó seriamente en castigarme sin descanso, con ritmo y fuerza. Me dio quince azotes que me dejaron grandes cardenales. Cuando me levanté con su ayuda, mi cara estaba totalmente descompuesta por el llanto. Me dejó ahí de pie y atada de manos, mientras colocaba en el rincón un banco de madera alto, de los de la barra de la cocina.

–          Siéntate aquí – me ordenó. Me acerqué y con su ayuda y mucho dolor, me senté. Entonces me desató las manos. – No quiero tener que atarte otra vez, cariño. Pero lo haré si no aprendes a mantener tus manos fuera del área de castigo.

–          Sí, mi amor. Lo siento – murmuré. Me hizo poner las manos sobre mis rodillas y enderezar la espalda. Estuve ahí diez minutos castigada. Sintiendo mi clítoris saltar emocionado, cosquillear exigiendo ser acariciado…

–          Ya puedes levantarte, cariño. Por hoy hemos terminado. Mañana tendrás otra dosis… un poco más severa. Te aplicaré la máxima severidad, para que sepas a qué atenerte en el futuro.

–          Sí, mi amor. – le dije y me acerqué a besarlo. Le pedí perdón, le dije que el castigo me había hecho mucho bien y que, aunque ya había aprendido la lección, recibiría el del día siguiente con toda obediencia, pues sabía muy bien que me lo merecía. Lázaro me besó, me acarició suavemente las nalgas y terminamos haciendo el amor con la pasión más exquisita que jamás habíamos soñado.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Un comentario en “Disciplina Doméstica

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*