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Betanía

Autor: Jano

Betanía se alejó del sillón en el cual estuvo de rodillas durante veinte minutos frotando sus nalgas a dos manos, con el inútil afán de mitigar el escozor  producido por el incontable número de azotes que había recibido durante ese tiempo. Se condujo con diligencia al dormitorio para tumbarse en la cama como le había sido ordenado.

Quizás sea mejor empezar por el principio y retratar a Betanía y sus circunstancias.

Ella es una mujer joven, venezolana, de negra y larga cabellera, con grandes ojos negros, duros y enhiestos pechos, cintura estrecha y bonitas caderas que  acompañan unas apetecibles y prominentes nalgas: de regular  estatura, su figura, por decirlo de una vez, atrae las miradas de cualquiera con el que se cruce y tenga ojos para disfrutar de su espléndida figura y atractivo rostro. Siempre con una sonrisa en los labios, no pasa desapercibida para nadie.

En el año…… cuando contaba diecisiete, entró a trabajar para J. como doncella, cocinera y todo lo relacionado con el cuidado de la casa y su persona. Desde aquella ocasión, habían transcurrido cinco años.

Durante un tiempo, su comportamiento fue irreprochable. La eficiencia de que hacía gala llenaba de satisfacción a J. quien no era ajeno a sus encantos además de estar encantado de haberla contratado.

A los pocos meses, Betanía, consciente de la admiración que por ella sentía J., comenzó a descuidar sus obligaciones, a prestar una menor atención al buen estado de la casa y de su señor, convencida como estaba de lo que él sentía por ella y, por ello, incapaz de reprenderla. Se dio en pasar más tiempo tumbada en la cama o viendo la TV que ocupada de sus tareas.

Pese a que J. se sentía atraido por ella y deseaba con todas sus fuerzas poseerla, la situación se estaba volviendo insostenible: encontraba polvo en casi cualquier sitio, los buenos alimentos que le preparaba antes se habían convertido en algo incomestible. Su cama hecha de cualquier manera, con arrugas y falta de cuidado. Su calzado y ropa antes tan mimada y colocada en su sitio, ahora se volvía loco tratando de encontrar cualquier prenda.

Habló con ella haciéndole ver lo irregular de su comportamiento sin obtener resultado alguno. Ella seguía comportándose de la misma forma descuidada.

En contra de su natural bondadoso y paciente, J. decidió tomar cartas en el asunto para intentar cambiar aquellos malos hábitos de Betanía a la que, en efecto, había tomado algo más que afecto y a quien no quería perder por nada del mundo: lo más adecuado hubiera sido despedirla, pero…… y ese pero era lo que por ella sentía y le impedía hacerlo.

Dos veces más intentó que ella cambiara sus malos hábitos de los últimos tiempos sin que consiguiera lo más mínimo. Betanía, en su fuero interno, creía que nada de lo que ella hiciera mal, sería motivo de que la despidiera por el amor que bien sabía J. sentía por su persona. No andaba muy descaminada.

Sin embargo, tras un largo tiempo en que J., armado de paciencia y de amor mezclado con deseo, harto, desesperado por no obtener resultados por las buenas y llegado a un punto de no retorno, después de un nuevo intento y comprobar que sólo las palabras no hacían mella en la actitud de la joven, enfadado en grado sumo, casi sin saber lo que hacía y en contra de todos sus planteamientos vitales sobre la no violencia, descargó su mano sobre la cara de ella, lo que la obligó a tambalearse. Con los ojos desmesuradamente abiertos por la sorpresa, Betanía se llevó la mano al lugar donde había sido golpeada.

Contra toda previsión, de su boca no salió una sóla palabra de protesta: se quedó inmóvil, expectante, balanceándose sobre uno y otro pie. En su rostro se pintaba un no se sabía qué. Enardecido por la respuesta de ella, J. la arrastró sin miramientos hasta un sillón cercano y, haciendo que se inclinara sobre él, comenzó a lanzar una serie interminable de azotes a aquellas nalgas que tanto deseaba acariciar sólo protegidas por el ajustado vestido negro de uniforme.

Una insana satisfacción se apoderó de J. mientras la castigaba de aquella forma. Quizás de aquel modo consiguiera lo que no había obtenido de buenas maneras. De cualquier forma, poco importaba el resultado de aquella acción: era tal su grado de excitación y el placer que le producían el castigo que estaba inflingiendo a la joven, que nada que ocurriera después le preocupaba.

En tanto, Betanía, inexplicablemente, sólo profería gemidos sin que se notara en ella la intención de escapar al castigo. Estóicamente, permanecía en la posición en que J. le había colocado. Éste, cada vez más excitado, alentado por la pasividad de Betanía y lo que parecía una aceptación de semejante castigo como expiación por tanto tiempo de incumplir su cometido, sin la menor consideración, levantó el vestido de la muchacha hasta la cintura y bajó sus bragas hasta los tobillos. Fue entonces cuando por primera vez pudo apreciar la magnificencia de aquellas gloriosas nalgas, las cuales, aun cubiertas por la ropa, tantas noches de insomnio y estados febriles le habían costado. Durante unos segundos, presa de la admiración y los deseos que aquella visión le producían, no sabía si azotar o acariciar, sumergirse en el placer de tocar y aspirar su aroma o proseguir con el castigo. Optó por lo último y recomenzó a estrellar sus manos de forma inmisericorde sobre aquella palpitante y ya roja piel. Los gemidos de Betanía que acompañaban como la respuesta en un canon cada azote que recibía,  excitaban más y más a J. hasta el punto de que una a modo de espesa niebla se cernía sobre él.

Inopinadamente, J. se inclinó sobre aquellas adorables nalgas y las acarició con delectación mientras inspiraba el aroma que de ellas se desprendía. Con un esfuerzo de voluntad, pese a que lo que deseaba sobre todas las cosas era penetrar entre aquellos turgentes y deseados globos, con un gesto decidido, extrajo su cinturón y, con el doblado en dos, reinició el castigo azotando a Betanía sin descanso durante diez minutos o más. En tanto, ella seguía sin abandonar el ara donde sus nalgas estaban siendo sacrificadas.

Como todo tiene un final, el castigo llegó a su término. J. hizo que Betanía se alzara de su posición y, sin poder ni querer remediarlo, la abrazó y besó con ardientes besos a los que ella correspondió de la misma forma. Dejando de sujetarle con ambos brazos,  una de sus manos acarició las tan azotadas nalgas para luego llevarlas al pubis donde se encontró con una verdadera fuente. Sin más preámbulos, allí mismo, sobre la alfombra, ambos se poseyeron frenéticamente durante un espacio de tiempo inverosímil y eterno.
Pasados los arrebatos de la pasión, decidieron dar y pedir explicaciones. J. le confesó a Betanía el amor que había ido creciendo hacia ella casi desde el instante de conocerla. Ella le confesó que lo mismo le había ocurrido y que todas las cosas que había hecho mal eran para llamar su atención; que le veía tan distante y caballero que no se le ocurrió otra forma de hacerlo. Estaba contenta porque había conseguido su propósito y con la paliza había pagado todo lo que había hecho mal.

Durante un tiempo, Betanía volvió a ser la que era y la relación entre ella y su señor, se convirtió en algo más que de trabajo.
Sin embargo, extrañamente, pasado un tiempo en que todo funcionaba a la perfección, en que se amaban a todas horas y la casa relucía limpia y ordenada, algunas cosas empezaron a fallar. J. se dio cuenta casi al momento pero no quiso tomar medidas drásticas con la que ahora, además de la casa, se ocupaba de llenarle de satisfacciones habiéndose convertido en su amante a la que correspondía con entusiasmo y amor.

Pasaban los días y la cosa iba cada vez peor. El desinterés de aquel tiempo pasado, parecía haberse instalado en Betanía. Viendo que las advertencias no servían para nada y que la casa iba cada vez a peor, J. decidió retomar lo que, salvo aquella primera vez, había dejado en suspenso: nunca más había castigado a su amor.

Una noche en que después de disfrutar de sus cuerpos y su amor el la recriminó por su dejadez, ella le contestó que no era su esclava. Asombrado por aquellas palabras, irritado, le dio la vuelta desnuda como estaba y comenzó a azotarla sin piedad. Veía cómo sus nalgas se iban poniendo cada vez más rojas, cómo ella pataleaba y se quejaba del trato pese a lo cual, él seguía descargando las manos sobre ella. Paró durante unos instantes y le preguntó si aquello era suficiente para que rectificara su conducta. A eso respondió ella que no y la azotaina recomenzó. Sólo cuando J. se sintió casi agotado y con un gesto comprobó el estado que presentaba la entrepierna de su amante, cesó de golpearla.
Haciendo pucheros y mirándole tiernamente, Betanía le dijo:
–Tonto; ¿Es que no te dabas cuenta de que lo que intentaba era que volvieras a castigarme? ¿Que me gustó tanto aquella vez que quería que lo repitieras y tú ni enterarte?—

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