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Audiencia de Conciliación

Autores: Ana Karen y Amadeo Pellegrini

Estaba por vencer el plazo de espera cuando el prosecretario del Juzgado Laboral se acercó para decirme:
-Doctor, la audiencia ha sido suspendida a pedido de la contraparte, el Juez proveyó su pedido presentado a última hora. Habrá que fijar nuevo día y hora. Creí que la Dra. Álvarez le había avisado ayer.
No, la muy cretina no se había molestado en levantar el teléfono para decirme que pediría un aplazamiento de la audiencia. Una postergación que no tenía sentido porque yo, en un gesto de lealtad profesional, le había advertido que mi cliente estaba dispuesto a allanarse a las pretensiones de su cliente, y que lo único que pediríamos sería costas por su orden y un pequeño plazo para pagar la totalidad. O sea, era un caso virtualmente terminado.
Salí del tribunal maldiciendo el tiempo perdido, execrando a todas las abogadas conocidas y por conocer, en particular a esa pécora que tiene una linda carita y una figura excitante para ambular como una diva por todos los juzgados.
Además de enojado estaba desconcertado. ¿Qué carajo pretendía esa vedette al pedir un aplazamiento? Entré a la oficina rumiando mi bronca y traté en vano de concentrarme en los expedientes apilados que me esperaban encima del escritorio.
El teléfono me trajo a la realidad. Era Alicia, mi secretaria, avisándome que tenía un llamado de la Dra. Álvarez.
Atendí de muy mala gana con un seco “Hola” que según mi intención debía detonar como una bala en su oído. Desde el otro extremo me llegó la voz meliflua de mi colega, que sin disculpar su descortesía profesional me pedía una entrevista para ajustar el reclamo de su cliente.
-¿Ajustar qué, Doctora? ¿No habíamos acordado casi que mi cliente pagaría todo si se le concedía un pequeño plazo para reunir el resto del dinero?
-Mire Doctor, lamentablemente mi cliente ha cambiado de idea porque quiere ampliar la demanda, usted habrá leído que hay una reserva en ese sentido… (Efectivamente las hay en casi todas esas demandas, son de práctica pero aquello daba muy mal olor).
-Esta bien Doctora. Usted dirá entonces cuáles son las pretensiones de su cliente para que las evaluemos.
-Por teléfono no se lo puedo decir Doctor será mejor que nos encontremos a una hora que le convenga en el “El Galeón”…
Acepté, acordamos la hora y maldiciéndola mentalmente colgué.

* * *

Odio admitirlo y solo lo hago ante mí misma. Jamás aceptaría ante nadie el profundo respeto y admiración profesional que tengo por Lorenzo, y mucho menos lo que me excita verlo en un pleito defendiendo su caso: tan seguro, tan viril, tan sabio y conocedor de los vericuetos de nuestra profesión.
Un par de veces me tocó enfrentarlo y no fue nada fácil. Yo siempre quise ganarle un caso a como diera lugar y cuando me enteré que era él el defensor de la otra parte me dije: “ésta es la mía”, dado que el caso es sumamente fácil. Y el diablito de la venganza más la soberbia de querer ganarle se apoderó de mí. Pero fui más lejos aún y planeé algo un poco más complicado, más para molestarlo que otra cosa.
Pedí que se suspendiera la audiencia y el juez me lo proveyó. Por supuesto que no le avisé, lo que le hizo perder tiempo y con toda seguridad… ¡enojarlo mucho!
Cuando lo llamé a su estudio para concretar una entrevista y ajustar el reclamo de mi cliente, no podía disimular su enojo y eso me divertía muchísimo. Casi lo obligué a que nos encontráramos en “El Galeón”.

**********

“El Galeón” es la confitería preferida de los abogados porque está muy cerca del palacio de Tribunales; es un antiguo bar que mantiene la fachada y el mobiliario de la belle époque, un sitio donde se han cerrado más tratos y concluido más litigios que en los propios juzgados.
Decidí hacerla esperar como un pequeño desquite por el plantón de la mañana y cuando entré media hora más tarde la encontré sonriente frente a un pocillo de café vacío y un par de colillas aplastadas en el cenicero. Adrede no me disculpé por la demora, chasqué los dedos para que viniera el mozo, ordené un café y me senté delante de esa vampiresa de pacotilla.
Fue directamente al grano y sin preámbulos, mirándose las uñas arregladas, esas tan cuidadas que me fascinaban pero que, en ese momento me parecieron las garras de una tigresa; dijo que su cliente iba a demandar a mi patrocinado por acoso sexual exigiendo indemnización por daño moral.
Era una estocada mortal para mi cliente, por secreto profesional yo conocía muchos pormenores de su carrera amatoria y si esa relación con su ex empleada se ventilaba en los tribunales sería su ruina matrimonial y el comienzo de un terremoto económico.
No pude contenerme y le dije lo que pensaba, que eso tenía un nombre muy feo, se llamaba extorsión.
-Llamalo como te parezca Lorenzo -me dijo sin dejar de sonreír. En público nos dábamos un trato profesional pero en privado nos tuteábamos- Hablá con tu cliente y convencelo de que le conviene arreglar.
Más vale que le convenía arreglar. Ya le había solucionado yo una crisis matrimonial que lo colocó al borde del divorcio. Esta vez estaba listo. La muy ladina lo sabía.
-Bueno Doctor, espero su llamado –dijo al despedirse, sonriendo burlonamente mientras salía taconeando llevándose tras ella la mirada de deseo de todos los parroquianos.

* * *

Yo fui bastante puntual, pero tal y como me lo imaginé él llegó tarde con el sólo propósito de hacerme esperar. Por supuesto que no le dije nada y fui directamente al punto: estaba dispuesta a demandar a su cliente por acoso sexual. Dada la situación de este hombre, no le quedaría otra que aceptar y yo lo sabía.
Disfruté del enojo de Lorenzo, de su impotencia, de saber que lo tenía en mis manos y aunque no estaba siendo honesta ni profesional, me estaba divirtiendo de tener a mi abogado preferido en mis manos. ¡Dios, qué manera de regodearme con esta situación!
Cuando me dijo que “eso” tenía un solo nombre: extorsión, sólo me seguí burlando de él. Le dije que hablara con su representado y que más le valía arreglar. Él lo sabía, y por supuesto que yo también. Podría haber tenido un poco de piedad, pero no quería, no me daba la gana. Quería sentir la satisfacción de tenerlo en mis manos y eso era lo que estaba haciendo. Y era… sencillamente ¡delicioso!
-Bueno “doctor”, espero su llamado –me despedí mientras agitaba mi mano sin dejar de sonreírle. Me di media vuelta sin poder disimular la sonrisa de triunfo que me iluminaba. Porque esto todavía no había terminado.

******

Tuve que llamarla nomás y aceptar las condiciones que le impuso a mi cliente. Como si fuera poco debí ir a su estudio a llevarle los cheques. Fui, pero había madurado un plan para vengarme. Mi cliente pagaría, claro, pero ella me las pagaría a mí. y de una forma que iba a recordar por mucho tiempo.
El arreglo se hizo en las condiciones que ella impuso. Actuó de la manera que imaginé que lo haría cuando volví a recordarle que eso era una extorsión porque las relaciones de mi cliente con la demandante no provenían de un acoso sexual sino de una situación querida y aun buscada por ella, ya que voluntariamente se había entregado a su patrón.
Estela no dejó de reírse y pavonear como yo esperaba, admitió que era verdad lo que yo decía,  que tenía razón, pero que los hombres éramos tan tontos que “eso” nos hacía perder la cabeza, que lo teníamos merecido por calientes, que era justo que pagáramos porque planteado el caso el juez le daría la razón a la más débil o sea a su cliente, porque él también era hombre y tan boludo como los demás. Después de recibir los cheques firmó el desistimiento de la acción y del derecho.

* * *

Cuando me llamó como esperaba, para concretar el pago, lo hice venir hasta mi oficina a traerme los cheques, cosa que lo enojó aún más.
Lo esperé vestida con un escotado vestido rojo, muy ajustado en la parte superior que marcaba hasta el último centímetro de mi busto. La amplia falda se movía al compás de mis caderas. Unas sandalias del color del vestido, con unos altos tacos, servían para sostener mis largas piernas, de las que me sentía orgullosa. Quería provocarlo y demostrarle mi triunfo desde más de un aspecto. Sabía que Lorenzo me encontraba atractiva, pero jamás me dijo una palabra porque era un gran profesional que no le gustaba mezclar las cosas…
Mientras me entregaba los cheques, yo no podía disimular la alegría por mi triunfo.
-Estela querida, mi adorable doctora Álvarez… vos tenés claro que esto es extorsión, ¿verdad?
No contesté. Me limité a mirarlo y sonreír.
-Este caso no es de acoso sexual. Tu cliente buscó y hasta se ofreció a su jefe. O sea, fue una situación querida.
-¿Y con eso qué? Sí Lorenzo, esto es extorsión limpia y pura, lo admito. Pero ustedes, los hombres, son tan tontos que por “eso” pierden la cabeza y más. Así que… es justo que paguen. Sabés perfectamente que planteado el caso, el juez, que es hombre y tan boludo como el resto de su especie, le dará la razón a la parte más débil, o sea… a mi cliente.
Dicho esto y satisfecha de mí misma, firmé el desistimiento de la acción y del derecho. Estaba feliz, me sentía muy contenta por haber ganado el caso a pesar que no había sido ni profesional ni demasiado honesta. Pero le había ganado a Lorenzo y eso era todo lo que quería, todo lo que me importaba.

* * * *

Entonces yo saqué del bolsillo del saco un micrograbador y mostrándoselo le dije:
-Querida colega, vamos a ver que dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
La hora de mi triunfo había sonado. Era yo quien tenía en la mano las cartas del triunfo, su rostro se demudó, pero aun así estaba radiante, no se me había escapado ni el brillo de sus ojos ni el cuidado que había puesto en arreglarse, porque estaba vestida y maquillada con esmero, más propio de alguien preparada para una fiesta que para trabajar en la oficina. En otras circunstancias la hubiera encontrado allí bien vestida, sí, pero seguramente con una indumentaria más cómoda, pantalones, un suéter al tono; zapatos de taco bajo y el cabello recogido, más propio de una letrada.
El vestido rojo de amplio escote y falda acampanada que lucía con unas elegantes sandalias de alto tacón más el peinado que delataba el paso por la peluquería, no podían significar otra cosa que el placer de la victoria, como esos generales que se presentan al desfile con todas sus condecoraciones y entorchados, así apareció mi colega.
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!… No, no te atreverás…
-Mirá querida, mi cliente salió perjudicado injustamente así que cuando te suspendan la matrícula, con la plata de tus honorarios más lo que le vas a cobrar a tu cliente podés tomarte unas lindas vacaciones…
-¡Hijo de puta!
Con estudiada calma me levanté y me dirigí a la puerta. Ella pensó que me retiraba, entonces me rogó que llegáramos a un acuerdo, estaba al borde de las lágrimas. Cerré la pesada puerta de roble con doble vuelta de llave y me la eché al bolsillo.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
-Si gritás –murmuré- tu secretaria, la pasante y la gente que está en la sala de espera van a enterarse que la Doctora Álvarez recibió una soberana paliza en su propia oficina.

* * * * * *

Pero la sonrisa y el aire de triunfo se me borraron del rostro cuando el muy desgraciado sacó de su bolsillo un micrograbador que me mostró sonriente mientras me decía:
-Querida colega, vamos a ver qué dictamina el tribunal de ética profesional del Colegio de Abogados cuando escuche esta cinta después de leer la denuncia que voy a presentar en tu contra…
No podía creer lo que oía. El muy desgraciado me había hecho hablar y me había grabado. Me desesperé y comencé a caminar hacia él:
-¡Lorenzo! ¡No te vas a atrever! ¡Vos no me podés hacer eso! ¡Eso sería una canallada!… No, no te atreverás…
Me dijo algo de que con lo que le había sacado injustamente a su cliente, con mis honorarios y lo que le cobraría a mi cliente, me podría ir de vacaciones cuando me suspendieran la matrícula. Creí que me moría del disgusto y los nervios. Tuve que apoyarme en el escritorio, pero enseguida reaccioné:
-¡Hijo de puta!
Tenía ganas de pegarle, de insultarlo más, de herirlo con mis palabras pero… nada se me venía a la mente y tenía que calmarme. Me tenía a su merced…
Lorenzo se levantó y se dirigió a la puerta. No podía permitir que se fuera.
-¡Esperá, no te vayas por favor! Tenemos que llegar a un acuerdo, te lo ruego.
Sentía que la cabeza me estallaba. Tenía que pensar algo y rápido. Conocía a Lorenzo y tenía claro que si hacía eso era porque estaba seguro de ganar. Cuando sentí que cerraba la puerta con llave y la guardaba en su bolsillo… menos aún entendí. Hasta que vi su sonrisa de triunfo…
Lorenzo no necesita hablar. Con sus gesticulaciones dice todo. Tiene los labios finos, y cuando sonríe con la seguridad de haber ganado un caso pues… cierra sus ojos, parpadea suavemente y sus labios se convierten en una fina línea que termina en dos hoyuelos deliciosos. Y sé por experiencia que su contrincante está perdido, como lo estaba yo en aquél momento.
-Mirá muñeca, yo no quiero perjudicarte,  te voy a regalar el casete, pero recién después de hacer lo que tengo que hacer con vos…
Sin mediar palabra y sin que mi mente me permitiera moverme, tomó la silla en la que había estado sentado, la colocó en el medio del despacho, se quitó la chaqueta y la corbata, remangó su camisa y me agarró fuertemente del brazo.
-¿Qqqquuuéee vvvaaas aaa hhhaccceeer? ¡Soltame!
No le hizo falta mucho esfuerzo para que terminara yo sobre sus rodillas. Muchas veces me había prometido una azotaína pero jamás le había creído, y menos con aquel caso con el que me sentía totalmente ganadora. Comencé a gritar que me soltara, mientras él, con toda calma me decía que si gritaba se iba a enterar mi secretaria, clientes y toda la gente que estaba afuera. Lo peor era que tenía razón.

* * * * *

Ella se sentía triunfante, hasta que la suerte, -que también es mujer-, dejó de sonreírle.
Allí estaba atónita y muda mirándome mientras yo me deshacía del saco y la corbata. En ese momento no estaba seguro de poder cumplir con el objetivo que me había propuesto, podía ella recobrarse y pedir auxilio. Su secretaria, entonces con el pasante y las personas de la sala de espera acudir y encontrar la puerta cerrada con llave. ¡Menudo escándalo!
Si me acusaba de agresión sexual, con tantos testigos me las vería en figurillas para levantar los cargos, no obstante confiaba que ella temía más al escándalo que a mí, pues no ignoraba en absoluto los sentimientos y deseos que me inspiraba desde hacía mucho tiempo.
Apenas balbuceó una protesta ante mi indigno comportamiento, por haber abusado de su buena fe grabando la conversación… Pero tal como pensaba, no pidió ayuda y cuando la solevé para voltearla sobre mis rodillas, tan sorprendida estaba que no atinó a oponer resistencia.
Acusó las primeras palmadas con unos gemiditos muy parecidos a los de una gata en trance. Eso me animó, no sólo a seguir adelante sino a avanzar sobre las endebles defensas.
Sospecho que en ese momento maldijo haber elegido aquel vestido de leve gasa cuya falda remonté sin dificultad para regodearme con la vista de sus cremosas nalgas enfundadas en un satinado slip blanco.
Debo ser fiel a la verdad en ningún momento sentí enojo, pero tampoco arrepentimiento, lo que experimentaba en esos instantes era placer. Puro placer, un compuesto maravilloso de emoción estética, sensación de poder y mucho agradecimiento, por no decir amor por la persona que había urdido la trama de la cual en definitiva había resultado víctima.
Aguantaba con bastante resignación las sonoras palmadas que le dispensaba y eso me animó a derribar la última barrera. Me apoderé de la cintura elástica y con movimientos firmes y seguros anulé el último bastión del pudor. A pesar de sus ruegos y protestas logré descender la prenda hasta despejar por completo el glorioso campo carmesí de la que mi mano se enseñoreó.

* * * * *

Las primeras nalgadas las sentí a través del fino vestido. Me supieron deliciosas, como caricias, yo sabía que no me estaba dando muy fuerte, pero comenzaba a sentir un rico calorcito en mis nalgas. Cuando levantó la falda ¡creí morirme de vergüenza! Yo, una profesional reconocida, la doctora Álvarez, con mis nalgas al aire… ¡no! ¡no podía permitirlo! Traté de zafarme, de que me soltara: pataleos, golpes en sus piernas, movimientos bruscos y hasta súplicas…todo fue en vano. Su mano siguió cayendo sobre mis nalguitas, pero ya no me sabían a caricias porque ahora ardían y mucho.
Debía tener mi cola como una grana, pero la bestia peluda de Lorenzo continuó con los azotes, y hasta se atrevió a bajarme la bikini blanca. Nunca había sentido tanta vergüenza en mi vida. Sentía tanta vergüenza como… como… como… ¿excitación? Sí, aquella maravillosa sensación era una mezcla de dulce dolor y de excitación.  Las lágrimas comenzaron a rodar, pero en mi rostro se dibujó una sonrisa de picardía y placer. “Seguí Lorenzo, seguí… ¡Sí! ¡qué sensación más deliciosa!” pensaba para mí.
De todas formas, aunque vencida una vez más, el final de este episodio fue realmente “reconciliatorio”.

* * * *

Sí, más que la azotaína, la humilló la broma que le gasté, es que a cualquier dama las burlas le duelen más que esa clase de azotes.
Le caían lágrimas de indignación al enterarse que lo de la grabación era una mentira. Advertí que le costaría perdonarme y además deseaba hacerlo. Me acerqué a ella, la tomé por la barbilla para alzarle el rostro y la besé…
Ella, me jacto al decirlo, devolvió el beso transformando el episodio en una verdadera audiencia de conciliación.

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