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Misterios dolorosos

Por: Amada Correa

“Hace falta más valor  para sufrir que para morir.”

Napoleón Bonaparte

Mis vacaciones terminaron a comienzos de enero. De muy mala gana regresé a la ciudad, necesitaba aprobar dos materias en los turnos de marzo para estar en condiciones de cursar como alumna regular el último año.

Estudiar en  pleno verano con temperaturas de casi cuarenta grados resultaba una verdadera tortura, yo tenía muchos deseos de aprobar y, paradójicamente, muy pocas ganas de abocarme a los libros, por ese motivo resolví buscar una compañera de estudios.

Encontrar a esa altura del año alguien para estudiar juntos resultaba bastante difícil, no obstante coloqué un aviso en la cartelera del centro de estudiantes y dos días más tarde recibí un llamado telefónico de Nora Leroy. avisándome que estaba dispuesta a preparar aquellas dos materias conmigo.

Nora, a quien yo habría visto una media docena de veces en la Facultad, pero con quien nunca había conversado, era un par de años mayor que yo, trabajaba medio día en una oficina y vivía en casa de una tía viuda. Por lo que tuve que amoldarme a sus horarios.

Nora era una persona dulce, de carácter más bien tímido cuyo rostro sin ser bello resultaba armonioso pues reflejaba una extraña placidez. Yo me sentía muy a gusto con ella, tanto que en poco tiempo resultamos grandes amigas.

Una particularidad suya que me llamó de inmediato la atención era su ferviente religiosidad, pues no sólo cumplía los preceptos sino que además frecuentaba los sacramentos. Para una muchacha mundana como yo aquello resultaba algo insólito; de no haber sido por el afecto que sentía hacia ella y el respeto que me inspiraba quizás hasta me hubiera permitido hacerle algunas bromas. En cambio para complacerla muchos domingos acepté su invitación y la acompañé a misa.

Las horas que estudiábamos juntas eran bien aprovechadas, apenas nos permitíamos breves intervalos de descanso antes de regresar de nuevo a los libros.

La semana anterior al primer examen, su tía nos dejó solas para que yo me instalara en la casa. Ella viajó al campo a visitar una hermana, Nora pidió licencia en el trabajo, de ese modo, pudimos dedicarnos de lleno a repasar la materia.

La víspera del examen, como de costumbre, yo era un manojo de nervios, en cambio mi compañera estaba alegre, se mostraba más tranquila y confiada que nunca.

Me extrañaba, esa actitud suya porque la materia además de difícil era extensa, la mesa examinadora la componían tres de los profesores más exigentes de la Facultad y ambas sabíamos de antemano que algunos temas los llevábamos prendidos con alfileres, por lo tanto, si en esos puntos flojos llegaban a interrogarnos a fondo las posibilidades de salir airosas serían mínimas.

No pude menos que preguntarle qué le daba tanta seguridad. Me respondió que la Virgen nos ayudaría y, -agregó-, bajando el tono de voz: -Hice una promesa.

Ella y su tía eran devotas de Nuestra Señora de los Dolores, por ese motivo en un lugar destacado de la sala de estar se hallaba la clásica imagen de la Virgen rebozada con manto negro exhibiendo el corazón traspasado por las siete espadas con que de manera mística se representan sus peores sufrimientos de madre.

En el examen nos fue muy bien a las dos. A mi me tocó rendir primera porque las listas se confeccionaban por orden alfabético. Después permanecí ansiosa en la puerta del aula, hasta que Nora apareció resplandeciente. Ambas habíamos aprobado con muy buenas calificaciones.

A la salida de la Facultad, a instancias de mi amiga, nos detuvimos en una de las iglesias para agradecer a la Virgen el feliz resultado de la prueba que acabábamos de superar.

Satisfechas y distendidas, pasamos el resto de la tarde viendo televisión, después de cenar decidimos acostarnos enseguida para comenzar a repasar temprano la materia que debíamos rendir la semana  siguiente.

En el dormitorio, dispuestas ya a meternos en cama, Nora, como todas las noches, se arrodilló al pie de la suya para rezar las tres avemarías, yo estaba a punto de tenderme en la mía cuando incorporándose dijo:

-No te acuestes todavía, porque necesito que me ayudes a cumplir mi promesa… Dicho esto se dirigió a la cómoda, abrió el último cajón, del que extrajo algo envuelto en un trozo de terciopelo azul oscuro que dejó sobre la cama.

Al desenvolverlo quedó a la vista una recia correa de unos dos dedos de ancho por más o menos sesenta centímetros de largo, con empuñadura de hule en un extremo mientras el otro terminaba en forma redondeada.

Nora me alcanzó el instrumento pidiéndome que lo tomara, y pasó a explicarme que la promesa consistía en recibir siete severos correazos, en conmemoración de los siete dolores de la Virgen, que yo debía aplicarle.

Sorprendida por aquel insólito pedido me rehusé a cumplirlo. Nora previendo mi negativa, apeló a todos los argumentos a su alcance a fin de hacerme cambiar de opinión. Finalmente lo consiguió, pues aunque de mala gana terminé cediendo a sus deseos y antes que pudiera reaccionar, ella se tendió en la cama boca abajo y con gran rapidez se bajó la bombacha para quedar con las nalgas expuestas.

Vacilé bastante antes de descargar la correa y cuando por fin lo hice apremiada por ella que me instaba a golpearla, lo hice con tanto cuidado, que apenas lo sintió.

Molesta por mi reticencia y tal vez porque aquello se prolongaba demasiado, dijo que ese golpe no debía tenerse en cuenta porque yo debía descargar la correa con toda la fuerza de mi brazo de lo contrario la promesa no tendría ningún valor.

El tono apremiante e imperativo con que se dirigía a mi me amoscó bastante y puesto que así lo quería le apliqué un vigoroso azote, cuyo chasquido me dejó atontada.

Temiendo haberle causado un daño grave permanecí inmóvil observando si la correa había lastimado la delicada piel de mi amiga, pero sólo había dejado allí un trazo rojizo.

Nora aprobó ese azote pidiéndome que lo repitiera con más fuerza si era posible, y adelantándose a mis prevenciones agregó que no debía tener miedo de hacerle daño porque ella estaba acostumbrada…

De manera que, con el mismo rigor e intensidad le apliqué los seis azotes siguientes, espaciándolos como me lo indicara para intercalar entre uno y otro una breve jaculatoria.

Al cabo tenía las nalgas congestionadas y enrojecidas, supuse que debía dolerle bastante, sin embargo soportó los azotes con entereza desde el principio hasta el fin, sin que de sus labios escapara un solo quejido.

Me dirigí a la cómoda para dejar allí la correa, esperando entretanto que Nora se incorporara, pero la escuché decir que no había cumplido la promesa aun, pues debía recibir otros siete correazos, esta vez por ella, puesto que había hecho una doble promesa para que aprobáramos las dos…

Es asombroso cómo las circunstancias llevan a las personas a aceptar como algo natural cosas que momentos antes le provocaban repulsa, en este caso era yo misma quien lo experimentaba. Yo que, minutos antes me rehusaba a azotarla, de pronto, sin  vacilar volví a empuñar la correa…

Esta vez me animaba un indefinible fervor, Esperé a que Nora diera la orden de comenzar y, recién entonces,  la azoté con ganas atenta al estallido del cuero contra la epidermis observando fascinada como a cada azote la lonja copiaba la comba de las nalgas.

Yo tenía plena conciencia que consumábamos una suerte de ceremonia primitiva, un rito cruel, pero extrañamente embriagador, pues percibía que algo en mi interior se iba desbordando: mi corazón y mis sienes latían con fuerza en tanto mis entrañas ardían como fuego. Creo, no obstante, que en esos momentos nada hubiera logrado contener mi brazo.

Cumplida la serie de siete inclementes azotes, aguardé a que Nora se incorporara del lecho. Cosa que hizo con notoria dificultad y cierto embarazo, vuelta pudorosamente hacia la pared hasta cubrir sus partes más íntimas, que en ningún momento me fue dado entrever siquiera, pues durante todo el tiempo mantuvo las piernas muy juntas.

Una vez recolocadas sus prendas se encaminó hasta mí con los brazos abiertos, su rostro trasuntaba una beatitud desconocida. Me estrechó con fuerza y me plantó dos sonoros besos en las mejillas murmurando: -¡Gracias! ¡Gracias, querida, me has hecho un bien muy grande!… ¡Que la Virgen te bendiga!…

Aquello resultaba más de lo que mis nervios podían soportar así que prorrumpí en llanto. Una madeja de sentimientos encontrados atenazaban mi conciencia.

Por encima de todo experimentaba una enorme vergüenza por lo que acababa de hacer, aunque no me atrevía a admitirlo,  y mucho menos a confesarlo.

Mi manera de proceder en la ocasión me rebajaba a mis propios ojos, nunca me hubiera creído capaz de llegar al extremo de golpear  con saña a alguien a quien quería y estimaba, que además ningún daño me había hecho, sino todo lo contrario. Para mayor escarnio, ella me lo agradecía.

Llorando, pedía yo perdón compungida, prometiéndole que nunca más volvería a hacerlo aunque me lo rogara… -Me siento mal, Nora, me siento muy mal, -declaré entre sollozos-, yo no tenía ningún derecho a pegarte como lo hice…

Nora acariciaba dulcemente mis cabellos, secando de a ratos mis lágrimas con tiernos besos mientras me mantenía estrechamente abrazada.

Por fin la angustia y los remordimientos que me corroían por dentro fueron cediendo ante las reconfortantes palabras de mi amiga.

Una vez calmada, intercambiamos el beso de las buenas noches para marchar cada una a su cama.

Me costó mucho, conciliar el sueño. Aquella azotaina había despertado en mí sensaciones desconocidas, que revelaron un lado oscuro de mi personalidad de lo que hablaré en la próxima.

Me acosté presa de un estado de confusión mental. Me hallaba excitada por mi participación en aquel episodio, a la vez me sentía humillada por haber cooperado voluntariamente a producirle dolor físico a otra persona, yo, -nada menos-, que hasta entonces me consideraba pusilánime e inofensiva, incapaz de matar a una mosca, pero  más extraño me resultaba haber sentido, -a pesar mío-, un oscuro goce al descargar azotes sobre la piel desnuda… Eso, especialmente, me colmaba de vergüenza…

En vano me repetía, que ella me lo había pedido, que hasta me había obligado, ninguna razón justificaba el disfrute que yo había experimentado al azotarla…

No obstante, lo más grave de esa noche de tensiones en que el sueño estaba lejano aun, era que no podía apartar de mi cabeza la imagen de esas prominentes nalgas enrojecidas cuyo recuerdo producía hormigueos en todo mi cuerpo… Las caricias que me prodigué para aplacarlos, me procuraron el alivio y descanso esperado.

Es verdad que a la luz del día las cosas se ven diferentes. Al encontrar a Nora tan bien dispuesta, alegre y animosa como siempre, los amargos remordimientos que me habían atormentado durante la noche, desaparecieron.

Sin embargo, por más empeño que pusiéramos en disimular lo sucedido la víspera y actuar como si nada hubiera pasado, el recuerdo de la azotaina se interponía entre las dos.

Yo espiaba cada uno de sus gestos y reacciones, percibiendo, a mi vez, que era observada por ella.

Para evitar explicaciones embarazosas, fingía yo concentrarme en el estudio, por su parte Nora, ¿exageraba también el contento que exteriorizaba o realmente lo sentía? Resultaba difícil saberlo, pero en todo caso me convencí que, en mi presencia, no se encontraba cohibida ni avergonzada

Reflexionando llegué a sospechar que existía algo perverso en su proceder pues, si bien no contaba con demasiados elementos de juicio y tampoco conocimientos como para asegurarlo, disponía de alguna información acerca del sadismo y también del masoquismo.

Años atrás en la biblioteca de mi primo había encontrado varios ejemplares de la versión en español de la  revista “Sexology” que despertaron mi curiosidad.

Recordé entonces que, en una de ellas, había leído un artículo sobre los componentes del sadismo. El nombre del autor y gran parte de los argumentos desarrollados allí los tenía olvidados, sólo recordaba muy bien la ilustración que acompañaba al texto.

Se trataba de un grabado antiguo representando a una mujer sentada con una joven atravesada boca abajo sobre las rodillas, inmovilizada en esa posición con las faldas recogidas y las nalgas al aire, recibiendo azotes con una vara empuñada por la dama.

El cuadro llevaba esta inscripción al pie: “Madre castigando a la hija por regresar tarde a la casa –grabado francés del siglo XVIII-”  debajo habían añadido la siguiente frase: “En los padres que azotan a los hijos se advierten a menudo rasgos sadistas.”

Recuerdo esos pormenores porque la figura en cuestión me pareció completamente absurda y ridícula, a punto tal que me causó risa más que impresión; en cambio, de la nota, llamó mi atención una frase que también recuerdo de memoria: “por extraño que parezca hay personas que derivan gratificación sexual de los azotes recibidos, así como quienes los propinan.”

El tema de la revista, si bien en su momento constituyó para mi una revelación, nunca llegó a interesarme del todo, otras cosas del complejo entramado del placer acaparaban mi curiosidad. Hasta que, relacioné aquellas viejas lecturas con el comportamiento de mi amiga; fue entonces, que surgieron mis recelos por las posibles implicancias sexuales…

Podía equivocarme en cuanto a las verdaderas intenciones de Nora, creo que obraba por devoción, pero yo no podía engañarme, había percibido con claridad la relación azotes-sexo, de otro modo, hubiese permanecido impasible.

De todas maneras a partir de ese hecho mi existencia cambió, la experiencia de esa noche obró como disparador, fue una puerta entreabierta hacia un mundo desconocido, que me urgía explorar.

Una oleada de interrogantes colmaba mi cerebro, aparecían durante la noche, como las mareas, paulatinamente inundaba mis pensamientos.

Como jamás en mi vida me habían aplicado castigos corporales, una de mis mayores inquietudes consistía en descubrir qué se experimentaba en esos trances. Por más que intentara colocarme en la situación de recibir azotes, -la sola idea me excitaba-, sin embargo no pasaba de ser, en todos los casos, una estéril representación mental.

Pensaba también que, si llegara a probarlos en algún momento, el dolor, con seguridad, me provocaría suficiente repulsa como para alejar de mi cabeza para siempre esas locas ocurrencias.

De la oficina convocaron a Nora con urgencia, de manera que quedé sola en su casa por espacio de unas horas, pues ella me adelantó que no regresaría hasta pasadas las once.

Ese hecho casual me proporcionó la ocasión que esperaba. Había resuelto concretar de una buena vez la experiencia aplicándome yo misma algunos azotes. Así  que una vez asegurada la ausencia de la dueña de casa, fui hasta el cajón de la cómoda donde guardaba la correa.

La desenvolví y durante unos instantes la estuve contemplando sin resolverme a empuñarla. Temblando, -ignoro si de emoción, de ansiedad, o de miedo-, la probé primero ligeramente sobre la ropa. No sentí dolor, apenas percibí el golpe, pero fue suficiente para decidirme.

Quería hacer las cosas bien, ya que sería aquella mi primera azotaina,  -quizás también la última-, debía aplicarme la correa como corresponde, es decir desnuda.

Elegí la tranquilidad del cuarto de baño, donde, movida por un incomprensible sentido de recato puesto que estaba completamente sola, trabé la puerta.

Creo que al comienzo pensé en quitarme la bombacha nada más, pero como no encontraba forma de mantener la falda recogida en la cintura y no había otra manera de aplicarme los azotes que no fuera de pie o arrodillada, opté por desnudarme casi del todo, me quité la falda y también la blusa para dar mayor libertad de movimiento a los brazos, conservé puestos solamente el sostén y las sandalias.

Con el corazón batiendo alocadamente dentro del pecho, empuñé con firmeza la correa y empleando toda la fuerza de mi brazo la hice describir un rápido giro hasta que el extremo impactó con estrépito en mi nalga derecha.

Sorpresa, dolor, calor, ardor y excitación… supongo que esa fue la secuencia de impresiones que agitaron mi ser. Dejé pasar unos segundos antes de repetir el golpe, que al dar en el mismo sitio que el primero esta vez causó bastante más dolor y, con la piel ya sensibilizada, el tercero resultó más lacerante aún.

Resolví entonces cambiar de mano para alcanzar la nalga indemne, a la que también apliqué tres recios correazos.

El dolor, pero tal vez más que éste, el deseo de contemplar el resultado en el espejo, pues la temperatura y ardor de la piel castigada me indicaban que los azotes habían dejado sus marcas, me impulsó a concluir el autoimpuesto castigo.

El espejo corroboró mis presunciones, en parte mis nalgas estaban al rojo vivo, pero el dolor inicial había cedido el paso a un ardoroso cosquilleo… A partir de ese momento un nuevo mundo se abrió para mí

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