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El recuerdo de una noche

Autor: CARS

No puedo dejar de sonreír al mirar a mi alrededor, estas paredes fueron testigo de uno de los momentos más cruciales de mi vida, y al mirar hoy a mi alrededor con la perspectiva que da la luz del día, llego a la conclusión de que tal vez mi vida pueda tomar un rumbo distinto. Las últimas frases que escribí anoche en mi ordenador aun están ahí, como testigos de los sentimientos que las provocaron, desafiando a todos y a nadie al mismo tiempo.

Las leo y cierro los ojos, intentando ver en mi interior si algo es hoy diferente a quien era hace unas horas; “Querido diario, -escribí- hoy a sido un día horrible, uno de eso días que quisiera borrar. Ahora tengo esa extraña sensación de pesar, unas ganas de llorar que como tantas y tantas veces se quedarán solo en eso: en ganas. Es en momentos como este, querido diario en los que me gustaría poder contarle a alguien mis más secretas necesidades. Tener una esposa, novia o amiga a quién decirle lo que necesito y que de su mano encontrara yo esa calma que ansío. Cada día en los chat, o en alguna revista leo de personas, que como yo necesitan una vía de escape, un bálsamo y que lo encuentran al llegar a casa. Yo por el contrario solo hallo soledad. Les envido. No me avergüenza decirlo. Envidio cuando pueden tumbarse en los regazos de una mujer a la que le importan y reciben de su mano ese bálsamo que sana su alma. Envidio cada azote que reciben seguramente porque yo necesito también ser castigado para despojarme de esta sensación que aún necesitando el desahogo de las lágrimas no encuentro las fuerzas para llorar. Si alguien pudiera leer esto, sin duda pensaría que estoy loco. Que necesito ir al loquero por desear que una mujer me azote. Pero que más da, primero porque nadie va a leerlo, y segundo porque no me importa lo que puedan pensar los que señalan con el dedo sin ponerse en el lugar del otro. ¡Estoy divagando! En resumen, desde mi adolescencia cuando descubrí la sensación de los azotes por primera vez de mano de mi segunda novia  y la aceleración del corazón provocada por la emoción, y la excitación de esa mezcla de dolor y caricias; desde ese día, entregarme de esa formar confiando plenamente en la otra persona, a supuesto una fuente de suma felicidad y estabilidad. Por eso ahora, cuando lo único que me espera en casa es la soledad, siento ese gran vacío, y en días como hoy ese vacío se torna en pesar…”

Fue lo último que escribí, después unos asuntos llamaron mi atención y se me olvidó por completo, mientras que el pequeño cursor seguía en su continúo parpadeo junto a estas palabras.

Poco a poco el personal se fue marchando, y yo me quedé en la oficina repasando unos documentos. No tenía prisa en marcharme. Sólo un par de personas permanecían aun allí.

-Permiso. –La voz Esther me hizo levantar la cabeza, ella era una de las dos jefas de ventas que tenía en mi empresa.- Jefe, ¿puedo dejarle el móvil aquí, un segundo? Voy a cambiarme por que hoy me voy a cenar con Jorge y su novia.

-Por supuesto. –Respondí.- ¿Esperas una llamada?

-Seguro que me llama mi novio, si lo hace, puede decirle que ya me ido y que me he olvidado el móvil aquí.

-¡Descuida! La miré mientras se alejaba en dirección a los vestuarios, el eco de sus zapatos de tacón se hicieron más y más lejanos. Apenas habían transcurrido veinte minutos cuando regreso. Llevaba una minifalda vaquera que dejaban al descubierto sus largas piernas. Normalmente se había llevaba el pelo largo, pero ahora lucía su cabello negro suelto, y su cabellera caía por las espalda. Aquella blusa dejaba ver un generoso escote, y al darse la vuelta puede comprobar que también dejaba al descubierto una gran parte de su espalda. No llevaba medias, y completaba su atuendo unas zapatillas de lona amarrilla a juego con el cinto de la minifalda y suela de esparto. Llevaba el talón al descubierto, pese a que el calzado permita que lo cubriera, por lo que al andar emitía un sonido peculiar.             -¿Ha llamado alguien?

-Tú novio. Le dije lo que acordamos y parece que se quedo tranquilo. ¿Va todo bien?

-Sí, no te preocupes. Solo es que necesito un poco de espacio.

-Pasarlo bien. –Le respondí sin darle mucha importancia al comentario.-

-Jefe. –Me dijo desde la puerta.- Porque no viene a cenar con nosotros.-

-Venga anímese. -Son a su espalda,  Jorge asomaba la cabeza sonriendo.-

-No chicos, -Les respondí.- Ir vosotros. Otro día.

-¿Seguro? –Indagó ella.-

-Si, marcharos o no vais a encontrar nada abierto.

El sonido de sus pasos se hizo más lejano. Después regreso el silencio. Un último ruido al cerrarse la puerta y después el silencio. Me recline en el asiento y miré al techo durante unos minutos. Busqué la ventana de mi diario en el ordenador, y durante unos segundos sentí el deseo de continuar escribiendo, pero aquellas palabras me parecían tan deprimentes, que opte por seguir trabajando. Tras treinta minutos de números y más números me levante, cogí mi chaqueta me dirigí hacía la puerta. Había recorrido la mitad de la distancia que me separaba de la salida, cuando las sombras se movieron a mi derecha.

-¿Ya vas a reunirte con tu soledad? –Sonó tras de mi.-

-¿Quién eres? Me giré, de las sombras salió una figura que se fue haciendo cada vez más visible. La luz de mi despacho le daba en la espalda, por lo que su rostro quedo en la penumbra. Lentamente me acerque.

-¡Esther! Que haces aquí. Se te ha olvido algo.

-No, Javi.  –Me respondió mientras se acercaba hacia mi con pasos lentos.- Yo hace horas que me fui. ¿No recuerdas?

-Ya, muy graciosa, menudo susto me has dado. –Respondí quitándole hierro al asunto.-Esther se acercó a mí, puso un dedo en mis labios indicándome que guardara silencio y después tomó la chaqueta de mi brazo y la dejó en una mesa. Lentamente acercó su cara a la mía. Pude sentí su aliento mientras que se acercaba para susurrarme al oído. Su pelo me produjo un leve cosquilleo al roce con mi piel. Y el aroma de su perfume entraba en mis pulmones con cada respiración.

-¡No estoy aquí! Y mañana tal vez pienses que es un sueño, pero hoy llenaré ese vacío que te aprisiona el pecho. –me susurró.-

-Yo no sé qué decir Esther.

-No tienes que decir nada.

Sus palabras fueron seguidas de movimientos lentos que le conducían hacia mi despacho. Levemente tiró de mí, y yo le seguí. No sabía exactamente en qué momento tomó mi mano, pero ahora podía sentir su tacto, la calidez y suavidad de su mano. En aquellos momentos nada a mi alrededor existía. El suelo se me antojaba movedizo. Al entrar la luz golpeó mis ojos y temí que al abrirlos ella se hubiera desvanecido, pero no. Seguía allí cerrando la puerta detrás de nosotros. Se giró y me sonrió. Era una sonrisa distinta, era de complicidad, de cercanía.

Esther acercó sus labios a los míos y dejó un tenue beso, después se sentó en mi butaca, estiró la mano y yo, como si una fuerza imantada me atrajera, me acerqué a ella. Aquella mujer a la que creía conocer y que hoy se me presentaba distinta y misteriosa me sujetó la mano y empujó el asiento hacia atrás hasta que tocó el respaldo en la pared. Después abrió las piernas, y ante mi sorpresa que iba en aumento, me hizo inclinar sobre su pierna derecha. Tuve que apoyarme con las manos en el suelo para no caerme. La miré, en el momento sentí un enjambre de mariposas en mi estómago, estaba emocionado a la par que un poco confundido. Esther pasó su pierna izquierda sobre las mías, levantó un poco la pierna derecha apoyando el talón en la pata de la silla. Desde mi posición, podía ver su pie, apoyado sobre sus dedos y los dobleces que se producían en la lona de la zapatilla. Aquella visión aumentó mi excitación. Sentí sus manos sobre mi trasero.  – ¿Estas cómodo?- me preguntó. Yo asentí sin apenas mirarla.

Un mar de emociones se encontraba arremetiendo todo mi ser. Por un lado me sentía excitado por la situación, ansioso por que los acontecimientos se precipitasen, y temeroso de que todo fuera un sueño del que despertaría de un momento a otro. Además, me sentía bastante avergonzado, estaba allí, sobre el regazo de una de mis empleadas sin saber muy bien cómo había ocurrido aquello.

Los primeros azotes hicieron que abandonara cualquier pensamiento. La tela de mis pantalones hacía que el sonido fuera opaco, y el dolor no hiciera su aparición de forma brusca. Esther no imprimía una fuerza excesiva, pero lo contrarrestaba con gran constancia. Los minutos pasaban y ella no cesaba de golpear una y otra vez mis nalgas. Lo hacia en series de diez. Jugaba con el ritmo, unas veces eran rápidos y seguidos sin apenas pausa. Sistemáticamente cada centímetro de mi trasero recibió una gran cantidad de azotes. El calor de mis nalgas inflamó mi entrepierna, por no decir que el dolor se hizo persistente. Ella era concienzuda y seguía azotando mi trasero una y otra vez.

Apenas si hablamos durante el castigo; yo apreté los dientes para no emitir los quejidos que nacían provocados por la prolongada azotaina que estaba recibiendo. Tras un tiempo bastante largo que no soy capaz de precisar, se detuvo. Su mano acarició mi trasero. La excitación se apoderó por completo de mí. Hice ademán de incorporarme, pero no me lo permitió. Presionó mi espalda indicándome que permaneciera como estaba. Noté que la presión de su pierna izquierda disminuía durante unos instantes, y después el dolor de mi trasero se incrementó con aquel azote. La miré asombrado mientras levantaba nuevamente la mano armada con la zapatilla. Me sonrió y guiño un ojo. Después bajé la cabeza a la espera del nuevo azote que no tardó en llegar. Nuevamente se dedicó a conciencia, y no dejaba un solo lugar por azotar, desde la parte alta de los muslos hasta el final de mi trasero. Unas tímidas lágrimas llegaron a mis ojos justo en el momento en que los azotes cesaron, note como ponía la zapatilla sobre mi espalda y comenzaba a darme un masaje en mi dolorido trasero.

-Levántate nene. –Me indicó con total familiaridad.- ¿Estás bien? –Sus manos acariciaron mis mejillas.- Toma aguántala hasta que te la vuelva a pedir. Esther puso la zapatilla en mi mano, y me sonrió mientras que comenzaba a desabrocharme el cinturón. Me sentía en medio de una nube, y rezando para que no desapareciera. Tímidamente intente ayudarla con lo que hacía, pero una fuerte palmada en mi mano me indicó que no deseaba mi ayuda para bajarme los pantalones.

La hebilla hizo un leve sonido metálico cuando toco el suelo, y una refrescante sensación de frescura recorrió mis piernas. Sus manos palparon mis nalgas, que desprendían un considerable calor. Ella tiró de mi slip, por primera vez sentí el tacto de su piel sobre las nalgas. Después sus manos pasaron tímidamente por el sexo, que se encontraba a punto de estallar. La miré buscando en ella una pista de lo que seguiría a continuación. El corazón me latía a mil por hora.

Esther se palmeó las piernas, yo la miré dudando y ella tiró de mí hasta que nuevamente me encontré sobre su regazo. Volvió a levantar una rodilla dejando mi trasero un poco levantado. Entonces me di cuenta. Ahora estaba sobre sus dos piernas, y mi pene se había acomodado entre sus calidos muslos. Aquella sensación casi consigue que explotase.

–Si te corres antes de que te de permiso, desapareceré para siempre.-

Su tono al advertirme de aquello estaba cargado de seriedad, por lo que hice todo lo posible por controlar mis deseos. Su mano volvió a masajear mis nalgas, hasta que los azotes se reanudaron. Esta vez el dolor fue mucho más intenso su mano impactaba una y otra vez sin que hubiera nada que amortiguara los golpes. Tras casi veinte minutos se detuvo. Su mano acarició la zona golpeada, y después estiró el brazo con la mano abierta delante de mi cara. Yo comprendí en el momento lo que quería, pero permanecí inmóvil, sus dedos se movieron nerviosamente mientras que una docena de azotes enérgicos y fuertes  cayeron sobre mis nalgas. -¿Hay que pedírtelo todo hablando nene?- Me dijo levantando la voz. Yo negué con la cabeza, y le entregue nuevamente la zapatilla.

Esther metió una mano por debajo de la camisa y subió por mi espalda hasta llegar al cuello. Cerré los ojos para acentuar aquella sensación, que pronto se mezclo con el dolor de los azotes que comenzaron a llover sobre mi trasero. Tras la primera docena las lágrimas ya no se pudieron contener, y rompí en un llano infantil. Ella golpeó con más fuerza, mientras yo me movía sobre su regazo intentando inútilmente evitar el castigo. El dolor fue aumentando así como mi llanto. Y con él, aquel extraño peso que me aprisionaba el pecho se fue desvaneciendo. Cuando Esther dejó caer la zapatilla al suelo, mi trasero estaba completamente rojo, amoratado en algunos sitios, y el dolor recorría todo mi ser como un fuego purificador.

Poco a poco me fui deslizando hasta el suelo, quedando abrazado a sus piernas. Lentamente recosté mi cabeza en su regazo y seguí llorando mientras que ella acariciaba mi cabeza. Mis lágrimas mojaron su piel, ella levantó mi barbilla.

-¿Mejor? –Me susurró regalándome una sonrisa. Yo asentí.- ¡Llora nene!

Volví a recostar mi cabeza en su regazo, ella también se reclino en el sillón mientras sus dedos jugueteaban en mi pelo. Suavemente comencé a sentir que su pie rozaba mi sexo. La excitación estaba en su punto más álgido, entre el castigo recibido y el tacto de su pie en mi pene, estaba apunto de enloquecer. El llanto se tornó sollozo, y el sollozo suspiros, hasta que solo quedó el tacto de su piel en mi mejilla, y la oleada de sensaciones que emergían de mi sexo -¿Puedo? -Susurré tímidamente.- -Si. -Me respondió.-

Tras unos pocos minutos más, explote mientras besaba sus muslos empapados por mis lágrimas. Ambos nos miramos y descubrimos un brillo en la mirada que nos acercaría mucho más.

-¿Por qué…? –le pregunté mientras me vestía.-

-Esta tarde, cuando entre a recoger unos papeles a tu despacho, leí lo que escribías en tu diario. –Me explicó.- Sé que es privado, pero lo tenías abierto en la pantalla y me pudo la curiosidad. Tras leerlo –continuó diciendo- sentí los deseos de llenar al menos esta noche el vacío que sentías.

Estaban dando las dos de la mañana en el reloj de la iglesia cuando llegué a casa. El sueño me asaltó en medio del recuerdo de las experiencias vividas. Hoy solo espero volver a verla. No sé si se volverá a repetir una noche como la pasada, pero pase lo que pase, el recuerdo de ella me acompañará toda la vida. Aunque espero que esto solo sea el principio de otras muchas noches en las que explorar ese maravilloso mundo de los erotismo y los azotes.

CARS

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