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El mediador

Autora: Ana K. Blanco

Dedicado a mis inspiradores:
The Dark Phantom y el “Colo”

Los abogados suelen decir que a veces sus clientes se desnudan más frente a ellos que ante sus médicos, porque al abogado le muestran el alma, lo más íntimo, sus secretos más ocultos. Lo toman de confesor, le cuentan cosas que no se le dice a nadie más. Quizás ni siquiera al propio cura confesor. Eso le pasó a Jacinta Vargas, una señora joven, de unos 38 años, divorciada, con una hija, Daniela, de 16 años. Daniela representaba más edad por su cuerpo tan bien formado, y parecía más la hermana menor de la señora que su hija.

El Doctor en Leyes Leonardo Matos recibió en su estudio a una mujer desesperada por la situación que estaba viviendo su hija. Al abogado le tomó bastante tiempo lograr que aquella madre le contara su tragedia. Comenzó por explicarle que ella era consciente que la niña despertaba pasiones con su voluptuoso cuerpo, pero esto ya era demasiado y tenía que hacer algo en forma inmediata.

Daniela durante los meses de vacaciones, para tener su propio dinero y ayudar a su madre, trabajaba en un restaurante cuyo dueño, el señor Roldán, era un hombre cuarentón, casado y con hijos. Según le había contado la niña, este tipo la miraba y veía con ojos de lujuria, y muchas veces había intentado seducirla y habían llegado a tener relaciones íntimas. Aparentemente ahora que se acercaba el fin de la temporada, esta persona había dejado de tener interés en ella y había intentado despedirla sin más. No había aquí amor, sino la simple excitación y “calentura” del momento.

La señora, muy compungida, contaba todo esto en medio de un mar de lágrimas y con el dolor lógico de una madre que sabe qué le han hecho a su única hija. Dolor, vergüenza, impotencia, deseos de justicia, eran sólo algunos de los sentimientos que expresaba con sus palabras y gestos.  El doctor Matos tenía una hija de más o menos esa edad e imaginó cuál sería su reacción si a su niña le sucediera algo similar. Su cabeza se llenó de palabras legales: corrupción de menores, violación, acoso sexual, coacción…  Necesitaba hablar con la niña antes de comenzar a tomar acciones a nivel judicial, así que le pidió a la señora Vargas que la llevara a su estudio al día siguiente.

La “niña” medía un metro setenta y cinco y tenía más curvas que el circuito de Le Mans. El pelo negro y largo, lacio, brillante, enmarcaba un rostro de ángel con ojos marrones y pícaros. Estaba vestida como cualquier chica de su edad, pero no tenía el cuerpo de cualquier niña de su edad. La camiseta ajustada hacía resaltar su turgente busto, y la minifalda de jean hacía dudar si usaría ropa interior. Las piernas largas y torneadas sostenían una cola digna de una diosa griega. Luego de tragar saliva varias veces y apelar más veces a su profesionalismo, el abogado comenzó a interrogar a la muchacha.

-Dime Daniela, ¿qué horario haces en el restaurante?

-De once de la mañana a cuatro de la tarde de martes a jueves, y de seis de la tarde a once de la noche los viernes y sábados. Los domingos también trabajo de mañana y los lunes el restaurante cierra.

-¿Qué horarios tiene el restaurante?

-No entiendo qué tiene que ver eso con lo que me pasó.

-Eres brillante niña –le dijo el abogado de forma halagadora – No tiene nada que ver, son solo preguntas para distendernos.

-¡Ah! Comprendo… de 11:30 a 14:30, y de 19:00 a 22: 30.

-Bien, ahora… cuéntame qué tareas desempeñas allí, qué es lo que haces.

-Pues barro y lavo los pisos, preparo las mesas para cuando llegan los clientes y ayudo en la cocina lavando o acercando los platos ya preparados a los que sirven las mesas.

-Bien… ¿me cuentas quiénes trabajan en el restaurante?

-Don Roldán y su familia: su esposa Teresa, sus cuatro hijos, y Patricia, la hermana de él. Es un restaurante pequeño, Teresa y su cuñada se encargan de la cocina, don Roldán hace las compras y se encarga del restaurante en general, y los hijos son los que sirven.

-¿Ninguno de los hijos se ha propasado contigo?

-Noooo –contestó con una sonrisa burlona- Son tres chicas y un varón. Juan es mi compañero de estudios, y sabe que no le doy ninguna chance de que me diga nada. Siempre que insistió, lo rechacé.

-Daniela… debo hacerte unas preguntas más íntimas. Te ruego que me contestes sin pudores, con la mayor de las libertades y que seas sincera. Tómate tu tiempo pero contesta.

-Sí señor… -dijo con una sonrisa que dejó en el abogado un cierto a sabor a… extrañeza.

-¿En qué te basas para decir que  don Roldán se aprovechó de ti?

-Porque… -bajó la cabeza y luego, levantándola apenas, le clavó una mirada con un contenido más de seducción que de vergüenza- él me hizo el amor.

-¿Y tú se lo permitiste?

-Es que… es que… me decía tantas palabras dulces, tantas cosas bonitas. Me decía que estaba enamorado de mí, que yo era hermosa, que me quería para él, que quería amarme cómo yo merecía ser amada…

-¿Todo eso te decía? Vaya… Mira Daniela, no quiero avergonzarte. Cambiemos de tema por un momento, así tú puedes reponerte de esto que debe de ser muy difícil para ti…

En realidad Daniela parecía más divertida que otra cosa. Parecía gozar del interrogatorio de Leonardo y no perdía oportunidad de mirarlo con ojos pícaros, de regalarle sonrisas descaradas y cruzarse de piernas más veces de las necesarias. El abogado era un hombre mayor, de más de 60 años, experimentado, sumamente ágil e inteligente, noble, decente y derecho… Algo no le estaba cerrando, pero llegaría a la verdad.

-Dime Dani… ¿me permites llamarte así? Bien, dime… ¿en qué momentos se quedan solos tú y don Roldan?

-Bueno… nunca –comenzó a ponerse nerviosa

-¿Nunca? ¿Y cómo hizo él para decirte todo lo que te dijo?

-Es que… me lo decía al pasar, cuando yo me lo cruzaba en algún sitio. A veces en la bodega, o en el depósito, entre las mesas del restaurante mientras yo trabajaba…

-Claro, claro, tienes razón, no me había dado cuenta de que podía ser en esos momentos… -la niña sonrió con un gesto de victoria.

-Pero… ¿y cuándo hicieron el amor? ¿En qué momento?

-Fueee… un día… esteee… antes de que todos llegaran.

-¿Antes de que todos llegaran? Pero… ¿a qué hora comienzan a cocinar en ese restaurante? Si tu entras de mañana a las once y de tarde a las seis… ¿cuándo preparan los alimentos? Si son dos personas, por muy rápidas que sean es imposible que tengan todo preparado en media hora o en una hora.

-Es que… fue… esteee… fue un lunes. Es restaurante estaba cerrado. –se veía que la niña estaba inventando- Don Roldán nos citó sólo a limpiar a fondo…

-¡Por supuesto! Qué tonto soy. Es verdad que el lunes no abren. Pero entonces… ¿qué hacías tú allí?

-Don Roldán me invitó, me dijo que fuera de mañana, a las 8 y 30 de la mañana antes que llegara el resto y que lo pasaríamos muy bien. ¿Quiere que le cuente qué pasó y cómo pasó?

-No, no es necesario. No quiero exponerte a tal vergüenza –le dijo el abogado con aire paternal.

-No me molesta, está bien. Se lo aseguro –dijo la niña con total desparpajo.

-Bien, me lo contarás, pero déjame hacerte otra pregunta, necesito saberlo para la denuncia penal, tú sabes… ¿qué día fue eso?

-Fue… creo que…  el 24 de julio.

-¿No recuerdas la fecha? –le preguntó mientras veía cómo la niña miraba de reojo el almanaque.

-Sí… bueno, no con exactitud… sé que fue un lunes a fines de julio.

El paciente abogado se puso de pie. Caminó de un lado a otro con las manos en la espalda. Luego se sentó, se acomodó los lentes, se pasó la mano por su corto pelo canoso y le dijo:

-Daniela… Es hora de mi medicamento. Voy por un vaso de agua y regreso enseguida. Ponte cómoda y espérame un momento por favor. ¿Quieres que te traiga un refresco u otra cosa?

-No gracias, estoy bien.

El doctor salió del escritorio y tardó un rato en regresar. Lo hizo junto a la madre de la niña que esperaba fuera. Se sentó en su escritorio con una sonrisa en los labios, pero eso no lo hizo perder su parsimonia habitual.

-Daniela… debes estar cansada. Dejemos esto para pasado mañana. Vuelve con tu mamá y quizás comencemos con los primeros pasos legales.

-Pero yo no estoy cansada.

-Seguramente tú no, pero yo sí. Así que regresen pasado mañana, eh?

-Por supuesto doctor, y gracias por todo –le dijo la señora Vargas.

A la hora señalada aparecieron en el estudio jurídico madre e hija. El doctor las hizo pasar y todos tomaron asiento. Antes de comenzar a hablar, el abogado juntó las puntas de los dedos de sus manos, apoyó su cabeza en ellos y…

-Señora Vargas… Daniela… ayer estuve con el señor Roldán en su restaurante -las mujeres se mostraron sorprendidas, pero la niña se puso fuera de sí.

-¿Cómo? Pero… ¿cómo pudo ir a ver a ese hombre? ¿Por qué? Él es el malo, él es el que me dañó… usted no puede hacer algo así… -su voz denotaba nerviosismo, pero el sagaz abogado no dijo nada.

-Daniela… yo le dí mi permiso al señor abogado para que hablara con el señor Roldán. Confío en el doctor, que también es mediador, y él lo creyó conveniente. Cálmate… Lo escuchamos doctor.

Leonardo se puso de pie y con toda su calma comenzó a explicar las conclusiones a las que había llegado. La niña trabajaba en el restaurante muy pocas horas, y con toda la familia del hombre. No tenían tiempo físico para que Roldán hiciera lo que ella declaraba. También pensó que podría haberlo hecho en la privacidad de la bodega o el depósito, pero la bodega y los vinos estaban a la vista, en una habitación que se veía desde el restaurante, y el depósito estaba en la cocina y no tenía puerta. El día 24 de julio había sido feriado, y aunque la niña no había trabajado por ser su día libre, el restaurante igual había abierto. Daniela había estado todo el día con sus amigas, en el cine, en el shopping… El resto de los lunes de julio habían ido a visitar a los abuelos que vivían fuera de la ciudad, por lo que salían muy temprano en la mañana y regresaban por la noche…

-El señor Roldán me dijo varias cosas, entre ellas que él también tiene hijas de la edad de Daniela y que comprende su proceder señora. Daniela tiene una forma muy particular de mirar, tiene una mirada muy… digamos… pícara, y que cualquier hombre podría interpretar de una forma, digamos, equivocada. Pero el señor Roldán hizo caso omiso a las miradas e insinuaciones de Daniela. Y como prueba está dispuesto a hacerse cualquier tipo de exámen para demostrar que jamás ha tenido nada con ella. No tiene nada que ocultar. Y le creo. En cambio tú Daniela… has mentido y mucho.

Al verse descubierta Daniela bajó la vista por completo y trató de ocultarse bajo su enorme mata de pelo.

-Daniela… ¡no es posible! ¿Otra vez? –le dijo la madre con mucho enojo. Leonardo la quedó mirando.

-¿Cómo que “otra vez”? –le preguntó el asombrado abogado.

-Sí doctor. Hace poco más de un año me peleé con mi familia porque hizo algo parecido con un pariente. Estoy harta de esto, así no puedo seguir viviendo.

Miró a Daniela y la agarró de los cabellos haciéndole echar la cabeza para atrás. El rostro de la jovencita reflejaba dolor y trataba de que su madre la soltara:

-¿Sabes qué voy a hacer? Te voy a mandar internar con orden judicial, que un Juez se haga cargo de tí. Yo no puedo ni quiero seguir viviendo de esta forma, siempre metida en problemas por tu culpa… Pero no se preocupe doctor, que ahora cuando lleguemos a casa voy a “hablar” con ella.

El gesto que hizo con la mano cuando dijo “hablar”, fue más que elocuente. Una azotaína era lo que recibiría la chica ese día. El veterano abogado sonrió.

-Sra. Vargas… usted es su madre y yo no puedo meterme, pero… quizás no sea el método más adecuado.

-Quizás doctor, pero le aseguro que es el único que ella entiende. Esta vez será la última que me meta en este tipo de problemas…

-Repito señora: no creo que sea el método, pero usted es la madre y sabe qué es lo mejor para su hija.

Se despidieron en la puerta del estudio y al marchar, oyó a la señora Vargas decirle por lo bajo:

-Ve preparándote porque te voy a dejar el culo como para remendar chupetes (mamilas, biberones, chupones). Zapatilla, cinto, vara… todo vas a tener… ¡¡y por más de un día!!… ya verás…

Las amenazas se intercambiaban con leves empujones, y las palabras se fueron haciendo cada vez más lejanas hasta que dejaron de escucharse, al menos en los viejos oídos de Leonardo, que sonriendo se quedó imaginando la escena de esa madre azotando a su hija… y volvió a sonreír.

Epílogo

A la semana siguiente las dos mujeres regresaron al estudio. Cuando Leonardo las recibió las invitó a tomar asiento. La señora Vargas se sentó inmediatamente, pero Daniela se mantuvo en pie. La señora le comentó al doctor que había hablado finalmente con el señor Roldán, y que estaba todo aclarado.

-…y Daniela está muy arrepentida de lo que hizo, ¿verdad mi amor? Creo que la “ayuda” que obtuvo por mi parte durante esta semana, le hizo comprender que no debe meterse con las personas mayores ni armar historias o fantasías que pudieran involucrar a gente decente en líos tan feos. ¿No es cierto que sientes mucho toda esta situación, que estás arrepentida y que entendiste todo mi amor?

Daniela bajó la cabeza avergonzada, y asintió levemente. De forma instintiva llevó su mano derecha a la cola y se la refregó lo más disimuladamente que pudo. La señora Jacinta sabía cumplir con sus amenazas y Daniela lo tenía muy claro.

El doctor en leyes Leonardo Matos, con esa sonrisa que lo caracterizaba, se echó para atrás en su enorme sillón. Había logrado cerrar un caso más usando sus dotes de mediador y sin llegar a los juzgados…

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