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Corazón de spanker

Autor: Cars
La tarde comenzaba a oscurecerse cuando Marta entró en la cocina de su piso de dos habitaciones que compartía con su novio. Pese a tener sólo veintiséis años se sentía feliz por las responsabilidades que había asumido. Le parecía mentira que ya hubieran pasado tres años desde que entrara por primera vez en él. Vacío, sin muebles y con aquella horrible pintura crema en las paredes. Paredes que hoy lucían unos colores más modernos, una mezcla de rojos, azules y melocotón, cada uno en una estancia diferente de aquel hogar. Sólo pensar en esa palabra le llenaba de turbación. Realmente estaba a gusto.
Sonrió mientras llenaba la  olla de agua. Miró de reojo a Fran, estaba absorto en un partido de fútbol. Con su cerveza a medias y los pies puestos en la mesita. -¡Esos pies!- dijo alzando un poco la voz, y continúo con sus preparativos, mientras el hombre retiraba los pies, y la miraba. Ambos sonrieron. Y continuaron prestando la atención a sus intereses. Todo estaba en su orden, ellos lo sabían y se reconfortaban.
Durante unos instantes, nada pareció cambiar, el edificio transmitía la tranquilidad de un domingo cualquiera. Hasta que por el patio de luces que daba a la cocina Marta comenzó a oír algo que la turbó en un principio para acabar indignándola. El sonido era sistemático. Ella se asomó a la pequeña ventana. El sonido se hizo más y más nítido. Se secó las manos con cierto enfado, y tiró el trapo encima de la encimera. Salió de la cocina quitándose el delantal.
-¿A dónde vas? ¿Qué ocurre Marta?
-Ese niñato del primero, otra vez le está pegando a su hermana. –Su voz estaba cargada de ira.-
-¡Espera! -Fran se levantó y le cogió de la mano.- Puede que sea su madre. No puedes irrumpir en la casa de un vecino porque le esta dando unos azotes a su hija.
-Fran, no son unos azotes, es una paliza, ¿no oyes los golpes?
-Pues llama a la policía. Pero no te metas.
-Sé lo que hago. Y estoy segura que es el hijo mayor.
-¿Por que estas tan segura?
-Todos los domingos los padres van al teatro, y hoy les he visto salir.
Marta no esperó más, soltó la mano de su novio y salió de la casa. Bajó por las escaleras. Su paso era rápido y el golpeteo de sus zapatillas al bajar los escalones resonaban en su mente más fuerte que los latidos de su corazón. Cuando llegó ante la puerta dudó. Se miró de arriba a abajo. Por primera vez calló en la cuenta que iba en pijama. Sus pantaloncitos cortos dejaban ver sus esbeltas piernas. Aquellas zapatillas de felpa naranja con dos ositos y suela negra de goma le hacían verse de una forma infantil. Por un segundo tuvo la intención de dar media vuelta, pero en ese instante aquel sonido volvió a enfadarla. Con decisión tocó el timbre dos veces. Los segundos parecieron horas hasta que al final se abrió la puerta.
Un chico pecoso, con el pelo negro rizado y una mirada huidiza apareció ante ella. Su respiración era agitada, y se notaba que los nervios le salían hasta por las orejas.
-Deja de pegarle a tu hermana, o avisaré a tus padres y a la policía. –Le dijo Marta señalándole con el dedo.-
-¿Cómo? Yo no le estoy pegando a nadie. –Le dijo mientras intentaba cerrar la puerta.-
-Mira niñato de mierda. Si te gusta maltratar a la gente, hazlo con alguien de tu edad. –Su enfado iba en aumento.- Quiero ver a tu hermana.
-No está.
Marta no esperó, abrió la puerta y entró en el piso, ante las protestas del joven, que la seguía por las habitaciones vacías. Mientras intentaba convencerla de que en el piso no había nadie. Marta se sintió frustrada. Efectivamente en el piso no parecía haber nadie más. Su paso le llevo de nuevo al cuarto del adolescente. Abrió el armario y miró debajo de la cama. En ese instante, allí arrodillada en un piso ajeno, con la mano en el colchón, y el pelo alborotado ante la mirada de aquel muchacho se sintió ridícula.
Entonces cuando estaba apunto de levantarse vió entre las sabanas una zapatilla de mujer. Posiblemente de la madre del chico. Era de tela roja. La suela era amarilla con un ligero tacón. Los bordes eran dorados con un escudito en forma de gato dorado en el empeine.
-¿Y esto? –Gritó mientras se levantaba y blandía la zapatilla ante los ojos del asustado muchacho. ¿Qué hacías con ella?
-Eso no es asunto suyo. –Alcanzó a decir el muchacho, mientras bajaba la vista al suelo.- Pero no le pegaba a mi hermana.
Marta estaba confundida. Miraba al muchacho que acababa de sonrojarse de una forma espectacular. -¿Entonces?- Preguntó mientras levantaba la barbilla del joven para mirarle a los ojos.
Marta abrió los ojos como platos. Miró a la entrepierna del muchacho y reparó en la considerable erección que mostraba.
-¿Estabas haciendo lo que pienso? Pero por qué.
-¡Porque me gusta! –La voz salió en forma de grito.- Y eso no es asunto suyo.
-¿Te excita pegarte con la zapatilla de tu madre?
-Yo no me meto en su vida, así que láguese de mi casa y déjeme en paz.
-¡Eres un guarro!
-Y usted una zorra entrometida.
Aquel insulto la hizo enfurecer en extremo. Por un instante le pareció ser otra persona. Agarró al muchacho de un brazo y se dejó caer en la cama. Al hacerlo el chico quedo sobre sus rodillas.  Entonces comenzó a golpear el trasero de aquel muchacho que se debatía bajo su brazo. Ella le azotaba con rabia, recriminándole no sólo el insulto sino su actitud y sus acciones.
-¿Querías sentir  la zapatilla? Pues la vas a sentir.- Le decía mientras golpeaba una y otra vez aquel trasero.
Tras casi diez minutos, se detuvo. Tiró la zapatilla al suelo y contempló al joven que había dejado de revelarse y lloraba sobre su regazo. Marta se miró en un espejo que había allí. No entendía qué era, pero el verse sentada con aquel joven sobre sus rodillas le producía una extraña sensación. Mientras azotaba al muchacho algo había cambiado en su interior. Se sentía bien. Una extraña paz llenó su alma, recorrió cada filamento de su ser y la reformó en lo más profundo de su ser. Volvió a mirar al muchacho, le acarició la cabeza, mientras él la miraba con los ojos llenos de lágrimas. Entonces movida por una fuerte curiosidad le bajó los pantalones. Ante ella apareció un trasero de adolescente totalmente enrojecido. Sus dedos tímidamente recorrieron la piel. Estaba caliente, un calor que emanaba y le llegaba al corazón. Una sonrisa afloró en sus labios. Ella había hecho aquello, y lejos de sentirse mal, aquella visión le provocaba una inmensa serenidad. El chico había dejado de llorar. Ella le miró. Sintió el pene de muchacho aprisionado contra su muslo y al sentir su excitación ella también lo hizo. Entonces colocó al muchacho mejor sobre sus rodillas y le pasó su mano derecha por el trasero. Le dolía horrores, pero era una sensación que había estado buscando siempre. Ella apartó su mano y la retuvo cogida por la suya, mientras sin decir nada comenzó a dar unas palmadas sobre aquel ya maltratado trasero.
Al principio eran casi caricias, pero después el ritmo aumento. Eran más enérgicas. Marta controló el ritmo y la fuerza de aquellos azotes. El chico por su parte no pataleo no lloró, simplemente la dejaba hacer, emitiendo un leve sollozo, mientras que su pene se frotaba una y otra vez sobre aquel cálido muslo por la acción de los azotes.
Marta parecía no dispuesta a detenerse. El trasero del joven ya mostraba un color rojo intenso. Ella aumentó el ritmo, las ultimas palmadas era fuertes, rápidas y enérgicas. El dolor volvió a ser tan intenso que el chico comenzó a llorar. Al final se detuvo. Acarició aquel trasero y tras unos minutos le ayudó a levantar. Le subió los pantalones y le beso en la frente. Mientras que le regalaba una enorme sonrisa.
Ya en la puerta ella le acaricio la mejilla. -¿Te duele?- El chico asintió y sonrió mientras se frotaba la nalgas. Ella subió las escaleras, mirando atrás.
-¿Te volveré a ver? –Le preguntó el chico.-
Ella se acercó de nuevo a él. Le beso tiernamente en los labios, después levantó el pie, y se descalzo mostrándole la zapatilla que llevaba al chico. –La próxima vez la probaras.- después la dejo caer al suelo y tras calzarse corrió escaleras arriba.
Cuando Marta entró en su piso, lo hizo como una mujer diferente. Distinta. Ya no se sentía igual. Algo en su interior era distinto, ahora tenía un corazón de spanker, aunque no supiera lo que eso significaba.

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