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¿Sexo o azotes? (Primera parte)

PRIMERA PARTE:

Doña Marculina, la madrina curandera

Autora: Ana K. Blanco

Dedicado a: ediwarrior79

Doña Marculina era la curandera de aquellos pagos. Era respetada por todos y en muchos casos suplantaba al médico del pueblo cuando la medicina del doctor no obtenía los resultados esperados. En realidad era más que la curandera, porque además de las pócimas y ungüentos que preparaba, de saber curar el mal de ojo, “tirar el cuerito”, curar empacho y culebrilla, muchos de los parroquianos habían nacido gracias a las veces que hizo de partera. Y no hablemos de la gente joven y no tanto que la buscaban para que les diera consejos y algún yuyito “p’al amor”. Ella conocía los secretos de las hierbas, conjuros y fórmulas mágicas que le habían enseñado sus ancestros, pues era descendiente directa de los charrúas, y sus rasgos faciales así lo delataban: cara casi cuadrada, labios prominentes, nariz achatada, ojos negros y vivaces, tez trigueña, pelo lacio y estatura mediana. La blancura de su pelo que ataba en una gruesa trenza y el rostro surcado de arrugas, eran los únicos rasgos que delataban la avanzadísima edad de esta mujer.

El doctor Jiménez, médico del pueblo, pedía su ayuda en algunos casos. Extrañamente, habían llegado a un acuerdo: habría casos en los que actuarían en conjunto, teniendo en cuenta que la medicina del doctor poseía elementos desconocidos por ella, y él sabía que muchas veces sus pacientes creían más en los yuyos y pócimas de doña Marculina que en la medicina moderna, y la fe muchas veces cura tanto como los químicos. A veces en forma secreta y a veces a la vista de todos, el pacto de respeto y ayuda mutua estaba claro entre los dos. El rancho de la curandera era de terrones de barro y paja, sumamente modesto. Uno de sus tantos vecinos agradecidos, le había puesto el techo, quinchado a dos aguas. El agua la sacaba del aljibe, y jamás le faltaba comida. Ni bebida: la grapa y la caña supieron ser sus compañeras en alguna noche de soledad. Nunca había tenido hijos propios, y desde hacía muchísimos años que era viuda.

Aquella mañana se había despertado más temprano de lo habitual. El brasero continuaba encendido, solo debió avivarlo y arrimarle un poco más de leña para que la caldera sintiera el calor y comenzara casi inmediatamente a despedir humo por el pico. La galleta de campaña colocada cerca del fuego, sería el acompañamiento ideal para aquel mate amargo matutino. Miró el horizonte: el sol asomaba lentamente por el oriente envuelto en oro y fuego.  El gallo lo saludó y con su canto despertó al resto de la naturaleza. Marculina sonrió satisfecha mientras mascaba con sus escasos dientes un trozo de galleta, y se dispuso a preparar aquella infusión tan típica de la gente de campo, con la que había crecido y que la había acompañado toda la vida. La calabaza o porongo tenía un tamaño mediano, y a la yerba le había agregado algunos yuyos que ayudaban a que su gastado organismo funcionara mejor. Mojó la yerba con un poco de agua fría del aljibe y la dejó reposando mientras colocaba el agua hirviendo en el termo. Luego echó un chorro de agua hirviendo a la yerba y la dejó hinchar. Clavó la bombilla en la yerba mojada y volcó una porción de agua hirviendo en el agujero dejado por la bombilla.  Una espuma verdosa subió tapando el agua. ¡Eso era un mate!

Sorbiendo el líquido verde y caliente, miró por la ventana del rancho. Era un día hermoso, y le gustaba ver la naturaleza a esa hora de la mañana.  Sí, ese iba a ser un gran día. El mate amargo de aquella mañana tenía un sabor especial y lo estaba disfrutando muchísimo. Posó el porongo después de haber tomado hasta la última gota, y se dispuso a hacer sus tareas.

Ya era pleno día cuando el Matrero comenzó a ladrar desaforadamente, pero era su ladrido de alegría, de saludo, de gente conocida. Marculina salió a la puerta del rancho y reconoció enseguida al visitante.

-Ave María Purísima… -saludó el joven quitándose el sombrero.

-Sin pecado concebida m‘hijo –contestó la mujer- Y qué anda haciendo usté por acá a estas horas de la madrugada, qué bicho le ha picado.

Eulogio  bajó la mirada y se acercó tímidamente a la anciana. Cuando los cansados ojos de la curandera pudieron verlo más de cerca se dio cuenta de la realidad: había estado llorando y tenía una expresión de gran tristeza. Con un rápido ademán corrió la cortina que oficiaba de puerta en la entrada del rancho y pasó seguida del joven. No le dio tiempo a hablar:

-¿Qué problema tenés con la Rosenda?

-Pero… ¿cómo puede saberlo sin que yo le haya dicho nada?

-En vez de hacer esas preguntas idiotas decime de una vez qué pasa.

-Ella… ya no me quiere. Me ha dejado de amar, ya no le intereso. Ahora en lo único que piensa es en sus conservas. Usté sabe, ‘ña Marculina, que para ganar unos pesos más se ha puesto a fabricar mermeladas, vegetales encurtidos, frutas en almibar y algún licor. Le ha ido muy bien, la gente del pueblo le pide cada vez más cantidad y le va quedando menos tiempo para mí. Ahora le importan más sus naranjas y sus pepinos que yo.

-¿Estás celoso de que esté ganando más plata que vos?

-No, le juro que no, al contrario. Sé que soy joven pero si me llegara a morir, tengo la seguridad de que ella podrá arreglárselas sola, sin depender de nadie.

-Y si le va tan bien, ¿por qué no contrata a mujeres que la ayuden y tener más tiempo libre para ustedes?-Eso mismo le dije yo, pero se niega. No quiere pagar sueldos para juntar más dinero. -¿Y qué querés que yo le haga? Si ella está contenta…

-Pero… usté es su madrina, casi su madre. Si le dice algo, seguritito que cambia. Yo me voy a ir al pueblo y regresaré al anochecer. Se lo ruego: hable con ella ‘ña Marculina. A usté la va a oír.

-Claro que sí, m’hijo. Te aseguro que a mí me va a oír.

Marculina lo vio encaminarse rumbo al pueblo, mientras se sentaba en la silla baja a la entrada del rancho. El ombú que había en el frente, frondoso y enorme, daba la sombra necesaria para que el calor no fuera abrasador. Tomó la bolsa de choclos (maíz) que había tenido secando al sol, se puso una palangana esmaltada entre las piernas y comenzó su tarea. El desgranar choclos era algo que hacía automáticamente y siempre le daba la serenidad necesaria para meditar.

Comenzó a recordar el día que nació Rosenda mientras que los granos de maíz golpeaban al caer en el recipiente. Era una beba pequeña y débil. Su madre no resistió el complicado parto y murió. Nada había podido hacer ella por salvar a la madre, y eso le creo cierto sentido responsabilidad, porque también había traído al mundo a aquella mujer. Los Rodríguez eran sus vecinos y Zoila, la madre de Rosenda, era como una hija para ella. Ante el dolor del esposo y el desamparo de la bebé, la curandera decidió convertirse en algo así como la abuela adoptiva de la niña, a quien la bautizó con el nombre que la madre había decidido ponerle.

Rosenda siempre había sido traviesa, obcecada, decidida, valiente y sumamente caprichosa. Cuando quería algo, de una forma u otra, siempre lo conseguía. Tenía un gran corazón, pero más de una vez, don Rodríguez, su padre, no había dudado en ponerla sobre sus rodillas y propinarle unas buenas nalgadas por sus travesuras y su carácter rebelde. No eran grandes azotaínas, pero sí lo suficientemente fuertes como para hacerla llorar un rato y que el efecto le durara un par de días. Marculina jamás le había puesto la mano encima porque de eso se había encargado siempre su progenitor, aunque más de una vez tuvo ganas de robarle al padre ese privilegio. Pero tanto de niña como de adulta, Rosenda siempre le había guardado el respeto y el amor que la anciana merecía y que había cultivado durante toda la existencia de la joven.

Llevaba un buen rato concentrada en sus pensamientos cuando vio pasar el auto del señor Marcelo Fernández Montero, que entre la polvareda levantaba su mano izquierda para saludarla. Devolvió el saludo con la mano y una leve inclinación de cabeza, mientras seguía el coche con la vista. Lo vio detenerse en casa de Rosenda y eso no le gustó para nada.

Don Marcelo era el hombre con más dinero en el pueblo, por lo tanto, el más poderoso porque presidía el único banco existente en la zona y decidía a quién prestaba dinero y a quién no. Se sabía que muchas veces a las personas que no podían cubrir las cuotas, les cobraba rematando sus bienes o, en algunos casos, con favores “especiales”, sobre todo cuando se trataba de mujeres hermosas. Podían ser jóvenes o maduras, casadas, viudas o solteras, porque su edad o estado civil le era totalmente irrelevante. No era buena persona, pero tenía olfato para saber a quién prestarle dinero sabiendo que no podrían pagar. Conocía el arte de la seducción y del convencimiento para que hombres y mujeres aceptaran sus ofertas. Así había logrado hacerse de una considerable fortuna y una lamentable fama.

-“Seguro que ese mal bicho vio a Eulogio en el pueblo y se mandó para acá –pensó la anciana –pero seguro que no contaba conmigo”

Una idea se le vino a la mente. Tiró el marlo a medio desgranar en el recipiente y entró al rancho. Destapó una serie de tarros, tomó varios yuyos y los ató. Con sumo cuidado sacó un trozo de tela blanca de una caja y envolvió aquellas hierbas que expelían un delicioso aroma entre ácido y dulzón. Agregó el pequeño atado a una cantidad de atados similares, unos envueltos como el último y otros atados con hilo de otro color. Tomó la bolsa con el delicado contenido, manoteó un tarro que colocó en el bolsillo de su delantal, y saliendo del rancho se dirigió a la casa de su ahijada.

Había caminado unos pasos cuando vio pasar de regreso el auto del banquero. Con un ademán volvió a saludar a la curandera, que sin disimular su molestia apenas contestó el saludo y siguió caminando. A mitad de camino se internó levemente en el campo y tomando con un trozo de tela una planta, le cortó unas hojas que envolvió en la misma tela. Todo fue a dar dentro del bolsillo de su delantal. Se acomodó la ropa y continuó con paso ligero el pequeño trecho que la separaba la casa de Rosenda.

Cuando entró en la cocina, su ahijada caminaba con nerviosismo de un lado a otro. El aroma de la mermelada de naranjas flotaba en el ambiente. Los ojos de la anciana se clavaron en Rosenda que, sabiendo que había actuado mal, bajó la cabeza para no enfrentar la mirada de su madrina.

-Bendición madrina

-Dios me la bendiga y me la guíe por buen camino, ahijada. Y ahora dígame, ¿qué buscaba ese tipo por acá?-Vino a ofrecerme plata. Quería que firmara un papel y él me daría el dinero para ampliar esto y poder fabricar más cantidad de productos.

-¿Y?

-Y… yo casi firmo madrina. Ya sé que está mal, pero quiero seguir con esto, quiero ese dinero, quiero ampliar la cocina y contratar gente para poder vender más. Los productos se vendieron muy bien desde un principio, pero desde que me dio esos paquetes aromáticos, la venta creció de forma increíble. Yo cumplí la promesa de no abrir los paquetes madrina, pero ¿algún día me dará la fórmula para que yo los pueda hacer?

-Algún día quizás te la dé. Por ahora te los iré surtiendo yo. Acá te traje unos cuantos más. Pero no me cambie de tema… ¿qué más te dijo ese mala entraña?

-No me dijo mucho, fue poco el tiempo que estuvo. Yo le dije que regresara cuando estuviera aquí Eulogio, y casi lo eché porque no se quería ir.

-Hizo bien m’hija. Ahorita siéntese que quiero hablar con usté.

-Sí madrina –dijo obediente la joven mujer, y se sentó frente a la anciana- usté dirá para qué soy buena.

-Parece que últimamente para lo único que sos es buena para hacer conservas.

-¿Porqué me dice eso madrina?

-Porque hoy estuvo Eulogio a verme, y me contó algo que yo ya sabía sin que me lo dijera: que lo tenés abandonado. El pobre muchacho piensa que ya no lo querés, que dejaste de amarlo y no sé cuántas tonterías más. Ahora, te quiero preguntar algo. Yo quiero saber: ¿qué se siente al cambiar un marido por un tarro de conserva?

-Pero… madrina… yo…  yo no lo cambié.

-¿No? ¿Y qué hiciste entonces? Desde que empezaste con esto de las conservas, estás conservando todo menos a Eulogio. ¿Pero usté está loca m’hija? ¿En qué está pensando? ¿Dónde tiene la cabeza, carajo? –el tono de la voz era cada vez más fuerte y severo. Rosenda comprendió que la anciana tenía razón y se echó a llorar.

-Perdón madrina. Es verdad, no lo pensé. La tentación de conseguir dinero fue más grande. Me imaginé todo lo que podría hacer y…  Además me gusta este trabajo, y no quiero dejarlo.

-No tenés por qué dejar este trabajo. Vos bien sabés que yo soy una defensora de la idea que la mujer debe ser independiente económicamente del hombre. He visto más de un caso en que la mujer se quedó aguantando al marido por no tener manera de vivir sin el dinero de él. Seguí con esto, pero buscá la manera de atender las dos cosas.

-Pero madrina, eso es imposible. Si me dedico a trabajar en esto, más los quehaceres de la casa, y todavía… ¡Eulogio! No puedo con todo.

-Si querés continuar con lo de las conservas, poné a alguien que te ayude. Una, dos, las que sean.

-Usté no entiende madrina. Si me pongo a pagar sueldos, voy a estar años para juntar la plata para ampliar acá. No, no, no… ¡Eulogio que se aguante! Y en vez de protestar tanto, que me ayude con las tareas que yo no puedo cumplir por falta de tiempo. Además, ya le dije que desde que le agrego a las conservas esos paquetitos que usté me trae, las ventas han aumentado más y más. Le repito madrina: espero que algún día me dé la receta.

-Mire m’hija, lo único que le voy a dar por ahora es la paliza de su vida para que entienda lo que su madrina, que es vieja y sabe de esto, le está diciendo por su bien. Está muy terca, testaruda y desobediente, así que… esta vieja la va a hacer entrar en razón. Cuando termine con usté va a estar mansita como un corderito, ya va a ver –le dijo Marculina mientras se remangaba la ropa. Rosenda no podía dar crédito a sus oídos, y comenzaba a recular cuando su madrina la agarró del brazo y sentándose, la acomodó sobre sus rodillas. -¿Te das cuenta de algo? Yo fui la primera que te nalgueó cuando naciste. Y lloraste con muchas ganas en esa oportunidad. Te prometo que esta vez también lo harás.

Las primeras nalgadas ni las sintió, pues se las estaba dando por encima de la ropa. Pero inmediatamente la vieja le subió las faldas y el culo de Rosenda quedó casi al aire, apenas cubierto por unas bragas de niña, de fondo amarillo y con pequeñas florcitas de colores. La curandera sonrió por la ingenuidad de la prenda, pero eso no hizo que bajara dureza de los azotes, sino que los iba incrementando cada vez más.

Rosenda no podía creer que aquella vieja tuviera tanta fuerza en las manos, y comenzó a retorcerse. Cuando el picor era bastante insoportable, sintió la mano de su castigadora madrina que le bajaba las bragas a la altura de la rodilla, y sin darle ninguna tregua seguía nalgueándola.

-Por favor madrina, pare de golpearme. Me duele mucho, siento mucho picor, basta por favor…         -Está bien m’hija. Póngase de pie.

No tuvo que decírselo dos veces. Como un resorte la joven se paró y comenzó a frotarse las nalgas frenéticamente.

-Ahora desnudate y poné la panza encima de esa mesa. Y agarrate fuerte del otro extremo.

-¿Qué? Mire madrina, eso yo no…

-Pero… ¿Cómo te atrevés a llevarme la contra? Siempre estuve convencida que tu padre nunca te azotó con suficiente fuerza, porque vos con tus caritas y súplicas siempre lo terminabas convenciendo. Pero conmigo no vas a poder ¿entendés? A mí no me conmueven tus gestos ni tus súplicas. Hoy vas a aprender… ¡obedeceme carajo! Y ponete como te mandé.

Los ojos de la vieja despedían fuego, y Rosenda la conocía enojada. Más le valía obedecer sin decir nada. No solo porque no lograría convencerla, sino que la enojaría aún más y eso no era muy conveniente para sus nalgas. Así que se quitó toda la ropa y adoptó la posición que le había dicho la anciana.

Mientras se desvestía, la vieja miraba y se regocijaba con el joven cuerpo de su ahijada, no con lascivia sino con admiración. La joven mujer tenía un cuerpo bello, con maravillosas curvas, senos túrgidos y sugerentes coronados con una bella aureola, las caderas firmes, las piernas largas y torneadas como una columna griega, la espalda perfecta, el cabello negro y brillante cayéndole en cascadas hasta tocar la cintura; la piel tersa, suave y blanca se había tornado de un rosa fuerte en la zona de sus nalgas. ¡Qué maravilloso culo tenía esa mujer! Redondo, respingón, dos hemisferios duros, apetecibles, deliciosos. Pensó en su juventud y recordó cuando ella también tenía un cuerpo como aquel. ¡Cuánto había gozado de su cuerpo! Había conocido las delicias del sexo y de los azotes gracias a su difunto marido. A diferencia de otros esposos, el de ella sólo la azotaba en las nalgas, con un amor y devoción como nunca había vuelto a ver.

Cuando la chica estaba acomodada, le dijo:

-El castigo va a ser duro, así que te ataré para que no te muevas.

-Lo que usté diga madrina.

-Así me gusta: que seas obediente y que vayas entendiendo que esto es por tu bien. Te ataré las manos a esta punta de la mesa. Quiero que ahora abras las piernas lo más que puedas.

Los pies de Rosenda apenas tocaban el piso. En esa posición toda su intimidad quedaba a la vista. Los labios de la vagina mostraban una selva espesa y brillante cubierta de vellos negros. Rosenda se sentía sumamente avergonzada que su madrina la viera así, pero más vergüenza sentía porque se sabía excitada y mojada.

-Bien, ahora te mostraré algo. –Se paró delante de la chica con una enorme cuchara de madera, una de las que ella usaba para revolver las mermeladas.- ¿Ves esta cuchara? Pues con ella te azotaré, para que cuando la veas te recuerdes de esta azotaína y no la uses más horas de las debidas.

La madera era dura y dejó una marca redonda en la nalga de Rosenda. A veces sólo quedaba la marca de la cuchara, pero otras veces también aparecía parte del mango. El dolor se hacía más fuerte cada vez. Nunca le pegaba dos veces en el mismo lugar, pero llegó un momento en que ya estaba todo marcado. Las lágrimas caían por el rostro de la joven que lloraba sin consuelo. Oyó que la vieja dejaba la cuchara sobre el fogón y sintió que su mano la acariciaba, dándole un poco de descanso. Las manos de su madrina eran hábiles y sabían cómo masajear. Si bien le dolía cuando apretaba, al soltar el cachete el alivio era fantástico. Luego sintió cómo le colocaba un lienzo tibio sobre las nalgas.

-Disfruta del descanso. Yo regreso enseguida, porque esto aún no terminó.

Rosenda cerró los ojos y se concentró en el alivió que le estaba proporcionando aquella tela, que a pesar de lo tibia, estaba más fría que sus nalgas. Un silbido la sacó de la concentración. El sonido era conocido por ella, porque su padre también usaba una vara verde para castigarla. Miró para el costado y vio a su madrina con una larguísima vara parada a su lado. Era larga y fina, parecía un látigo. Doña Marculina quitó la tela y comenzó a azotarla.  Cada uno de los azotes dejaba una marca fina y roja en las nalgas de Rosenda. El dolor era lacerante, agudo y ardía como una línea de fuego. Cada vez que sentía un nuevo azote, la muchacha se contorsionaba, crispaba sus puños y echaba la cabeza hacia atrás en un vano intento de disminuir el dolor.

Después de unos 20 azotes, la joven no tenía fuerza ni para moverse, apenas si se la oía sollozar. Volvió a sentir la mezcla de tibieza y frescor del paño húmedo, esta vez unido a unos suaves masajes. Estuvo así dos o tres minutos. Cuando abrió los ojos, doña Marculina estaba frente a ella y le mostraba unas hojas: eran ortigas. La chica no dijo nada, sólo comenzó a negar con la cabeza y a suplicar con la mirada, hasta que finalmente pudo lanzar un grito:

-¡No, por favor no madrina, eso no! No lo hagas, eso es insoportable, prefiero que me sigas azotando, pero eso noooooooooo!!

-No sos vos quién decide –le dijo su madrina mientras se encaminaba hacia la parte posterior, donde ella no podía verla.

La curandera vió aquel culo tan maltratado que no quiso tocarlo más. Pero la vagina estaba hermosa, rosada y con sus jugos chorreando, haciéndola brillar. Arrancó una hoja y la pasó alrededor del ano. Luego otra fue refregada en el clítoris. La entrada de la vagina y los labios tampoco se salvaron. El llanto de Rosenda era desconsolador. Se movía sin parar, pedía clemencia, juraba haber entendido la lección, pero su madrina permanecía inmutable. En pocos instantes las diminutas espinas de la ortiga habían inflamado toda la zona vaginal y anal de la chica. El picor era terrible, y no tenía forma de tocarse, al menos, para calmar el ardor.

-Espero que esto te recuerde que debes cumplir con tus obligaciones de esposa. Espero que recuerdes que debes estar con tu marido y no sólo con tus conservas. ¿Podré quedarme tranquila de que aprendiste la lección?

-Sí madrina, sí. Pero quitame este ardor por favor, ¡no lo soporto más!

La anciana metió su arrugada mano en el delantal y sacó un frasco con una crema. Lo destapó con toda paciencia y tomando una pequeña porción entre sus dedos, comenzó a pasarlo por los mismos lugares que había pasado las ortigas. Luego se limpió la mano y tomó otra porción del ungüento. Esta vez lo pasó por las nalgas, en forma circular y utilizando las yemas de los dedos. Con la misma parsimonia con que había hecho todos los movimientos anteriores, tapó el frasco y lo guardó en su delantal.

Rosenda comenzó a sentir un alivio inmediato. El picor cesó y el dolor en sus nalgas era cada vez más tenue. Sus manos ya no estaban presas, y podía mover las piernas a gusto: finalmente, su madrina la había liberado de las sogas.

-Ahora andá y bañate. El dolor de las nalgas no se te irá, lo sentirás cada vez que te sientes, pero no te quedará ninguna marca. Espero que hayas aprendido la lección, porque si no estoy dispuesta a repetirla tantas veces como sea necesario para que te quede claro. ¿Entendiste?

-Sí madrina.

-¿Y cómo se dice?

-Gracias madrina.

-Muy bien m’hija. Me alegra saber que la lección sirvió para algo. Yo me voy para mi rancho, y usté prepárese que en cualquier momento llega su marido. A ver cómo se porta… -Se encaminó a la puerta cuando recordó el paquete- Ahí arriba del fogón te dejo los atados para las conservas. Acordate bien: las que están con hilo blanco son para los dulces, y las que están con hilo colorado son para los encurtidos.

La vieja mujer salió sonriente de la casa y se encaminó a tu rancho. Ojalá que la azotaína hiciera que su ahijada cambiara el rumbo de su vida y de su matrimonio. Ella quería mucho a Eulogio, sabía que era un buen muchacho y que estaba profundamente enamorado de su niña. Ahora… debía tener mucho cuidado con el banquero. Y se lo iba a advertir al joven cuando lo viera pasar de vuelta para la casa.

(Continuará)

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