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El infiltrado

Pues si, ahí estaba yo, desnudo sin un mísero trozo de tela que me tapara, en un oscuro trastero de un piso de protección oficial, con una argolla enroscada en la base de mis testículos y una escasa cadena que llegaba hasta la pared a dos metros de altura, la cual  tuve que atornillar hacia dos días. Sin poderme sentar y descansar, ya que la cadena me recordaba cada vez que lo intentaba que mis testículos seguían enganchados a ella. Casi a oscuras me encontraba con una única ranura de luz que pasaba por debajo de la puerta cada vez que uno de los vecinos de la comunidad bajaba a buscar algo a su respectivo trastero. Así estuve no se decir cuanto tiempo, hasta que ya cuando llevaba un rato consumiéndome la desesperación escuche el abrir y cerrar de la puerta principal de acceso a los trasteros. Seguidamente empecé a oír unos lentos pasos,  que identifique en milésimas de segundo. Era ella, mi Ama y dueña poseedora de todo mi cuerpo, acercándose con sus tacones de aguja de 15 cm. aproximadamente. Esos inconfundibles y sensuales pasos habían llegado a la puerta del trastero donde me encontraba y comenzó a abrir la cerradura oxidada. Abriendo la puerta despacio para dar más emoción si cabe, exclamo y luego pregunto: ¡Perro! ¿Lo has pasado bien?”. No me quedaba más remedio que responder afirmativamente ya que si no contestaba lo que ella quería escuchar me tocaría pasar otro desesperante rato allí abajo. Me tiro a la cara la llave del candado que separaba mis testículos de la libertad y me dio mi ropa para que subiera vestido al 3º B, su piso.

 

Una vez vestido de ropa casual, me dispuse a subir donde mi Ama me señaló. Llame a la puerta y con un poco de torpeza me abrió un ente forrado enteramente con diversas capas de plástico de colores que solo permitían apreciar unos llamativos ojos azules. Me instó a entrar con un pequeño gesto de su brazo, acompañándome hasta una salita al final del pasillo que debía ser el vestidor de Lady Gaga. Dos barras que iban de pared a pared repletas de ropa de goma, látex, cuero, algunas con hebillas o arandelas, candados y cadenas. Era una mezcla de ferretería y almacén de retractilados. En una pequeña mesa había una pecera de cristal con papeles dentro con un cartelito que se podía leer “perro coge uno y póntelo”. Desdoblando el papel de mi elección pude ver que me había tocado el número 19, cuyo premio era ponerme un mono o catsuit de goma negro brillante, parecido al neopreno que usan los buceadores, con unas cremalleras situadas estratégicamente a la altura de los pezones y otra mas grande que recorría verticalmente desde el ombligo hasta la parte de detrás por encima del culo pasando por los testículos. Ahora entiendo porque me depilaron entero el día anterior.

 

Ya con mi nuevo atuendo, mi silencioso y plastificado recién conocido, me empujó suavemente hacia la puerta del final del vestidor, para que entrara a otra sala mas grande con aparatos de madera y metal, una especie de cámara de tortura con correas y cuerdas que recorrían gran parte de la sala. Detrás de mi se cerró la puerta dejándome en silencio en aquella “acogedora habitación”. No llego a dos minutos cuando entraron por la otra puerta dos mujeres impresionantes vestidas con bodys de látex dos tallas más pequeños tan ceñidos que escasamente podrían respirar. Sin mediar palabra me colocaron una ajustada capucha del mismo material que sus bodys que solo me permitía ver y respirar por la nariz. Seguidamente me llevaron a un potro de madera donde me ataron las muñecas y las rodillas de forma que me dejaron a cuatro patas con escasa posibilidad de movimiento. Antes de irse una de ellas me susurro al oído “sabemos que eres periodista”.

 

Por lo pronto tuve una serie de palpitaciones y un aceleramiento del ritmo cardiaco seguido de sudores fríos consecuencia de saber que me habían pillado, toda mi tapadera se había desvanecido. Era cierto, me encontraba en aquella casa del dolor como infiltrado para hacer un reportaje que mi jefa me había encargado la semana pasada. No se quien pudo ser mi delator pero ahora me encontraba en una situación comprometida a expensas de cual seria el castigo por parte de Domina Marta, la dueña de la casa.

 

Mi posición en aquel potro de tortura solo me dejaba ver el suelo y parte de la puerta de la que habían salido las chicas engomadas. Más o menos después de media hora entró una mujer. Al ir levantando la cabeza fui viendo sus botas, de charol con sensual tacón fino y acerado. Esas piernas largas recubiertas por ese material tan brillante solo me sugerían excitación pero según iba aumentando mi campo de visión hacia arriba pude ver mi castigo. La mujer tenía un arnés atado a su cintura a modo de tanga con un consolador gigante. Era un aparato descomunal, de 30 a 35 cm. de largo y como una barra de pan de ancho, de goma negra flexible con estrías como si fueran venas. Entonces ella dijo: “Nos hemos reunido, te hemos juzgado y tu sentencia ha sido la castración y desvirgación anal”

 

Aquella mujer con olor a fábrica de neumáticos se situó detrás de mí y procedió a bajar la cremallera genital y a pisotear mi posible descendencia. La suela de su bota presionaba mis testículos fuertemente, haciendo que solo pudiera pensar en aquel dolor insoportable. Después con la puntera me daba golpecitos a modo de rebotador de una maquina de pimball. Cuando el dolor casi me hizo llegar al desmayo cesó el suplicio, o por lo menos temporalmente, porque ahora empezaba a notar algo húmedo en mi ano, debiendo ser algún tipo de lubricante. Aquel consolador gigante que colgaba de la cintura de mi captora intentaba introducirse por mi orificio que hasta ese día solo era de salida. Ese instrumento que ahora tenia dentro aproximadamente 18 cm. además de vibrar emitía pequeñas descargas eléctricas, estimulando mi próstata tanto que produjo cuatro eyaculaciones durante todo el proceso de feminización al que me estaban sometiendo.

Horas después, exhausto, estéril y humillado entraron las asistentes recauchutadas y me soltaron, me desnudaron y me dieron mi ropa, me acompañaron a la puerta de salida y allí me emplazaron a volver si quería repetir.

 

Ya era sábado y decidí irme a casa donde descansé todo el fin de semana, sin salir hasta el lunes, que debía ir a la oficina a dar informes a la jefa. Al entrar en su despacho me regalo una sonrisa picarona y pregunto por mi infiltración. La humillación que sentía  me hizo no contarle la verdad, me limite a decir  que me pillaron y me echaron sin más, omitiendo el detalle de que al final fueron ellas las que se infiltraron en mí y me dejaron marcado de por vida.

 

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